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Notas del tema

Libros del Antiguo Testamento

Página 15 de 16

Comodidad de lectura

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ECR 212.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Jesús está hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; Jesús, para que todos le puedan oír, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algún hecho. Dice:

«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías[1], llegada la hora de la verdad, se darán cuenta de lo doloroso y amar-go que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble.

También en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de Jeremías, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: “¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!”.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

212.6

Meditad además esto: el hombre está obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia.

Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; además le ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdió por su culpa. He aquí que éste recibe una gran promesa: “Te restituiré la Gracia”. Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacción. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquí para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, árboles y animales de todas las especies. Así, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzándose en conocerle.

Por respeto a la propia razón. El imbécil, el estúpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guía a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sí mismo, que es un ser dotado de razón. Sólo un estúpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez más, incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que él naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues así debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos.

Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. Jeremías se pregunta: “¿Podrá, acaso, una virgen olvidarse de sus atavíos o una esposa de ceñir su cintura?”. Pues Israel está poblado de vírgenes insensatas que olvidan sus atavíos y de esposas impúdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve más extendido cuanto más se sube a las clases que deberían ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquí el reproche que Dios, con cólera y llanto, les dirige: “¿Por qué te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?”.

212.7

Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oír las palabras de Vida. Os doléis de ello y tenéis razón. Pero considerad que también es un bien porque así estáis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupción y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mí, poniéndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mí. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparé de vuestra formación. Como podéis ver, Dios ya lo había hecho antes de que nos conociéramos y consecuentemente nos amáramos: me conocíais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviaré a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Mas debéis saber también que Dios puede hablar en todas partes, de Tú a tú, con el espíritu humano, y educarle en su doctrina.

No tengáis miedo a que por estar solos podáis errar. No. Si no queréis, no seréis infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del Mesías, sepa que el Mesías le abre el corazón y los brazos y le dice: “Ven”. Venid los que queráis venir; quedaos los que os queráis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Vosotros me habéis dicho, con alegría: “Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendición nos ha protegido”. Sí, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mía de ahora os haga sanos de espíritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, a los campos, casas y mieses, a los rebaños y árboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien esté carente, y tendréis la medida prensada de las bendiciones del Padre, y un lugar en el Cielo.

Podéis marcharos. Yo me quedo a orar...».

Anotación

Como dice Jeremías, verán por la prueba cuán doloroso y amargo es haber abandonado al Señor. Jeremías 2:19. El capítulo 2 trata de la apostasía de Israel.

El rey y los príncipes, los sacerdotes y los escribas serán avergonzados, porque han dicho y siguen diciendo: "Tú eres mi padre. ¡Tú me has engendrado! En referencia al Salmo 2:7.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idólatra, luego volvió a la montaña, oró, adoró y obtuvo misericordia. Eso fue hace siglos. Véase el libro del Éxodo, capítulos 32 a 34.

Jeremías pregunta: "¿Puede una virgen olvidar sus galas y una esposa su ceñidor? " Jeremías 2:32.

"¿Por qué tratáis de alardear de la honradez de vuestro comportamiento para buscar el amor, cuando enseñáis la perversión y vuestros caminos, y la sangre de los pobres y de los inocentes está en las faldas de vuestros vestidos? " Jeremías 2:34.

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Libro de Jeremías 2, 19.32.34

Jer 2, 19: ¡Vuestra impiedad os castiga y vuestras rebeliones os castigan! Sabed, pues, y ved cuán impío y amargo es que hayáis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengáis temor de mí, - dice el Señor Yahvé de los ejércitos.

Jer 2,32: ¿Acaso olvida la virgen su adorno, la novia su ceñidor? Y mi pueblo se ha olvidado de mí durante días sin número.

Jer 2,34: Hasta en las faldas de tus vestidos está la sangre de los pobres inocentes; no los sorprendiste allanando sus moradas, sino que los mataste por todas estas cosas.

Libro de los Salmos 2, 7

Sal 2, 7 : Publicaré el decreto: Yahvé me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Libro del Éxodo 32-34

Éxodo 32-34 : Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a Aarón y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. Pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a Aarón. Él se los quitó de las manos, trabajó el oro con un cincel e hizo con él un becerro de fundición. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto". Cuando Aarón lo vio, construyó un altar ante la imagen, y exclamó: "Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé". Al día siguiente, habiéndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¡que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

Moisés suplicó a Yahvé, su Dios, y le dijo: "¿Por qué, Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: 'Él los sacó para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la daré a vuestros descendientes, y la poseerán para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¡Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La ira de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre ellos un pecado tan grande?". Aarón respondió: "¡Que no se encienda la ira de mi señor! Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él'. Yo les dije: "¡Que se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojé al fuego y de él salió este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¡A mí me pertenecen los que están por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¡Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ángel irá delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(Capítulo 33) Yahvé dijo a Moisés: "Vete de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La daré a tus descendientes. Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para que no os destruya por el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

Moisés dijo a Yahvé: "Tú me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quién enviarás conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo. Yahvé respondió: "Mi rostro irá contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquí. ¿Cómo se sabrá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirá a mí y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Yahvé respondió a Moisés: "Aun así haré lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

Moisés dijo: "Déjame ver tu gloria". Yahvé respondió: "Haré pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciaré el nombre de Yahvé delante de ti; porque seré clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo Yahvé: "No podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo Yahvé: "Aquí hay un lugar cerca de mí; tú estarás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retiraré mi mano y me verás por detrás; pero mi rostro no se verá".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepárate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¡Yahvé! ¡Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¡pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verán la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marcháis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagáis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comáis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirás al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperás el pescuezo. Redimirás a todo primogénito de tus hijos, y no vendrán ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerán todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciará tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerás la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardará hasta la mañana.

Traerás las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

Yahvé dijo a Moisés: "Escribe tú estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.

ECR 213.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se calma. Por fin se le puede escuchar a Jesús.

Dice al arquisinagogo: «Dame el décimo rollo de aquel estante». Se lo dan. Lo desata y se lo pasa al arquisinagogo diciendo: «Lee el 4º capítulo de la historia, IIº de los Macabeos».

El arquisinagogo, obediente, lee. Así, ante el pensamiento de los presentes desfilan las vicisitudes de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. Terminado el capítulo, el arquisinagogo mira a Jesús, que ha estado escuchando con atención.

213.2

Jesús hace un gesto para indicar que es suficiente y luego se dirige al pueblo:

«En la ciudad de mi queridísimo discípulo no voy a pronunciar las palabras habituales de adoctrinamiento. Nos quedaremos aquí unos días, pero quiero que sea él quien os las diga. Quiero que empiece aquí el contacto directo, el continuo contacto entre los apóstoles y el pueblo. Había sido decidido en la alta Galilea y allí tuvo su primera, fugaz manifestación radiante[1], pero la humildad de mis discípulos hizo que ellos mismos se retirasen a un segundo plano, porque tenían miedo a no saber actuar y a usurpar mi puesto. No, no; deben actuar, lo harán bien y ayudarán a su Maestro. Así que aquí, uniendo en un único amor las fronteras galileo-fenicias con las tierras de Judá, las más meridionales, las que lindan con las comarcas del sol y las arenas, comenzará la verdadera predicación apostólica. El Maestro solo ya no puede responder a las necesidades de las muchedumbres; además, conviene que los aguiluchos dejen el nido y emprendan sus primeros vuelos mientras está todavía con ellos el Sol, y Él con su ala fuerte los sostiene.

Por tanto, Yo, durante estos días, seré, sí, amigo y consuelo vuestro; pero, la palabra vendrá de ellos, que irán esparciendo la semilla que de mí han recibido. No os adoctrinaré, por tanto, públicamente; de todas formas, os voy a hacer entrega de algo especialmente valioso, una profecía. Recordadla en el futuro, cuando el suceso más horrendo de la Humanidad vele el Sol y, en las tinieblas, los corazones corran el riesgo de ser inducidos a juicio erróneo. No quiero que vosotros, que desde el principio fuisteis buenos conmigo, seáis inducidos a error; no quiero que el mundo pueda decir: “Keriot fue enemiga de Cristo”. Yo soy justo y no quiero que os carguen culpas respecto a mí ni los que me odian ni los que me aman, espoleados por su respectivos sentimientos. Y si no se puede pretender de una numerosa familia igual santidad en todos los hijos, tampoco de una ciudad muy poblada. De forma que sería grave anticaridad decir, por un hijo malo o por uno de los ciudadanos no bueno: “Toda la familia, o toda la ciudad, sea maldita”.

Escuchad, pues; recordad; sed fieles siempre; que, de la misma forma que Yo os amo tanto que quiero defenderos de una acusación injusta, así vosotros sepáis amar a los no culpables, siempre, quienesquiera que sean, cualesquiera fueren sus relaciones de parentesco con los culpables.

