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Notas de la palabra clave

Isabel de Hebrón (madre de Juan Bautista)

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 3 de 5

Comodidad de lectura

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ECR 21.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

21.6 El sirviente, cuando había visto que Isabel no se sentía mal y que quería manifestar su pensamiento a María, se había retirado prudentemente; ahora vuelve del huerto acompañado de un anciano de aspecto majestuoso, de barba y pelo enteramente blancos, el cual, con vistosos gestos y sonidos guturales, saluda desde lejos a María.

«Zacarías está llegando» dice Isabel tocando en el hombro a la Virgen, que está orando absorta. «Mi Zacarías está mudo. Está bajo sanción divina por no haber creído. Ya te contaré luego. Ahora espero en el perdón de Dios porque has venido tú; tú, llena de Gracia».

María se levanta. Va hacia Zacarías. Se inclina hasta el suelo ante él. Le besa la orla de la vestidura blanca que le cubre hasta los pies. Esta vestidura es muy amplia y está sujeta a la cintura por una ancha franja bordada.

Zacarías, con gestos, da la bienvenida a María, y juntos van donde Isabel. Entran todos en una vasta habitación, muy bien puesta, de la planta baja. Ofrecen asiento a María y mandan que le sirvan una taza de leche recién ordeñada — todavía tiene la espuma — y unas pequeñas tortas.

Isabel da órdenes a la sirvienta, quien, embadurnadas de harina todavía las manos y el pelo más blanco de cuanto en realidad lo es, por la harina que tiene, por fin ha hecho acto de presencia. Quizás estaba haciendo el pan. Da órdenes también al sirviente — al que oigo llamar Samuel — para que lleve el baulillo de María a la habitación que le indica. Todos los deberes de una señora de casa para con su huésped.

Entretanto, María responde a las preguntas que Zacarías le hace escribiendo con un estilo en una tablilla encerada. Por las respuestas, comprendo que le está preguntando por José y por cómo se encuentra siendo su prometida. Y comprendo también que a Zacarías le es negada toda luz sobrenatural acerca de la gravidez de María y su condición de Madre del Mesías. Es Isabel quien, acercándose a su marido y poniéndole con amor una mano en el hombro, como para hacerle una casta caricia, le dice: «María también es madre. Regocíjate por su felicidad». Y no dice nada más. Mira a María; y María la mira, pero no la invita a decir nada más, por lo cual guarda silencio.

¡Dulce, dulcísima visión que me cancela el horror que me quedó al ver el suicidio de Judas!

Anotación

Lucas 1, 5-25 : En tiempos de Herodes el Grande, rey de Judea, había un sacerdote de los abianitas llamado Zacarías. Su mujer era también descendiente de Aarón; se llamaba Isabel. Ambos eran justos ante Dios: seguían todos los mandamientos y preceptos del Señor de manera intachable. No tuvieron hijos, pues Elisabet era estéril, y ambos eran de edad avanzada. Mientras Zacarías servía a Dios durante el tiempo asignado a los sacerdotes de su grupo, fue elegido por sorteo, según la costumbre de los sacerdotes, para ir a ofrecer incienso en el santuario del Señor. Toda la multitud estaba orando fuera a la hora de la ofrenda del incienso. Se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se estremeció y sintió miedo.

El ángel le dijo: "No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada: tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te alegrarás y te regocijarás, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande ante el Señor. No beberá vino ni sidra, y estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre; hará que muchos hijos de Israel vuelvan al Señor, su Dios; irá delante, en presencia del Señor, con el espíritu y el poder del profeta Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia sus hijos, para hacer volver a los rebeldes a la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."

Entonces Zacarías dijo al ángel: "¿Cómo voy a saber que esto sucederá? Porque yo soy un anciano y mi mujer es anciana".

El ángel respondió: "Soy Gabriel y estoy en presencia de Dios. He sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia. Pero he aquí que serás silenciado y no podrás hablar hasta el día en que se cumpla, porque no has creído en mis palabras; se cumplirán a su tiempo.

