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Notas del tema

Enseñanza general en la EMV

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Comodidad de lectura

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ECR 204.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

[El hombre] necesidad de creer. En efecto, esta necesidad es más imperiosa que la de respirar. Aun quien dice que no cree cree, en algo cree; el simple hecho de decir “no creo en Dios” presupone otra fe, que puede ser fe en sí mismo, en su propia, soberbia mente. Creer, se cree siempre. Es como el pensamiento. Si decís “no quiero pensar” o “no creo en Dios”, con el simple hecho de decir estas dos frases manifestáis vuestro pensamiento de no querer pensar, o de no querer creer en Aquel que sabéis que existe.

ECR 204.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Existe pecado cuando uno, a sabiendas, se rebela contra el mandato de Dios y dice: “Sé que lo que hago está mal, pero lo quiero hacer de todas formas”. Dios es justo. No puede castigar a quien hace el mal creyendo que está haciendo el bien; castiga a quien habiendo tenido cómo conocer el Bien y el Mal, elige este último y en él persiste.

ECR 204.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y cuál es el modo de dar espacio, libertad y elevación al alma?».

«Derribando las cosas inútiles que tenéis en vuestro yo; liberándolo de todas las ideas erradas; construyendo, con los fragmentos resultantes de la demolición, la elevación para el templo soberano. Se ha de conducir al alma cada vez más arriba subiendo los tres peldaños. ¡Oh, a vosotros, romanos, os gustan los símbolos! Ved los tres peldaños a la luz del símbolo. Os pueden decir sus nombres: penitencia, paciencia, constancia; o: humildad, pureza, justicia; o: sabiduría, generosidad, misericordia; o, en fin, el trinomio espléndido: fe, esperanza, caridad. Fijaos qué simbolizan los muros que, ornamentados y al mismo tiempo resistentes, rodean el área del templo. Es necesario saber circundar al alma, reina del cuerpo, templo del Espíritu eterno, con una barrera que la defienda, sin quitarle la luz, y no agobiarla con la visión de cosas inmundas. Sea muralla segura, y cincelada con el deseo del amor para, quitando las esquirlas de lo que es inferior, la carne y la sangre, formar lo superior, el espíritu. Cincelar con la voluntad: eliminar aristas, desportilladuras, manchas, vetas de debilidad, del mármol de nuestro yo, para que sea perfecto en torno al alma. Al mismo tiempo, hacer, de la muralla que habrá de proteger al templo, misericordioso refugio para los desdichados que no conocen lo que es Caridad. ¿Y los pórticos?: la expansión del amor, la piedad, el deseo de que otros vayan a Dios; son semejantes a amorosos brazos que se extienden para amparar la cuna de un huérfano. En el interior del recinto están, como ofrenda al Creador, los más bellos y olorosos árboles. Sembrad en el terreno que antes estaba desnudo, cultivad luego estos árboles, que son las virtudes de todo tipo, segundo círculo protector, vivo y florido, en torno al sagrario; y, entre los árboles, entre las virtudes, las fuentes (que son también amor, purificación), antes de acercarse al propileo, junto al cual, antes de subir al altar, se debe cumplir el sacrificio de la carnalidad, vaciarse de toda lujuria. Luego, continuar más adentro, hasta el altar, para depositar la ofrenda, y seguir, atravesando el vestíbulo, hasta la celda de Dios. ¿Qué será esta morada?: copiosidad de riquezas espirituales, porque nunca es demasiado como marco para Dios. ¿Habéis comprendido esto? Me habéis pedido que os explique cómo se construye la Fe. Os he dicho: “Según el método con que se elevan los templos”. Como podéis observar, es así.

ECR 205.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Escuchad. Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.

Un hombre tenía dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era más inteligente que el mayor — el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí —, si bien era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre — estaba en su derecho y cumplía su deber — le instaba para que viviera con más sensatez. Mas no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas.

