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Notas del tema

Grandes profetas

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ECR 7.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.3 Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

7.4 ­­«Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto».

«Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?».

«Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a Él».

«¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes?; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”».

«No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo... Yo seré compañera suya... y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!... ¡¡Servir al Mesías!!...». María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi. Y sigue diciendo: «¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?».

«No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”? En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor».

«¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre... Esto es lo que quiero...

Detalle

María está con su madre y le pide que le cuente una historia de la Sagrada Escritura.

Anotación

"De nuevo, la palabra de Gabriel a Daniel, aquella en la que se nos promete a Cristo". Daniel 9, 20-27. Esta palabra profética se interpretará en EMV 10.5 y EMV 41.3/4.

Libro de Daniel 9, 20-27

Daniel 9, 20-27: Todavía estaba hablando, orando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, elevando mi súplica ante el Señor, mi Dios, por el monte santo de mi Dios; todavía estaba hablando en mi oración cuando Gabriel -el ser que había visto al principio de la visión- vino velozmente a mí a la hora de la ofrenda vespertina.

Me instruyó diciendo: "Daniel, he salido ahora para abrir tu entendimiento. Desde el principio de tu súplica, ha surgido una palabra, y he venido a anunciártela, pues eres amado por Dios. Comprended la palabra y procurad comprender la aparición.

Setenta semanas han sido reservadas para tu pueblo y tu ciudad santa, para poner fin a la perversidad y acabar con el pecado, para expiar la iniquidad y realizar la justicia eterna, para cumplir la visión y la profecía, y para consagrar el Santo de los Santos.

¡Conócelo y compréndelo! Desde el momento en que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la venida de un mesías, un líder, habrá siete semanas. Durante sesenta y dos semanas, reconstruirán las plazas y los muros, pero será en la angustia de los tiempos. Y despues de las sesenta y dos semanas, un mesias sera removido. El pueblo de un futuro líder destruirá la ciudad y el Lugar Santo. Entonces, en una inundación, su fin vendrá. Hasta el final de la guerra, las devastaciones decidido tendrá lugar. Durante una semana, este gobernante reforzará el pacto con una multitud; durante la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y en un ala del Templo estará la Abominación de la Desolación, hasta que el exterminio decidido se derrita sobre el autor de esta desolación."

ECR 7.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios, era la super-Eva, era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.

“Fuente de la Sabiduría” dice Jesús Bar Sirac “es el Verbo”. ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de su Madre?

Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos, ¿no va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que debía llevar en sí la Palabra, a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?

El milagro no está en el hecho de que María — como luego Yo — mostrara en edad infantil una inteligencia superior. El milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita — que en Ella moraba — en los diques convenientes para no pasmar a las multitudes y para no despertar la atención satánica.

En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese “recordarse” que los santos tienen de Dios».

Anotación

Libro de Ben Sira el Sabio 1, 1-8

Si 1, 1-8 : TODA SABIDURÍA viene del Señor y permanece con él para siempre. La arena de los mares, las gotas de lluvia y los días de la eternidad, ¿quién puede contarlos? ¿Quién puede contar la altura del cielo, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo? La sabiduría fue creada antes que todas las cosas, y la profundidad de la inteligencia siempre ha estado ahí. La fuente de la sabiduría es la palabra de Dios en lo alto del cielo. Sus caminos son los mandamientos eternos. La raíz de la sabiduría, ¿quién ha tenido la revelación, y sus sutilezas, quién ha tenido el conocimiento? ¿A quién le fue revelada la ciencia de la sabiduría, y quién se benefició de su gran experiencia? Sólo hay un ser sabio y muy formidable, el que está sentado en su trono. Es el Señor (...).

Libro de Isaías, 6, 6-7

Is 6, 6-7 : Uno de los serafines voló hacia mí, sosteniendo un carbón encendido que había cogido con unas tenazas del altar. Lo acercó a mi boca y dijo: "Esto ha tocado tus labios, y ahora tu culpa ha sido quitada, tu pecado ha sido perdonado".