El pueblo esperaba a Zacarías y se extrañó de que se quedara en el santuario. Cuando salió, no pudo hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Les hizo señales y permaneció en silencio. Cuando terminó su tiempo de servicio litúrgico, se fue a casa. Algún tiempo después, su esposa Isabel concibió un hijo. Durante cinco meses lo mantuvo en secreto. Se dijo a sí misma: "Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, en estos días en que ha puesto sus ojos para borrar lo que era mi vergüenza ante los hombres".

ECR 22

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : Los días pasados en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 2 de abril de 1944

Calendario: Abril del año 5-5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María vive en Hebrón. Isabel llega cerca de ella y hablan de sus respectivas maternidades. La mujer de Zacarías ya no sufre ahora que la Virgen está aquí, pero antes sufría mucho a causa de su vejez. María, en comparación, no sufre, pero no tiene el peso de la Falta.

Isabel quería hilar ropa para Juan el Bautista, pero María dijo que ella haría el trabajo por ella. La Virgen argumentó que tenía mucho tiempo y que primero pensaría en su prima, ya que el nacimiento del Precursor era inminente. Después pensaría en su hijo, Jesús.

Fue entonces cuando la Inmaculada Concepción reveló a Isabel el nombre de su Hijo y le reveló su angustia. María conocía a los profetas, y ya intuía que Jesús sería el Cordero, el Varón de dolores. Isabel la consuela, sin embargo, diciéndole que Dios estará con ella y que su hijo será amado por los siglos de los siglos.

Las dos mujeres hablan entonces de Zacarías, que es mudo. Esto causó una gran pena a su esposa. Ella esperaba que, cuando naciera el niño, éste pudiera volver a hablar. La bendita madre desea que su hijo se llame Juan, y revela su sufrimiento a su prima. Para distraerla, María le propone salir al exterior y se encuentran cerca de un pequeño rebaño de corderos.

La visión cambia; esta vez, el tiempo ha pasado. María va a buscar a Isabel. Hablan de Jesús y de su aparición. Luego hablan de José, y María le dice que ha dejado que Dios intervenga. Aparte de Isabel, nadie debía saber de su maternidad divina, e Isabel, que lo comprendió, le señaló que incluso se lo había dicho a Zacarías. Zacarías entró entonces y María rezó las oraciones. Ella exhorta al sacerdote a creer en la misericordia de Dios, porque el hombre piensa que nunca podrá volver a hablar.

Por último, María da una lección sobre la caridad, sobre cómo hacer crecer en nosotros los dones de Dios. Debemos ser siempre caritativos, no egoístas. También nos da una lección sobre el paso del tiempo: Dios es su dueño, y ayuda a los que esperan en Él. "El egoísmo no adelanta nada, lo retrasa todo. La caridad no retrasa nada, hace avanzar las cosas". Por último, la Madre señala que encontró mucha paz en casa de Isabel, y que si no la hubiera atormentado el pensamiento de José y de su Hijo, el Redentor del mundo, habría sido feliz. Pero María significa a la vez luz y amargura...

Contenido del capítulo: 22.1: María cose para el hijo de Isabel. 22.2: Isabel se siente mucho mejor desde la visita de María. 22.3: María se conmueve al pensar en el Varón de dolores de Isaías. 22.4: Isabel se angustia por el silencio de Zacarías. 22.5: Paseo por el jardín entre palomas, cabritos y corderos. 22.6: María hila y teje. 22.7: Imagina cómo será su hijo. 22.8: Dios revela el misterio a José. 22.9: Zacarías habla de nuevo. El Mesías nacerá en Belén. 22.10: Amor al prójimo. 22.11: Mi amor al prójimo y mi amor a Dios. 22.12: La caridad hace que las cosas sucedan. 22.13: Amargura mezclada con dulzura.

ECR 22.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.1 Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes, más bien oscuras, y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.

Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.

«Tengo también lino para hilar» dice María.

«¿Para tu Niño?».

«No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que...». María no acaba la frase, pero yo entiendo: «... cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios».

«Pero ahora tendrás que usarlo para Él. ¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima».

«Sí, lo sé».

«Yo había empezado... Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que... sentía en mí una alegría tal, que, no, no podía provenir de Satanás. Luego... he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado.

22.2 He sufrido mucho. Tú no sufres...».

«Yo no. Nunca me he sentido tan bien».

«¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo».

«Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol... ¡Oh, me siento dichosa!».

«¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si le llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre...

22.3 Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero...».