Finalmente, un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo: “Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabó”. “Piensa — respondió el padre — que dentro de poco te quedarás sin nada; ¿qué harás entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti”. “No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte”.

El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano. Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vinos, juego... vida disoluta... Pronto vio mermar sus fondos y aproximársele la pobreza; además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

205.4

Habría podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó: “Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo”. ¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: “¡Perdón, reconozco mi error!”. Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico: “¡Qué infame es el que abandona a su padre!, ¡cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”. Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una región pagana y había muchos cerdos); le encargó de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento — la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos (él, porquerizo, extranjero, escarnecido, estaba entre los ínfimos) —, veía que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos! ¡Pero son demasiado amargos! ¡Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!”. Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes... y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana, y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito... y pensaba también en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: “Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia... y yo aquí me estoy muriendo de hambre...”. Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia...

205.5

Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se alzó y dijo: “¡Iré donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué? ¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo? Iré donde mi padre. Ya está decidido. ¿Que qué le voy a decir? ¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le diré: ‘Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como al último de tus peones... pero déjame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar...’. No podré decirle: ‘...porque te quiero’. No lo creería. Se lo dirá mi vida. Él lo comprenderá, y antes de morir me volverá a bendecir... ¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!”. Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando...

Ya ve los campos paternos, ya la casa... y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres... ¡Oh, está más viejo y más delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!... ¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, le vio... ¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; se llegó a él, le echó los brazos al cuello, le besó! El padre fue el único que lo reconoció, que vio en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando: “Padre, deja que me postre a tus pies”. “¡No, hijo mío, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor”. El hijo, llorando más fuerte, dijo: “¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo; permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración, mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará, y yo me haré honesto...”. Pero el padre, sin dejar de abrazarle, le condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía, y les dijo: “Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadle, perfumadle, vestidle, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mí el amado hijo último en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos”. Y así lo hicieron los siervos.

205.6

El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. Al anochecer, de vuelta al hogar, vio que la casa estaba radiante de luces, y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas. Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: “¿Qué sucede?”. El siervo respondió: “¡Ha vuelto tu hermano! Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperado a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. Sólo faltas tú para que empiece la fiesta”. Mas el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, además de ser el menor, había sido malo; y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa.

Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dio alcance. Trató de convencerle y le rogó que no amargase su gozo. Pero el primogénito respondió a su padre: “¿Cómo quieres que no me altere? Estás actuando injustamente con tu primogénito, le estás despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te había producido mi hermano... Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragán y gastador, y que vuelve ahora traído por el hambre, le haces los honores y matas para él el mejor ternero. ¿Vale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!”.

Entonces dijo el padre, estrechándole contra su pecho: “¡Oh, hijo mío, ¿cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada. ¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo... Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien; que se había extraviado y ha sido restituido a nuestro amor”. Y el primogénito cedió.

205.7

Lo mismo, amigos míos, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola piense igualmente que, si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirá: “No te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”. El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido. »

Anotación

Libro del Eclesiástico 3, 16

Si 3, 16 : El que abandona a su padre es como un blasfemo; el que provoca a ira a su madre es maldito por el Señor.

Evangelio de Lucas 15, 11-32

Lc 15, 11-32 : Jesús volvió a decir: "Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: 'Padre, dame mi parte de la riqueza'. Y el padre repartió sus bienes entre los dos. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se marchó a un país lejano, donde dilapidó su fortuna llevando una vida desordenada. Lo había gastado todo, cuando sobrevino una gran hambruna en aquel país, y empezó a verse necesitado. Se puso a trabajar para un habitante de aquel país, que lo envió a cuidar los cerdos de sus campos. Le hubiera gustado llenarse la barriga con las vainas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.

Así que entró en sí mismo y se dijo: "¡Cuántos trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a ver a mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus obreros". Se levantó y fue a ver a su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre le vio y se compadeció de él; corrió, se echó a su cuello y le colmó de besos. El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus siervos: "Rápido, traed el mejor vestido para vestirle, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies, id a buscar el ternero cebado, matadlo, comamos y hagamos fiesta, porque mi hijo, que he aquí estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado." Y comenzaron a festejar.