213.3

Escuchad. Llegará un día en que en Israel habrá delatores del tesoro y de la patria que, queriendo atraerse la amistad de los extranjeros, hablarán mal del verdadero Sumo Sacerdote, acusándole de alianza con los enemigos de Israel y de malas acciones hacia los hijos de Dios. Para conseguir esto, estarán dispuestos incluso a cometer delitos y a culpar de ellos al Inocente. Y llegará también el momento en que, en Israel — más aún que en los tiempos de Onías —, un hombre infame, tramando ser él el Pontífice, se presentará a los poderosos de Israel y los corromperá con un oro, más infame aún, de falaces palabras; desfigurará la verdad de los hechos, no hablará contra las inmoralidades, antes al contrario, persiguiendo sus indignos proyectos, se dedicará a corromper la moralidad para poder apoderarse más fácilmente de los corazones privos de la amistad con Dios: todo para conseguir lo que pretende. Lo logrará, sin duda. Tened en cuenta que, si bien los gimnasios del impío Jasón no están en el Monte Moria, sí que están en los corazones de quienes habitan en el monte, y éstos, por obtener una franquicia, están dispuestos a vender algo que vale mucho más que un terreno, o sea, la misma conciencia; los frutos del antiguo error se ven ahora: quien tiene ojos para ver percibe lo que está sucediendo allí, donde debería haber caridad, pureza, justicia, bondad, religión santa y profunda... Pues si ya son frutos que hacen temblar, los frutos de sus semillas serán, además, objeto de maldición divina.

Y así llegamos a la verdadera profecía. En verdad os digo que el que, mediante un juego largo y astuto, se ha apoderado del puesto y ha usurpado la confianza pondrá, por dinero, en manos de los enemigos al Sumo Sacerdote, al verdadero Sacerdote, al cual, trampeado con protestas de afecto, señalado a sus verdugos con un acto de amor, le matarán sin respeto a la justicia.

¿Qué acusaciones dirigirán contra Cristo — pues estoy hablando de mí — para justificar el derecho a matarle? ¿Cuál es la suerte reservada a los que cumplan este acto? Un destino inmediato de horrenda justicia. Un destino no individual sino colectivo para los cómplices del traidor, menos inmediato pero más terrible que el del hombre cuyo remordimiento conducirá a coronar su corazón de demonio con un último delito contra sí mismo. En efecto, éste acabará en un momento, mientras que este último castigo será largo, tremendo. Leed esto en la frase: “y encendido de cólera ordenó que Andrónico fuera despojado de la púrpura y ejecutado en el mismo lugar en que había cometido el delito contra Onías”. Sí, en la casta sacerdotal el castigo alcanzará no sólo a los responsables directos sino también a sus hijos. El destino de la masa cómplice, leedlo en ésta: “La voz de esta sangre grita a mí desde la tierra. Así pues, maldito serás...”. Dios la dirá para todo un pueblo que no sabrá tutelar el don del Cielo. Porque, si bien es cierto que Yo he venido para redimir, ¡ay de aquellos de este pueblo — que como primicia de redención recibe mi Palabra — que en vez de redimidos resulten asesinos!

He terminado. Tenedlo presente. Cuando oigáis decir que soy un malhechor, replicad: “No. Ya lo dijo. Se cumple lo establecido. Es la Víctima sacrificada por los pecados del mundo”»....

213.4

La sinagoga se vacía y todos hablan de la profecía y gesticulan por la estima de Jesús por Judas. Los de Keriot están exaltados por el honor que les ha hecho el Mesías al elegir el lugar de un apóstol, y precisamente el apóstol de Keriot, para comienzo del magisterio apostólico, y también por el regalo de la profecía. A pesar de su triste contenido, es un gran honor haberla recibido, y además con las palabras de amor que la han precedido...

En la sinagoga quedan solamente Jesús y el grupo de los apóstoles; mejor dicho, pasan al jardincito que está entre la sinagoga y la casa del arquisinagogo. Judas, que se ha sentado, llora.

«¿Por qué lloras? No veo el motivo...» dice el otro Judas.

«Bueno, la verdad es que casi me pondría yo también a llorar. ¿Habéis oído? Ahora tenemos que hablar nosotros...» dice Pedro.

«Bien, pero ya hemos empezado un poco en el monte. Lo haremos cada vez mejor. Tú y Juan en seguida os habéis mostrado capaces» dice Santiago de Zebedeo para dar ánimos.

«Lo peor es para mí... pero Dios me ayudará. ¿Verdad, Maestro?» pregunta Andrés.

Jesús, que estaba pasando unos rollos que se había traído, se vuelve y dice: «¿Qué decías?».

«Que Dios me ayudará cuando tenga que hablar. Trataré de repetir tus palabras lo mejor que pueda. Pero mi hermano tiene miedo, y Judas llora».

«¿Estás llorando? ¿Por qué?» pregunta Jesús.

«Porque verdaderamente he pecado. Andrés y Tomás lo pueden decir. Yo he murmurado contra ti y Tú usas conmigo benevolencia llamándome “queridísimo discípulo” y queriendo que adoctrine aquí... ¡Cuánto amor!...».

«¿No sabías que te quería?».

«Sí, pero... gracias, Maestro. No volveré a murmurar pues verdaderamente yo soy tinieblas y Tú Luz...».

En esto regresa el jefe de la sinagoga y le invita a ir a su casa. Mientras van, dice: «Estoy pensando en lo que has dicho. Si no he entendido mal, en Keriot, de la misma forma que has encontrado a un hombre predilecto, nuestro Judas de Simón, has profetizado que encontrarás también a un hombre infame. Me causa mucho dolor. Menos mal que Judas compensará por el otro...».

«Con todo mí mismo» dice Judas, que ya se ha tranquilizado.

Jesús no dice nada, pero mira a sus interlocutores y abre los brazos en un gesto que quiere decir: «Es así».

Anotación

El líder lee. Y así pasan ante el público las pruebas de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. El capítulo ha terminado. El lector mira a Jesús, que ha estado escuchando atentamente. Cf. el segundo libro de los Macabeos, 2 M 4.

Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apóstoles y el pueblo. Esto se decidió en la Alta Galilea y allí se vio la primera luz. Jesús los envía a predicar por primera vez en EMV 166,2-3. Dan su primer sermón en EMV 166.4-12 (especialmente Simón el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde Jesús declaró que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).

En cuanto al destino de la masa de cómplices, podemos leerlo en estas palabras: "La voz de esta sangre me grita desde la tierra. Seréis, pues, malditos...". Y es Dios quien pronunciará estas palabras a todo un pueblo que no ha sabido proteger el don del Cielo. Porque si es verdad que he venido a redimir, ¡ay de los que serán asesinos y no serán redimidos, en este pueblo cuya primera redención fue mi Palabra! Cf. Gn 4,10-11 infra.

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Segundo libro de los Macabeos, 4

2 M 4 : Simón, el delator del tesoro y de su país, habló mal de Onías: era él, dijo, quien había azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todo el mal. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevía a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegó tan lejos que uno de los partidarios de Simón cometió un asesinato. Entonces Onías, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de Simón, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veía que sin la intervención del rey sería imposible apaciguar la situación, y que Simón no renunciaría a sus empresas criminales.

Pero tras la muerte de Seleuco, le sucedió Antíoco, apodado Epífanes, y Jasón, hermano de Onías, se propuso usurpar el pontificado. En una reunión con el rey, le prometió trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. También prometió comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitía establecer, bajo su propia autoridad y según sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de Jerusalén como ciudadanos de Antioquía. El rey accedió a todo. En cuanto Jasón obtuvo el poder, se dedicó a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. Abolió las franquicias que los reyes, por humanidad, habían concedido a los judíos gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que había sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legítimas, estableció costumbres contrarias a la ley. Se complacía en fundar un gimnasio al pie mismo de la Acrópolis y educaba a los niños más nobles poniéndolos bajo su sombrero. El helenismo creció entonces hasta tal punto, y había tal inclinación hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de Jasón, un hombre impío y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningún celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oía la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atención a los honores de su país, tenían en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querían parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarán los acontecimientos posteriores.

Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistía el rey, el criminal Jasón envió espectadores desde Jerusalén, que eran ciudadanos de Antioquía, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenía, sino para cubrir otros gastos. Así pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de Hércules; pero fueron utilizados, según el deseo de quienes los llevaban, para la construcción de trirremes.

Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronización del rey Ptolomeo Filometor, supo Antíoco que el rey le tenía mala disposición y, deseando ponerse a salvo de él, se dirigió a Jope y luego a Jerusalén. Recibido magníficamente por Jasón y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; después condujo a su ejército a Fenicia por el mismo camino.

Transcurridos tres años, Jasón envió a Menelao, el hermano de Simón antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendó a sí mismo al rey, lo honró con la apariencia de un hombre de alta posición e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata más de lo que había hecho Jasón. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresó a Jerusalén sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. Así Jasón, que había engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al país de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplía con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de Sóstrato, comandante de la Acrópolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.

Menelao dejó a su hermano Lisímaco en su lugar como sumo sacerdote, y Sóstrato a Crates, gobernador de Chipre, como su sustituto. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se rebelaron, porque estas dos ciudades habían sido regaladas a Antíococida, la concubina del rey. El rey se apresuró a sofocar la sedición, dejando como lugarteniente a Andrónico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomó algunos vasos de oro del templo y se los entregó a Andrónico, y consiguió vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.

Cuando Onías supo con certeza que Menelao había cometido este nuevo delito, se lo reprochó, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de Antioquía. Menelao, por lo tanto, llevó aparte a Andrónico y le instó a dar muerte a Onías. Andrónico se acercó a Onías y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadió para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningún miramiento por la justicia. Así que no sólo los judíos, sino también muchas de las demás naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.