«¡Deja, Isabel! Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien».

«Pero tendrás que ocuparte del tuyo...».

«¡Bueno, hay tiempo de sobra!... Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús».

Decirle lo dulce de la expresión y voz de María, decirle cómo se aljofara su ojo de un suave, dichoso llanto, cómo Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas. Parece como si el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».

Isabel dice: «¡Qué nombre más hermoso! ¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!».

«¡Oh..., Isabel!». María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado. «Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora. Dime, ¿qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas... ¡Oh!... ¡Los Profetas que hablan del Salvador!... Isaías... ¿recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud. Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades... Plugo al Señor quebrantarle con dolores... Tras la condena fue levantado...” ¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso... yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico, y concateno esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz. ¡Isabel!... ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?». María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo: «María, no llores. Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos le tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos le amarán. ¡Muchos!... Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con Él, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la creación. Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado. El que nacerá de mí precederá al tuyo y le amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió...

22.4 ¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! De todas formas, espero que cuando nazca el niño el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo. Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”. Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?».

«Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré... contigo».

«¡Siento tanto dolor viéndole mudo!...». Isabel llora. «Cuando escribe — pues ya no puede hablarme — es como si montes y mares estuvieran entre mí y mi Zacarías. Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca... sobre todo ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir. Incluso yo misma evito hablar para no verle cómo se fatiga respondiéndome con gestos. ¡He llorado tanto...! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismosea y critica. El mundo es así. Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor. Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿no es verdad? Yo me resigno a todo, pero... ¡si Dios perdonara a mi marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!...».

22.5 María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.

Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.

María les esparce comida sonriendo, pues se le han echado encima zureando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes. Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos, picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol. María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa.

«¡Cuánto te quieren!». dice Isabel. «Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre».

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto. Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

«¿Has vuelto del pasto?». pregunta María a un pastorcillo acariciándole.

«Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí». Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar.

María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño. Y ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece.

Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa. La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo. Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol. Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo. «Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

También Isabel, ya sosegada, ríe.

ECR 22.6-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.6 Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles, y las abejas zumban cerca de las flores de la higuera ya formadas.

Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente. María la mira con atención y amor. También a María, que se ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados, y su expresión ha cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer.

Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena, María teje.

«¿No te cansa nunca?». pregunta Isabel señalando el telar.

«No, tenlo por seguro».

«A mí este calor me deja sin fuerzas. No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que ya son viejos».

«¡Ánimo! Pronto serás liberada de ese peso. ¡Qué feliz te sentirás entonces!

22.7 Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño, mi Jesús! ¿Cómo será?».

«Tan guapo como tú, María».

«¡Oh, no! ¡Más guapo! Él es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de las montañas. Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confín del cielo; una boquita pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de esta pálida rosa; dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor. Mira, yo pongo en la idea que me he hecho de Él todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz. Cuando llore — un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá, no, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón —, cuando llore, su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir. En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura — puedo estar enamorada de Él porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad —, en la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido, satisfecho en el nido calentito. Pienso en Él dando sus primeros pasos... un pajarillo saltando en un prado florido. El prado será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo!

22.8 ¡Y también José le amará!».

«Sí, pero tendrás que decírselo también a José».

Se le nubla el rostro a María, que suspira. «Tendré que decírselo... Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir».

«¿Quieres que se lo diga yo? Le llamamos para la circuncisión de Juan...».

«No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle — y lo hará — acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca. Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

«He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. Él cree que eres madre según la naturaleza».

«Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales».

Isabel suspira y guarda silencio.

22.9 Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena. María reza en voz alta en vez de Zacarías. Luego se sientan a la mesa.

«Cuando te marches, ¡cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros!» dice Isabel mirando a su mudo.

«Tú rezarás para ese entonces, Zacarías» dice María.

Él menea la cabeza y escribe: «No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde que dudé de Dios».

«Zacarías, tú rezarás. Dios perdona».

El anciano se enjuga una lágrima y suspira.

Terminada la cena, María vuelve al telar.

«¡Vale ya!» dice Isabel. «Es demasiado cansancio».

«Está próxima la hora, Isabel. Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David».

Zacarías escribe: «¿De quién nacerá Él, y dónde?».

María responde: «Donde han dicho los Profetas, y de quien elija el Eterno. Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho».

