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Notas del tema

Santos, Venerables y Beatos de la Iglesia Católica

Página 24 de 111

Comodidad de lectura

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ECR 49.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.3 Continúan su camino.

«Has dicho que me buscabas...».

«Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte... y porque... ¡oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas... y ya no podía seguir sin ti».

«Entonces, ¿has sido un buen anunciador del Verbo?».

«También Santiago, Maestro, ha hablado de ti de manera... convincente».

«De forma que incluso quien desconfiaba — y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva — se ha persuadido. Vamos a confirmarle del todo».

«Tenía un poco de miedo...».

«¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar. Con los honestos seré todo misericordia».

«¿Y con los pecadores?».

«También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas. Y hacen esas cosas, y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo».

«Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro».

«Así me gusta, y así quiero que seáis todos».

«Simón quiere decirte muchas cosas».

«Le escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva».

ECR 49.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tienes sobrinos, Maestro?».

«No tengo sino... una Madre... Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos, junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos. En mi Madre tengo todo, Juan».

«¿Y la has dejado?».

«Dios está por encima incluso de la más santa de las madres».

«¿La conoceré yo?».

«La conocerás».

«¿Y me querrá?».

«Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús».

ECR 49.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

«La paz esté con vosotros» dice Jesús; y añade: «Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por qué no has venido antes?».

Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra: «No me atrevía...».

Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: «¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer», interviene con franqueza: «He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo... yo he dicho... Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!...».

Jesús sonríe y dice: «Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo».

«Pero yo... yo no soy bueno... no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me ofende... ¡bueno!... Soy codicioso y me gusta tener dinero... y al vender el pescado... bueno... no siempre... no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices... pero...».

«No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré».

«¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así... es así... mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!... Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?... Conozco al dueño».

«Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente».

«Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza».

«En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?».

«Escucho, Maestro».

«Mi hermano es tímido».

«Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id».

«La paz sea contigo». Se van.

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 49.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Detalle

Santiago y Juan estuvieron presentes en la primera predicación de Jesús en Betsaida.

ECR 49.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.8 Nada más salir, Pedro observa: «¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes, y otro tipo de peces?».

«¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas».

«Me daba... vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!».

«Ahora va a Jerusalén...». Esto lo expresa Juan con anhelo y nostalgia grandes. «Yo quería pedirle que me dejara ir con Él... pero no me he atrevido...».

«Vete a decírselo, muchacho» responde Pedro. «Nos hemos despedido de Él así, sin más... sin ni siquiera una palabra de afecto... Al menos, que sepa que le admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre».

«¿Voy, Santiago?».

«Ve».

Juan se echa a correr... y, también corriendo, vuelve lleno de júbilo. «Le he dicho: “¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?”. Me ha respondido: “Ven, amigo”. ¡Ha dicho “amigo”! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!...».

...La visión termina.

Detalle

En EMV 48.6, Jesús dice a Juan y Santiago: "Él [Pedro] está echando la red y se impacienta por tener que hacerlo solo porque no salisteis en la barca gemela una tarde en que la pesca era tan buena..... No sabe que dentro de poco sólo pescará con redes completamente distintas para capturar presas completamente distintas".

ECR 49.9-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.9 Respecto a esta visión, me dice esta mañana (14 de octubre) Jesús:

«Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido. Le admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente, calla este detalle.

El apóstol de Pedro y, por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan; primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿veis lo que dice?: “Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús. El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: ‘Hemos encontrado al Mesías’, y le condujo adonde estaba Jesús”.

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

49.10 ¿Quiénes, entre los que hacen algo por mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas, que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna, y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde. Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: ‘... dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto’. Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: ‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza’ ”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota.

Aprended todos.

49.11 ¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Le amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndole como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo».

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 49.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.11 ¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Le amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndole como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo.

ECR 50.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.1 A las nueve y media de la mañana debo describir esto.

Juan llama a la puerta de la casa donde hospedan a Jesús. Se asoma una mujer y, viendo quién es, avisa a Jesús.

