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Notas del tema

Antiguo Testamento

Página 57 de 63

Comodidad de lectura

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ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los órganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espíritu... Lágrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; más que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos están en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis, y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que Jesús se ha dado a nosotros, están en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ¿Y, qué somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen más de algunos instantes moriríamos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razón que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ¡oh, Señor, déjame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ¡Somos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los réprobos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles — como el dulce sueño y asunción de María al Cielo —, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

Y luego nos encontramos de nuevo aquí, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allá, y decimos: «Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, más espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasión hacia nuestra limitación, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazón en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque también regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razón; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, Tú, mi Jesús, eslabón de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redención para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; Tú, Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del Espíritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. Amén.

ECR 212.2 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles — como el dulce sueño y asunción de María al Cielo —, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

Detalle

Idolatría del becerro de oro y sus consecuencias.

Anotación

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idólatra, luego volvió a la montaña, oró, adoró y obtuvo misericordia. Recordando lo que leemos en Éxodo, capítulos 32 a 34.

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Libro del Éxodo, 32-34

Éxodo 32-34:

(Capítulo 32) Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a Aarón y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. En cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a Aarón. Él se los quitó de las manos, trabajó el oro con un cincel e hizo con él un becerro de fundición. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto". Al verlo, Aarón construyó un altar ante la imagen, y exclamó: "Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé". Al día siguiente, habiéndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¡que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

Moisés suplicó a Yahvé, su Dios, y le dijo: "¿Por qué, Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: 'Él los sacó para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la daré a vuestros descendientes, y la poseerán para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¡Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La cólera de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre ellos un pecado tan grande?". Aarón respondió: "¡Que no se encienda la ira de mi señor! Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él'. Yo les dije: "¡Que se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojé al fuego y de él salió este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¡A mí me pertenecen los que están por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¡Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ángel irá delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(Capítulo 33) Yahvé dijo a Moisés: "Vete de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La daré a tus descendientes. Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para no destruiros en el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

Moisés dijo a Yahvé: "Tú me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quién enviarás conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo. Yahvé respondió: "Mi rostro irá contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquí. ¿Cómo se sabrá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirá a mí y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Yahvé respondió a Moisés: "Aun así haré lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

Moisés dijo: "Déjame ver tu gloria". Yahvé respondió: "Haré pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciaré el nombre de Yahvé delante de ti; porque seré clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo Yahvé: "No podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo Yahvé: "Aquí hay un lugar cerca de mí; tú estarás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retiraré mi mano y me verás por detrás; pero mi rostro no se verá".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepárate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¡Yahvé! ¡Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¡pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verán la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marcháis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagáis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comáis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirás al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperás el pescuezo. Redimirás a todo primogénito de tus hijos, y no vendrán ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerán todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciará tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerás la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardará hasta la mañana.

Traerás las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

Yahvé dijo a Moisés: "Escribe tú estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.

ECR 212.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Jesús está hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; Jesús, para que todos le puedan oír, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algún hecho. Dice:

«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías[1], llegada la hora de la verdad, se darán cuenta de lo doloroso y amar-go que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble.

También en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de Jeremías, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: “¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!”.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

212.6

Meditad además esto: el hombre está obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia.

Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; además le ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdió por su culpa. He aquí que éste recibe una gran promesa: “Te restituiré la Gracia”. Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacción. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquí para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, árboles y animales de todas las especies. Así, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzándose en conocerle.

Por respeto a la propia razón. El imbécil, el estúpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guía a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sí mismo, que es un ser dotado de razón. Sólo un estúpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez más, incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que él naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues así debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos.

Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. Jeremías se pregunta: “¿Podrá, acaso, una virgen olvidarse de sus atavíos o una esposa de ceñir su cintura?”. Pues Israel está poblado de vírgenes insensatas que olvidan sus atavíos y de esposas impúdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve más extendido cuanto más se sube a las clases que deberían ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquí el reproche que Dios, con cólera y llanto, les dirige: “¿Por qué te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?”.