Zacarías escribe: «¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarle. Tú también vendrás con José a Belén».

Y María, inclinando hacia su telar la cabeza, dice: «Iré».

La visión cesa así.

ECR 22.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.10 Dice María:

«El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo. No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por objeto nosotros mismos. Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas. Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo. Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad.

22.11 Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta. Pues bien, a este detalle mío de ayuda humana, Dios, dando sin medida como Él hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural. Yo había ido para aportar ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando, a través de esta santificación — por la cual el Bautista fue presantificado —, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que había concebido a una edad inusitada.

Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre. El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que le separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.

No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle, el sentimiento de alabanza que yo llevaba en mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a las pacientes ovejas, a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo. Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubiesen unido a mí para alabar a mi Señor.

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.

Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

ECR 23

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Nacimiento de Juan el Bautista. Todo sufrimiento se alivia en el seno de María.

Fecha de la visión y del dictado: Lunes 3 de abril de 1944 (Lunes Santo)

Calendario: jueves 4 de julio del año 5 a.C.

Lugar (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María e Isabel pasean por la casa de Zacarías. Caminan despacio y María está atenta a todo. Preocupada por su pariente, va a ayudar a Sara, la sirvienta, y luego invita a Isabel a caminar un poco más. Fueron a ver las palomas e Isabel se sintió conmovida por su afecto hacia ella. Su estado le hacía temer la muerte y estaba preocupada por su marido y su hijo. María la tranquilizó, diciéndole que todo iría bien e invitándola a confiar en Dios. Cuando a Isabel se le pasó el sufrimiento, volvieron a casa. Comienza la labor de la madre del Precursor. María consuela a Zacarías y reza con el anciano. Cuando se queda dormido (era plena noche), ella lo cuida y continúa su oración.

Isabel llama a la Virgen y le pide que ponga la mano sobre su vientre inmaculado. María la tranquiliza, le dice que confíe en Dios y le dice que Jesús está allí. Cuando su prima se ha calmado, se marcha de nuevo. Zacarías sigue durmiendo. La Inmaculada reza intensamente, hasta que el anciano sacerdote se despierta. Pero Juan seguía sin nacer.

María siguió rezando, y pronto amaneció. Poco después, para gran alegría de ambos padres, nació Juan. Zacarías recibió al niño, y luego María se lo llevó a su madre. El niño se calmó en cuanto estuvo sobre el pecho de María. Isabel le preguntó si Zacarías podía hablar, pero desgraciadamente no podía. La Virgen le dijo entonces que volviera a esperar en el Señor...

Después de la visión, la Plenitud de Gracia dictó a María y le explicó que, aunque había sido preservada de la Falla y de los dolores del parto, su maternidad espiritual había estado, sin embargo, llena de sufrimientos. María nos invita entonces a acudir siempre a Ella, porque es la eterna portadora de Jesús. Ella reza sin cesar por nosotros y por nuestra salvación.

Contenido del capítulo: 23.1: Una visión de paz en medio de las horas oscuras. 23.2: María ayuda a Isabel y a Sara en el jardín. 23.3: Tranquiliza a Isabel, que tiene miedo de morir. 23.4: Vela por todo en la casa. 23.5: Isabel, que sufre, la llama a su cabecera. 23.6: Vuelve para tranquilizar a Zacarías. 23.7: Zacarías está nervioso, María reza. 23.8: Llevan el niño al padre. 23.9: La angustia del nacimiento espiritual de María. 23.10: Venid a mí, que soy la eterna portadora de Jesús.

ECR 23.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.2 Continúa la casa de Isabel. Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.

Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y caliente de la tarde. De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho. Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.

María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.

María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un largo lienzo que ha quitado de un seto. «Espérame aquí, sentada» le dice a su parienta; y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y doblándola con cuidado. «Se siente todavía el sol, están calientes» dice sonriendo; y, para que se sienta contenta la mujer, añade: «Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú». Sara se marcha todo contenta con su carga de fragantes telas.

María vuelve con Isabel y dice: «Otros poquitos pasos. Te vendrán bien». Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice: «Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego nos volvemos a casa».