Cuando el rey regresó de Cilicia, los judíos de Antioquía, junto con los griegos que también eran enemigos de la violencia, acudieron a él para informarle del injusto asesinato de Onías. Antíoco se entristeció profundamente y, movido a compasión por Onías, derramó lágrimas al recordar la moderación y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a Andrónico de su púrpura, rasgó sus vestiduras y, habiéndole hecho conducir por toda la ciudad, degradó al canalla en el mismo lugar donde había llevado a cabo su impío ataque contra Onías, golpeándole así el Señor con un justo castigo.

Ahora bien, cuando Lisímaco, de acuerdo con Menelao, había cometido en la ciudad un gran número de robos sacrílegos, y se había corrido la voz de ellos, el pueblo se levantó contra Lisímaco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habían sido esparcidos. Cuando Lisímaco vio que la multitud se había agitado y sus ánimos se habían inflamado, armó a unos tres mil hombres y comenzó a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de Lisímaco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que había por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de Lisímaco. Así hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demás y masacraron al propio sacrílego cerca del tesoro del templo.

Se inició entonces una investigación contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegó a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. Viéndose convencido, Menelao prometió a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevó entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opinión. El rey declaró a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenó a muerte a hombres desgraciados que, si hubieran alegado su caso incluso ante los escitas, habrían sido declarados inocentes; y hombres que habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las víctimas un magnífico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.

Libro del Génesis 4, 10-11

Gn 4, 10-11 : Yahvé dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí. Ahora te maldice la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."

ECR 215.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ya han llegado a la cima del monte. Allá se abre un amplio panorama. Es hermoso verlo estando a la sombra de los tupidos árboles que coronan la cima: tan variado y luminoso; series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas de un océano recorrido por vientos contrarios; luego, ensenada en calma, todo se aplaca en una luminosidad sin límites que anuncia una vasta llanura en que se ve, solitario cual faro en la embocadura de un puerto, un otero.

«Mirad. Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol, es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos. Venid aquí. Allí, a septentrión, está Yermot. ¿Os acordáis del pasaje de Josué? La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas. Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos. Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón; y, un poco más a oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupideces. Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá. Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat. Allí está Maquedá, donde Josué derrotó a los amorreos. Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos? Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl, y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente. Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos. La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet-Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo».

«¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también!» dicen los dos apóstoles en tono suplicante.

«Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia».

Detalle

Cerca de Bet-Ginna. En cuanto a la defensa de la obra, véase la anotación con los comentarios de Jean-François Lavère.

Anotación

Acérquense: allí (al norte) se encuentra Gerimot. ¿Se acuerdan de Josué? Es el lugar donde sufrieron la derrota los reyes que quisieron asaltar el campamento de Israel, reforzado por su alianza con los gabaonitas. Gerimot, Jarmout, Yarmouth: La descripción que se ofrece concuerda perfectamente con los recientes hallazgos arqueológicos, que han permitido encontrar vestigios de fortificaciones en Khirbit el Yarmuk, a 27 km al oeste-suroeste de Jerusalén y a menos de dos kilómetros de Bet-Semes. Sin embargo, en la época de María Valtorta, la ubicación supuesta se situaba más al este —Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta yEl enigma de Valtorta, tomo 1, página101.     

Es el lugar de la derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento de Israel, reforzado por su alianza con los gabaonitas ( Josué 10,1-14): Adonisec, rey de Jerusalén, se enteró de que Josué se había apoderado de Hai y la había consagrado al anatema, que había tratado a Hai y a su rey como había tratado a Jericó y a su rey, y que los habitantes de Gabaón, tras haber hecho las paces con Israel, se encontraban entre ellos. Entonces le invadió un gran temor, pues Gabaón era una gran ciudad, como una de las ciudades reales, incluso más grande que Ai, y todos sus hombres eran valientes. Adonisec, rey de Jerusalén, envió a decir a Oham, rey de Hebrón; a Faram, rey de Jerimot; a Jafia, rey de Laquis; y a Dabir, rey de Eglón: «Subid a mi encuentro y venid en mi ayuda, para que ataquemos a Gabaón, pues ha hecho las paces con Josué y con los hijos de Israel». » Así pues, los cinco reyes de los amorreos —el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis y el rey de Eglón— se reunieron y subieron con todos sus ejércitos; acamparon cerca de Gabaón y la sitiaron. Los habitantes de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento de Galgala: «No retires tu mano de tus siervos; date prisa en subir a nuestro encuentro, líbranos, socórrenos; pues todos los reyes de los amorreos que habitan en la montaña se han aliado contra nosotros». » Josué partió de Galgala, él y todos los hombres de guerra que le acompañaban, y todos los valientes guerreros. Yahvé dijo a Josué: «No les temas, pues los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos te resistirá». Josué se abalanzó sobre ellos de improviso; había subido desde Galgala durante toda la noche. Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-horón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras de granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que la nación se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.  

Y, muy cerca de allí, Bet-Semes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos devolvieron el Arca junto con la ofrenda de oro que los adivinos y los sacerdotes habían impuesto al pueblo para que fueran liberados de las plagas que atormentaban a los filisteos culpables. 1 Samuel 6,1-15: El arca de Yahvé permaneció siete meses en el país de los filisteos. Y los filisteos convocaron a los sacerdotes y a los adivinos y les dijeron: «¿Qué haremos con el arca de Yahvé? Decidnos cómo debemos devolverla a su lugar». » Ellos respondieron: «Si devolvéis el arca del Dios de Israel, no la devolváis vacía, sino que no dejéis de ofrecerle una ofrenda de expiación; entonces os sanaréis y sabréis por qué su mano no se ha apartado de vosotros». Los filisteos preguntaron: «¿Qué ofrenda de expiación le haremos?». Ellos respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, según el número de los príncipes de los filisteos, pues la misma plaga ha caído sobre vosotros y sobre vuestros príncipes. Haced, pues, figuras de vuestros tumores y figuras de los ratones que asolan el país, y dad así gloria al Dios de Israel: tal vez deje de hacer pesar su mano sobre vosotros, sobre vuestros dioses y sobre vuestro país. ¿Por qué endureceríais vuestro corazón, como lo endurecieron Egipto y el faraón? ¿Acaso no dejó partir a los hijos de Israel cuando les infligió sus castigos? Ahora, pues, preparad un carro nuevo y tomad dos vacas que estén amamantando y que no hayan llevado yugo; enganchad las vacas al carro y llevad a sus crías lejos de ellas, al establo. Tomaréis el arca de Yahvé y la pondréis sobre el carro; luego, tras colocar junto a ella, en un cofre, los objetos de oro que hayáis entregado como ofrenda de expiación, la dejaréis marchar y ella se irá. Seguidla con la mirada: si sube por el camino de su frontera, hacia Bet-Samés, es Yahvé quien nos ha causado este gran mal; de lo contrario, sabremos que no ha sido su mano la que nos ha golpeado, y que esto nos ha sucedido por casualidad».

Aquella gente hizo así; tomaron dos vacas que estaban amamantando, las engancharon al carro y encerraron a sus crías en el establo. Pusieron en el carro el arca de Yahvé y el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores. Las vacas se dirigieron directamente hacia Bet-Samés; siguieron siempre el mismo camino, caminando y mugiendo, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Los príncipes de los filisteos las siguieron hasta la frontera de Bet-Samés. La gente de Bet-Samés estaba segando el trigo en el valle. Al levantar la vista, vieron el arca y se alegraron al verla. El carro llegó al campo de Josué, el betsamita, y se detuvo allí. Había allí una gran piedra. Partieron la madera del carro y ofrecieron las vacas en holocausto a Yahvé. Los levitas, tras bajar el arca de Yahvé y el cofre que estaba junto a ella, que contenía los objetos de oro, lo colocaron todo sobre la gran piedra. Los habitantes de Bet-Samés ofrecieron aquel día holocaustos y sacrificios a Yahvé.

Y allí, a plena luz del sol, se encuentra Çoréa, la patria de Sansón. Seráa , Sar’a, Tsor’ah, Tsorea, Çoréa, Soréa. VéaseJueces 13,2: Había un hombre de Saraa, de la tribu de Dan, llamado Manué; su mujer era estéril y no había dado a luz.

Y, un poco más al este, Timna, donde se casó y donde realizó tantas hazañas, pero también tantas tonterías.  Timnata, Timnatha, Timna. Según María Valtorta, Timnatah se situaría, por tanto, un poco al este de Saara, lo cual es totalmente compatible con el contexto bíblico de Jueces 13,1-6 | Jueces 14,1-5 | Josué 15,10-57 | Josué 19,43 | 2 Crónicas 28,18. Lo cual llevaría a situarla a unos veinte kilómetros al oeste de Belén. (Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).        

Donde se casó y donde realizó tantas hazañas, pero también tantas tonterías Jueces 14,1-20: Sansón bajó a Tamna y allí vio a una mujer de entre las hijas de los filisteos. Cuando regresó, se lo contó a su padre y a su madre, diciendo: «He visto en Tamna a una mujer de entre las hijas de los filisteos; tomadla ahora para que sea mi esposa». Su padre y su madre le dijeron: «¿Acaso no hay mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar una mujer de entre los filisteos, que son incircuncisos?». Y Sansón dijo a su padre: «Tómala para mí, porque me agrada». » Su padre y su madre no sabían que aquello venía de Yahvé; pues él buscaba un motivo de disputa con los filisteos. — En aquellos tiempos, los filisteos dominaban a Israel. Sansón bajó con su padre y su madre a Tamna. Cuando llegaron a los viñedos de Tamna, he aquí que un león joven que rugía salió a su encuentro. El Espíritu de Yahvé se apoderó de Sansón; y, sin tener nada en la mano, Sansón desgarró al león como se desgarra a un cabrito. Y no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.