212.7

Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oír las palabras de Vida. Os doléis de ello y tenéis razón. Pero considerad que también es un bien porque así estáis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupción y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mí, poniéndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mí. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparé de vuestra formación. Como podéis ver, Dios ya lo había hecho antes de que nos conociéramos y consecuentemente nos amáramos: me conocíais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviaré a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Mas debéis saber también que Dios puede hablar en todas partes, de Tú a tú, con el espíritu humano, y educarle en su doctrina.

No tengáis miedo a que por estar solos podáis errar. No. Si no queréis, no seréis infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del Mesías, sepa que el Mesías le abre el corazón y los brazos y le dice: “Ven”. Venid los que queráis venir; quedaos los que os queráis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Vosotros me habéis dicho, con alegría: “Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendición nos ha protegido”. Sí, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mía de ahora os haga sanos de espíritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, a los campos, casas y mieses, a los rebaños y árboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien esté carente, y tendréis la medida prensada de las bendiciones del Padre, y un lugar en el Cielo.

Podéis marcharos. Yo me quedo a orar...».

Anotación

Como dice Jeremías, verán por la prueba cuán doloroso y amargo es haber abandonado al Señor. Jeremías 2:19. El capítulo 2 trata de la apostasía de Israel.

El rey y los príncipes, los sacerdotes y los escribas serán avergonzados, porque han dicho y siguen diciendo: "Tú eres mi padre. ¡Tú me has engendrado! En referencia al Salmo 2:7.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idólatra, luego volvió a la montaña, oró, adoró y obtuvo misericordia. Eso fue hace siglos. Véase el libro del Éxodo, capítulos 32 a 34.

Jeremías pregunta: "¿Puede una virgen olvidar sus galas y una esposa su ceñidor? " Jeremías 2:32.

"¿Por qué tratáis de alardear de la honradez de vuestro comportamiento para buscar el amor, cuando enseñáis la perversión y vuestros caminos, y la sangre de los pobres y de los inocentes está en las faldas de vuestros vestidos? " Jeremías 2:34.

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Libro de Jeremías 2, 19.32.34

Jer 2, 19: ¡Vuestra impiedad os castiga y vuestras rebeliones os castigan! Sabed, pues, y ved cuán impío y amargo es que hayáis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengáis temor de mí, - dice el Señor Yahvé de los ejércitos.

Jer 2,32: ¿Acaso olvida la virgen su adorno, la novia su ceñidor? Y mi pueblo se ha olvidado de mí durante días sin número.

Jer 2,34: Hasta en las faldas de tus vestidos está la sangre de los pobres inocentes; no los sorprendiste allanando sus moradas, sino que los mataste por todas estas cosas.

Libro de los Salmos 2, 7

Sal 2, 7 : Publicaré el decreto: Yahvé me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Libro del Éxodo 32-34

Éxodo 32-34 : Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a Aarón y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. Pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a Aarón. Él se los quitó de las manos, trabajó el oro con un cincel e hizo con él un becerro de fundición. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto". Cuando Aarón lo vio, construyó un altar ante la imagen, y exclamó: "Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé". Al día siguiente, habiéndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¡que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

Moisés suplicó a Yahvé, su Dios, y le dijo: "¿Por qué, Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: 'Él los sacó para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la daré a vuestros descendientes, y la poseerán para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¡Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La ira de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre ellos un pecado tan grande?". Aarón respondió: "¡Que no se encienda la ira de mi señor! Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él'. Yo les dije: "¡Que se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojé al fuego y de él salió este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¡A mí me pertenecen los que están por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¡Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ángel irá delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(Capítulo 33) Yahvé dijo a Moisés: "Vete de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La daré a tus descendientes. Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para que no os destruya por el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

Moisés dijo a Yahvé: "Tú me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quién enviarás conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo. Yahvé respondió: "Mi rostro irá contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquí. ¿Cómo se sabrá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirá a mí y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Yahvé respondió a Moisés: "Aun así haré lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

Moisés dijo: "Déjame ver tu gloria". Yahvé respondió: "Haré pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciaré el nombre de Yahvé delante de ti; porque seré clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo Yahvé: "No podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo Yahvé: "Aquí hay un lugar cerca de mí; tú estarás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retiraré mi mano y me verás por detrás; pero mi rostro no se verá".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepárate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¡Yahvé! ¡Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¡pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verán la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marcháis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagáis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comáis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirás al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperás el pescuezo. Redimirás a todo primogénito de tus hijos, y no vendrán ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerán todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciará tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerás la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardará hasta la mañana.

