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Notas del tema

Personajes del Evangelio tal como me fue revelado

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ECR 64.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice: «Lo siento porque... ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado Él no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!... El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres... y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos...!».

«¡Y además ese paralítico!... Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí...» dice Andrés.

«Mira, hermano, yo pienso... que no podemos estar divididos. No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos... no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y, aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”».

64.2 «¡Aquí estoy!» — Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen. Se les escapa un grito: «¡Oh! ¡Maestro!»; y llaman a Santiago y a Juan: «¡El Maestro! ¡Venid!».

Los dos acuden, y todos se arriman a Jesús. Uno le besa la túnica, otro las manos; Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho; Jesús le besa en el pelo.

«¿De qué hablabais?».

«Maestro... estábamos diciendo que te íbamos a necesitar».

«¿Para qué, amigos?».

«Para verte y amarte viéndote, y, además, por algunos pobres y enfermos; te esperan desde hace dos días o más... Yo he hecho lo que podía. Los he alojado allí ¿ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de ribera. Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre: no podía mandarles a buscarte».

«Has hecho bien. Pero, ¿cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡me has dicho que son pobres!...».

«Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido. Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una perra; Tú lo harás».

«Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente... Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas».

«No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad. Pero, créeme, he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido».

«Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no, y es viva, activa, santa a los ojos de Dios».

Detalle

Jesús no está con los discípulos, los ha dejado en casa por un tiempo.

ECR 64.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.1 Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

ECR 64.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.3 Algunos niños, entretanto, han llegado corriendo y gritan: «¡El Maestro! ¡Está el Maestro! ¡Jesús! ¡Ha venido Jesús!». Y se le arriman. Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos.

«Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos».

Los discípulos salen, rápidos, en distintas direcciones. Toda Cafarnaúm ya sabe, no obstante, que Jesús ha llegado; lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso, las casas, las calles, las plazas. Van, vienen, jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol; y luego vuelven para que, una vez más, los acaricie Aquél que los ama, y uno, audaz, dice: «Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores».

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos. Luego, siguiéndole los pequeños, se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz: «La paz descienda sobre esta casa».

La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

64.4 Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas... de elevada condición social; paludamentos, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

«“Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios... él, que se sacia entre los lirios”, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?... Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran efuso, como dulces abejas desde un arna, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál el la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino. Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor».

Detalle

Jesús se encontró con unos niños en Cafarnaún y les prometió un sermón sólo para ellos (el sermón tuvo lugar en 64.4).

Anotación

Cantar de los Cantares 6, 2-3

Ct 6, 2-3 : Mi amado ha bajado a su huerto, a los herbazales, a llevar sus ovejas a apacentar en los huertos, y a recoger lirios. Yo soy de mi amado, mi amado es mío, el que lleva sus ovejas a apacentar entre los lirios.

ECR 64.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) El Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

ECR 65

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús predicó en la barca de Pedro, hablando de la cosecha de primavera. Aplica su lección a las almas, diciendo que llega la sequía de Satanás, el viento helado del mundo, las ráfagas de pasión y disgusto. En todo esto se necesita vigilancia y constancia. Señalando una higuera en el jardín de Pedro, explica que el árbol ha hecho todo lo posible por sobrevivir y obedecer la voluntad de Dios, y que nosotros debemos hacer lo mismo, pues somos hijos del Señor.

Cristo nos anima a buscar la Fuerza, la Vida y la Luz, y por tanto a venir a Cristo, y nos conmina a seguir los Mandamientos, especialmente a amar.

Terminado el sermón, Jesús fue al lago a pescar. Pedro dudaba, pero obedeció. Se produjo la pesca milagrosa y Simón de Jonás exclamó que era un pecador. Jesús le dijo que le siguiera. Pedro lo dejó todo con Andrés, Santiago y Juan.

ECR 65.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol. Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

ECR 65.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor. Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios. Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

ECR 65.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

65.2 Jesús dice a Simón: «Llama a los otros dos. Vamos a adentrarnos en el lago para echar la red».

«Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde».

«Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama».

«Haré lo que dices por respeto a tu palabra» y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan. «Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere». Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús: «Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando...».

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red. Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

«¡Esto son peces, Maestro!» dice Pedro con los ojos como platos.

Jesús sonríe y calla.

«¡Eúp! ¡Eúp!» dirige Pedro a los peones. Pero la barca se inclina hacia el lado de la red. «¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!».