Pero el hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresó y estuvo cerca de la casa, oyó música y danzas. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. El criado le contestó: "Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque ha encontrado a tu hermano con buena salud". Entonces el hijo mayor se enfadó y se negó a entrar. Su padre salió a rogarle. Pero él contestó a su padre: "Llevo tantos años a tu servicio sin quebrantar nunca tus órdenes, y nunca me has dado un cabrito para que lo festeje con mis amigos. Pero cuando este hijo tuyo volvió de devorar tus bienes con prostitutas, ¡hiciste matar para él el ternero cebado!". El padre replicó: "Tú, hijo mío, estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo". Había necesidad de festejar y alegrarse; porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; ¡estaba perdido y ha sido encontrado!"""

ECR 206.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas: el momento de entrada en aquél se identifica con el día de la boda.

Pues bien, escuchad. Entre nosotros es costumbre que las doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirle, entre luces y cantos, adonde su dulce novia. El cortejo, entonces, deja la casa de la novia. Ésta, velada, llena de emoción, se dirige, acompañada del novio, como verdadera reina, a su lugar; a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se haga una sola carne con su esposo. El cortejo, en su mayoría compuesto por amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos de una aureola de luces.

Pues bien, en un pueblo se celebró una boda. Mientras los novios, con los parientes y amigos, lo festejaban en casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido (el vestíbulo de la casa del novio) para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano toque de címbalos, anunciador de que los novios ya habrían dejado la casa de la novia para ir hacia la del novio. Pero... el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial... y llegó la noche.

Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado. Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias. Las sensatas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite, para poder alimentar las lámparas si la espera se hubiera alargado más de lo previsible; las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas.

Y pasaron las horas... La espera estuvo animada de alegres conversaciones, agudezas, relatos; pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer. Aburridas, o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, bien cerca de ellas, y poco a poco se fueron quedando dormidas.

206.3

A media noche se oyó un grito: “¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!”. Ante esto, las diez jóvenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y, sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la repisa en que las habían dejado: cinco de ellas ya languidecían: la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía relumbros cada vez más débiles, y humo, y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire. Las otras cinco lámparas, por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas, y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara.

Entonces las vírgenes necias suplicaron: “¡Dadnos un poco de vuestro aceite, que, si no, las lamparas se nos van a apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!...”. Mas las prudentes respondieron: “Afuera sopla el viento de la noche, desciende denso rocío; nunca es suficiente el aceite para alimentar una llama fuerte, capaz de resistir el viento y el relente. Si os damos una parte, también vacilará nuestra luz. ¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin el titileo de las lamparillas! Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante de la cama para daros aceite”. Y, corriendo y tropezando, angustiadas, siguieron el consejo de sus compañeras; ajando los velos, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.

He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia. Entonces, las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas corrieron a su encuentro; circundados por ellas, los novios entraron en la casa para la conclusión de la ceremonia (el acompañamiento de la novia por parte de las vírgenes hasta el aposento nupcial). Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada: quien estaba fuera fuera se quedó. Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite, pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo: “¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo”.

El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo: “En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois usurpadoras. Quedaos, pues, fuera de la casa de la boda”. Y las cinco necias se marcharon, llorando, por los caminos oscuros, con sus lámparas, que ya no les hacían falta, con sus vestiduras ajadas, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas, o incluso sin guirnaldas...

206.4

Escuchad ahora el significado contenido en la parábola.

Al principio os he dicho que el Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura. Escuchad lo que os digo ahora. No ignoráis que las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia. Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis como entenderéis mejor.