Bajó y habló con la mujer, y ella le gustó. Poco después, al volver a Tamna para llevársela, se desvió para ver el cadáver del león, y he aquí que había un enjambre de abejas y miel en el cuerpo del león. Tomó un poco con las manos y la comió mientras caminaba; y cuando llegó junto a su padre y a su madre, les dio un poco y ellos la comieron; pero no les dijo que había tomado la miel del cuerpo del león. El padre de Sansón bajó a casa de la mujer; y allí Sansón ofreció un banquete, pues era costumbre entre los jóvenes. En cuanto lo vieron, invitaron a treinta compañeros para que estuvieran con él.

Sansón les dijo: «Os voy a proponer un acertijo. Si me lo explicáis durante los siete días del banquete y lo adivináis, os daré treinta túnicas y treinta prendas de recambio; pero si no podéis explicármelo, seréis vosotros quienes me daréis treinta túnicas y treinta prendas de recambio. » Le dijeron: «Plantea tu acertijo, para que lo oigamos». Él les dijo: «De quien come ha salido lo que se come; del fuerte ha salido lo dulce». Durante tres días no pudieron resolver el acertijo. Al séptimo día, le dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique el acertijo; si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿Acaso nos habéis invitado para despojarnos? » La mujer de Sansón lloraba junto a él y le decía: «Solo sientes odio por mí, y no me quieres. ¡Has planteado un acertijo a los hijos de mi pueblo y no me lo has explicado!». Él le respondió: «No se lo he explicado ni a mi padre ni a mi madre, ¡y te lo voy a explicar a ti!». Ella lloró así ante él durante los siete días que duró el banquete; el séptimo día, como ella lo atormentaba, él le explicó el acertijo, y ella se lo explicó a los hijos de su pueblo. La gente de la ciudad le dijo a Sansón, el séptimo día, antes de la puesta del sol: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué hay más fuerte que el león?». Y él les dijo: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais adivinado mi acertijo».

El Espíritu de Yahvé se apoderó de él, y bajó a Ascalón. Allí mató a treinta hombres y, tras tomar sus despojos, entregó la ropa de recambio a quienes habían resuelto el acertijo. Luego, encendido por la ira, subió a la casa de su padre. La mujer de Sansón fue entregada a uno de sus compañeros, a quien él había elegido como amigo.

Y allí, en Azeca y Soco, que entonces era un campamento filisteo. 1 Samuel 17,1: Los filisteos, tras reunir sus ejércitos para la guerra, se congregaron en Sojo, que pertenece a Judá; acamparon entre Sojo y Azeqa, en Efes-Dommim.

Más abajo aún, aquí está Zanuah, una de las ciudades de Judea. Szanoé, Zanuah, Zanoah, Zano’akh. Mencionada enJosué 15,56: «Jezreel, Jucadam, Zanoé».  

Y aquí —giren la vista— está el valle de la Terebinto, donde David venció a Goliat. Véase 1 Samuel 17,2-54: Saúl y los hombres de Israel también se reunieron y acamparon en el valle de la Terebinto; se dispusieron en orden de batalla frente a los filisteos. Los filisteos estaban apostados en la montaña de un lado, e Israel en la montaña del otro lado: el valle se extendía entre ellos. Entonces salió de los campamentos de los filisteos un campeón; se llamaba Goliat, era de Gat, y medía seis codos y una palma. Llevaba un yelmo de bronce en la cabeza y una coraza de escamas; y el peso de la coraza era de cinco mil siclos de bronce. Llevaba en los pies calzado de bronce y una jabalina de bronce entre los hombros. El mango de su lanza era como el huso de un tejedor, y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro; el que le llevaba el escudo caminaba delante de él. Goliat se detuvo y, dirigiéndose a los batallones de Israel, les gritó: «¿Por qué habéis salido a formar en orden de batalla? ¿Acaso no soy yo el filisteo, y vosotros los esclavos de Saúl? Escoged a un hombre que baje a enfrentarse a mí. Si él me vence en combate y me mata, nos someteremos a vosotros; pero si yo le venzco y le mato, vosotros os someteréis a nosotros y nos serviréis».

El filisteo añadió: «Hoy lanzo este desafío al ejército de Israel: Dadme un hombre y lucharemos entre nosotros. » Al oír estas palabras del filisteo, Saúl y todo Israel se asustaron y les invadió un gran temor. Ahora bien, David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá llamado Isaí, que tenía ocho hijos; este hombre, en tiempos de Saúl, era ya anciano, de edad avanzada. Los tres hijos mayores de Isaí habían ido a seguir a Saúl a la guerra; y los nombres de esos tres hijos que habían ido a la guerra eran Eliab, el mayor; Abinadab, el segundo; y Samma, el tercero. David era el más joven. Los tres mayores seguían a Saúl, y David iba y venía de junto a Saúl para pastorear las ovejas de su padre en Belén. El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde, y se presentó durante cuarenta días. Isaí le dijo a David, su hijo: «Lleva a tus hermanos este efa de grano tostado y estos diez panes, y corre al campamento hacia tus hermanos. Y estos diez quesos, llévaselos al jefe de su mil. Visita a tus hermanos para ver si se encuentran bien, y lleva de ellos un presente. Saúl, ellos y todos los hombres de Israel están en el valle de Terrebinto, haciendo la guerra a los filisteos».

David se levantó de madrugada y, tras dejar las ovejas a un pastor, tomó las provisiones y partió, tal y como Isaí le había ordenado. Cuando llegó al campamento, el ejército salía del campamento para formarse en orden de batalla y se oían gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos se alinearon, tropa contra tropa. David dejó sus pertenencias en manos del encargado del equipaje y corrió hacia la tropa. Nada más llegar, preguntó a sus hermanos cómo se encontraban. Mientras hablaba con ellos, he aquí que el campeón —se llamaba Goliat, el filisteo de Gat— salió de entre las filas de los filisteos, profiriendo las mismas palabras, y David lo oyó. Al ver a aquel hombre, todos los israelitas se apartaron ante él, presa de un gran temor. Un israelita dijo: «¿Veis a ese hombre que se acerca? Se acerca para desafiar a Israel. El que lo mate, el rey lo colmará de grandes riquezas, le dará a su hija y liberará de toda carga a la casa de su padre en Israel». » David dijo a los hombres que estaban a su lado: «¿Qué se le hará al que mate a este filisteo y quite la afrenta de sobre Israel? ¿Quién es, pues, este filisteo, este incircunciso, para insultar a las tropas del Dios vivo? » El pueblo le repitió las mismas palabras, diciendo: «Esto es lo que se le hará al que lo mate». Eliab, su hermano mayor, le oyó hablar a los hombres, y se encendió la ira de Eliab contra David, y dijo: «¿Por qué has bajado, y a quién le has dejado ese pequeño rebaño en el desierto? Conozco tu orgullo y la malicia de tu corazón; has bajado para ver la batalla».

David respondió: «¿Qué he hecho ahora? ¿No es más que una simple palabra? » Y, apartándose de él para dirigirse a otro, repitió las mismas palabras; y el pueblo le respondió como la primera vez. Cuando se oyeron las palabras pronunciadas por David, se las comunicaron a Saúl, quien mandó que lo trajeran. David dijo a Saúl: «Que nadie se desanime. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo». Saúl dijo a David: «No puedes ir contra ese filisteo para luchar con él, pues tú eres un niño, y él es un guerrero desde su juventud». » David dijo a Saúl: «Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo lo perseguía, lo golpeaba y arrancaba la oveja de sus fauces; si se me enfrentaba, lo agarraba por la mandíbula, lo golpeaba y lo mataba. Tu siervo ha matado tanto al león como al oso, y lo mismo le sucederá al filisteo, a ese incircunciso, como a cualquiera de ellos, pues ha insultado a las tropas del Dios vivo. » David añadió: «Yahvé, que me ha librado del león y del oso, también me librará de la mano de este filisteo». Y Saúl dijo a David: «Ve, y que Yahvé esté contigo».

Saúl hizo que vistieran a David con sus ropas, le puso un casco de bronce en la cabeza y le hizo llevar una coraza; luego David se ciñó la espada de Saúl por encima de su armadura, e intentó caminar, pues nunca antes había probado una armadura. David dijo a Saúl: «No puedo caminar con estas armas, no estoy acostumbrado a ellas». Y, tras deshacerse de ellas, David tomó su bastón, escogió del arroyo cinco guijarros pulidos y los guardó en su bolsa de pastor, en su aljaba. Luego, con la honda en la mano, se adelantó hacia el filisteo. El filisteo se acercó poco a poco a David, precedido por el hombre que llevaba el escudo. El filisteo miró, vio a David y lo despreció, pues era muy joven, rubio y de rostro hermoso. El filisteo le dijo a David: «¿Acaso soy un perro, para que vengas a mí con un palo?». Y el filisteo maldijo a David en nombre de sus dioses. Y el filisteo le dijo a David: «Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo». » David respondió al filisteo: «Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; y yo vengo a ti en nombre de Yahvé de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has insultado. Hoy Yahvé te entregará en mis manos; te heriré y te cortaré la cabeza; hoy entregaré los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios; y toda esta multitud sabrá que no es ni con la espada ni con la lanza como Yahvé salva, pues a Yahvé le pertenece la guerra, y él os ha entregado en nuestras manos».

