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Notas del tema

Hechos y elementos bíblicos en el Nuevo Testamento

Página 37 de 144

Comodidad de lectura

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ECR 58.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?». Juan mira a Jesús con su ojo enamorado.

Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?...».

«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones...».

«Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».

«¡Claro!».

«¿Y entonces?... ¿Dónde está el ciego?».

«Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».

«Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele».

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.

«¿Simón?».

«¿Maestro?».

«No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último».

«¿También esta vez?».

«Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederá la gracia de la abundancia».

58.7

«Ahí llega el ciego».

El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

«Aquí está el Maestro, frente a ti».

El ciego se arrodilla: «¡Señor mío! ¡Piedad!».

«¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?».

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

«Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesarea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes — saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo, y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad...».

«¿Estás solo?».

«Tengo esposa y tres hijos muy pequeños... de uno no conozco ni siquiera su cara... y tengo también a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!... Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo».

«¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?».

«Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso».

«¿Qué te ha dicho?».

«Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón. Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: ‘Ahí hay salud. ¡Ve!’. Y fui”. Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándole, sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo le conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesarea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado... ¡Piedad de mí!».

58.8

«Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!».

«Entonces, ¿me curas?».

Jesús le conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se le pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcísimo.

«¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!». Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

«¿Qué ves?».

«¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece... me parece... oh... que veo... te veo el vestido... es rojo, ¿no es verdad?, y una mano blanca... y un cinturón de lana!... ¡Oh, Jesús bueno... veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!... La hierba del suelo... y eso es un pozo, ¡claro!, y allí hay una vid...».

«Levántate, amigo».

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús, un Jesús sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero en seguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él. «Ve a tu casa, ahora, y sé feliz y justo. Ve con mi paz».

«¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz... Pero si veo... veo todo... Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol y el primer atisbo de luna... Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tu ojo; y en ti veo la belleza del Sol más verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!».

«Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz».

«Siempre, Jesús. Cada vez que mi párpado se abra o cierre sobre mi pupila renacida, renovaré este juramento. ¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!».

«¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós».

Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

Y la visión termina.

Detalle

Curación de un ciego. En 58,7, se describe otro milagro: un leproso fue curado por Jesús y fue este tullido quien animó al ciego a acudir a Jesús. Según maria-valtorta.org, éste es el primer milagro anónimo de Cristo, pero, como señala Jesús en EMV 54.7, el milagro de Caná fue su primer prodigio.

ECR 59.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.1 Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin un grito: «¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad». Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

59.3 Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

«¿Qué quieres que te dé?» pregunta el jefe de la sinagoga.

«Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará».

«Pero... ¿y estarás preparado?».

«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto. «Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ ”». Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: «¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».

59.4 Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Esaminaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser posesores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Anotación

Marcos 1:21-28

Entraron en Cafarnaúm. Inmediatamente, en sábado, Jesús fue a la sinagoga y allí enseñaba. Estaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba como hombre de autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre atormentado por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios". Jesús le gritó: "¡Cállate! Sal de ese hombre. El espíritu inmundo lo convulsionó y luego, con un fuerte grito, salió de él. Todos se quedaron atónitos y se preguntaban: "¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, dada con autoridad. Incluso ordena a los espíritus inmundos, y éstos le obedecen. Inmediatamente se difundió su fama por toda la región de Galilea.

Lucas 4:33-37

Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que gritaba a gran voz: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios. Jesús le amenazó: "¡Silencio! ¡Sal de este hombre! Entonces el demonio arrojó al hombre por el medio y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos estaban aterrorizados y se decían unos a otros: "¿Qué dice éste? Manda a los espíritus inmundos con autoridad y poder, ¡y salen! Y la fama de Jesús se extendió por toda la región.

ECR 59.2.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

(...) [Jesús predicó en la sinagoga y curó a un endemoniado. Entonces dijo:]

«Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Detalle

Un enfermo pregunta a Jesús:

ECR 59.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero.»

ECR 59.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero.»

ECR 59.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Detalle

En 59.2, la esposa de Ageo, un hombre poseído, oye que Cristo ciertamente sanará a los enfermos después de que él predique. Entonces ella dice: "¡Ah, si Haggeo viniera! Lo intentaré... pero no vendrá".

Jesús predica y es interpelado por un hombre, que parece dudar de que él sea el Mesías. Jesús dice entonces que otro hablará y dirá quién es él.

ECR 59.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

ECR 60.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

«Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?».

«Habla, tú que eres la nuera más mayor» le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.

«La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come... Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además... ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca...».

«Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito.

60.3 Llevadme donde ella».

«Rabí... Rabí... no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”».

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro: «Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve».

Pedro hace una mueca significativa... Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, le siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice: «Ven, Maestro, date prisa». Y añade, más bajo, apenas inteligiblemente: «Antes de que cambie de idea».

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo: «La paz sea contigo». Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice: «¿Te encuentras mal?».

«¡Me muero!».

«No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?».

«¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces».

«Por Simón, que me lo ha pedido... y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz».

«¿Simón? Mejor sería si... ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?».

«Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo le conozco y lo sé. Le conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide».

«Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?».

«No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?».

«Creo, creo. ¡Me basta con no morir!».

60.4 Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita: «¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate!», y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte: «¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!». — Acuden las nueras —. «¡Mirad!» dice la anciana. «¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!» — ¡ni siquiera una palabra para el Señor! —.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor: «Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo». Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra: «El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?».

«¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?».

«Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado».

«¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres». Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

«¡Maestro!...».

«¿Pedro mío?».

«Estoy desolado».

Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice: «No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».

«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».

«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra... Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa».

«Yo la volvía a poner enferma».

«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».

«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!».

«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan...».

«Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...».

«¿No lo crees?».

«Yo no».

«Estás equivocado, Simón.

60.6 Pero, mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Nota: Hay dos milagros en este extracto, el de la suegra de Pedro y el de la madre de Sara en Nazaret (cf. 60.5).

Anotación

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús entró en casa de Pedro, vio a su suegra postrada en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le quitó la fiebre. Ella se levantó y le sirvió.

Marcos 1, 29-31

Cuando salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Enseguida le hablaron de ella a Jesús. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y les sirvió.

Lucas 4:38-39

Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, amenazó a la fiebre y ésta la abandonó. Inmediatamente la mujer se levantó y les sirvió.

ECR 61.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo oigo:

«... Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.

Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.

Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos le estimaba especialmente. Le había soñado aún antes de tenerle. Una vez conseguido, le había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes que le mantuvieran su recuerdo en el corazón.

Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario. No obstante, el rey tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo. Cuanto más pasaba el tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: “Lo que soy es por culpa mía”, sino que le echaba la culpa a su rey.

Éste, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. “Hasta ahora — dijo — he mandado mensajeros y amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. Él tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor”. Y mandó al hijo.

Ésta es la parábola.

61.2

Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?».

La gente dice a una voz: «Infinitamente le quería».

«¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberle dejado?».

«No, no podía» responde la multitud.

«Responded también a esto: ese caballo cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para rescatarle, curarle y llevarle de nuevo al lugar de delicias?».

«Con alegría, es natural, con gratitud y afecto».

«Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: “Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente, lleno de buena voluntad, fiel a mí”, ¿qué decís que habrá respondido el caballo?».

«¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado — ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino — que quería ser como decía el hijo del rey».

«Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?».

«Ser aun más bueno de lo que se le pedía, más afectuoso, más dócil, para que le fuera perdonado el mal pasado, por gratitud por el bien recibido».

«¿Y si no hubiera actuado así?».

«Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje».

«Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas, Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡oh! sed — os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención —, sed al menos como juzgáis que debe ser ese animal. ¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida».

Detalle

Parábola del caballo amado por el rey. El hombre es la criatura amada de Dios

ECR 61.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.