El Esposo es Dios; la esposa, el alma de un justo a la que — habiendo cumplido el período de su noviazgo en la casa del Padre, es decir, velando por la doctrina de Dios y obedeciéndola y viviendo según la justicia — acompañan a la casa del Novio para celebrar el matrimonio. Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles que, siguiendo el ejemplo de la novia — haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes es signo de que era un ejemplo vivo de santidad —, tratan de alcanzar este mismo honor santificándose.

206.5

Su vestido es blanco, está limpio, lozano; blancos son sus velos; están coronadas de flores. Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias; su mecha, embebida del más puro aceite, para que no despida mal olor.

Su vestido es blanco. La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco (que — pronto — un día se hará blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica).

Su vestido está limpio. Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fácil empañar la pureza del corazón. Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta en seguida — su ojo no está empañado por el humo del orgullo — de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: “He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!”.

Un vestido lozano. ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo... ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios — que no niega su santo auxilio a quien se lo pide —, con su propia superheroica voluntad — su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra — y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

Velos blancos. ¡Es la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”. En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”. La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe — necia gloria humana — el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: “Mi alma te ensalza, Señor... porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies; en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Coronada de flores. El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado. Diariamente, he dicho. El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: “Ven”. Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores marchitan, pero las de las coronas de virtudes no marchitan. El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo: allí harán de trono al nuevo beato cuando, como esposa en la casa nupcial, entre.

206.6

Tienen las lámparas encendidas. Para honrar a su Esposo y como luz para el camino. ¡Qué fúlgida es la fe, qué dulce amiga! Su llama es radiante como una estrella, risueña por la seguridad que le da su certidumbre; hace luminoso incluso al instrumento que la sujeta. La carne del hombre alimentado de fe, incluso la carne, parece, ya en este mundo, hacerse más luminosa y espiritual, inmune a una depauperación precoz; porque quien cree se apoya en las palabras y los mandamientos de Dios, que es su fin, para alcanzarle, siendo así que se mantiene lejos de todo tipo de corrupción, y no sufre turbaciones, miedos, remordimientos, ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones, y se conserva en la lozanía y juventud de la hermosa incorrupción del santo. Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria, para contener así el aceite de la fe, para lucir sin producir humo. La voluntad constante nutrirá siempre esta luz. La vida de cada día, con sus desilusiones, constataciones, contactos, tentaciones, roces, tiende a reducir la fe. ¡Esto no debe suceder! Id cada día a la fuente del óleo suave, sapiencial, de Dios. Mas la lámpara escasamente alimentada puede apagarse con el más ligero viento o por el relente denso de la noche. La noche... la hora de las tinieblas, del pecado, de la tentación, les llega a todos: es la noche, para el alma. Pero, si ésta está henchida de fe, la llama no podrá ser apagada por el viento del mundo o por la calina de las sensualidades.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Aquel que, imprudente, se confía diciendo: “Dios llegará antes de que me quede sin luz”, o quien se induce a sí mismo a dormir antes que a velar (¡además duerme sin aquello que necesitaría para estar listo inmediatamente a la primera llamada!), o aquel que espera al último momento para procurarse el aceite de la fe o la mecha fuerte de la buena voluntad... incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo. Velad, por tanto, con prudencia, constancia, pureza, confianza, para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él.

206.7

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136,2 y EMV 414,1.

Evangelio de Mateo 25, 1-13

Mt 25, 1-13 : "Entonces el reino de los cielos se parecerá a diez jóvenes invitadas a una boda, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsoras: las descuidadas llevaban sus lámparas sin aceite, pero las previsoras llevaban botellas de aceite con sus lámparas. Como el novio se retrasaba, todas se adormilaron y se durmieron. En medio de la noche, se oyó un grito: "¡He aquí el novio! Salid a su encuentro". Entonces todas las doncellas se despertaron y comenzaron a preparar sus lámparas. Las despreocupadas pidieron a las previsoras: "Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan". Las previsoras respondieron: "Eso nunca será suficiente ni para nosotras ni para vosotras; id en cambio a los mercaderes y comprad un poco para vosotras". Mientras iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él en el salón de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde, entraron las otras muchachas y dijeron: "¡Señor, Señor, ábrenos!". Él les respondió: "Os aseguro que no os conozco".