El filisteo, levantándose, se puso en marcha y avanzó al encuentro de David, y David se apresuró a correr hacia el frente de la tropa, para salir al encuentro del filisteo. David metió la mano en su aljaba, sacó una piedra y la lanzó con su honda; alcanzó al filisteo en la frente, y la piedra se le clavó en ella, y cayó boca abajo sobre la tierra. Así, David, con una honda y una piedra, fue más fuerte que el filisteo; lo mató. Y David no llevaba espada en la mano. David corrió, se detuvo junto al filisteo y, tras empuñar su espada y sacarla de la vaina, lo mató y le cortó la cabeza con ella. Al ver a su héroe muerto, los filisteos huyeron. Y los hombres de Israel y de Judá se levantaron, gritando, y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Acarón. Los cadáveres de los filisteos cubrían el camino de Saraim hasta Gath y hasta Askarón. Al regresar de la persecución de los filisteos, los hijos de Israel saquearon su campamento. David tomó la cabeza del filisteo y la hizo llevar a Jerusalén, y puso en su tienda las armas del filisteo.

Allí se encuentra Maqeda, donde Josué derrotó a los amorreos. Maqeda, Makkedah, Maqqeda. VéaseJosué 10,10-41|Josué 15,41.  Josué 10, 10-41: Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-orón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras del granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.   

Josué, y todo Israel con él, pasó de Lebna a Laquis; estableció su campamento frente a ella y la atacó. Y Yahvé entregó Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día y la pasó a cuchillo, junto con todos los seres vivos que había en ella, tal como había hecho con Lebna. — Entonces Horam, rey de Gaser, subió en ayuda de Laquis; Josué lo derrotó a él y a su pueblo, sin dejar escapar a nadie. Josué, y todo Israel con él, pasó de Laquis a Eglón; acamparon frente a ella y la atacaron. La tomaron aquel mismo día y la pasaron a filo de la espada; a todos los seres vivos que había en ella, Josué los consagró al anatema aquel día, tal y como había hecho con Laquis.

Josué, y todo Israel con él, subieron de Eglón a Hebrón, y la atacaron. Tras tomarla, la pasaron a cuchillo, a ella, a su rey, a todas las ciudades de su dominio y a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie, tal y como Josué había hecho con Eglón; y la consagró al anatema, junto con todos los seres vivos que había en ella. Josué, y todo Israel con él, se dirigió a Dabir y la atacó. La conquistó, junto con su rey y todas las ciudades de su dominio; y los mataron a filo de espada, y dedicaron al anatema a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie. Josué hizo con Dabir y su rey lo mismo que había hecho con Hebrón, y lo mismo que había hecho con Lebna y su rey. Josué derrotó a todo el país: la Montaña, el Neguev, la llanura y las colinas, con todos sus reyes, sin dejar escapar a nadie, y consagró al anatema a todo ser viviente, tal y como había ordenado Yahvé, el Dios de Israel. Josué los derrotó desde Cades-Barnea hasta Gaza, y en todo el país de Gosén hasta Gabaón.

Josué 15, 41: Giderot , Bet-Dagón, Naama y Maceda: dieciséis ciudades y sus aldeas.

Volveos de nuevo. ¿Veis esa montaña solitaria en medio de la llanura que antaño perteneció a los filisteos? Allí se encuentra Gat, patria de Goliat y lugar de refugio de David junto a Aquis para huir de la furia desenfrenada de Saúl. Get , Gath, Tel es-Safieh. Mencionada en varias ocasiones en la Biblia (entre ellas, en 1 Samuel 17,4). El yacimiento fue identificado en 1887, pero no fue hasta 2001 cuando las excavaciones confirmaron las hipótesis anteriores. La descripción de María Valtorta resulta aún más notable (Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).         

Allí se encuentra Gat, patria de Goliat y lugar de refugio de David junto a Aquis para huir de la furia desenfrenada de Saúl. Véase 1 Samuel 27,1-4: David se dijo a sí mismo: «Algún día pereceré a manos de Saúl; no hay nada mejor para mí que refugiarme rápidamente en la tierra de los filisteos, para que Saúl deje de buscarme por todo el territorio de Israel; así escaparé de su mano. » Y se levantó David, junto con los seiscientos hombres que estaban con él, y se dirigieron a la casa de Aquis, hijo de Maoc, rey de Gat. David se quedó con Aquis, en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia, y David con sus dos mujeres: Achinoam, de Jezreel, y Abigail, de Carmelo, la mujer de Nabal. Le comunicaron a Saúl que David había huido a Gat, y no volvió a perseguirlo.    

Ese horizonte abierto son las llanuras de la tierra muy fértil de los filisteos. Iremos por allí hasta Ramlé. Ramlé , Ramla, Ramleh. Los historiadores presentan a Ramlé como la única ciudad de Palestina fundada por los árabes, construida hacia los años 705-715 por el califa Suleiman ibn Abed al-Malik. El hecho de que el nombre sea «mencionado por Jesús» parece indicar una existencia muy anterior al sigloVIII(Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).          

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Libro de Josué 10, 1-51 (Gerimot | Magdala)

Jos 10,1-51: Adonisec, rey de Jerusalén, se enteró de que Josué se había apoderado de Hai y la había consagrado al anatema, de que había tratado a Hai y a su rey como había tratado a Jericó y a su rey, y de que los habitantes de Gabaón, tras haber hecho las paces con Israel, se encontraban entre ellos. Entonces le invadió un gran temor, pues Gabaón era una gran ciudad, como una de las ciudades reales, incluso más grande que Hai, y todos sus hombres eran valientes. Adonisec, rey de Jerusalén, envió a decir a Oham, rey de Hebrón; a Faram, rey de Jerimot; a Jafia, rey de Laquis; y a Dabir, rey de Eglón: «Subid a mi encuentro y venid en mi ayuda, para que ataquemos Gabaón, pues ha hecho las paces con Josué y con los hijos de Israel». » Así pues, los cinco reyes de los amorreos —el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis y el rey de Eglón— se reunieron y subieron con todos sus ejércitos; acamparon cerca de Gabaón y la sitiaron. Los habitantes de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento de Galgala: «No retires tu mano de tus siervos; apresúrate a subir a nuestro encuentro, líbranos, ven en nuestra ayuda; pues todos los reyes de los amorreos que habitan en la montaña se han aliado contra nosotros». » Josué partió de Galgala, él y todos los hombres de guerra que le acompañaban, y todos los valientes guerreros. Yahvé dijo a Josué: «No les temas, pues los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos te resistirá». Josué se abalanzó sobre ellos de improviso; había subido desde Galgala durante toda la noche. Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-horón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras de granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que la nación se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.

Josué, y todo Israel con él, pasó de Lebna a Laquis; estableció su campamento frente a ella y la atacó. Y Yahvé entregó Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día y la pasó a cuchillo, junto con todos los seres vivos que había en ella, tal como había hecho con Lebna. — Entonces Horam, rey de Gaser, subió en ayuda de Laquis; Josué lo derrotó a él y a su pueblo, sin dejar escapar a nadie. Josué, y todo Israel con él, pasó de Laquis a Eglón; acamparon frente a ella y la atacaron. La tomaron aquel mismo día y la pasaron a filo de la espada; a todos los seres vivos que había en ella, Josué los consagró al anatema aquel día, tal y como había hecho con Laquis.

Josué, y todo Israel con él, subieron de Eglón a Hebrón, y la atacaron. Tras tomarla, la pasaron a cuchillo, a ella, a su rey, a todas las ciudades de su dominio y a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie, tal y como Josué había hecho con Eglón; y la consagró al anatema, junto con todos los seres vivos que había en ella. Josué, y todo Israel con él, se dirigió a Dabir y la atacó. La conquistó, junto con su rey y todas las ciudades de su dominio; y los pasaron a filo de espada, y dedicaron al anatema a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie. Josué hizo con Dabir y su rey lo mismo que había hecho con Hebrón, y lo mismo que había hecho con Lebna y su rey. Josué conquistó todo el país: la Montaña, el Négueb, la llanura y las colinas, con todos sus reyes, sin dejar escapar a nadie, y consagró al anatema a todo ser viviente, tal y como había ordenado Yahvé, el Dios de Israel. Josué los derrotó desde Cades-Barnea hasta Gaza, y en toda la tierra de Gosén hasta Gabaón.

Libro de Josué 15, 41 (Maceda)

Jos 15, 41: Giderot, Bet-Dagón, Naama y Maceda: dieciséis ciudades y sus aldeas.

