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Notas de la palabra clave

Alma

Tema: Vida cristiana · Página 11 de 13

Comodidad de lectura

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ECR 195.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Detalle

Juan de Endor habló con Judas y le dijo:

ECR 196.7-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¡pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¡Háblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima. Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy día sigue llamando “la gruta de su desposorio”). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o también “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla del Paraíso, es la Paz de Dios... Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chaféis”. Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicó: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entréis en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó: “María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?” (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido). Ella respondió: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, éste es un episodio».

«¡¡¡“Verdadero Ser viviente”!!! ¡Sabes que es profunda esa palabra?» exclama Bartolomé.

Y Jesús, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la Sabiduría».

«¡Era?... ¡Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

Detalle

Mateo pide a Jesús que hable de su Madre.

Anotación

Os voy a contar la lección de castidad que mi Madre dio, pocos días antes de entrar en el Templo, a su novio y a muchos otros. Probablemente a Alphée de Sara.

Era Dios en ella, desde el momento de su concepción, en su Unidad y en su perfectísima Trinidad. Dios en ella: María Valtorta anota en una copia mecanografiada: María, santuario perpetuo y purísimo en el que Dios uno y trino hizo su perpetua morada, nunca estuvo separada de la Sabiduría: el Verbo de Dios estuvo siempre en ella, verdadera Arca portadora del Verbo eterno, y ninguna criatura conoció tan bien como ella este Verbo que es la Sabiduría divina, que había de encarnarse en ella, y que aún y siempre había de permanecer en ella.

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 en la bula Ineffabilis Deus. Había sido objeto de controversia durante siglos y fue una de las razones de la feroz oposición de la teología establecida a María de Ágreda, que expresó esta revelación en sus visiones.

(...) La Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida con los rayos de la luna menos pura que ella, y sostenida por las estrellas, la Reina de lo creado y de lo increado; porque en su Reino, Dios Rey tiene a María como Reina. Cf. Apocalipsis 12, 1-2.

Libro del Apocalipsis 12, 1-2

Ap 12, 1-2 : "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba con dolores de parto".

ECR 203.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No hace falta nada más, amigos míos. En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu y para la carne y la sangre; con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre, y, si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna.

Detalle

Sobre el Padre Nuestro.

ECR 204.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana.

ECR 204.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 206.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

 ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo... ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios — que no niega su santo auxilio a quien se lo pide —, con su propia superheroica voluntad — su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra — y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

ECR 209.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre y mente, sino también al espíritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdición.

ECR 212.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento: los sentidos, los órganos, los sentimientos, el pensamiento y, en fin, el espíritu... Lágrimas y sonrisas, gemidos y canto, agotamiento y urgencia de vida, son nuestros compañeros; más que compañeros: son nuestro propio ser, porque de la misma forma que los huesos están en la carne, y las venas y los nervios bajo la epidermis, y todo ello constituye un solo hombre, igualmente estas cosas, verdaderamente encendidas, nacidas del hecho de que Jesús se ha dado a nosotros, están en nosotros, en nuestra pobre humanidad. ¿Y, qué somos nosotros en esos momentos, que no pueden ser eternos, porque si durasen más de algunos instantes moriríamos abrasados o fragmentados? No basta ya decir que somos hombres. No basta ya decir que somos animales dotados de razón que viven sobre la faz de la tierra. Somos, somos, ¡oh, Señor, déjame decirlo al menos una vez, no por soberbia, sino para cantar tus alabanzas, porque tu mirada me quema y me hace delirar!... ¡Somos serafines!, y me sorprende grandemente que de nosotros no salgan llamas y ardores sensibles para las personas y la materia, como sucede en las apariciones de los réprobos. Porque, si el fuego del Infierno es tal que basta un reflejo emanado de un réprobo para quemar la madera y derretir los metales — y ello es verdad —, ¿qué será tu fuego, ¡oh Dios!, que eres infinito y perfecto en todo?

No morimos, no, de fiebre, no es ella la que nos quema, no nos consumimos de fiebre proveniente de enfermedades de la carne. ¡Tú eres nuestra fiebre, Amor! De esto se arde, se muere, nos consumimos, de esto y por esto se desgarran las fibras del corazón que no puede resistir tanto. Pero... no, digo mal, porque el amor es delirio, cascada que hace pedazos los diques y baja abatiendo todo lo que no es él; el amor es un agolparse de sensaciones en la mente, todas verdaderas, todas presentes... pero que la mano no puede transcribir, porque la mente es demasiado veloz en traducir en pensamiento el sentimiento que experimenta el corazón. No es verdad que morimos. Vivimos. Es una vida multiplicada por diez, una vida binaria: como hombres y como bienaventurados: la de la tierra y la del Cielo. Tengo la certeza de que no sólo se alcanza, sino que se supera, esa vida sin taras, sin menguas ni limitaciones, que Tú, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tú, Dios Creador, uno y trino, habías dado a Adán; esa vida que era preludio de la Vida que habría de gozarse en el Cielo tras un pacífico paso, en los amorosos brazos de los ángeles — como el dulce sueño y asunción de María al Cielo —, del Paraíso terrenal al celestial, para ir a ti, a ti, a ti... Vivimos la verdadera Vida.

Y luego nos encontramos de nuevo aquí, y, como yo ahora, nos asombramos, nos avergonzamos de haber ido tan allá, y decimos: «Señor, no soy digno de tanto. Perdona, Señor», y nos damos golpes de pecho porque sentimos un gran miedo a haber cometido un acto de soberbia, y uno corre un velo, más espeso, para cubrir el resplandor, el cual no sigue llameando, por compasión hacia nuestra limitación, en modo supercompleto, sino que se recoge en el centro de nuestro corazón en espera de volver a arder con poderosa llama en un nuevo momento de beatitud querido por Dios. Uno corre el velo para cubrir el sagrario en que Dios arde con su fuego, su luz, su amor... y, agotados, aunque también regenerados, reanudamos el camino como... embriagados con un vino fuerte y delicado, que no obnubila la razón; antes bien, nos preserva de dirigir nuestra mirada o nuestros pensamientos hacia lo que no es el Señor, Tú, mi Jesús, eslabón de juntura entre nuestra miseria y la Divinidad, medio de redención para nuestra culpa, creador de beatitud para nuestra alma; Tú, Hijo, que con tus manos heridas metes las nuestras entre las manos espirituales del Padre y del Espíritu Santo, para que estemos y permanezcamos, ahora y siempre, en Vosotros. Amén.