Se apresuran. Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas. Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte. Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas. Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía. Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

«¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo! ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque! ¡Demasiado peso!».

65.3 Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona. Pero, una vez en la orilla, lo hace. Entiende. Siente una gran turbación. «¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!». Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús le mira y sonríe: «¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres, y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!».

«Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadle todo a Zebedeo y a mi cuñado. Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección».

Y tiene fin la visión.

ECR 66

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está solo. Judas viene a reunirse con él. El hombre de Keriot quiere seguirle y Jesús se entristece mucho. Conociendo su estado de ánimo, Jesús le revela que su Reino no es de este mundo, que su Reinado no es terrenal. Incluso le dice que Cristo será traicionado, y Judas le asegura que nunca hará tal cosa. Lo dice por su honor, pero el Salvador le señala que no hay nada más frágil. Jesús insiste entonces en que es amable, pobre y pacífico: que no conseguirá nada terrenal siguiéndole. Pero, sean cuales sean sus argumentos, Judas quiere seguirle. Incluso dice que Jesús debe llevárselo si es pecador y va camino de perderse. Jesús acepta y la visión termina ahí.

ECR 66.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

66.1 Por la tarde veo a Jesús... bajo unos olivos... Está sentado sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas. Empieza a hacerse de noche y la luz va disminuyendo en el tupido olivar. Jesús está solo. Se ha quitado el manto como si tuviera calor. Va vestido de blanco, poniendo así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien. Es alto, lleva un indumento de color alegre: un amarillo rosa que hace más vistoso el manto, grande, lleno de franjas ondulantes. No veo bien su rostro porque lo impiden la luz y la lejanía, y también porque un borde del manto le oculta mucho el rostro. Cuando ve a Jesús, hace un gesto como para decir: «¡Ahí está!», y acelera el paso. A pocos metros dice: «¡Salve, Maestro!».

Jesús se vuelve repentinamente y alza la cara (la persona que ha llegado en ese momento está en el escalón superior). Jesús le mira serio, yo diría incluso que triste.

El hombre repite: «¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?».

«Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada».

«Y a quien Tú dijiste: “Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso”. Lo he decidido: voy contigo».

«¿Por qué vienes, Judas?» — Jesús está muy triste.

«Porque... ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y te he visto rey».

«¿Por esto vienes?».

«Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel».

Los dos están ahora frente a frente, cerca el uno del otro, en pie. Se miran fijamente: Jesús, serio hasta la tristeza; el otro, entusiasmado por su sueño, sonriente, hermoso y joven, ligero y ambicioso.

«Yo no te he buscado, Judas».

«Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte. Sin embargo... He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas. Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte...».

«¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?».

«Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte».

«¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?».

«¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro!

66.2 ¿No me has comprendido?».

«Te he comprendido, sí, te he comprendido; pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven. Hablaremos mientras caminamos». Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar. «Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto».

«Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas? Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas, y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros. Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado».

«Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo. Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres. Pero, ¿por qué, ¡oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos? Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, mas no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino. Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de vida eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos. Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel; mas también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel...».

«No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé».

«¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?».

«En mi honor de hombre».

«Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles. ¡El hombre!... El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu — y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu — hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?».

«Sí, Maestro. Y además... cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡te espera desde hace siglos!».

«Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras... y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos, y tú eres uno de ellos. Judas, tienes aquí, frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre. No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas, y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el fuego de mi amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia. Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas. Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate. Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie... mi cetro, eterno, ya está preparado, pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar.

66.3 Vete, Judas, y medita...».

«¿Me rechazas, Maestro?».

«Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero, dime, Judas: ¿cómo llamarías tú la acción de uno que, sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que, desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: “Piensa lo que estás haciendo”? ¿Lo llamarías odio o amor?».

«Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud».

«Pues entonces llama también así a mi acto».

«¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca».

«Puedes perder más que la salud, porque, piénsalo bien, Judas, poco le será imputado a quien asesine creyendo hacer justicia, creyéndolo porque no conoce la Verdad; pero mucho le será imputado a quien, habiéndola conocido, no sólo no la siga, sino que incluso se haga enemigo de ella».

«Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo, ¿por qué rehúsas salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte...».

«¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego...».

«¿Luego, Maestro?».

«El futuro está en el seno de Dios. Vete. Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces».

«Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

«Y su misericordia te salve».

Y todo termina.