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Notas del tema

Obras de Maria Valtorta

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ECR 27

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : El edicto del censo. Enseñanzas sobre el amor al marido y la confianza en Dios.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 4 de junio de 1944

Calendario: Domingo 17 de noviembre 5 d.C.

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está en casa. Su embarazo está muy avanzado. María lo describe y explica que así se verá en su cuerpo glorificado. Luego retoma el relato y llega José. Sonríe a su esposa, pero está preocupado. María se da cuenta, y él le explica que se acaba de publicar un edicto. Él estaba preocupado por María, que tendría que hacer el viaje, pero la Virgen pensaba en las Sagradas Escrituras y sentía que el nacimiento tendría lugar allí. Confió sus pensamientos a José, que se alarmó y preocupó aún más, y ella le tranquilizó, diciéndole que confiara en Dios. Al escucharla, José se tranquilizó, sonrió y decidió ponerse manos a la obra en el viaje que tenía por delante.

Contenido del capítulo: 27.1: El avanzado embarazo de María y su eterna juventud. 27.2: Se publica el edicto: hay que ir a Belén. 27.3: Allí nacerá el Mesías. 27.4: José vuelve a sonreír. 27.5: Lo que pesa sobre los hombros de los novios respectivamente. 27.6: La confianza en Dios resume las virtudes teologales. 27.7: Nada puede suceder sin el permiso de Dios.

ECR 27.5-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

27.5 Dice María:

«No añado mucho, porque mis palabras son ya enseñanza.

Eso sí, reclamo la atención de las mujeres casadas sobre un punto. Demasiadas uniones se transforman en desuniones por culpa de las mujeres, las cuales no tienen hacia el marido ese amor que es todo (amabilidad, compasión, consuelo). Sobre el hombre no pesa el sufrimiento físico que oprime a la mujer, pero sí todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajo, decisiones que hay que tomar, responsabilidades ante el poder establecido y ante la propia familia... ¡Oh, cuántas cosas pesan sobre el hombre, y cuánta necesidad tiene también él de consuelo! Pues bien, es tal el egoísmo, que la mujer le añade al marido cansado, desilusionado, abrumado, preocupado, el peso de inútiles quejas, e incluso a veces injustas. Y todo porque es egoísta; no ama.

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia. Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.

27.6 Hay otro punto en el que querría que centrarais vuestra atención. Ya he hablado de ello; no obstante, insisto. Se trata de la confianza en Dios.

La confianza compendia las virtudes teologales. Si uno tiene confianza, es señal de que tiene fe; si tiene confianza, es señal de que espera y de que ama. Cuando uno ama, espera y cree en una persona, tiene confianza. Si no, no. Dios merece esta confianza nuestra. Si se la damos a veces a pobres hombres capaces de cometer faltas, ¿por qué negársela a Dios, que no comete falta alguna?

La confianza es también humildad. El soberbio dice: “Voy a actuar por mí mismo. No me fío de éste, que es un incapaz, un embustero y un avasallador”. El humilde dice: “Me fío. ¿Por qué no me voy a fiar? ¿Por qué debo pensar que yo soy mejor que él?”. Y así, con mayor razón, de Dios dice: “¿Por qué voy a tener que desconfiar de Aquel que es bueno? ¿Por qué voy a tener que pensar que me basto por mí mismo?”. Dios se dona al humilde, del soberbio se retira.

La confianza es, además, obediencia; y Dios ama al obediente. La obediencia es signo de que nos reconocemos hijos suyos, de que le reconocemos como Padre; y un padre, cuando es verdadero padre, no puede hacer otra cosa sino amar. Dios es para nosotros Padre verdadero y perfecto.

27.7

Hay un tercer punto que quiero que meditéis. Se funda también en la confianza.