Traerás las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

Yahvé dijo a Moisés: "Escribe tú estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: “¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!”.

Detalle

Jesús habla del libro de Jeremías.

Anotación

Libro de Jeremías 2, 19.32.34

Jer 2,19: ¡Tu impiedad te castiga y tus rebeldías te castigan! Sabed, pues, y ved cuán malo y amargo es que hayáis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengáis temor de mí, - declara el Señor Yahvé de los ejércitos.

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo.

ECR 213.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se calma. Por fin se le puede escuchar a Jesús.

Dice al arquisinagogo: «Dame el décimo rollo de aquel estante». Se lo dan. Lo desata y se lo pasa al arquisinagogo diciendo: «Lee el 4º capítulo de la historia, IIº de los Macabeos».

El arquisinagogo, obediente, lee. Así, ante el pensamiento de los presentes desfilan las vicisitudes de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. Terminado el capítulo, el arquisinagogo mira a Jesús, que ha estado escuchando con atención.

213.2

Jesús hace un gesto para indicar que es suficiente y luego se dirige al pueblo:

«En la ciudad de mi queridísimo discípulo no voy a pronunciar las palabras habituales de adoctrinamiento. Nos quedaremos aquí unos días, pero quiero que sea él quien os las diga. Quiero que empiece aquí el contacto directo, el continuo contacto entre los apóstoles y el pueblo. Había sido decidido en la alta Galilea y allí tuvo su primera, fugaz manifestación radiante[1], pero la humildad de mis discípulos hizo que ellos mismos se retirasen a un segundo plano, porque tenían miedo a no saber actuar y a usurpar mi puesto. No, no; deben actuar, lo harán bien y ayudarán a su Maestro. Así que aquí, uniendo en un único amor las fronteras galileo-fenicias con las tierras de Judá, las más meridionales, las que lindan con las comarcas del sol y las arenas, comenzará la verdadera predicación apostólica. El Maestro solo ya no puede responder a las necesidades de las muchedumbres; además, conviene que los aguiluchos dejen el nido y emprendan sus primeros vuelos mientras está todavía con ellos el Sol, y Él con su ala fuerte los sostiene.

Por tanto, Yo, durante estos días, seré, sí, amigo y consuelo vuestro; pero, la palabra vendrá de ellos, que irán esparciendo la semilla que de mí han recibido. No os adoctrinaré, por tanto, públicamente; de todas formas, os voy a hacer entrega de algo especialmente valioso, una profecía. Recordadla en el futuro, cuando el suceso más horrendo de la Humanidad vele el Sol y, en las tinieblas, los corazones corran el riesgo de ser inducidos a juicio erróneo. No quiero que vosotros, que desde el principio fuisteis buenos conmigo, seáis inducidos a error; no quiero que el mundo pueda decir: “Keriot fue enemiga de Cristo”. Yo soy justo y no quiero que os carguen culpas respecto a mí ni los que me odian ni los que me aman, espoleados por su respectivos sentimientos. Y si no se puede pretender de una numerosa familia igual santidad en todos los hijos, tampoco de una ciudad muy poblada. De forma que sería grave anticaridad decir, por un hijo malo o por uno de los ciudadanos no bueno: “Toda la familia, o toda la ciudad, sea maldita”.

Escuchad, pues; recordad; sed fieles siempre; que, de la misma forma que Yo os amo tanto que quiero defenderos de una acusación injusta, así vosotros sepáis amar a los no culpables, siempre, quienesquiera que sean, cualesquiera fueren sus relaciones de parentesco con los culpables.