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.

Libro de Ester 2, 1-18

Ester 2, 1-18: Después de estas cosas, cuando la ira del rey Asuero se hubo calmado, se acordó de Vasti, de lo que había hecho y de la decisión que se había tomado sobre ella. Entonces los servidores del rey, que estaban de servicio con él, dijeron: "Que se busquen doncellas para el rey, vírgenes y hermosas de semblante; que el rey nombre oficiales en todas las provincias de su reino para que reúnan a todas las doncellas, vírgenes y hermosas de semblante, en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la supervisión de Egeo, eunuco del rey y guardián de las mujeres, quien se encargará de su aseo; y que la doncella que agrade al rey se convierta en reina en lugar de Vasti. " El rey accedió, y así lo hizo.

En Susa, la capital, había un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Cis, de la raza de Benjamín, que había sido sacado de Jerusalén entre los cautivos deportados con Jeconías, rey de Judá, por Nabucodonosor, rey de Babilonia. Crió a Edissa, que es Ester, hija de su tío, pues no tenía padre ni madre. Era una muchacha hermosa y de rostro agraciado; cuando murieron su padre y su madre, Mardoqueo la adoptó como hija.

Cuando se publicaron la orden y el edicto del rey y se reunió a un gran número de muchachas en Susa, la capital, bajo la supervisión de Egeo, Ester también fue tomada y llevada a la casa del rey, bajo la supervisión de Egeo, el guardián de las mujeres. La joven le agradó y se ganó su favor; se apresuró a proporcionarle las cosas necesarias para su aseo y subsistencia, a darle siete muchachas escogidas de la casa del rey, y la hizo pasar con ellas una temporada en el mejor piso de la casa de las mujeres. Ester no hizo mención de su pueblo ni de su nacimiento, pues Mardoqueo le había prohibido hablar de ellos. Todos los días Mardoqueo se paseaba por el patio de la casa de las mujeres para ver cómo le iba a Ester y cómo la trataban.

Y cuando llegó el momento de que cada muchacha fuera a ver al rey Asuero, después de haber pasado doce meses haciendo lo que estaba prescrito para las mujeres -y éste era el tiempo de su purificación: durante seis meses se purificaban con aceite de mirra, y durante seis meses con las especias y perfumes que se usaban entre las mujeres-, y la muchacha iba a ver al rey, se le permitía llevar consigo lo que quisiera, ir de la casa de las mujeres a la casa del rey. Iba allí por la noche, y a la mañana siguiente iba a la segunda casa de mujeres, bajo la supervisión de Susagaz, el eunuco del rey y guardián de las concubinas. No volvía al rey si éste no la llamaba por su nombre.

Cuando le llegó el turno de ir a ver al rey, Ester, hija de Abihail, tío de Mardoqueo, que la había adoptado como hija, no pidió más que lo que le había designado Egueo, eunuco del rey y guardián de las mujeres; pero Ester agradaba a todos los que la veían. Ester fue llevada a la casa real del rey Asuero en el décimo mes, el mes de Tebet, en el séptimo año de su reinado. El rey amaba a Ester más que a ninguna otra mujer, y ella ganó más favor y beneplácito con él que ninguna otra joven. Puso la corona real sobre su cabeza y la nombró reina en lugar de Vasti. El rey dio un gran banquete a todos sus príncipes y siervos, el banquete de Ester; dio descanso a las provincias y prodigó generosamente.

ECR 206.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura.

ECR 206.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fácil empañar la pureza del corazón. Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta en seguida — su ojo no está empañado por el humo del orgullo — de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: “He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!”.

Detalle

Jesús cuenta la parábola de las diez vírgenes y señala que tienen ropa limpia.