Ningún hecho puede acaecer si Dios no lo permite. Por lo cual, ya tengas poder, ya seas súbdito, será porque Dios lo ha permitido. Preocúpate, pues, ¡oh tú que tienes poder!, de no hacer de este poder tuyo tu mal. En cualquier caso sería “tu mal”, aunque en principio pareciese que lo fuera de otros. En efecto, Dios permite, pero no sin medida; y, si sobrepasas el punto señalado, asesta el golpe y te hace pedazos. Preocúpate, pues, tú que eres súbdito, de hacer de esta condición tuya una calamita para atraer hacia ti la celeste protección. No maldigas nunca. Deja que Dios se ocupe de ello. A Él, Señor de todos, le corresponde bendecir o maldecir a los seres que ha creado.

Ve en paz».

ECR 28

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La llegada a Belén

Fecha de la visión: Lunes 5 de junio de 1944

Calendario: Martes 10 de diciembre -5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José se ponen en camino hacia Belén. María va en burro y José a pie, ya que no pudo conseguir dos burros. El marido de la Virgen le pregunta si está cansada, pero ella le tranquiliza. Cuando José le pregunta si tiene frío, ella también le tranquiliza, pero esta vez su tutor no queda satisfecho con su respuesta y juzga que tiene los pies fríos. Así que le da una manta más.

Por el camino, la pareja se encuentra con Elías, uno de los futuros pastores que vendrán a adorar a Cristo. Le acompaña su rebaño de ovejas y les da leche fresca. Dado el estado de María, les da información sobre Belén y les dice que está llena de gente a causa del edicto. El hombre les dio algunos consejos valiosos si no encontraban refugio, y les dijo que fueran a las cabañas de la montaña si realmente no encontraban nada.

Cuando se ponen de nuevo en camino, María le dice a su marido que cree que ha llegado el momento. La Virgen estaba realmente feliz por el nacimiento de su Hijo, pero José no lo estaba tanto y se apresuró a buscarles alojamiento. Nadie les recibe y ya es de noche. Así que se ven obligados a ir a los refugios mencionados por Elías, pero los mejores lugares están ocupados. Finalmente, fueron dirigidos a un cubil muy pobre, donde sólo había un buey. Se instalaron allí a falta de algo mejor, pero como dijo José, "es mejor que nada". El animal era muy dócil y aceptó a los nuevos visitantes. José prepara un lugar para María calentando heno y luego, cuando todo está listo, la anima a dormir. Y así termina la visión.

Contenido del capítulo: 28.1: En el camino, en pleno invierno. 28.2: No sé si encontrarás un lugar donde quedarte. 28.3: No hay sitio en la posada. 28.4: Una especie de cueva donde hay un buey. 28.5: José está ocupado instalándose. 28.6: La visión habla por sí misma.

ECR 28.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto. En la parte de adelante de la albardilla está ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas más necesarias.

Detalle

María y José van a Belén para el edicto del censo.

ECR 28.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

28.6 «No hay dictado» dice María. «La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a Jesús. Vendrá a traerte su paz».

Detalle

María y José van a Belén por el edicto del censo. Era invierno y habían encontrado el pesebre en Belén. Después de la visión, María se lo cuenta a María:

ECR 29

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : El nacimiento de Jesús. El poder salvador de la maternidad divina de María.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 6 de junio de 1944

Calendario: Miércoles 11 de diciembre 5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José están en el pesebre de Belén. José se ha dormido, pero María no. Ella ve que su esposo duerme y sonríe ampliamente, luego se pone discretamente en posición de oración. La Virgen reza intensamente. José se despierta por fin y dirige unas palabras a María, para ver si necesita algo. Luego, él también decidió rezar junto al fuego.