213.3

Escuchad. Llegará un día en que en Israel habrá delatores del tesoro y de la patria que, queriendo atraerse la amistad de los extranjeros, hablarán mal del verdadero Sumo Sacerdote, acusándole de alianza con los enemigos de Israel y de malas acciones hacia los hijos de Dios. Para conseguir esto, estarán dispuestos incluso a cometer delitos y a culpar de ellos al Inocente. Y llegará también el momento en que, en Israel — más aún que en los tiempos de Onías —, un hombre infame, tramando ser él el Pontífice, se presentará a los poderosos de Israel y los corromperá con un oro, más infame aún, de falaces palabras; desfigurará la verdad de los hechos, no hablará contra las inmoralidades, antes al contrario, persiguiendo sus indignos proyectos, se dedicará a corromper la moralidad para poder apoderarse más fácilmente de los corazones privos de la amistad con Dios: todo para conseguir lo que pretende. Lo logrará, sin duda. Tened en cuenta que, si bien los gimnasios del impío Jasón no están en el Monte Moria, sí que están en los corazones de quienes habitan en el monte, y éstos, por obtener una franquicia, están dispuestos a vender algo que vale mucho más que un terreno, o sea, la misma conciencia; los frutos del antiguo error se ven ahora: quien tiene ojos para ver percibe lo que está sucediendo allí, donde debería haber caridad, pureza, justicia, bondad, religión santa y profunda... Pues si ya son frutos que hacen temblar, los frutos de sus semillas serán, además, objeto de maldición divina.

Y así llegamos a la verdadera profecía. En verdad os digo que el que, mediante un juego largo y astuto, se ha apoderado del puesto y ha usurpado la confianza pondrá, por dinero, en manos de los enemigos al Sumo Sacerdote, al verdadero Sacerdote, al cual, trampeado con protestas de afecto, señalado a sus verdugos con un acto de amor, le matarán sin respeto a la justicia.

¿Qué acusaciones dirigirán contra Cristo — pues estoy hablando de mí — para justificar el derecho a matarle? ¿Cuál es la suerte reservada a los que cumplan este acto? Un destino inmediato de horrenda justicia. Un destino no individual sino colectivo para los cómplices del traidor, menos inmediato pero más terrible que el del hombre cuyo remordimiento conducirá a coronar su corazón de demonio con un último delito contra sí mismo. En efecto, éste acabará en un momento, mientras que este último castigo será largo, tremendo. Leed esto en la frase: “y encendido de cólera ordenó que Andrónico fuera despojado de la púrpura y ejecutado en el mismo lugar en que había cometido el delito contra Onías”. Sí, en la casta sacerdotal el castigo alcanzará no sólo a los responsables directos sino también a sus hijos. El destino de la masa cómplice, leedlo en ésta: “La voz de esta sangre grita a mí desde la tierra. Así pues, maldito serás...”. Dios la dirá para todo un pueblo que no sabrá tutelar el don del Cielo. Porque, si bien es cierto que Yo he venido para redimir, ¡ay de aquellos de este pueblo — que como primicia de redención recibe mi Palabra — que en vez de redimidos resulten asesinos!

He terminado. Tenedlo presente. Cuando oigáis decir que soy un malhechor, replicad: “No. Ya lo dijo. Se cumple lo establecido. Es la Víctima sacrificada por los pecados del mundo”»....

213.4

La sinagoga se vacía y todos hablan de la profecía y gesticulan por la estima de Jesús por Judas. Los de Keriot están exaltados por el honor que les ha hecho el Mesías al elegir el lugar de un apóstol, y precisamente el apóstol de Keriot, para comienzo del magisterio apostólico, y también por el regalo de la profecía. A pesar de su triste contenido, es un gran honor haberla recibido, y además con las palabras de amor que la han precedido...

En la sinagoga quedan solamente Jesús y el grupo de los apóstoles; mejor dicho, pasan al jardincito que está entre la sinagoga y la casa del arquisinagogo. Judas, que se ha sentado, llora.