Un profeta encargado de pronunciar las palabras que la Palabra (...) le inspiraba, es decir, Isaías, como vemos en Isaías 6,6-7. Este hecho se cita varias veces en "El Evangelio tal como me fue revelado", ya sea de forma directa (como aquí y, por ejemplo, en EMV 166.8 y EMV 626.2) o indirecta (como en EMV 364.8). Pero son sobre todo las profecías mesiánicas las que se recuerdan (véanse las notas sobre EMV 561.11 y EMV 577.4).

ECR 10.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.5 La Ley... Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”. Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”. ¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos... donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo le pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar... y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan... ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento...».

Detalle

María habló a Ana de Fanuel y le dijo:

Anotación

Mientras leía a Daniel, una gran luz se encendió en mí; brotó de lo más profundo de mi corazón, y mi entendimiento captó el significado de estas palabras secretas. Las setenta semanas se acortarán gracias a las oraciones de los justos. ¿Se modificará entonces el número de años? No, la profecía no miente. Pero la medida del tiempo profético no se basa en el curso del sol, sino en el de la luna. Por eso digo: "Se acerca la hora en que se oirá vagar al hijo de una virgen. " Ver Daniel 9, 23-27.

¡Ah, si esta Luz que me ama me dijera -ya que me dice tantas cosas- dónde está la virgen feliz que dará a luz un hijo para Dios y el Mesías para su pueblo! Estos sentimientos están atestiguados en las revelaciones hechas a Santa Isabel de Hungría (1207-1231). Dom Prosper Guéranger (1805-1875), abad de Solesmes, lo menciona en su Année liturgique, el 9 de diciembre: "Con sólo tres años, ella (la Virgen María) ya estaba iniciada en los secretos del amor divino. Siempre me levantaba en medio de la noche -decía ella misma en una revelación a Santa Isabel de Hungría- y me presentaba ante el altar del Templo, donde pedía a Dios observar todos los preceptos de su Ley, y le rogaba que me concediera las gracias que necesitaba para serle agradable. Sobre todo, le pedí que me mostrara el tiempo en que viviría esta Virgen santísima, que había de dar a luz al Hijo de Dios. Le rogué que conservara mis ojos para verla, mi lengua para alabarla, mis manos para servirla, mis pies para caminar a sus órdenes, mis rodillas para adorar al Hijo de Dios en sus brazos".

Santa Teresa del Niño Jesús alude a ello en sus cartas: "Una vez, en tu humildad, deseaste ser un día la pequeña sierva de la Virgen feliz que tendría el honor de ser la Madre de Dios" (Carta del 19 de octubre de 1892 a Céline, en el día de su fiesta(LT 137).

Libro de Daniel 9, 23-27

Daniel 9, 23-27 : Desde el principio de tu oración te ha llegado una palabra, y yo he venido a dártela a conocer, pues eres un hombre favorecido por Dios. Presta, pues, atención a la palabra y comprende la visión. Setenta semanas han sido señaladas para tu pueblo y para tu santa ciudad, para sellar la prevaricación, para sellar los pecados y expiar la iniquidad, y para traer la justicia eterna, para sellar la visión y el profeta y para ungir el Santo de los Santos. Sabed, pues, y entended: desde la salida de la palabra para edificar a Jerusalén hasta un ungido, un gobernante, hay siete semanas, y sesenta y dos semanas; y será edificada, en pie y embarazada, en la aflicción de los tiempos. Y después de sesenta y dos semanas, un ungido será cortado, y no habrá nadie para él. Y el pueblo de un príncipe que vendrá destruirá la ciudad y el santuario, y su fin será en la inundación, y hasta el final habrá guerra, que está decretado sobre la devastación. Hará un pacto firme con un gran número durante una semana; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y sobre el ala de las abominaciones vendrá un destructor, hasta que la destrucción y lo que ha sido decretado se derramen sobre los devastados.