La luz de la luna se acercó a María y, en un momento dado, ella levantó la cabeza, como respondiendo a una llamada. Sonrió y la luz se hizo cada vez más fuerte, envolviéndola por completo. Cuando la luz se hizo soportable para María, la Inmaculada Concepción cogió a su Hijo en brazos. El niño lloró y ella llamó a su marido. Él se quedó como fulminado por un rayo al ver al Salvador, pero María le invitó a acercarse y se lo ofreció al Padre con José. Entonces ella confió a Jesús a su padre putativo mientras él iba a buscar los pañales. Al principio se mostró muy reservado, por miedo a ser irrespetuoso, pero una vez que lo tuvo en sus brazos, abandonó su intención original y lo cuidó como si fuera la niña de sus ojos. Junto con María, lo envuelven en pañales y en una manta que han calentado junto al fuego, y entonces su Madre pregunta con razón dónde van a poner al Niño. José sugiere entonces colocarlo en un pesebre junto al buey, porque la madera le protegería de las corrientes de aire, el heno le serviría de almohada y el aliento del animal, apacible y tranquilo, le calentaría un poco. Y así lo hicieron. Y entonces ambos adoraron al Redentor que había bajado del Cielo para salvarnos.

María da entonces un dictado a María. Anuncia a María un tiempo de sufrimiento, pero le dice que es a través del sufrimiento como ganamos la paz, "así como la gracia para nosotros mismos y para los demás". Habla de Jesús Hombre, que después de la Pasión volvió a ser Jesús Dios, pero que no tuvo paz en el momento de la prueba, porque si no, no habría sufrido.

A continuación, la Madre da una lección para todos, explicando cómo participó en la redención de la mujer a través de su maternidad divina.

Superó el orgullo humillándose hasta lo más profundo de su ser. Superó la codicia de nuestros primeros padres entregando a su Hijo por adelantado. Venció la codicia de conocimiento y placer aceptando conocer sólo lo que Dios quería que conociera. La Plenitud de la Gracia superó la lujuria, que es la gula llevada al punto de la glotonería. Finalmente, le dio la paz al pie de la Cruz, cuando vio morir a su Hijo. La Virgen murió en ese momento, para convertirse en la Madre de la Gracia.

Subraya que hizo todo esto por las mujeres, para que nosotras pudiéramos ser santas de Dios.

Contenido del capítulo: 29.1: María y José en oración. 29.2: Una luz transfigura a María. 29.3: El niño nace en una luz deslumbrante. 29.4: El niño es ofrecido a Dios y entregado a José. 29.5: Prisa para protegerlo del frío. 29.6: Es en el sufrimiento donde ganamos la paz. 29.7: Redimí el cuádruple pecado de Eva. 29.8: Humildad frente a orgullo. 29.9 : Renuncia frente a codicia. 29.10: Hambre de Dios frente a gula. 29.11 : Castidad frente a lujuria. 29.12 : Paz obtenida al pie de la cruz. 29.13 : Participando en la redención.

ECR 29.6-13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.6 Dice María:

«Te había prometido que Él vendría a traerte su paz. ¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veía­s con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo. Jesús-Hombre tornó a ser Jesús-Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión; tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora, derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

29.7 Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer. Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas: soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerle estéril en sus raíces.

29.8 Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla. ¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna? Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron. Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades, que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario; humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

29.9 Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo.

Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello. Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación. Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras, y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto. A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico) y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor de Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón, si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que le tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di. Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

29.10 Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando saber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera. Creí sin indagar. Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies. Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. ¡El Cielo!... Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

29.11 Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación. En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria; efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero. Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con Él sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”. Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos. Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí le quiero”.

29.12 Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido. Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer. Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel. María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio. La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas. De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios. Por vosotras subí, y, como a José, os elevé. La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer, junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido y que había arrastrado a la caída a la humanidad, y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas. Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas: la Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo.

29.13 Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí, y aquí se viene a través del dolor; porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo».

