ECR 206.7 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
No quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 206.7 · Volumen 3
No quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad.
ECR 206.10 · Volume 3
En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, así los pobres están en Dios. Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre. En efecto, entre los pobres me siento más cerca del Padre, que ama a los más pequeños, y es amado por ellos con todas sus fuerzas. Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sólo a Dios. Los ricos tienen amigos, los pobres están solos. Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no. Los ricos se divierten, los pobres sólo trabajan. Todo es fácil para los ricos, por su dinero. Los pobres tienen, además, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestías, pues significarían para ellos hambre y muerte. Mas los pobres poseen a Dios. Dios, amigo suyo, Consolador suyo; Él los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales; a Él se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos): “Padre, socórrenos con tu misericordia”.
ECR 206.10 · Volumen 3
En verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico, y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron, cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.
ECR 206.10 · Volumen 3
Los pobres guardan en su corazón las perlas de las palabras de Dios; son su único tesoro. Quien no tiene más que un bien lo custodia; el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual. Así, este último no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios; lo confunde con otros tesoros — las riquezas de la tierra—, valiosos sólo en apariencia,
ECR 207.9 · Volumen 3
«¿Estás contento, Simón de Jonás? No hablas. Casi ni respiras...».
«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar más santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, después de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sí, pero sólo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osaré ya decirte como antes: “María”. Antes eras para mí la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de María.
Ahora es Jesús quien habla: «Simón, álzate; ven aquí, a mi lado».
Pedro se pone en la izquierda de Jesús (María está a la derecha).
«¿Qué somos ahora nosotros?» pregunta Jesús.
«¿Nosotros? ¡Hombre, pues Jesús, María y Simón!».
«De acuerdo, pero ¿cuántos somos?».
«Tres, Maestro».
«Entonces somos una trinidad. Un día, en el Cielo, la divina Trinidad pensó: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separó por ello del Padre y del Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo más unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. Llegará un día en que vendrá del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo está cumplido”. Entonces el Verbo volverá al Cielo, así... (y Jesús se retira un paso hacia atrás dejando a Pedro y a María donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplará las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirán más que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redención del mundo a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez más a los dos que estarán todavía en esta tierra: mi Madre, el amor; tú, el poder. Por tanto, ciertamente tendrás que tratar a María como a una reina, pero no como esclavo. ¿No te parece?».
«Me parece todo lo que quieras. ¡Me siento anonadado! ¡Yo el poder? ¡Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¡Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».
«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».
«¿Y después?».
«Después te sostendré con la oración. ¡Ánimo, Simón; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni José dudamos de su poder, tú tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...»
La Virgen acaba de contar la Natividad con sus propias palabras.
Trinidad celestial - Trinidad terrenal: Para establecer un paralelismo entre la Trinidad celestial (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y la Trinidad terrenal (Jesús, María y Pedro), la explicación debe recurrir al recurso de atribuir a Dios pensamientos y comportamientos humanos, estableciendo separaciones y reuniones entre las Personas divinas.
Sin embargo", anota María Valtorta en una copia mecanografiada, "no se puede negar la unión hipostática (= unión de las dos naturalezas, divina y humana) por la cual el Verbo, estando verdaderamente en la carne del Hijo de Dios y de María, no dejó de ser uno con el Padre y, por tanto, con el Amor; no dejó de ser el Santo de los Santos, porque lo era por su naturaleza divina y lo era en su naturaleza humana, por la gracia y por una voluntad perfectísima".
Esta nota, acompañada de los textos de EMV207.11 |EMV324.3 | EMV 567.17 | EMV 630.21 y EMV 634.11, así como de las notas deEMV 54.5 | EMV 68.1 | EMV 342.5 y EMV 346.5, puede servir también para interpretar correctamente las expresiones que se encuentran en EMV 62.2 (para unirme al Padre) | EMV 62.4 (yo estaba en el Padre) | EMV 123.5 (dejé el Cielo) | EMV 126.1 (no a mí, sino al que me envió) | EMV 126.10 | EMV 128.2 (no a mí. A Dios) | EMV 129.3 (Dios está en el Cielo. Adora y acude a Él) | EMV 249.4 | EMV 254.3 (Debes preguntar al que los hizo) | EMV 272.2 | EMV 287.6 (A Dios, no a su Siervo) | EMV 298.6 (No de mí, sino del Padre) | EMV 317.5 | EMV 371.6 | EMV 399.4 (Dejó al Padre) | EMV 452.11 | EMV 479.2 (Vuelve al Padre) | EMV 487.9 | EMV 517.2 (Una parte de la unión he dejado) | EMV 534.8 (La Sabiduría ha dejado el Cielo) | EMV600.21 (He dejado al Padre) | EMV 618.5 (Ya no estoy separado del Padre) | EMV 632.34 (Ha dejado el Cielo) | EMV 637.6 (He dejado el Cielo) | EMV 642.9, etc.
Por último, cabe destacar el concepto expresado por Maria Valtorta en el texto de EMV 474.2/3: la divinidad, siempre unida hipostáticamente al Hombre Jesús, no fue en todo momento sensible al Hombre Redentor, que tuvo que llegar a experimentar este dolor.
ECR 207.9 · Volumen 3
Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...