«¿Por qué lloras? No veo el motivo...» dice el otro Judas.

«Bueno, la verdad es que casi me pondría yo también a llorar. ¿Habéis oído? Ahora tenemos que hablar nosotros...» dice Pedro.

«Bien, pero ya hemos empezado un poco en el monte. Lo haremos cada vez mejor. Tú y Juan en seguida os habéis mostrado capaces» dice Santiago de Zebedeo para dar ánimos.

«Lo peor es para mí... pero Dios me ayudará. ¿Verdad, Maestro?» pregunta Andrés.

Jesús, que estaba pasando unos rollos que se había traído, se vuelve y dice: «¿Qué decías?».

«Que Dios me ayudará cuando tenga que hablar. Trataré de repetir tus palabras lo mejor que pueda. Pero mi hermano tiene miedo, y Judas llora».

«¿Estás llorando? ¿Por qué?» pregunta Jesús.

«Porque verdaderamente he pecado. Andrés y Tomás lo pueden decir. Yo he murmurado contra ti y Tú usas conmigo benevolencia llamándome “queridísimo discípulo” y queriendo que adoctrine aquí... ¡Cuánto amor!...».

«¿No sabías que te quería?».

«Sí, pero... gracias, Maestro. No volveré a murmurar pues verdaderamente yo soy tinieblas y Tú Luz...».

En esto regresa el jefe de la sinagoga y le invita a ir a su casa. Mientras van, dice: «Estoy pensando en lo que has dicho. Si no he entendido mal, en Keriot, de la misma forma que has encontrado a un hombre predilecto, nuestro Judas de Simón, has profetizado que encontrarás también a un hombre infame. Me causa mucho dolor. Menos mal que Judas compensará por el otro...».

«Con todo mí mismo» dice Judas, que ya se ha tranquilizado.

Jesús no dice nada, pero mira a sus interlocutores y abre los brazos en un gesto que quiere decir: «Es así».

Anotación

El líder lee. Y así pasan ante el público las pruebas de Onías, los errores de Jasón, las traiciones y los robos de Menelao. El capítulo ha terminado. El lector mira a Jesús, que ha estado escuchando atentamente. Cf. el segundo libro de los Macabeos, 2 M 4.

Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apóstoles y el pueblo. Esto se decidió en la Alta Galilea y allí se vio la primera luz. Jesús los envía a predicar por primera vez en EMV 166,2-3. Dan su primer sermón en EMV 166.4-12 (especialmente Simón el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde Jesús declaró que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).

En cuanto al destino de la masa de cómplices, podemos leerlo en estas palabras: "La voz de esta sangre me grita desde la tierra. Seréis, pues, malditos...". Y es Dios quien pronunciará estas palabras a todo un pueblo que no ha sabido proteger el don del Cielo. Porque si es verdad que he venido a redimir, ¡ay de los que serán asesinos y no serán redimidos, en este pueblo cuya primera redención fue mi Palabra! Cf. Gn 4,10-11 infra.

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Segundo libro de los Macabeos, 4

2 M 4 : Simón, el delator del tesoro y de su país, habló mal de Onías: era él, dijo, quien había azuzado a Heliodoro y quien era el autor de todo el mal. Al benefactor de la ciudad, defensor de sus conciudadanos y fiel observador de las leyes, se atrevía a hacerlo pasar por adversario del Estado. Este odio llegó tan lejos que uno de los partidarios de Simón cometió un asesinato. Entonces Onías, considerando el peligro de estas divisiones y los arrebatos de Apolonio, gobernador militar de Coele-Siria y Fenicia, que alentaba la maldad de Simón, fue a ver al rey, no para acusar a sus conciudadanos, sino con vistas a los intereses generales y particulares de todo su pueblo. Porque veía que sin la intervención del rey sería imposible apaciguar la situación, y que Simón no renunciaría a sus empresas criminales.

