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Notas de la palabra clave

Andrés (apóstol)

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 16 de 18

Comodidad de lectura

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ECR 197 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo: «¿Has venido aquí alguna vez?» a lo que recibe como respuesta: «Cuando nací, padre; pero no me acuerdo» lo cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia: «Quizás es que dormías y por eso...» o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

Detalle

Los Doce están presentes en este capítulo, aunque no se les nombra a todos.

ECR 198.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... Hasta la plena noche Jesús no puede hablar en paz con su Madre. Han subido a la terraza. Están sentados en un asiento, uno junto a otro, cogidos de la mano. Se hablan. Se escuchan.

Primero es Jesús quien cuenta las cosas que han sucedido. Luego, María; y dice: «Hijo, nada más marcharte, vino a verme una mujer... Te buscaba. Gran miseria y gran redención. Esta criatura necesita tu perdón para ser tenaz en su resolución. La he enviado a Susana, se la he confiado diciendo que había sido curada por ti. Es verdad. Se habría podido quedar conmigo, si nuestra casa no se hubiera convertido en un mar en que todos navegan... y muchos con malas intenciones... La mujer ahora siente repugnancia por el mundo. ¿Quieres saber quién es?».

«Es un alma. De todas formas, dime su nombre para que la pueda acoger sin error».

«Es Áglae, la romana mimo y pecadora que empezaste a salvar en Hebrón, que te buscó y te encontró en Agua Especiosa, y que ha sufrido — ¡oh, cuánto! — por recuperar su honestidad. Me ha dicho todo... ¡Qué horror!».

«¿Su pecado?».

«Esto y... yo diría más: ¡Qué horror es el mundo! ¡Hijo mío, no te fíes de los fariseos de Cafarnaúm! Se querían servir de esta desdichada contra ti. ¡Hasta de ésta!...».

«Lo sé, Madre... ¿Dónde está Áglae?».

«Vendrá con Susana antes de la Pascua».

«Bien. Hablaré con ella. Estaré aquí todas las tardes esperándola, excepto la tarde pascual, que dedicaré a la familia. Si viene, no la dejes que se marche. Es una gran redención, tú lo has dicho. ¡Y tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones mi semilla ha echado raíces con la fuerza con que lo ha hecho en este terreno infeliz. Andrés la ayudó a crecer hasta su completa formación».

«Sí, me lo ha dicho».

«Madre, ¿qué has sentido en presencia de esa miseria?».

«Repugnancia y alegría. Me parecía estar en el borde de un abismo de infierno, pero, al mismo tiempo, me sentía transportada al azul del cielo. ¡Cuán Dios eres, Jesús mío, cuando realizas estos milagros!».

Y quedan en silencio, bajo las luminosísimas estrellas y el candor de un cuarto de Luna que ya tiende a Luna llena; en silencio, amándose, descansando en su mutuo amor.

ECR 199.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

ECR 199.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

Tú, Simón, me vas a acompañar con tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Todos son libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos se dirigen a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 200.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María le llama, levanta la cabeza.

«Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?».

«Sí, Madre. En seguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas... en ninguno... y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón».

«Vigilaré con esmero...».

María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.

«Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala» dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.

200.3

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

«No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que le amas y te ama».

Pero Áglae sigue llorando...

«¿No crees que es así?».

La voz se abre paso entre los sollozos: «Le amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo... Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado... Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar... Por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola. No es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena del deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada... Pero, es tan triste, tan triste...».

«Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él — Creador y Señor de toda criatura — en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora le anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura».

«Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?».

«No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere».

«¡Oh, Salvador mío! Pero entonces... ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?».

«¿Te he mentido alguna vez?».

«¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo lo que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de junio hasta las otras de Agua Especiosa...».

«Debes creer, entonces, también en éstas».

«¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: “Yo te perdono”!».

«Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús».

«Gracias...

200.4

Y... ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme... No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada... Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre... No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria... Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré “amiga mía” porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío».

«Ve a un lugar desierto».

«¿A dónde, Señor?».

«A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu».

«¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?».

«Sí, porque Dios te guía».

«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».

«Por ahora, tu alma resucitada».

«¿Te volveré a ver?».

«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».

«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».

«Muriendo por todos los pecadores».

«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».