ECR 207.11 · Volumen 3
Interviene Judas Iscariote, que, aún bajo la impresión del día anterior, a pesar de que esté tratando de recuperar la libertad que tenía antes, habla poco: «Yo quisiera entender el por qué de esta necesidad de la Encarnación. De acuerdo que el único que con su palabra puede vencer a Satanás es Dios, de acuerdo que Dios es el único que puede tener capacidad de redimir, no lo pongo en duda; pero, en fin, me parece que el Verbo habría podido humillarse menos de lo que lo ha hecho naciendo como todos los hombres, sujetándose a las miserias de la infancia, etc. ¿No habría podido aparecer con forma humana ya adulta, o, si es que quería tener una madre, elegírsela adoptiva, como hizo para el padre? Creo que una vez se lo pregunté, pero no me respondió ampliamente, o al menos no lo recuerdo».
«¡Pregúntaselo, dado que estamos en el tema...!» dice Tomás.
«Yo no. Ya le he hecho disgustarse y todavía no me siento perdonado. Preguntadlo vosotros por mí».
«¡Pero hombre, nosotros aceptamos todo sin pedir tantas dilucidaciones, y tenemos que ser nosotros quienes hagan preguntas? ¡No es justo!» replica Santiago de Zebedeo.
«¿Qué es lo que no es justo?» pregunta Jesús.
Hay un momento de silencio; luego Simón Zelote, haciéndose interprete de todos, repite las preguntas de Judas de Keriot y las respuestas de los otros.
«No soy rencoroso; esto lo primero. Hago las observaciones que debo hacer, sufro y perdono. Lo digo para quien todavía tiene miedo, fruto de su turbación. Por lo que se refiere a mi real Encarnación, digo: es justo que haya sido en este modo. Vendrán días en que muchos, muchos, caerán en errores acerca de mi Encarnación, atribuyéndome precisamente esas formas erradas que Judas querría que Yo hubiera asumido: Hombre compacto en cuanto al cuerpo, pero, en realidad, volátil como un juego de luces, siendo, por tanto, y no siendo al mismo tiempo, carne. Y la maternidad de María sería tal, y al mismo tiempo no lo sería. Yo soy verdaderamente carne, María es verdaderamente la Madre del Verbo encarnado. Si la hora del nacimiento fue sólo un éxtasis, se debió al hecho de ser la nueva Eva, sin peso de culpa ni herencia de castigo. Descansar en Ella no fue una humillación para mí. ¿Rebajaba acaso al maná el tenerle dentro del Tabernáculo? Al contrario: que estar en esa morada era un honor. Otros dirán que Yo, no siendo carne real, no padecí ni morí durante mi paso por la tierra. Sí, no pudiendo negar que estuve en la tierra, se negará mi Encarnación real o mi Divinidad verdadera. La realidad es que Yo soy Uno con el Padre eternamente, y estoy unido a Dios como Carne, pues en verdad le era posible al Amor en su Perfección alcanzar lo inalcanzable revistiéndose de Carne para salvar a la carne. A todos estos errores responde mi entera vida, que da sangre desde el nacimiento hasta la muerte, y que se ha sujetado a todo lo humano, excepto al pecado. Sí, he nacido de Ella, por vuestro bien. ¡No sabéis cuánto se mitiga la Justicia desde que tiene a la Mujer como su colaboradora! ¿Estás satisfecho, Judas?».
«Sí, Maestro».
«Haz tú también lo propio conmigo».
Judas Iscariote agacha la cabeza, confundido, y... quizás realmente tocado por tanta bondad.
Todavía permanecen a la sombra fresca del manzano. Unos dormitan, otros duermen verdaderamente. María se levanta y vuelve a la gruta. Jesús la sigue...
ECR 207.11 · Volumen 3
La realidad es que Yo soy Uno con el Padre eternamente, y estoy unido a Dios como Carne, pues en verdad le era posible al Amor en su Perfección alcanzar lo inalcanzable revistiéndose de Carne para salvar a la carne. A todos estos errores responde mi entera vida, que da sangre desde el nacimiento hasta la muerte, y que se ha sujetado a todo lo humano, excepto al pecado. Sí, he nacido de Ella, por vuestro bien. ¡No sabéis cuánto se mitiga la Justicia desde que tiene a la Mujer como su colaboradora!
Algunos afirmarán que Jesús no tuvo carne real y no conoció ni el sufrimiento ni la muerte. Negarán su Encarnación y su divinidad. Jesús dijo entonces:
ECR 208.2 · Volumen 3
«En el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».
«Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: “Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?».
«Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte».
En esa hermosa oración que me enseñasteis tú y mi madre, ella de noche y tú de día: cf. EMV 206.
ECR 208.2-3 · Volumen 3
«En el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».
«Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: “Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?».
«Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte».
«¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?».
«Sí».
«¿Pero puede Dios, que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?».
«Le mira con dolor e indignación. Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido.
208.3
Deberías rezar para que se arrepintiera y...».
«¡No, Madre! ¡¡¡Voy a rezar para que se muera!!!» dice con furia el niño. A pesar de que esta reacción sea poco... angélica, su ímpetu es tal, y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.
María, recobrando su dulce seriedad de maestra, dice: «No, bonito; no debes hacer eso con un pecador. Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad. Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien. La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios».
«Pero el malo lo que gana son pecados».
«Se reza para que se vuelva bueno».
El niño medita un poco... pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime (...).