Pero tras la muerte de Seleuco, le sucedió Antíoco, apodado Epífanes, y Jasón, hermano de Onías, se propuso usurpar el pontificado. En una reunión con el rey, le prometió trescientos sesenta talentos de plata y ochenta talentos tomados de otros ingresos. También prometió comprometerse por escrito con otros ciento cincuenta talentos si se le permitía establecer, bajo su propia autoridad y según sus propios deseos, un gimnasio con un efebo y registrar a los habitantes de Jerusalén como ciudadanos de Antioquía. El rey accedió a todo. En cuanto Jasón obtuvo el poder, se dedicó a introducir las costumbres griegas entre sus conciudadanos. Abolió las franquicias que los reyes, por humanidad, habían concedido a los judíos gracias a la empresa de Juan, padre de Eupolemo, que había sido enviado en embajada para concluir un tratado de alianza y amistad con los romanos, y, destruyendo las instituciones legítimas, estableció costumbres contrarias a la ley. Se complacía en fundar un gimnasio al pie mismo de la Acrópolis y educaba a los niños más nobles poniéndolos bajo su sombrero. El helenismo creció entonces hasta tal punto, y había tal inclinación hacia las costumbres extranjeras, como resultado de la excesiva perversidad de Jasón, un hombre impío y de ninguna manera un sumo sacerdote, que los sacerdotes ya no mostraban ningún celo por el servicio del altar y, despreciando el templo y descuidando los sacrificios, se apresuraban a participar, en la palestra, en los ejercicios proscritos por la ley, tan pronto como se oía la llamada para lanzar el disco. Sin prestar atención a los honores de su país, tenían en gran estima las distinciones de los griegos. Como consecuencia, les sobrevinieron graves calamidades, y en el mismo pueblo cuyo modo de vida imitaban y al que querían parecerse en todo, encontraron enemigos y opresores. Porque no se violan impunemente las leyes divinas; pero esto es lo que demostrarán los acontecimientos posteriores.

Mientras se celebraban en Tiro los juegos quinquenales, a los que asistía el rey, el criminal Jasón envió espectadores desde Jerusalén, que eran ciudadanos de Antioquía, portando trescientas dracmas de plata para el sacrificio de Hércules; pero los que las llevaban pidieron que el dinero se empleara, no para sacrificios, que no convenía, sino para cubrir otros gastos. Así pues, los trescientos dracmas estaban destinados, en efecto, por quien los enviaba, al sacrificio en honor de Hércules; pero fueron utilizados, según el deseo de quienes los llevaban, para la construcción de trirremes.

Habiendo sido enviado Apolonio, hijo de Menesteo, a Egipto con motivo de la entronización del rey Ptolomeo Filometor, supo Antíoco que el rey le tenía mala disposición y, deseando ponerse a salvo de él, se dirigió a Jope y luego a Jerusalén. Recibido magníficamente por Jasón y por toda la ciudad, hizo su entrada a la luz de las antorchas y en medio de aclamaciones; después condujo a su ejército a Fenicia por el mismo camino.

Transcurridos tres años, Jasón envió a Menelao, el hermano de Simón antes mencionado, para que llevara el dinero al rey y pagara los derechos de registro de los asuntos importantes. Sin embargo, Menelao se recomendó a sí mismo al rey, lo honró con la apariencia de un hombre de alta posición e hizo que se le concediera el pontificado soberano, ofreciendo trescientos talentos de plata más de lo que había hecho Jasón. Recibidas las cartas de investidura del rey, regresó a Jerusalén sin nada digno del sacerdocio, salvo los instintos de un tirano cruel y la furia de una fiera salvaje. Así Jasón, que había engañado a su propio hermano, engañado a su vez por otro, tuvo que huir al país de los amonitas. En cuanto a Menelao, obtuvo el poder; pero, como no cumplía con la suma prometida al rey, a pesar de las quejas de Sóstrato, comandante de la Acrópolis, encargado de recaudar los impuestos, ambos fueron convocados ante el rey.