ECR 41.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, habla de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo. Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído Aquel que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz” está bien lejos de ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan; este propósito es evidente.

41.4 Del interior del nutrido grupo de fieles se oye una tierna voz de niño: «Gamaliel tiene razón».

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarle, Él no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”. Reconozco en Él a mi Jesús adolescente. Se le ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia. (...)

«¿En qué basas tu seguridad?» pregunta Hil.lel.

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro).

Jesús: «En la profecía, que no puede errar respecto a la época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento. Cierto es que César nos domina. Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no le quiso. ¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”. Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”, y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo».

41.5 Siammai, con mirada maligna: «¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?».

Jesús: «Yo lo digo».

Siammai: «Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que está llorando por sus hijos”. Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías».

Jesús: «Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarle de la más terrible de las esclavitudes».

Siammai: «¿Y cómo, si le mataron?».

Jesús: «¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre? En verdad os digo: el Cristo vive y está entre vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia». La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

Anotación

Daniel 9, 21-27 : Todavía estaba hablando en oración cuando Gabriel -el ser que había visto al principio de la visión- vino rápidamente hacia mí a la hora de la ofrenda vespertina. Me instruyó diciendo: "Daniel, he salido ahora para abrir tu entendimiento. Desde el principio de tu súplica, ha surgido una palabra, y he venido a anunciártela, pues eres amado por Dios. Comprended la palabra y procurad comprender la aparición.

Setenta semanas se han reservado para tu pueblo y tu ciudad santa, para poner fin a la perversidad y acabar con el pecado, para expiar la iniquidad y realizar la justicia eterna, para cumplir la visión y la profecía, y para consagrar el Lugar Santísimo. ¡Conócelo y compréndelo! Desde el momento en que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la venida de un mesías, un líder, habrá siete semanas. Durante sesenta y dos semanas, reconstruirán las plazas y los muros, pero será en la angustia de los tiempos. Y despues de las sesenta y dos semanas, un mesias sera removido. El pueblo de un futuro líder destruirá la ciudad y el Lugar Santo. Entonces, en una inundación, su fin vendrá. Hasta el final de la guerra, las devastaciones decidido tendrá lugar.

Durante una semana, este gobernante reforzará el pacto con una multitud; durante la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y en un ala del Templo estará la Abominación de la Desolación, hasta que el exterminio decidido se derrita sobre el autor de esta desolación."

ECR 41.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.5 Siammai, con mirada maligna: «¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?».

Jesús: «Yo lo digo».

Siammai: «Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que está llorando por sus hijos”. Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías».

Jesús: «Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarle de la más terrible de las esclavitudes».

Siammai: «¿Y cómo, si le mataron?».

Jesús: «¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre? En verdad os digo: el Cristo vive y está entre vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia». La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

Anotación

Jeremías 31, 15: "Así dice el Señor: Sube un clamor en Ramá, un lamento y un llanto amargo. Es Raquel que llora por sus hijos; se niega a ser consolada, porque sus hijos ya no existen."

Libro del Éxodo 14, 21-22: Moisés extendió su brazo sobre el mar. El Señor expulsó el mar durante toda la noche con un fuerte viento del este; secó el mar y las aguas se separaron. Y los hijos de Israel entraron en medio del mar sobre tierra seca, formando las aguas un muro a su derecha y a su izquierda,

Segundo Libro de los Reyes, 2, 11-12: Caminaban y hablaban cuando un carro de fuego con caballos de fuego los separó. Entonces Elías subió al cielo en un huracán. Eliseo lo vio y gritó: "¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡El carro de Israel y sus jinetes! Entonces dejó de verlo. Agarró sus ropas y las rasgó en dos.

ECR 41.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La voz infantil de Jesús lee: «“Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado... Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor... Entonces se manifestará la gloria del Señor...”».

Siammai: «Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada. Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías».

Jesús: «Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor. Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír».

Anotación

Isaías 40, 1-5: Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-, hablad al corazón de Jerusalén. Proclamad que su servicio se ha cumplido, que su crimen ha sido expiado, que ha recibido de la mano del Señor el doble por todas sus iniquidades. Una voz proclama: "Preparad el camino del Señor en el desierto; enderezad en la tierra árida una calzada para nuestro Dios. Que se llene todo barranco, que se rebaje todo monte y toda colina; que los riscos se conviertan en llanuras y las cumbres en amplios valles. Entonces se manifestará la gloria del Señor, y todo ser de carne verá que la boca del Señor ha hablado.

ECR 49.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús empieza la lección. Dice:

«El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: ‘Enmendad vuestros hábitos y vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar. No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor. Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre’ ”.

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios: lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria. Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo, que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro? ¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas le condujo y nutrió, y le defendió contra los enemigos y, para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados? ¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: “¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!”. No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda, y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: “Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela”. Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no le escucha prontamente; y después, al mísero — en ocasiones, de su propia sangre — que le dice: “Escúchame”, le responde con corazón de piedra: “No”. Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa. Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Mas, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros. Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis. Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir. ¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los diez mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en luz de amor. Venid. Yo os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor. Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento. Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la eterna; la alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón. Empezad por el amor. No hay nada más grande. Cuando sepáis amar, sabréis ya todo, y Dios os amará; y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad».

Anotación

Libro de Jeremías 7, 3-7

Jer 7,3-7: Así dice el Señor del universo, el Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras; yo os haré habitar en este lugar. No confíes en palabras de mentira, diciendo: "¡Templo del Señor! ¡Templo del Señor! ¡Este es el templo del Señor!

Si de verdad mejoráis vuestros caminos y vuestras obras, si de verdad defendéis el derecho entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al inmigrante, al huérfano o a la viuda, si no derramáis la sangre de los inocentes en este lugar, si no seguís a otros dioses para vuestra desgracia, entonces os haré habitar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres, desde tiempo inmemorial y para siempre1.

ECR 73.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) «¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

Anotación

Libro de Génesis 35, 15-20

Génesis 35, 15-20

Jacob llamó "Betel" al lugar donde Dios había hablado con él. Levantaron el campamento y salieron de Betel. Todavía les quedaba un trecho para llegar a Efrata, cuando Raquel dio a luz. El parto fue doloroso. Durante este difícil parto, la comadrona le dijo: "¡No tengas miedo! ¡Aún tienes un hijo! Con su último aliento, mientras agonizaba, Raquel lo llamó Ben-Oni (es decir, Hijo del Luto), pero su padre lo llamó Benjamín (es decir, Hijo de la Derecha). Raquel murió y fue enterrada en el camino de Efrata, Belén. Jacob erigió una estela sobre su tumba. Ésta sigue siendo la estela de la tumba de Raquel.

Libro de los Números 24, 15-17

Núm 24, 15-17: Balaam pronunció de nuevo estas enigmáticas palabras: "El oráculo de Balaam, hijo de Beor, el oráculo del hombre de ojos penetrantes, el oráculo del que oye las palabras de Dios, del que posee el conocimiento del Altísimo. Ve lo que el Poderoso le hace ver, cae en éxtasis y se le abren los ojos. Veo a este héroe - pero no ahora - lo veo - pero no de cerca: Una estrella surge de Jacob, un cetro surge de Israel. Romperá los flancos de Moab, diezmará a todos los hijos de Set.

Primer libro de Samuel 17, 12

1 Samuel 17, 12: David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá, que se llamaba Isaí y tenía ocho hijos. En los días de Saúl, este hombre era muy anciano.

Libro de Isaías

Is 7, 14 : Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una virgen está encinta, dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (es decir, Dios con nosotros).

Is 9, 1 : Una gran luz ha amanecido sobre el pueblo que caminaba en tinieblas, y una luz ha brillado sobre los habitantes del país de las tinieblas.

Is 11, 1 : Del tronco de Jesé, padre de David, brotará una rama, de sus raíces brotará un retoño.

Libro de Jeremías 31, 15 :

Jer 31, 15: Así dice el Señor: Hay un clamor en Ramá, un lamento y un llanto amargo. Raquel llora por sus hijos; se niega a ser consolada, porque sus hijos ya no existen.

ECR 74.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8

La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9

Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

Detalle

Resumen Jesús llega a las ruinas de la casa de Ana. Decide hablar a los habitantes de Belén, que han perdido a sus hijos en la matanza de los Inocentes.

Anotación

Libro del Génesis 3, 14-19

Gn 3, 14-19 : Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho esto, serás maldita entre todos los animales y bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia: ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón."

Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: "Multiplicaré el dolor de tus embarazos; con dolor darás a luz hijos. Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti".

Luego dijo al hombre: "Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del fruto del árbol que te prohibí comer, ¡maldita sea la tierra por tu causa! Comerás de él con dolor todos los días de tu vida. Te dará espinas y cardos por su propia voluntad, pero tu alimento vendrá de labrar los campos. Con el sudor de tu rostro te ganarás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que saliste, porque polvo eres y al polvo volverás.

Libro de Jeremías 31, 15

Jer 31,15: Así dice el Señor: Hay un clamor en Ramá, un lamento y un llanto amargo. Es Raquel que llora por sus hijos; no quiere ser consolada, porque sus hijos ya no existen.

Libro de Miqueas 5, 1

Mi 5, 1 : Y tú, Belén Efrata, la más pequeña de los clanes de Judá, de ti saldrá para mí el que ha de gobernar a Israel. Sus orígenes se remontan a la antigüedad, a los días de antaño.

ECR 78.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

78.6 La sinagoga está en la plaza. Entran. Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña. Empieza a hablar, todo cándido con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.

«Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel. Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión.

Isaías dice: “Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un Párvulo, he aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz”. Éste es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego. No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe, y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.

“Dios” — dice también David, de cuya estirpe provengo, como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar — “ha escogido a uno sólo... a mi hijo... pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios”. Así es. Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para construir, en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad, y cobre, y plata y hierro, y maderas raras y piedras preciosas! Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios. Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro. O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir. Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra, y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.

El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra. Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo: “Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad”. Decid: “¿Quién soy yo?”, y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.

Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido. El camino son los mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo; el arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y, para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo. Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre, y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.

La paz sea con vosotros».

78.7 La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta. Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también otras personas — quizás son las personalidades —.

«Maestro... ¿pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho...».

«Lo soy».

«Pero Tú has dicho...».

«Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es. Conozco vuestro pensamiento, y el error viene de un desacierto en la interpretación unido a un muy grande respeto vuestro hacia el Altísimo. Se os dijo: “Viene el Mesías”, y vosotros habéis pensado, como muchos en Israel, que Mesías y rey fueran lo mismo. Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No. Más allá están los estratos más puros, los azules más netos, hasta llegar a aquél, inimaginable, del Paraíso, adonde el Mesías guiará a los justos muertos en el Señor. La misma diferencia hay entre la regalidad mesiánica como la cree el hombre y la real, toda divina».

«Pero, ¿podremos nosotros, pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?».

«Basta que lo queráis, y, si lo queréis, Yo os ayudaré».

«¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?».

«Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador».

Anotación

Libro de Isaías 9, 4-5

Is 9, 4-5: "El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto surgir una gran luz; y sobre los habitantes del país de las tinieblas ha brillado una luz. Has prodigado alegría, has hecho crecer el gozo: se alegran ante ti, como se alegra uno en la siega, como se goza uno en el reparto del botín." 1

Primer libro de las Crónicas 29, 1

1 Cr 29,1: "El rey David se dirigió a toda la asamblea: 'Mi hijo Salomón, el único que Dios ha elegido, es joven y débil, mientras que la obra que hay que hacer es grande, pues esta ciudadela no es para un hombre, sino para el Señor Dios."