ECR 30

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : El anuncio a los pastores, primeros adoradores del Verbo hecho hombre.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 7 de junio de 1944 (Vigilia del Cuerpo de Cristo)

Calendario: Miércoles 11 de diciembre -5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: La visión de María comienza en el campo de Belén. Hay una luz muy brillante en el cielo, que atrae la atención de animales y personas. Uno de los pastores sale y llama a sus compañeros, que se quedan intrigados por el fenómeno. Uno de los pastores más jóvenes incluso empieza a llorar, hasta que recupera la compostura y parece cautivado por algo: ya no presta atención a los demás y se adelanta. Esto hace reflexionar a sus compañeros, que refunfuñan un poco, pero el joven Leví les habla de una luz que desciende. Entonces fue el primero en ver a un ángel y todos se arrodillaron para recibir al siervo del Señor. El ángel mensajero les dio la feliz noticia del nacimiento del Salvador, y entonces una multitud de ángeles cantó el Gloria. Después regresaron al cielo, dejando solos a los pastores. Pero los pastores no se demoraron: partieron en dirección a la cuna, llevando una hermosa manta para el Niño y una oveja para proporcionarle leche caliente.

Llegaron... Pero no sabían cómo hacerlo. Así que invitaron al más joven, Leví, para que observara lo que ocurría. El pastor miró y les dijo que la Virgen estaba cuidando a su bebé, que lloraba de hambre y de frío. Los pastores quieren que se acerque Leví, pero el joven quiere que se acerque Elías, que ya ha conocido a María y a José en MTS 28. Los pastores se dan así a conocer y pueden adorar al niño. Les ofrecen sus regalos y dejan entrar a Elías, que ha permanecido en la entrada, sin atreverse a acercarse. Jesús pudo así recibir leche caliente.

Los pastores señalan que la Sagrada Familia no puede quedarse aquí y prometen ayudarles y difundir la noticia del nacimiento del Señor. Cuando José les señala que son pobres y que no podrán compensarles, ellos dicen que no quieren nada. Al contrario, querían servir al Niño y a sus padres. Cuando María respondió a sus preguntas y les dijo que sus padres eran Zacarías e Isabel, Elías se ofreció a ir a verle y decirle que María de Nazaret le había pedido que fuera a Belén.

Finalmente, cada pastor se presentó por su nombre y luego se retiraron... dejando atrás sus corazones, como explicó María Valtorta.

Jesús hizo entonces un dictado y declaró que los pastores eran los primeros adoradores del Verbo. Tienen todas las cualidades necesarias para ser almas eucarísticas, pues poseen una fe definida, generosidad, humildad, deseo, obediencia pronta y, por último, amor. Por último, Cristo subraya que los que tienen alma de niño, como Leví, saben ver a Dios con más claridad y tienen más valor para dirigirse a María. Nos invita a rezar a María, porque quien va a María lo encuentra y quien se lo pide a María lo recibe a través de su Madre.

Contenido del capítulo: 30.1: Una luna deslumbrante en el campo. 30.2: Un pastorcillo atraído por una luz más brillante. 30.3: Un ángel se aparece y habla a los pastores. 30.4: Una multitud de ángeles canta el Gloria. 30.5: El pastor del día anterior señala el pesebre. 30.6: Lo que el joven pastor ve detrás del manto en la entrada. 30.7: Se presentan una piel de oveja y leche caliente. 30.8: Elías encontrará una casa y avisará a Zacarías. 30.9: Los doce pastores se nombran y besan al niño. 30.10: Elogios para los pastores. 30.11: El que va a María me encuentra.

ECR 30.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

30.10 Dice Jesús:

«Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco.

Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón. Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo, los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura: ellos creen pronta y ciegamente en el ángel.

Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor.

Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente, con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo.

Prontitud de obediencia: María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va en seguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien.

¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

30.11 Otra cosa. Ésta enteramente para ti. Observa a quién se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María. Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María. Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús. Ella es la Portadora de la Eucaristía. Ella es la Píxide Viva.

Quien va a María me encuentra a mí. Quien me pide a Ella de Ella me recibe. La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” — tan feliz se siente —, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”. Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así beata”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María».