Libro de Josué 15, 56 (Zanuah)

Jos 15,56: « Jezreel, Jucadam, Zanoé»

Primer Libro de Samuel 6, 1-15 (Bet-Semes — El Arca devuelta por los filisteos)

1 S 6,1-15: El arca de Yahvé permaneció siete meses en tierra de los filisteos. Entonces los filisteos convocaron a los sacerdotes y a los adivinos y les dijeron: «¿Qué haremos con el arca de Yahvé? Decidnos cómo debemos devolverla a su lugar». » Ellos respondieron: «Si devolvéis el arca del Dios de Israel, no la devolváis vacía, sino que no dejéis de ofrecerle una ofrenda de expiación; entonces os sanaréis y sabréis por qué su mano no se ha apartado de vosotros». Los filisteos preguntaron: «¿Qué ofrenda de expiación le haremos?». Respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, según el número de los príncipes de los filisteos, pues la misma plaga ha caído sobre vosotros y sobre vuestros príncipes. Haced, pues, figuras de vuestros tumores y figuras de los ratones que asolan el país, y dad así gloria al Dios de Israel: tal vez deje de hacer pesar su mano sobre vosotros, sobre vuestros dioses y sobre vuestro país. ¿Por qué endureceríais vuestro corazón, como lo endurecieron Egipto y el faraón? ¿Acaso no dejó partir a los hijos de Israel cuando les infligió sus castigos? Ahora, pues, preparad un carro nuevo y tomad dos vacas que estén amamantando y que no hayan llevado yugo; enganchad las vacas al carro y llevad a sus crías lejos de ellas, al establo. Tomaréis el arca de Yahvé y la pondréis sobre el carro; luego, tras colocar junto a ella, en un cofre, los objetos de oro que hayáis entregado como ofrenda de expiación, la dejaréis marchar y ella se irá. Seguidla con la mirada: si sube por el camino de su frontera, hacia Bet-Samés, es Yahvé quien nos ha causado este gran mal; de lo contrario, sabremos que no ha sido su mano la que nos ha golpeado, y que esto nos ha sucedido por casualidad».

Aquella gente hizo así; tomaron dos vacas que estaban amamantando, las engancharon al carro y encerraron a sus crías en el establo. Pusieron en el carro el arca de Yahvé y el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores. Las vacas se dirigieron directamente hacia Bet-Samés; siguieron siempre el mismo camino, caminando y mugiendo, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Los príncipes de los filisteos las siguieron hasta la frontera de Bet-Samés. La gente de Bet-Samés estaba segando el trigo en el valle. Al levantar la vista, vieron el arca y se alegraron al verla. El carro llegó al campo de Josué, el betsamita, y se detuvo allí. Había allí una gran piedra. Partieron la madera del carro y ofrecieron las vacas en holocausto a Yahvé. Los levitas, tras bajar el arca de Yahvé y el cofre que estaba junto a ella, en el que se guardaban los objetos de oro, lo colocaron todo sobre la gran piedra. Los habitantes de Bet-Samés ofrecieron aquel día holocaustos y sacrificios a Yahvé.

Primer libro de Samuel 17, 1-54 (Gat | Soco | Azeca | Valle de Tebérinte | David y Goliat)

1 S 17,1: Los filisteos, tras reunir sus ejércitos para la guerra, se congregaron en Soco, que pertenece a Judá; acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-Dommim.

1 S 17,2-54: Saúl y los hombres de Israel también se reunieron y acamparon en el valle de Terebinto; se dispusieron en orden de batalla frente a los filisteos. Los filisteos estaban apostados en la montaña de un lado, e Israel, en la montaña del otro lado; el valle se extendía entre ellos. Entonces salió de los campamentos de los filisteos un guerrero; se llamaba Goliat, era de Gat, y medía seis codos y una palma. Llevaba un yelmo de bronce en la cabeza y una coraza de escamas; y el peso de la coraza era de cinco mil siclos de bronce. Llevaba en los pies calzado de bronce y una jabalina de bronce entre los hombros. El astil de su lanza era como el rodillo de un tejedor, y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro; el que le llevaba el escudo caminaba delante de él. Goliat se detuvo y, dirigiéndose a los batallones de Israel, les gritó: «¿Por qué habéis salido a formar en orden de batalla? ¿Acaso no soy yo el filisteo, y vosotros los esclavos de Saúl? Escoged a un hombre que baje a enfrentarse a mí. Si él me vence en combate y me mata, nos someteremos a vosotros; pero si yo le vence y le mato, vosotros os someteréis a nosotros y nos serviréis».

El filisteo añadió: «Hoy lanzo este desafío al ejército de Israel: Dadme un hombre y lucharemos entre nosotros. » Al oír estas palabras del filisteo, Saúl y todo Israel se asustaron y les invadió un gran temor. Ahora bien, David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá llamado Isaí, que tenía ocho hijos; este hombre, en tiempos de Saúl, era ya anciano, de edad avanzada. Los tres hijos mayores de Isaí se habían ido con Saúl a la guerra; y los nombres de esos tres hijos que se habían ido a la guerra eran Eliab, el mayor; Abinadab, el segundo; y Samma, el tercero. David era el más joven. Los tres mayores seguían a Saúl, y David iba y venía de junto a Saúl para pastorear las ovejas de su padre en Belén. El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde, y se presentó durante cuarenta días. Isaí le dijo a David, su hijo: «Toma para tus hermanos este efa de grano tostado y estos diez panes, y corre al campamento hacia tus hermanos. Y estos diez quesos, llévaselos al jefe de su mil. Visita a tus hermanos para ver si están bien, y llévales un regalo. Saúl, ellos y todos los hombres de Israel están en el valle de Teribinto, luchando contra los filisteos».

David se levantó de madrugada y, tras dejar las ovejas a un pastor, tomó las provisiones y partió, tal y como le había ordenado Isaí. Cuando llegó al campamento, el ejército salía del campamento para formarse en orden de batalla y se oían gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos se alinearon, tropa contra tropa. David dejó sus pertenencias en manos del encargado del equipaje y corrió hacia la tropa. Nada más llegar, preguntó a sus hermanos cómo se encontraban. Mientras hablaba con ellos, he aquí que el campeón —se llamaba Goliat, el filisteo de Gat— salió de las filas de los filisteos, profiriendo las mismas palabras, y David lo oyó. Al ver a aquel hombre, todos los israelitas se apartaron ante él, presa de un gran temor. Un israelita dijo: «¿Veis a ese hombre que se acerca? Se acerca para desafiar a Israel. A quien lo mate, el rey lo colmará de grandes riquezas, le dará a su hija y liberará de toda carga a la casa de su padre en Israel». » David dijo a los hombres que estaban junto a él: «¿Qué se le hará al que mate a este filisteo y quite la afrenta de sobre Israel? ¿Quién es, pues, este filisteo, este incircunciso, para insultar a las tropas del Dios vivo? » El pueblo le repitió las mismas palabras, diciendo: «Esto es lo que se le hará al que lo mate». Eliab, su hermano mayor, le oyó hablar a los hombres, y se encendió la ira de Eliab contra David, y dijo: «¿Por qué has bajado, y a quién le has dejado ese pequeño rebaño en el desierto? Conozco tu orgullo y la malicia de tu corazón; has bajado para ver la batalla».

David respondió: «¿Qué he hecho ahora? ¿No es más que una simple palabra? » Y, apartándose de él para dirigirse a otro, repitió las mismas palabras; y el pueblo le respondió como la primera vez. Cuando se oyeron las palabras pronunciadas por David, se las comunicaron a Saúl, quien mandó que lo trajeran. David dijo a Saúl: «Que nadie se desanime. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo». Saúl dijo a David: «No puedes ir contra ese filisteo para luchar con él, pues tú eres un muchacho, y él es un guerrero desde su juventud». » David dijo a Saúl: «Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo lo perseguía, lo golpeaba y arrancaba la oveja de sus fauces; si se me enfrentaba, lo agarraba por las mandíbulas, lo golpeaba y lo mataba. Tu siervo ha matado al león como al oso, y lo mismo le sucederá al filisteo, a ese incircunciso, como a cualquiera de ellos, pues ha insultado a las tropas del Dios vivo. » David añadió: «Yahvé, que me ha librado del león y del oso, también me librará de la mano de este filisteo». Y Saúl dijo a David: «Ve, y que Yahvé esté contigo».

Saúl hizo que vistieran a David con sus ropas, le puso un casco de bronce en la cabeza y le hizo llevar una coraza; luego David se ciñó la espada de Saúl por encima de su armadura, e intentó caminar, pues nunca antes había probado una armadura. David dijo a Saúl: «No puedo caminar con estas armas, no estoy acostumbrado a ellas». Y, tras deshacerse de ellas, David tomó su bastón, escogió del arroyo cinco guijarros pulidos y los guardó en su bolsa de pastor, en su aljaba. Luego, con la honda en la mano, se adelantó hacia el filisteo. El filisteo se acercó poco a poco a David, precedido por el hombre que llevaba el escudo. El filisteo miró, vio a David y lo despreció, pues era muy joven, rubio y de rostro hermoso. El filisteo le dijo a David: «¿Acaso soy un perro, para que vengas a mí con un palo?». Y el filisteo maldijo a David en nombre de sus dioses. Y el filisteo le dijo a David: «Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo». » David respondió al filisteo: «Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; y yo vengo a ti en nombre de Yahvé de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has insultado. Hoy Yahvé te entregará en mis manos; te heriré y te cortaré la cabeza; hoy entregaré los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios; y toda esta multitud sabrá que no es ni con la espada ni con la lanza como Yahvé salva, pues a Yahvé le pertenece la guerra, y él os ha entregado en nuestras manos».

El filisteo, levantándose, se puso en marcha y avanzó al encuentro de David, y David se apresuró a correr hacia la vanguardia del ejército, para salir al encuentro del filisteo. David metió la mano en su aljaba, sacó una piedra y la lanzó con su honda; alcanzó al filisteo en la frente, y la piedra se le clavó en ella, y cayó boca abajo sobre la tierra. Así, David, con una honda y una piedra, fue más fuerte que el filisteo, y lo mató. Y no había espada en la mano de David. David corrió, se detuvo junto al filisteo y, tras empuñar su espada y sacarla de la vaina, lo mató y le cortó la cabeza con ella. Al ver muerto a su héroe, los filisteos huyeron. Y los hombres de Israel y de Judá se levantaron, gritando, y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Acarón. Los cadáveres de los filisteos cubrían el camino de Saraim hasta Gath y hasta Ascarón. Al regresar de la persecución de los filisteos, los hijos de Israel saquearon su campamento. David tomó la cabeza del filisteo y la hizo llevar a Jerusalén, y puso en su tienda las armas del filisteo.

Primer libro de Samuel 27, 1-4 (Gat, Geth | David, Aquis, Saúl)

1 S 27,1-4: David se dijo a sí mismo: «Algún día pereceré a manos de Saúl; no hay nada mejor para mí que refugiarme rápidamente en la tierra de los filisteos, para que Saúl deje de buscarme por todo el territorio de Israel; así escaparé de su mano. » Y se levantó David, junto con los seiscientos hombres que estaban con él, y se dirigieron a casa de Aquis, hijo de Maoc, rey de Get. David se quedó con Aquis, en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia, y David con sus dos mujeres: Ainoam, de Jezreel, y Abigail, de Carmelo, la mujer de Nabal. Le comunicaron a Saúl que David había huido a Gat, y no volvió a perseguirlo.

Libro de los Jueces 13, 2 (Corea)

Jue 13,2: Había un hombre de Saraa, de la tribu de Dan, llamado Manué; su mujer era estéril y no había tenido hijos.

Libro de los Jueces 14, 1-20 (Sansón - Timna)

Jue 14,1-20: Sansón bajó a Timna y allí vio a una mujer de entre las hijas de los filisteos. Cuando regresó, se lo contó a su padre y a su madre, diciendo: «He visto en Timna a una mujer de entre las hijas de los filisteos; tomadla ahora para que sea mi esposa». Su padre y su madre le dijeron: «¿Acaso no hay mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar una mujer de entre los filisteos, que son incircuncisos?». Y Sansón dijo a su padre: «Tómala para mí, porque me agrada». » Su padre y su madre no sabían que aquello venía de Yahvé; pues él buscaba un motivo de disputa con los filisteos. — En aquellos tiempos, los filisteos dominaban a Israel. Sansón bajó con su padre y su madre a Tamna. Cuando llegaron a los viñedos de Tamna, he aquí que un león joven que rugía salió a su encuentro. El Espíritu de Yahvé se apoderó de Sansón; y, sin tener nada en la mano, Sansón desgarró al león como se desgarra a un cabrito. Y no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.

Bajó y habló con la mujer, y ella le gustó. Poco después, al volver a Tamna para llevársela, se desvió para ver el cadáver del león, y he aquí que había un enjambre de abejas y miel en el cuerpo del león. Tomó un poco con las manos y la comió mientras caminaba; y cuando llegó junto a su padre y a su madre, les dio un poco y ellos la comieron; pero no les dijo que había sacado la miel del cuerpo del león. El padre de Sansón bajó a casa de la mujer; y allí Sansón ofreció un banquete, pues era costumbre entre los jóvenes. En cuanto lo vieron, invitaron a treinta compañeros para que estuvieran con él.

Sansón les dijo: «Os voy a proponer un acertijo. Si me lo explicáis durante los siete días del banquete y lo adivináis, os daré treinta túnicas y treinta prendas de recambio; pero si no podéis explicármelo, seréis vosotros quienes me daréis treinta túnicas y treinta prendas de recambio. » Le dijeron: «Plantea tu acertijo, para que lo oigamos». Él les dijo: «De quien come ha salido lo que se come; del fuerte ha salido lo dulce». Durante tres días no pudieron resolver el acertijo. Al séptimo día, le dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique el acertijo; si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿Acaso nos habéis invitado para despojarnos, sin duda? » La mujer de Sansón lloraba junto a él y le decía: «Solo sientes odio por mí, y no me quieres. ¡Has planteado un acertijo a los hijos de mi pueblo y no me lo has explicado a mí!». Él le respondió: «¡Ni a mi padre ni a mi madre se lo he explicado, y te lo iba a explicar a ti!». Ella lloró así ante él durante los siete días que duró el banquete; el séptimo día, como ella lo atormentaba, él le explicó el acertijo, y ella se lo explicó a los hijos de su pueblo. La gente de la ciudad le dijo a Sansón, el séptimo día, antes de la puesta del sol: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué hay más fuerte que el león?». Y él les dijo: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais adivinado mi acertijo». El Espíritu de Yahvé se apoderó de él, y bajó a Ascalón. Allí mató a treinta hombres y, tras tomar sus despojos, entregó la ropa de recambio a quienes habían resuelto el acertijo. Luego, encendido en ira, subió a la casa de su padre. La mujer de Sansón fue entregada a uno de sus compañeros, a quien él había elegido como amigo.

ECR 217.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas... Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles... ¡Míralos, ahí, detrás de ti!... ¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado».

«Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa... Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley» responde Pedro.

«Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos».

«Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios, reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes. En efecto, está escrito: “Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima”. Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre?» pregunta Jesús.

«Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque le castigó con mucha severidad».

«Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por...» contesta Judas Tadeo.

«¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis.

217.4

Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras.

No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros».

«Nos iremos» dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.

«Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!».

«Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: “No te es lícito hacerlo”, y ese “no te es lícito” lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós...».

Se vuelve a los discípulos: «Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles».

Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas...

Por fin, encuentran una mata de higos picos, en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar. Pero... todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los campos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.

«Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón» dice Jesús... Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.

Detalle

Los apóstoles tienen hambre y empiezan a arrancar espigas de trigo de los campos al no recibir comida de los habitantes (EMV 217.1). Jesús se encuentra entonces con un grupo de fariseos, entre los que se encuentra Jonatán ben Uziel, miembro del Sanedrín. Este se muestra hostil hacia él y le reprocha al Maestro el comportamiento de los discípulos. Simón Pedro y Judas intervendrán brevemente en 217.3.

Anotación

¿Nunca habéis leído cómo David, en Nob, tomó los panes consagrados para alimentarse, él y sus compañeros? Los panes consagrados pertenecían a Dios, en su casa, reservados por un orden eterno a los sacerdotes. Se dice: «Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en un lugar sagrado, pues es cosa santísima». Véase 1 Samuel 21, 1-4 y Levítico 24, 9.

Dios castigó duramente a David por su lujuria y por su censo: en cuanto a su lujuria, véase 2 Samuel 12, 9-14 (véase también 94.7). En cuanto al censo, véase 2 Samuel 24, 1-17 y 1 Crónicas 21, 1-17.

Tanto a los buenos como a los malos, pues yo soy la Misericordia. Pero vosotros ignoráis lo que es la misericordia. Si supierais lo que significa, comprenderíais también que solo quiero eso. Véase Oseas 6,6, citado también en Mateo 9,13.

Finalmente encuentran un seto de higueras de India en cuyas copas, erizadas de espinas, comienzan a madurar los higos. Esta mención intriga: se supone que la higuera de India o higuera de Barbaria fue importada de México por Cristóbal Colón. ¿Se trata de un anacronismo flagrante o de un conocimiento poco común de María Valtorta? Véase el comentario.

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Libro del Levítico 24, 9

Lv 24, 9: Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en lugar santo; pues para ellos es cosa santísima entre las ofrendas quemadas a Yahvé. Es una ley perpetua.

Primer Libro de Samuel, 21, 1-7

1 S 1-7: David se levantó y se marchó, y Jonatán regresó a la ciudad. David se dirigió a Nob, donde estaba el sumo sacerdote Aquimélec; y Aquimélec salió corriendo, asustado, al encuentro de David, y le dijo: « ¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?» David respondió al sacerdote Aquimélec: «El rey me ha dado una orden y me ha dicho: “Que nadie sepa nada del asunto por el que te envío, y te he dado una orden. He fijado un lugar de encuentro para mis hombres. Y ahora, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes, o lo que haya». » El sacerdote respondió a David y le dijo: «No tengo a mano pan común, pero hay pan consagrado; siempre y cuando tus hombres se hayan abstenido de las mujeres. » David respondió al sacerdote y le dijo: «Nos hemos abstenido de mujeres desde hace tres días, que partí, y los cuerpos de mis hombres son cosa santa; y aunque el viaje sea profano, ¿no queda santificado en cuanto al cuerpo? » Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, pues no había allí otro pan que el pan de la ofrenda, que habían retirado de delante de Yahvé para sustituirlo por pan recién horneado en el momento en que lo retiraban.