Menelao dejó a su hermano Lisímaco en su lugar como sumo sacerdote, y Sóstrato a Crates, gobernador de Chipre, como su sustituto. Mientras tanto, los habitantes de Tarso y Mallas se rebelaron, porque estas dos ciudades habían sido regaladas a Antíococida, la concubina del rey. El rey se apresuró a sofocar la sedición, dejando como lugarteniente a Andrónico, uno de los grandes dignatarios. Menelao, juzgando favorables las circunstancias, tomó algunos vasos de oro del templo y se los entregó a Andrónico, y consiguió vender otros a Tiro y a las ciudades vecinas.

Cuando Onías supo con certeza que Menelao había cometido este nuevo delito, se lo reprochó, tras retirarse a un lugar de refugio en Dafne, cerca de Antioquía. Menelao, por lo tanto, llevó aparte a Andrónico y le instó a dar muerte a Onías. Andrónico se acercó a Onías y, con engaños, le hizo un juramento sobre su mano derecha; luego, aunque desconfiado, le persuadió para que saliera de su refugio y le dio muerte de inmediato, sin ningún miramiento por la justicia. Así que no sólo los judíos, sino también muchas de las demás naciones se indignaron y entristecieron por el injusto asesinato de este hombre.

Cuando el rey regresó de Cilicia, los judíos de Antioquía, junto con los griegos que también eran enemigos de la violencia, acudieron a él para informarle del injusto asesinato de Onías. Antíoco se entristeció profundamente y, movido a compasión por Onías, derramó lágrimas al recordar la moderación y sabia conducta del difunto. Rojo de ira, inmediatamente hizo despojar a Andrónico de su púrpura, rasgó sus vestiduras y, habiéndole hecho conducir por toda la ciudad, degradó al canalla en el mismo lugar donde había llevado a cabo su impío ataque contra Onías, golpeándole así el Señor con un justo castigo.

Ahora bien, cuando Lisímaco, de acuerdo con Menelao, había cometido en la ciudad un gran número de robos sacrílegos, y se había corrido la voz de ellos, el pueblo se levantó contra Lisímaco, a pesar de que muchos vasos de oro ya habían sido esparcidos. Cuando Lisímaco vio que la multitud se había agitado y sus ánimos se habían inflamado, armó a unos tres mil hombres y comenzó a cometer actos de violencia bajo el mando de un tal Tirano, hombre de edad avanzada y no menos perverso. Pero cuando se enteraron del ataque de Lisímaco, algunos cogieron piedras, otros grandes palos, y algunos recogieron cenizas que había por los alrededores, y las arrojaron tumultuosamente contra los partidarios de Lisímaco. Así hirieron a muchos de sus hombres, mataron a varios de ellos, pusieron en fuga a todos los demás y masacraron al propio sacrílego cerca del tesoro del templo.

Se inició entonces una investigación contra Menelao basada en estos hechos. Cuando el rey llegó a Tiro, los tres hombres enviados por los ancianos le explicaron la justicia de su caso. Viéndose convencido, Menelao prometió a Ptolomeo, hijo de Dorymene, una gran suma de dinero para que el rey le favoreciera. Ptolomeo llevó entonces al rey bajo el peristilo, como para que se tranquilizara, y le hizo cambiar de opinión. El rey declaró a Menelao inocente de los cargos que se le imputaban, aunque era culpable de todos los delitos, y condenó a muerte a hombres desgraciados que, si hubieran alegado su caso incluso ante los escitas, habrían sido declarados inocentes; y hombres que habían defendido la ciudad, el pueblo y los objetos sagrados, sufrieron este injusto castigo sin demora. Los propios tirios se indignaron y ofrecieron a las víctimas un magnífico funeral. En cuanto a Menelao, gracias a la codicia de los poderosos, mantuvo su dignidad, creciendo en malicia y azote cruel de sus conciudadanos.

Libro del Génesis 4, 10-11

Gn 4, 10-11 : Yahvé dijo: "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí. Ahora te maldice la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano."

ECR 214.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma.