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Notas del tema

Hechos sobre la vida pública de Jesucristo

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ECR 56.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tú también, Judas, primo mío?».

Se abrazan. Judas llora.

«¿Por qué este llanto?».

«¡Jesús... yo quiero estar contigo!».

«Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?».

Judas baja la cabeza y calla.

«¡No han querido! ¿Y ahora?».

«Jesús, yo... yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti».

«Yo no te he mandado nada».

«No, Tú no. ¡Pero es tu misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: “Ve a Él”. Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras: “¡Sé de Jesús!”. ¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien? ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”? Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes, además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas... ¿Es que no voy a ser capaz de nada?».

«¿Y tu padre?».

«¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además... Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola. Dime Tú, Maestro mío, ¿no es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre: “Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él le sigo”?».

«Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama. Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo. Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena».

Se le ve conmovido a Judas.

ECR 56.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”?

Detalle

Judas habló con Jesús y le dijo:

ECR 56.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

56.6 Jesús se vuelve hacia Tomás: «Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo».

«He venido para serte fiel».

«Y lo serás.»

ECR 56.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Y tú, Judas, primo, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en Nazaret».

«¿Por qué, Jesús?».

«Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más grave...». Jesús suspira.

«¿Y lo lograré?».

«Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados».

«¿De qué? ¿Y ante quién?».

«Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien. Y si la patria y la familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño».

ECR 57.3.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

57.3 Luego dice: «Bueno, ¿ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos, y otros están en Judea. También el primo Judas está conmigo y me sigue...».

«¿Judas?».

«Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos... y no yerro diciendo que me han criticado. Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra, y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo».

«¿Dónde está ahora?».

«Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?».

«Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora».

«Dios la glorificará». Sale a la puerta y llama: «¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!».

(...) Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la pila, y vuelve feliz. «¡Oh, María!» le dice a la Virgen. «Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos... sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús».

Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.

Detalle

Jesús ha vuelto a encontrar a su Madre. Escucha y luego le toca hablar.

ECR 58.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?». Juan mira a Jesús con su ojo enamorado.

Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?...».

«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones...».

«Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».

«¡Claro!».

«¿Y entonces?... ¿Dónde está el ciego?».

«Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

«Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele».

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.

«¿Simón?».

«¿Maestro?».

«No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último».

«¿También esta vez?».

«Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederá la gracia de la abundancia».

58.7

«Ahí llega el ciego».

El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

«Aquí está el Maestro, frente a ti».

El ciego se arrodilla: «¡Señor mío! ¡Piedad!».

«¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?».

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

«Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes — saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo, y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad...».

«¿Estás solo?».

«Tengo esposa y tres hijos muy pequeños... de uno no conozco ni siquiera su cara... y tengo también a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!... Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».

«¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?».

«Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso».

«¿Qué te ha dicho?».

«Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón. Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: ‘Ahí hay salud. ¡Ve!’. Y fui”. Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándole, sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo le conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesarea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado... ¡Piedad de mí!».

58.8

«Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!».

«Entonces, ¿me curas?».

Jesús le conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcísimo.

«¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!». Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

«¿Qué ves?».

«¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece... me parece... oh... que veo... te veo el vestido... es rojo, ¿no es verdad?, y una mano blanca... y un cinturón de lana!... ¡Oh, Jesús bueno... veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!... La hierba del suelo... y eso es un pozo, ¡claro!, y allí hay una vid...».

«Levántate, amigo».

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús, un Jesús sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero en seguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él. «Ve a tu casa, ahora, y sé feliz y justo. Ve con mi paz».

«¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz... Pero si veo... veo todo... Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol y el primer atisbo de luna... Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tu ojo; y en ti veo la belleza del Sol más verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!».

«Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz».

«Siempre, Jesús. Cada vez que mi párpado se abra o cierre sobre mi pupila renacida, renovaré este juramento. ¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!».

«¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós».

Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

Y la visión termina.

Detalle

Curación de un ciego. En 58,7, se describe otro milagro: un leproso fue curado por Jesús y fue este tullido quien animó al ciego a acudir a Jesús. Según maria-valtorta.org, éste es el primer milagro anónimo de Cristo, pero, como señala Jesús en EMV 54.7, el milagro de Caná fue su primer prodigio.

ECR 59.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.1 Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin un grito: «¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad». Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

59.3 Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

«¿Qué quieres que te dé?» pregunta el jefe de la sinagoga.

«Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará».

«Pero... ¿y estarás preparado?».

«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto. «Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ ”». Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: «¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».

59.4 Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Esaminaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser posesores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Anotación

Marcos 1:21-28

Entraron en Cafarnaúm. Inmediatamente, en sábado, Jesús fue a la sinagoga y allí enseñaba. Estaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba como hombre de autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre atormentado por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios". Jesús le gritó: "¡Cállate! Sal de ese hombre. El espíritu inmundo lo convulsionó y luego, con un fuerte grito, salió de él. Todos se quedaron atónitos y se preguntaban: "¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, dada con autoridad. Incluso ordena a los espíritus inmundos, y éstos le obedecen. Inmediatamente se difundió su fama por toda la región de Galilea.

Lucas 4:33-37

Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que gritaba a gran voz: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios. Jesús le amenazó: "¡Silencio! ¡Sal de este hombre! Entonces el demonio arrojó al hombre por el medio y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos estaban aterrorizados y se decían unos a otros: "¿Qué dice éste? Manda a los espíritus inmundos con autoridad y poder, ¡y salen! Y la fama de Jesús se extendió por toda la región.

ECR 59.2.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

(...) [Jesús predicó en la sinagoga y curó a un endemoniado. Entonces dijo:]

«Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Detalle

Un enfermo pregunta a Jesús:

ECR 59.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero.»