ECR 35.2-3.5-6
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.
«¿No duermes?» pregunta José en voz baja denotando asombro. «¿Por qué? ¿Jesús no está bien?».
«¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?». Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.
José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice: «Tenemos que irnos de aquí en seguida, en seguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda... Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa...».
«¿Y por qué esta huida?».
«Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”. No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda».
35.3 No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. En seguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo.
«¿Necesitas ayuda?» pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.
«No, gracias» responde siempre María.
Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto.
«¿Cojo también las mantas de lana?» pregunta María.
«Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque... ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!...». José está muy apenado al decir esto, y María... se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda. «Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas. «A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo». Y se marcha.
María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos — quizás se lavaron el día antes —; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más.
Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos... un sollozo entrecortado... un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.
(...) 35.5 José regresa. «¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!».
«¡José!» grita María agarrándose al brazo de José.
«Sí, María, a muerte. Herodes le quiere muerto... porque tiene miedo de Él... Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándole incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas... si eso sucede... Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio».
«¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti... ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa... ¡Cuánto te cuesto, José!».
«¿Cuánto! No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino en seguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo».
«Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia?».
«¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?».
«Jesús. Teniéndole a Él, tengo todo lo que allí tenía».
«Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y... tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo, porque le tendremos a Él. 35.6 Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huéspeda y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien».