Ir al contenido

Notas del tema

Religión, castas, ritos y fiestas judías en la época de Cristo

Página 4 de 26

Comodidad de lectura

Aa

ECR 25

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La presentación de Juan Bautista en el Templo y la partida de María. La Pasión de José.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 5 y jueves 6 de abril de 1944 (Semana Santa)

Calendario: Martes 13 de agosto -5 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María, Isabel y Zacarías están en Jerusalén para la presentación de Juan Bautista en el Templo. A su llegada, María pregunta por José en un establo al que tienen que ir todos los peregrinos, pero el santo varón no está allí. El grupo continúa, pues, su camino hacia el Templo.

Tiene lugar el rito de la purificación y los sacerdotes se alegran de dar esta fiesta por uno de los suyos. La gente se sorprende de que Isabel sea la madre: al principio, todos piensan que María es la madre de Juan. Pero se dan cuenta de que eso no es posible, pues María ya está embarazada, mientras que Juan sólo tiene unos días. Cuando Isabel presentó al niño en el Templo, ya no hubo lugar a dudas, y todos quedaron asombrados.

El rito había terminado y José seguía sin aparecer. Zacarías sugirió que esperaran en casa de los padres de Zebedeo, para que, si el carpintero no llegaba, su mujer pudiera volver a Galilea con unos pecadores que pasaban por la casa. Sin embargo, esperaron todo lo que pudieron y José llegó por fin.

Saludó a la Virgen con alegría y respeto y deseó ver al niño. Isabel y Zacarías le concedieron su deseo, y luego se despidieron. San José sugirió entonces a la Llena de Gracia que partiera de noche, para que el viaje le resultara más agradable. Ella aceptó. Mientras se preparaba, José se dio cuenta de que María estaba embarazada. Pero no dijo nada...

A continuación, María hizo un dictado sobre la Pasión de José. Explicó que duró tres días, pero que fue intensa: la Virgen tuvo que luchar contra la tentación de desanimarse. Podía ver el sufrimiento de su esposo, pero no podía aliviarlo de ninguna manera para obedecer el mandato de Dios, que le había dicho que guardara silencio. María calló y José sufrió, pero era santo, y por eso Dios le concedió su iluminación.

Por último, María nos exhorta siempre a pedir la gracia y a actuar con confianza, dondequiera y cuandoquiera que estemos.

Contenido del capítulo: 25.1: María se sorprende al no ver a José cuando llega al Templo. 25.2: Zacarías es recibido con honores. La multitud se asombra de la edad de la madre. 25.3: María no encuentra a José en la posada. Lo espera en casa de los padres de Zebedeo. 25.4: José llega y se disculpa. 25.5: Está preocupado por María. 25.6: Zacarías e Isabel se van. María vuelve a un magnífico jardín. 25.7: José sale durante la noche y se da cuenta del estado de María. 25.8: El dolor de un amante es el mayor regalo que Dios puede hacer a los que creen en su Hijo. 25.9: José también tuvo su Pasión. El sufrimiento de María en ese momento. 25.10: La gran santidad de José. 25.11: Tú también debes vivir tu Pasión. 25.12: Después de Pascua (1944), habrá silencio ante el dolor del Redentor.

ECR 25.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue.

Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre — que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo — para dejar sus cabalgaduras.

(...) [Todos van al Templo.]

25.2 Los hombres que están de guardia le reciben a Zacarías con honor, y los otros sacerdotes le saludan y felicitan. Zacarías, hoy, con sus vestiduras sacerdotales y la alegría del padre que se siente feliz, está guapísimo. Parece un patriarca. Creo que Abraham debía asemejarse a él cuando jubilaba por ofrecer a Isaac al Señor.

Veo la ceremonia de la presentación del nuevo israelita y la purificación de la madre. Es todavía más pomposa que la de María, porque por el hijo de un sacerdote los sacerdotes hacen mucha fiesta. Acuden en masa y se ponen manos a la obra diligentes en torno al grupito de las mujeres y del recién nacido.

También otras personas se han acercado curiosas. Oigo los comentarios. Dado que María lleva en brazos al pequeñuelo mientras se dirigen al lugar establecido, la gente cree que es la madre.

Pero una mujer dice: «No puede ser. ¿No veis que está encinta? El niño no tiene más de unos pocos días y Ella está ya abultada».

«Ya... pero» dice otro «sólo puede ser Ella la madre. La otra es vieja. Será una parienta. No puede ser madre a esa edad».

«Vamos detrás de ellos y así vemos quién tiene razón».

Bien grande viene a ser el asombro cuando se ve que la que cumple el rito de la purificación es Isabel, que ofrece su corderillo balante para el holocausto y su paloma por el pecado.

«La madre es aquélla. ¿Has visto?».

«¡No!».

«Sí».

La gente, incrédula, sigue cuchicheando. Cuchichean tanto, que el grupo sacerdotal que está presente en el rito se ve obligado a emitir un «¡Chsss!» imperativo. La gente se calla un momento, pero musita aún más fuerte cuando Isabel, radiante de santo orgullo, toma al niño y se adentra en el Templo para presentarle al Señor.

«Es ella realmente».

«Es siempre la madre quien lo ofrece».

«Y entonces, ¿qué milagro es éste?».

«¿Qué será ese niño concedido en edad tan tardía a esa mujer?».

«¿Qué signo es éste?».

«¿No sabéis — dice uno que en ese momento llega jadeante — que es hijo del sacerdote Zacarías, de la estirpe de Aarón, aquel que quedó mudo estando ofreciendo el incienso en el Santuario?».

«¡Misterio! ¡Misterio! ¡Y ahora ya puede hablar otra vez! El nacimiento del hijo le ha soltado la lengua».

«¿Qué espíritu será el que le habló y le incapacitó la lengua para acostumbrarle al silencio sobre los secretos de Dios?».

«¡Misterio! ¿Qué verdad será la que conoce Zacarías?».

«¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?».

«Ha nacido en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser Mesías».

«¿Y entonces quién?».

Mas la respuesta queda en los silencios de Dios y la gente se queda con su curiosidad.

Cumplido el ceremonial, los sacerdotes ahora también agasajan a la madre y al pequeñuelo; la única que pasa poco observada es María; es más, incluso la evitan casi con repulsión cuando se dan cuenta del estado suyo.

Detalle

Lucas 1, 65-66 : Al instante se le abrió la boca y se le soltó la lengua, y [Zacarías] habló y bendijo a Dios.

El temor se apoderó de toda la gente de la vecindad, y todos estos acontecimientos se contaron por toda la región montañosa de Judea. Todos los que oían hablar de ellos los guardaban en su corazón y decían: "¿Qué será entonces este niño?". En efecto, la mano del Señor estaba con él.

ECR 31.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.4 «¿Nazaret? Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David. El Altísimo le ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea. ¿Por qué llevarle a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos. El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de proveniencia. Vosotros sabéis como yo lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales... Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante, y podré poner todo lo que tengo — no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales — al servicio de este Recién Nacido. Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo, para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga. Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida. Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas, y le facilitará la misión».

Detalle

Tras la Natividad, Zacarías se opuso a que la Sagrada Familia regresara a Nazaret.

ECR 32

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : Presentación de Jesús en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 1 de febrero de 1944

Calendario: lunes 20 de enero 4 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José dejan Belén para ir a Jerusalén. Van a presentar a Jesús en el Templo. La ceremonia transcurre sin contratiempos. Cuando termina el rito, se encuentran con Simeón, que pide llevarse al niño. Los padres aceptan la petición del anciano, que llora de alegría y pronuncia las palabras que conocemos por el Evangelio. Al oír las palabras sobre su futuro dolor, María dejó de sonreír y estrechó al Niño contra su corazón, mientras se acercaba a José. Ana de Fanuel vino a consolarla.

Jesús dio entonces un dictado y dos enseñanzas. La primera es que la verdad no se revela al sacerdote que celebra el rito, que está espiritualmente ausente. La verdad se revela a Simeón, que es un simple fiel, pero que se ha dejado mover por el Espíritu, teniendo siempre buena voluntad en su interior. La segunda enseñanza se refiere a Ana de Fanuel, que consuela a María. Se dirige a los contemporáneos de María y a nuestro tiempo, para decir que el Señor también puede enviar a su ángel para consolar a su pueblo. Basta con tener la fe suficiente para invocarle, para recibir su misericordia y su perdón. El Salvador señala también que Dios se mantuvo fiel a su promesa de no volver a enviar el Diluvio, mientras que el hombre no cumple sus promesas. Sin embargo, Dios volvería a ayudarnos si la mayoría de nosotros le invocáramos con fe y amor.

Por último, dice a los que intentan contrarrestar la severidad de Dios que no teman, pues el Altísimo nos enviará a su ángel para consolarnos. Debemos permanecer unidos a la Cruz, pues siempre ha triunfado.

Contenido del capítulo: 32.1: Por el campo. 32.2 : Y en la ciudad. 32.3: La purificación de la madre. 32.4: La presentación del niño. 32.5: Las profecías de Simeón. 32.6 : La profetisa Ana de Fanuel. 32.7 : La buena voluntad no se demuestra en las prácticas externas, sino en la oración. 32.8 : Simeón tenía esta buena voluntad y perseverancia. 32.9 : Pon tu angustia a los pies de Dios.

ECR 32.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

Palabras clave

ECR 32.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sé si motu proprio o es que José le ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me había olvidado de decirlo —, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

Detalle

María y José van a presentar a Jesús en el Templo.

ECR 32.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sé si motu proprio o es que José le ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me había olvidado de decirlo —, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

Detalle

María y José van a presentar a Jesús en el Templo.

ECR 34.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron adonde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido: «En Belén de Judá».

Palabras clave

ECR 39.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

39.2 Veo a María encorvada hacia una batea, o, mejor, un barreño de barro, mezclando algo que despide vapor en el aire frío y sereno que llena el huerto de Nazaret.

Debe ser pleno invierno. Lo deduzco del hecho de que, menos los olivos, todos los árboles están deshojados y exhaustos. Arriba, un cielo tersísimo y un Sol que aun siendo radiante no logra templar la tramontana que hay, que sopla y hace chocar unas con otras las desnudas ramas u ondular las ramitas entre grises y verdes de los olivos.

La Virgen María lleva un vestido tupido de color marrón casi negro, que la cubre enteramente. Se ha colocado delante una tela basta, a manera de mandil, para protegerlo. Saca de la tina el palo con que estaba removiendo el contenido. Veo que del palo caen gotas de un bonito color bermejo. María observa, se moja un dedo con las gotas que caen, y prueba el color en el mandil. Parece satisfecha.

Entra en la casa y vuelve a salir con muchas madejas de blanquísima lana, y las echa, una a una, en la tina, con paciencia y cautela.

39.3 Mientras está haciendo esto, entra su cuñada — que viene del taller de José — María de Alfeo. Se saludan. Se hablan.

«¿Queda bien?» pregunta María de Alfeo.

«Espero que sí».

«Me aseguró esa gentil que se trata de la misma tinta y del mismo sistema de teñir que utilizan en Roma. Si me lo dio es porque se trataba de ti y por haber hecho aquellas labores. Ella dice que no hay quien borde como tú, ni siquiera en Roma. Debes haber perdido la vista haciéndolas...».

María sonríe y hace un movimiento de cabeza como diciendo: «¡Son cosas sin importancia!».

La cuñada mira las últimas madejas de lana antes de pasárselas a María, y exclama: «¡Qué bien las has hilado! Son hilos tan finos y uniformes que parecen cabellos. Tú todo lo haces bien... y ¡qué rápida! ¿Estas últimas serán más claras?».

«Sí, para la túnica; el manto es más oscuro».

Las dos mujeres se ponen a trabajar juntas: primero, en la tina; luego sacan las madejas, ya de un lindo color purpúreo, y corren veloces a sumergirlas en el agua helada que llena el pilón, colocado bajo la fina vena que mana y cae produciendo notas de risitas apenas perceptibles. Aclaran una y otra vez y luego extienden las madejas sobre unas cañas aseguradas a los árboles de unas ramas a otras.

«Con este viento se secarán bien y rápido» dice la cuñada.

«Vamos donde José. Hay lumbre. Debes estar helada» dice María Stma. «Has sido buena conmigo ayudándome. He acabado pronto y con menos esfuerzo. Gracias».

«¡Oh! ¡María! ¿Qué no haría yo por ti! Estar a tu lado es motivo siempre de gozo. Además... todo este trabajo es por Jesús. Y, ¡es tan encantador tu Hijo!... Ayudándote a ti para la celebración de su mayoría de edad, me parecerá sentirme yo también madre suya».

Y las dos mujeres entran en el taller, lleno de ese olor a madera cepillada que es típico de los talleres de carpintero.