23.3 Las palomas deben ser las predilectas de Isabel. Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero en viendo a las dos mujeres las saludan con su arrullo), Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar. Se los manifiesta a su prima: «Si yo muriese... ¡pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí. Si te quedaras en mi casa, no me importaría morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer nunca. Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia. Pero, está Zacarías... y estará el niño: uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá. ¡Pobre niño, sin las caricias de su madre!...».

«Pero, ¿por qué estás tan triste? Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su plenitud. El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol. No morirá uno dejando al otro

solo».

«Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo, y ahora que estoy para darle a luz tengo miedo».

«¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús! Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un capullo recién formado; tú lo dijiste. Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía; ahora, que siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido con un corazoncito de suave palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe».

«La tengo. Pero, si yo muriese... no le dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor».

«Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos, y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada. Estáte tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más amorosa de las siervas, y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva.

23.4 Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida...».

«Sí, me parece que tengo otra vez dolores. Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí».

«Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo».

Y las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.

ECR 23.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Sara entra y la llama con señas. María sale con sus pies descalzos al jardín. «La señora la llama» dice.

«Voy». María va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros. Entra en la habitación de Isabel.

«¡Oh! ¡María! ¡María! ¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!».

María la acaricia con amor y la besa.

«¡María! ¡María! ¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!».

María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles. Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice: «Jesús está aquí, oyéndote y viéndote. Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos. Ahora me está diciendo: “Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo, su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi Precursor”».

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María está un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos. Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la expresión arrobada del rostro.

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira.

ECR 23.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

ECR 24

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Circuncisión de Juan el Bautista. María es fuente de gracia para los que acogen la Luz.

Fecha de la visión: Martes 4 de abril de 1944 (Martes Santo).

Fecha del dictado: Martes 4 de abril de 1944. En una copia mecanografiada, María Valtorta anota: "La Santísima Virgen María dictó estas palabras el Miércoles Santo".

Calendario: Viernes 12 de julio del año -5

Lugar (mapa): Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: Es la circuncisión de Juan. Hay mucha gente en casa de Zacarías. Hablan del nombre del niño y quieren ponerle el nombre de su padre, pero Isabel es inflexible: se llamará Juan. Se pide la opinión de Zacarías y éste escribe que, en efecto, se llamará Juan, "Dios es misericordioso". Entonces se le soltó la lengua y pronunció su himno. Isabel se alegró mucho. Tuvo lugar la circuncisión y el niño se tranquilizó en brazos de la Virgen. Zacarías fue a verla y le pidió perdón por no haberla reconocido cuando estaba embarazada del Salvador. La bendijo y la Inmaculada le respondió que todas las alabanzas debían ser para Dios. La Inmaculada le pidió también que rezara por ella, pues si ser madre del Salvador es un destino bendito, ser madre del Redentor debe ser un destino de atroces sufrimientos.

En el dictado que sigue, María explica que Dios perdona a los que reconocen sus pecados y se arrepienten. Nos invita a despojar nuestras almas de todo lo que las agobia y a acoger la Luz de Dios. La Virgen sigue explicando que quien posee a Dios, quien tiene la amistad de Dios, nunca está solo, porque aunque esto no quite el sufrimiento, nos da luz y una caricia que aligera nuestra cruz. También debemos saber agradecer al Altísimo sus gracias.

Por último, la Inmaculada nos explica que la hacemos sufrir mucho porque rechazamos la gracia. Cuando dio el dictado, se acercaba el Viernes Santo, por lo que nos invitó a rezar con las palabras de su Hijo en la Cruz. Finalmente, recuerda a María que, aunque ve sus alegrías, su sufrimiento siempre ha crecido exponencialmente, hasta que recibe en sus brazos a su Hijo muerto.

Contenido del capítulo: 24.1: La casa en fiesta. 24.2: El nombre. El milagro. El Benedictus. 24.3: Sólo María puede calmar el dolor del pequeño Juan al volver de su circuncisión. 24.4: Zacarías, que puede hablar de nuevo, se postra ante María. 24.5: María pide sus oraciones por la Corredentora en que se convertirá. 24.6: Dios perdona a los arrepentidos. 24.7: Él hace que el dolor sea dulce en su amargura. 24.8: El dolor de ver a un enemigo de Jesús. 24.9: El misterio del Viernes Santo. 24.10: Un dolor cada vez mayor.