Segundo libro de Samuel 12, 9-14

2 S 12, 9-14: ¿Por qué has despreciado la palabra de Yahvé, haciendo lo que es malo a sus ojos? Has matado a Urías el heteo a espada; has tomado a su mujer para hacerla tu esposa, y lo has matado a espada por mano de los hijos de Amón. Y ahora, la espada nunca se apartará de tu casa, porque me has despreciado y has tomado a la mujer de Urías el heteo para hacerla tu esposa. Así dice Yahvé: He aquí que voy a hacer que la desgracia caiga sobre ti desde tu propia casa, y tomaré tus mujeres ante tus ojos para dárselas a tu vecino, y él se acostará con tus mujeres a la vista de este sol. Porque tú has actuado en secreto; y yo haré esto ante todo Israel y a la luz del sol».

David dijo a Natán: «He pecado contra Yahvé». Y Natán dijo a David: «Yahvé ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero, como con esta acción has hecho que los enemigos de Yahvé lo menosprecien, el hijo que te ha nacido morirá».

Segundo libro de Samuel 24, 1-17

2 S 24, 1-17: La ira de Yahvé se encendió de nuevo contra Israel, e incitó a David contra ellos, diciéndole: «Ve, haz un censo de Israel y de Judá». » El rey dijo a Joab, jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre, pues, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Bersabé; haz el censo del pueblo, para que yo sepa el número de los habitantes. » Joab respondió al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es ahora, y que los ojos de mi señor el rey lo vean! Pero ¿por qué se complace mi señor el rey en hacer esto? » Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab y sobre los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército se retiraron de ante el rey para hacer el censo del pueblo de Israel.

Tras cruzar el Jordán, acamparon en Aroer, a la derecha de la ciudad, que está en medio del valle de Gad, y luego en Jazer. Llegaron a Galaad y a la tierra de Tahtim-Hodsi; luego llegaron a Dan-Jaan y a los alrededores de Sidón. Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y los cananeos, y terminaron en el Neguev de Judá, en Bersabé. Cuando hubieron recorrido así todo el país, regresaron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab entregó al rey la lista del censo del pueblo: en Israel había ochocientos mil hombres de guerra que empuñaban la espada, y en Judá, quinientos mil hombres. A David se le aceleró el corazón después de haber contado al pueblo, y David dijo a Yahvé: «¡He cometido un gran pecado con lo que he hecho! Ahora, oh Yahvé, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio».

Al día siguiente, cuando David se levantó, la palabra de Yahvé se dirigió a Gad, el profeta, el vidente de David, en estos términos: «Ve y dile a David: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una de ellas, y yo te la haré. » Gad se presentó ante David y le comunicó la palabra de Yahvé, y le dijo: «¿Vendrá una hambruna de siete años a tu país, o huirás durante tres meses de tus enemigos que te perseguirán, o habrá una peste de tres días en tu país? Ahora, piensa y decide qué debo responder a quien me envía». » David respondió a Gad: «Estoy en una angustia terrible. ¡Ay! Caigamos en manos de Yahvé, pues sus misericordias son grandes; ¡pero que no caiga en manos de los hombres! » Y Yahvé envió una plaga a Israel desde la mañana de aquel día hasta el tiempo fijado; y murieron, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendía la mano sobre Jerusalén para destruirla. Y Yahvé se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que estaba matando al pueblo: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano. » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Areuna, el jebuseo. Al ver al ángel que azotaba al pueblo, David dijo a Yahvé: «He aquí, yo soy el que ha pecado, yo soy el culpable; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Que tu mano caiga, pues, sobre mí y sobre la casa de mi padre!»

Aquel día, Gad se presentó ante David y le dijo: «Sube y erige un altar a Yahvé en la era de Areuna, el jebuseo». David subió, según la palabra de Gad, tal y como Yahvé le había ordenado. Areuna, al mirar, vio al rey y a sus siervos que se dirigían hacia él; Areuna salió y se postró ante el rey, con el rostro en tierra, diciendo: «¿Por qué viene mi señor el rey a ver a su siervo?». Y David respondió: «Para comprarte esta era y construir un altar a Yahvé, a fin de que la plaga se aleje del pueblo». Areuna dijo a David: «¡Que mi señor el rey tome la era y ofrezca en sacrificio lo que le parezca bien! Aquí están los bueyes para el holocausto, los carros y los yugos de los bueyes para la leña. Todo esto, oh rey, Areuna se lo da al rey». Y Areuna volvió a decir al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, te sea favorable! » Pero el rey respondió a Areuna: «¡No! Quiero comprártelo por dinero, y no ofreceré a Yahvé, mi Dios, holocaustos que no me cuesten nada. » Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25Y David construyó allí un altar a Yahvé y ofreció holocaustos y sacrificios de paz.

Así se apaciguó Yahvé con respecto al país, y la plaga se apartó de Israel.

Primer libro de las Crónicas 21, 1-17

1 Cr 21, 1-17: Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel. Y David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: «Id, contad a Israel desde Bersabé hasta Dan, y informadme, para que sepa su número». » Joab respondió: «¡Que Yahvé añada a su pueblo cien veces más de lo que hay! Oh rey, mi señor, ¿no son todos siervos de mi señor? ¿Por qué, pues, pide esto mi señor? ¿Por qué traer el pecado sobre Israel?» Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab. Joab partió y recorrió todo Israel, y regresó a Jerusalén. Y Joab entregó a David el registro del censo del pueblo: había en todo Israel mil cien mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá cuatrocientos setenta mil hombres aptos para el servicio militar. No hizo el censo de Leví ni de Benjamín entre ellos, pues la orden del rey le resultaba repugnante a Joab.

Dios miró con desagrado este asunto y castigó a Israel. Y David dijo a Dios: «He cometido un gran pecado al hacer esto. Ahora, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio». » Yahvé habló a Gad, el vidente de David, diciendo: «Ve y dile a David lo siguiente: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré». Gad se acercó a David y le dijo: «Así dice Yahvé: Elige entre tres años de hambruna, tres meses en los que serás derrotado ante tus adversarios y alcanzado por la espada de tus enemigos, o tres días en los que la espada de Yahvé y la peste estarán en el país, y el ángel de Yahvé causará destrucción en todo el territorio de Israel. Ahora, mira qué debo responder al que me envía». David dijo a Gad: «Estoy sumido en una angustia terrible. ¡Ay de mí si caigo en manos de Yahvé, pues sus misericordias son muy grandes, y no caiga en manos de los hombres!».

Y Yahvé envió una peste a Israel, y murieron setenta mil hombres en Israel. Y Dios envió un ángel a Jerusalén para destruirla; y mientras la destruía, Yahvé lo vio y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que la destruía: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano». » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Ornán, el jebuseo. David, al levantar los ojos, vio al ángel de Yahvé de pie entre la tierra y el cielo, con la espada desnuda en la mano, apuntando hacia Jerusalén. Entonces David y los ancianos, cubiertos de cilicio, se postraron con el rostro en tierra. Y David dijo a Dios: «¿No fui yo quien ordenó hacer el censo del pueblo? Yo soy quien ha pecado y quien ha hecho el mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho ellas? Yahvé, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero no sobre tu pueblo para su ruina».

Libro de Oseas 6, 6

Os 6, 6: Volvió a quedarse embarazada y dio a luz una niña. Y el Señor dijo a Oseas: «Ponle por nombre Lo-Ruhama (es decir, “No amada”), porque ya no amo a la casa de Israel y ya no quiero perdonarla».

Evangelio de Mateo 9, 13

Mt 9, 13: «Id a aprender lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Evangelio de Mateo 12, 1-8

Mt 12, 1-8: En aquel tiempo, un día de sábado, Jesús pasaba por los campos de trigo; sus discípulos tenían hambre y empezaron a arrancar espigas y a comerlas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: «¡Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido hacer en sábado!». Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda; ahora bien, ni él ni los demás tenían derecho a comerlos, sino solo los sacerdotes. ¿O es que tampoco habéis leído en la Ley que, en sábado, los sacerdotes, en el Templo, violan el reposo sabático sin cometer falta alguna? Pues os digo: aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubierais comprendido lo que significa: «Misericordia quiero, y no sacrificio», no habríais condenado a quienes no han cometido falta alguna. En efecto, el Hijo del hombre es señor del sábado».

Evangelio según San Marcos 2, 23-28

Mc 2, 23-28: Un día de sábado, Jesús caminaba por los campos de trigo; y sus discípulos, mientras caminaban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían: «¡Mira lo que hacen en sábado! Eso no está permitido». Y Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando se encontraba en apuros y tenía hambre, tanto él como los que le acompañaban? En tiempos del sumo sacerdote Abiatar, entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, que nadie tiene derecho a comer, salvo los sacerdotes, y también dio a los que le acompañaban. » Y les decía además: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por eso el Hijo del hombre es señor incluso del sábado».

Evangelio de Lucas 6, 1-5

Lc 6, 1-5: Un día de sábado, Jesús atravesaba los campos; sus discípulos arrancaban espigas y las comían, después de haberlas frotado entre las manos. Entonces algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?». Jesús les respondió: «¿No habéis leído lo que hizo David un día que tenía hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que le acompañaban, cuando solo los sacerdotes tienen derecho a comerlos». Y les decía además: «El Hijo del hombre es señor del sábado».