Se saludan con un gesto de paz. Y luego: «Has venido solícito, Juan» dice Jesús.

«He venido a comunicarte que Simón Pedro te ruega que pases por Betsaida. He hablado de ti a muchos... No hemos pescado esta noche; orado sí, como sabemos hacerlo, renunciando con ello al lucro porque... el sábado todavía no había terminado. Luego, esta mañana, hemos ido por las calles hablando de ti. Hay gente que quisiera oírte... ¿Vienes, Maestro?».

«Voy. Aunque debiera ir a Nazaret antes que a Jerusalén».

«Pedro te llevará desde Betsaida a Tiberíades, con su barca. Llegarás incluso antes».

«Vamos, entonces».

Jesús coge manto y bolsa. Pero Juan le toma esta última. Y, después de saludar a la dueña de casa, se marchan.

50.2 La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

«La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis».

«Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?».

«Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa».

Pedro se muestra jubiloso: «Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros».

«Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré».

No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el Sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.

ECR 50.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.2 La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

«La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis».

«Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?».

«Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa».

Pedro se muestra jubiloso: «Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros».

«Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré».

No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el Sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.

Detalle

Jesús deja Cafarnaún y se dirige a Betsaida.

ECR 50.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.2 La visión me muestra la salida del pueblo y el comienzo del viaje hacia Betsaida. Pero no oigo la conversación, e incluso la visión se interrumpe hasta la entrada de Betsaida. Comprendo que se trata de esta ciudad porque veo a Pedro, Andrés y Santiago, y con ellos algunas mujeres, esperando a Jesús donde empiezan las casas.

«La paz sea con vosotros. Aquí me tenéis».

«Gracias, Maestro, en nombre nuestro y de los que esperan. No es sábado, pero ¿no les vas a hablar a los que esperan tus palabras?».

«Sí, Pedro. Lo haré. En tu casa».

Pedro se muestra jubiloso: «Ven, entonces: ésta es mi mujer, ésta es la madre de Juan, éstas son amigas de ellas. Pero también te esperan otros: parientes y amigos nuestros».

«Diles que partiré esta noche y que antes les hablaré».

No he dicho que, habiendo salido de Cafarnaúm cuando se estaba poniendo el Sol, los he visto llegar a Betsaida por la mañana.

«Maestro... te ruego que te quedes una noche en mi casa. Es largo el camino hacia Jerusalén, aunque te lo abrevie hasta Tiberíades con mi barca. Mi casa es pobre, pero honesta y amiga. Quédate con nosotros esta noche».

Jesús mira a Pedro y a todos los demás que esperan. Los mira escrutador. Sonríe y dice: «Sí».

Nueva alegría de Pedro.

Algunos miran desde las puertas y se hacen señas. Un hombre llama por el nombre a Santiago y le habla en voz baja señalando a Jesús. Santiago asiente y el hombre va a hablar aparte con otros que están parados en un cruce de caminos.

Entran en la casa de Pedro. Una cocina amplia y humosa. En un rincón, redes, sogas y cestas para pesca; en medio, el hogar ancho y bajo, por ahora apagado. Por las dos puertas, una frente a otra, se ve el camino y el huerto, pequeño, con la higuera y la vid; más allá del camino, el celeste ondear del lago; más allá del huerto, la pared oscura de otra casa.

«Te ofrezco cuanto tengo, Maestro, y de la forma que sé hacer­lo...».

«No podrías ni mejor ni más, porque me lo ofreces con amor».

Le dan a Jesús agua para refrescarse y luego pan y aceitunas. Jesús come un poco (en realidad para que vean que lo acepta) y luego, con un gesto de agradecimiento, indica que no quiere más.

Unos niños curiosean desde el huerto y el camino. No sé si son o no hijos de Pedro. Sólo sé que él mira severamente a estos niños impetuosos, para que no se acerquen. Jesús sonríe y dice: «Déjalos».

«Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando».

«¿Tienes una terraza?».

«Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra».

«Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré».

«Como quieras. Ven».

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja. También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita en ello.

«Yo me voy, Maestro».

«Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí».

Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.