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Notas de la palabra clave

Lazare

Página 6 de 7

Comodidad de lectura

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ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

Nada más entrar en la sala exclaman: «¡¡Ah,... entonces provenía de aquí!!» y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par. «Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?» preguntan muchos de los presentes.

«Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida» responde Lázaro.

«¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio?» dice Pedro bromeando.

«El amor de una redimida» dice serio Jesús.

«Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo» dice enfadado Judas Iscariote. «Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y...».

«Pero si os he ofrecido yo todo...» dice Lázaro.

«No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: “Tomarás el cordero para ti y para tu casa”. No dice: “Aceptarás el cordero”».

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero... la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice: «Eso son sutilezas rabínicas... Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro».

«¡Sí señor, Simón!». Pedro, si no habla, explota. «¡Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar...». Pedro dice ese “nos olvidamos” haciendo un esfuerzo heroico por no decir “Judas se olvida”.

«Es verdad... pero... es que estoy nervioso. Perdona, Maestro».

«Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción. Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos — tan puro y precioso como era — igualaba en suavidad y valor a éste. La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y le hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos...».

Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.

Detalle

Aglaia se presentó a Jesús y derramó perfume en la habitación en señal de su conversión. Cuando los apóstoles subieron, ella ya se había marchado.

Anotación

Libro del Éxodo 12, 3

Ex 12, 3: Habla a toda la congregación de Israel y di: El día diez de este mes, que cada uno tome un cordero por cada familia, un cordero por cada casa

ECR 204.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que le mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¡Maestro! ¡Jesús!».

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

«¡Ahí está, Juan!» grita Simón Zelote.

Y Juan, a su vez: «¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!».

Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¡Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde están?».

«En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?».

«A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filósofo” porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos — es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú... eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro... ya de por sí le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles». Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro, nadie más: «Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa...».

«Has hecho bien. ¿Dónde están?».

«Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa».

«Bien, bien, bueno...

204.3

¡La Luz descienda sobre todos vosotros!».

ECR 204.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Qué piensas, Maestro?» pregunta Lázaro.

«Que hay muchos infelices en el mundo».

«Y yo soy uno de ellos».

«¿Por qué, amigo mío?».

«Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?».

Jesús le mira y sonríe.

«¿Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?».

«Sonrío porque eres un niño impaciente... y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo».

«¿Entonces?... ¡No era ella!».

«¡Lázaro!».

«Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!... Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer».

«Eran de “esa” mujer».

«Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María...! ¡Pero ella... pero ella!... ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!...».

Jesús le abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice: «Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro... A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María...».

«La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido».

ECR 205.1 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte» dice Jesús asomándose a la puerta.

El hombre estaba enseñando algo al niño. Le deja y va inmediatamente. Pregunta: «¿Qué me quieres decir, Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre...».

«¡Yo, Señor?... ¡Yo? ¡No soy digno de ello!...».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?... Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo. Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo”».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco... Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total... ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que... nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias...» y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia...»

Anotación

Le pedí a Lázaro que le prestara a Isaac un carro para que pudieran regresar a casa más rápidamente. No debían temer un retraso que pudiera acarrearles un castigo. Yokhanan (Giocana) sólo les dio seis días para ir y volver para la Pascua. Cf. EMV 190.

Tengo aquí una suma que me han dado para los pobres del Señor. Aglaia. Cf. EMV 200.

ECR 205.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Anotación

Es difícil determinar con exactitud quiénes son las veinte personas. Con Jesús y los apóstoles, son doce, excluyendo a Judas. Podemos añadir a María Salomé y María de Alfeo, ya que hicieron el viaje en AMV 198 y María menciona su presencia en los capítulos precedentes. También están presentes la Virgen, Marziam, Lázaro y Juan de Endor. Marta y Maximino tienen por fin motivos para asistir a la lección de Jesús.

En cualquier caso, el grupo presente escuchará la parábola del hijo pródigo.

ECR 205.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He dicho.

Quédate aquí, Juan de Endor; tú también, Lázaro. Los demás que vayan a aparejar las mesas. Dentro de poco vamos también nosotros».

Todos se retiran. Una vez que se han quedado solos Jesús, Lázaro y Juan, Jesús les dice: «Así sucederá con la querida alma que esperas, Lázaro; así sucede con tu alma, Juan. La bondad de Dios rebasa todo límite»...

Detalle

Jesús acaba de contarnos la parábola del hijo pródigo.

ECR 206.1.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Jocanán, en presencia de Isaac y muchos discípulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran María Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apóstoles están escuchando. El niño, sentado frente a Jesús, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavía está llegando gente...

Dice Jesús:

«... por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia. (...)

[Jesús cuenta la parábola de las diez vírgenes.]

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra: «Maestro, ya está aquí Judas...».

«No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado».

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con Lázaro... el cual se vuelve a Jesús — que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido — y le dice: «Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra; háblanos antes de marcharte».

«Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno... Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos».

«¡Luego! ¡Esta noche!» gritan todos.

«Como queráis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré»...

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136.2 y EMV 414.1.

Palabras clave

ECR 206.8-9.14-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Y, en efecto, incansable — mientras el Sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se alza el primer estridor de grillos inseguro y solitario — Jesús va adentrándose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia. Le siguen los apóstoles, las Marías, Marta y Lázaro con los de su casa — entre los sirvientes veo a los dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus días: el anciano y la mujer —, Isaac con los discípulos, y... yo diría que toda Betania.

Jesús se detiene para bendecir al patriarca; éste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de Jesús; al niño le dice: «¡Dichoso tú, que le puedes seguir siempre! ¡Escúchame, hijo: sé bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!... ¡Dichoso tú!».

Una vez que han terminado todos de colocarse, Jesús empieza a hablar.

[Jesús cuenta la parábola del rey que celebra las bodas de su hijo.]

Alzaos. Vamos a descansar. Os bendigo a todos, habitantes de Betania. Os bendigo y os doy mi paz. Te bendigo a ti especialmente, Lázaro, amigo mío, y a ti, Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos. Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey. Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos. Pedro, di la oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado, en pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello».

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba. En pie sólo están Jesús, con su vestidura de lino, alto, guapísimo, y Pedro, vestido de marrón oscuro, encendido de emoción, casi tembloroso, recitando la oración con esa voz suya no bonita pero sí viril, lentamente por miedo a equivocarse: «Padre nuestro...».

Se oye algún sollozo... de hombre, de mujer...

Margziam, arrodillado justo delante de María, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ángel a Jesús, y dice bajo: «¡Mira, Madre, qué guapo!; y también mi padre, ¡qué guapo! Parece estar en el Cielo... ¿Estará aquí mi madre viendo?».

María susurra: «Sí, tesoro, está aquí; está aprendiendo la oración» y le da un beso.

«¿Y yo? ¿La voy a aprender?».

«Ella te la susurrará en el alma mientras duermes, y yo te la repetiré de día».

El niño echa hacia atrás su cabecita morena y la apoya en el pecho de María, y se queda así mientras Jesús lleva a cabo la siempre solemne bendición mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie, y se marcha cada uno a su casa; sólo Lázaro sigue todavía a Jesús. Luego entra con Él en la casa de Simón para estar aún en su compañía. Entran también todos los demás. Judas Iscariote, avergonzado, se pone en un rincón semioscuro: no se atreve a acercarse a Jesús, como hacen los demás...

206.15

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

206.17

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Jesús, que presenta de nuevo su dulce sonrisa, se acerca a ellos, y, mientras abraza a su Madre y acaricia al niño, dice: «Me despido de los que se quedan, porque mañana al alba nos pondremos en camino. Adiós, Lázaro; adiós, Maximino. José, te agradezco todos los detalles que has tenido con mi Madre y con las discípulas en este período de espera mientras Yo llegaba. Gracias por todo. Tú, Lázaro, bendice de nuevo a Marta en mi nombre. Volveré pronto. Ven, Madre, a descansar; también vosotras, María y Salomé, si queréis venir».

«¡Sí, claro que vamos!» dicen las dos Marías.

«¡Pues, hala, a la cama! Paz a todos. Dios esté con vosotros». Hace un gesto de bendición y sale, llevando de la mano al niño y estrechando a su Madre...

La estancia en Betania ha terminado.

ECR 206.9-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora que se han marchado estos pobres amigos necesitados de mucho consuelo en la esperanza, o mejor, en la certeza, de que basta conocer poco para ser admitidos en el Reino de Dios, en la certeza de que basta un mínimo de verdad sobre cuyo fundamento trabaje la buena voluntad, me dirijo a vosotros, mucho menos infelices que ellos, porque os encontráis en condiciones materiales mucho mejores y, además, recibís más ayuda del Verbo: mi amor va a ellos sólo con el pensamiento; aquí, a vosotros, mi amor os llega también con mi palabra. Por tanto, tanto en la tierra como en el Cielo, recibiréis un trato más riguroso, pues a quien más se le dio más se le ha de pedir. Mínimo es el bien de que estos pobres amigos que están regresando a su galera pueden disponer; por el contrario, su dolor es máximo. ¿Qué se les puede dar sino promesas de bien? Cualquier carga sería superflua, pues os digo en verdad que de por sí su vida es penitencia y santidad y nada más se les debe imponer. En verdad os digo también que, como verdaderas vírgenes sensatas, ellos no dejarán que sus lámparas se apaguen antes de la hora de su llamada. No, no las dejarán apagarse; esta luz es todo el bien que poseen y no pueden dejar que se apague.

206.10

En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, así los pobres están en Dios. Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre. En efecto, entre los pobres me siento más cerca del Padre, que ama a los más pequeños, y es amado por ellos con todas sus fuerzas. Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sólo a Dios. Los ricos tienen amigos, los pobres están solos. Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no. Los ricos se divierten, los pobres sólo trabajan. Todo es fácil para los ricos, por su dinero. Los pobres tienen, además, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestías, pues significarían para ellos hambre y muerte. Mas los pobres poseen a Dios. Dios, amigo suyo, Consolador suyo; Él los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales; a Él se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos): “Padre, socórrenos con tu misericordia”.

Esto lo estoy diciendo aquí, en esta tierra, que es de Lázaro, amigo mío y de Dios a pesar de que sea muy rico. Puede parecer extraño. Lázaro es la excepción de los ricos. Lázaro ha alcanzado esa virtud, dificilísima de encontrar en la tierra y aún más difícil de practicarse por enseñanza ajena, que es la virtud de la libertad respecto a las riquezas. Lázaro es un hombre justo, no se ofende, no se puede ofender porque sabe que es el rico-pobre, por lo cual mi crítica celada no le toca. Lázaro es justo y reconoce que en el mundo de los grandes sucede como Yo digo. Por lo cual afirmo: en verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico, y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron, cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.

Los pobres guardan en su corazón las perlas de las palabras de Dios; son su único tesoro. Quien no tiene más que un bien lo custodia; el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual. Así, este último no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios; lo confunde con otros tesoros — las riquezas de la tierra —, valiosos sólo en apariencia, y piensa: “¡Si le escucho a éste, que es semejante a mí en cuanto a la carne, será por condescendencia!”; y hace insensible, con los sabores fuertes de la sensualidad, su capacidad de distinguir el sabor de lo sobrenatural: sabores fuertes... cargados de especias para confundir su hedor y su sabor a cosa podrida...

Detalle

Jesús habla de los campesinos de Yokhanan, que no tienen nada y están a las órdenes de un amo cruel. A partir de ahí, da una lección sobre la pobreza y la liberación de las riquezas.

Anotación

Evangelio de Lucas 12, 48

Lc 12, 48 : A quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá; a quien mucho se le ha confiado, más se le exigirá.

ECR 210.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Qué desilusión la visita a Jerusalén!: cuanta más necesidad hay de gestos llamativos, más se acurruca en la sombra. Yo verdaderamente esperaba ver, hacer frente...».

«Oye, perdona la pregunta... pero, ¿qué querías ver?, ¿a quién querías hacer frente...?».

«¿Qué?... ¿A quién?... ¡Hombre, pues ver sus obras milagrosas y no tener que dejarme avasallar por los que dicen que es un falso profeta o un endemoniado! ¡Porque dicen esto, eh! Dicen que sin el apoyo de Belcebú no es más que un pobre hombre. Y dado que se sabe que Belcebú cambia caprichosamente de humor y que se deleita en tomar y dejar, como hace el leopardo con la presa, y, dado que los hechos justifican este pensamiento, pues me preocupa el pensar que Él no hace nada. ¡Quedamos por los suelos! Somos los apóstoles de un Maestro... todo doctrina, sí, eso es innegable, pero nada más». La brusca pausa de Judas tras la palabra “Maestro” hace pensar que quería decir algo más gordo.

Las mujeres están atónitas. Pero María de Alfeo, como pariente de Jesús, dice claramente: «¡A mí eso no me asombra; lo que sí me asombra es que Jesús te soporte, muchacho!».

Andrés, que siempre es manso, esta vez pierde la paciencia, y, rojo, enfurecido — muy parecido a su hermano en raras ocasiones — grita: «¡Pues vete! ¡Así no tendrás que quedar mal por culpa del Maestro! ¿Quién te ha convocado? A nosotros sí, a ti no. Tuviste que insistir varias veces para que te aceptara. Te has impuesto... ¡No sé por qué no les cuento todo a los demás!...».

«Con vosotros no se puede hablar nunca. Tienen razón cuando dicen que sois pendencieros e ignorantes...».

«La verdad es que no entiendo en absoluto dónde encuentras el error del Maestro. Y yo no tenía noticia de estos cambios caprichosos del Demonio. ¡Pobrecito! Sin duda tiene que ser raro; si hubiera sido equilibrado de mente, no se hubiera rebelado contra Dios. De todas formas tomo nota» dice, no sin sarcasmo, Tomás, para tratar de desviar la tormenta que se avecina.

«No estoy de broma, así que tú tampoco. ¿Se ha hecho notar en Jerusalén acaso? Pero si además hasta el mismo Lázaro ha hecho esta observación...».

La carcajada de Tomás retumba en el ambiente... y, riéndose todavía — su risa ya de por sí ha desorientado a Judas Iscariote —, dice: «¿Que no ha hecho nada! Vete a preguntárselo a los leprosos de Siloán y de Hinnom. Bueno, en Hinnom no encontrarás a ninguno, porque todos están curados. El hecho de que tú no estuvieras, porque tenías prisa de ir con... los amigos, y de que, por tanto, no lo hayas sabido, no quita para que los valles de Jerusalén y de otros muchos lugares rebosen de aclamaciones de los curados» termina, serio, Tomás.

Detalle

Judas criticó la actitud del Maestro, que permanecía en la sombra sin realizar milagros llamativos. Menciona a Lázaro, que hizo la misma observación.

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