«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».

«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».

«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

200.5

Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño, que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.

Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice: «Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático... Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor... Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo» y, quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.

Áglae retira el frasco vacío: «Como recuerdo de este momento» dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta...

Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones... y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.

Jesús se alza... recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.

María sube ágilmente la escalera: «La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz».

«Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva».

200.6

Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando...

Andrés va donde Jesús: «¿Maestro, me has llamado?».

«Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo. Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma».

«¿Gracias? ¿Por qué?».

«¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada».

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de rodillas, y no encuentra ni una palabra... Por fin dice: «Ahora estoy contento. ¡Bendito sea el Señor!».

«Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí».

«Guardaré silencio, Señor».

«Ahora puedes marcharte. Escucha... ¿Está todavía Judas de Simón?».

«Sí, ha querido acompañarnos... diciendo... muchas mentiras. ¿Por qué actúa así, Señor?».

«Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?».

«No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás... ya sabes... son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar... Otros amigos... dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!...».

«Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde...».

«Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego».

Detalle

André sólo aparece en 200.6. Aglaia lo menciona en 200.4. Como el destino de Aglaia era importante para el hermano de Pedro, incluimos toda la discusión que Aglaia mantuvo con Jesús.

Anotación

Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha hecho realidad. En EMV 77.

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que no era el bendito apóstol quien me hablaba de ti? Andrés.

Yo también tengo mi invisible, pero dulce paternidad. Me voy. Referencia a la paternidad de Pedro hacia Marziam. Jesús le concedió ser su padre adoptivo en EMV 199.

Palabras clave

ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

ECR 201.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La comitiva de los apóstoles y las mujeres, encabezada por Jesús y María y el pequeño, que va entre ambos, se está acercando a la Puerta de los Peces. Por tanto, debe ser el miércoles por la mañana. Va con ellos también José de Arimatea, que, fiel a su palabra, ha salido a su encuentro.

Jesús busca con la mirada al soldado Alejandro, pero no le ve.

«Tampoco está hoy. Quisiera saber qué ha sido de él...».

Pero la muchedumbre es tanta, que no hay modo de hablar con los soldados, y quizás sería imprudente, pues los judíos están más intransigentes que nunca ante la inminencia de la fiesta; están, además, resentidos por la captura de Juan el Bautista, y consideran cómplices a Pilatos y a sus hombres de confianza. Deduzco esto por los epítetos y las disputas que continuamente se encienden en la Puerta entre los soldados y la gente, y los insultos... pintorescos, no precisamente urbanos, que estallan a cada momento como el fuego de una girándula perpetua.

Las mujeres de Galilea se sienten escandalizadas y se arrebujan más que nunca en sus velos y mantos. María se ruboriza, pero sigue andando segura, derecha como una palma, mirando a su Hijo, el cual, por su parte, ni siquiera intenta hacer razonar a los exaltados hebreos, o aconsejar a los soldados que tengan piedad de éstos. Y, dado que algún epíteto poco bonito va también a parar al grupo de los galileos, José de Arimatea pasa adelante, al lado de Jesús; de forma que la gente, que le conoce, calla por respeto a él.

Atraviesan por fin la Puerta de los Peces. El río humano que afluye a oleadas a la ciudad, mezclado con burros y hatos de otros animales, se extiende por las calles...

ECR 203.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Ver en su contexto

Cita

«Hay otro motivo, Simón...».

«Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero».

«Judas está celoso. Su inquietud es por celos».

«¿Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo...».

«Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan — sobre todo Juan — dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo».

«¡Bien!... ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo... ¡no!, ¡lo digo!... sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado... cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora... ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!... ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad. Pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por ti. Él no ha cambiado; es más... ¡que sí, Maestro!... ¡que le ha entrado un demonio, hombre!».

«No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad...».

«... que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Le soportaré por ti!... Pero, ¡qué difícil!...».

«Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar...».

«Sí, hermano, hablemos de esto... Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros» dice Judas Tadeo.

Detalle

El sufrimiento de Simón Pedro ante los celos de Judas y los Iscariote de Juan de Endor. Algunos de los apóstoles intervienen durante este intercambio.

Anotación

Mi tocayo: Judas y Jude son el mismo nombre de pila, aunque los franceses utilizaran formas diferentes.