ECR 172
El Evangelio como me ha sido revelado
Detalle
Jesús habla de juramentos, ayuno y oración. En su sermón, se detiene en la dificultad del hombre para ser honesto y en sus falsos juramentos: con demasiada frecuencia, el hombre es un perjuro, y quien exige un juramento no tiene él mismo mucha confianza en su prójimo. Cuando hacemos un juramento y juramos algo, invocando lo que nos es más querido, estamos engañando a nuestro prójimo: somos ladrones, sacrílegos, traidores y asesinos. Pero no engañamos a Dios, que es la Verdad misma. Por eso, Jesús anima a no jurar en falso, como en el Evangelio, y exhorta a no jurar sobre los muertos, ni sobre el cabeza de familia, ni sobre nuestro cuerpo, que pertenece a Dios. Que nuestro sí sea un sí y un no sea un no.
A continuación, Cristo insiste en rezar con el corazón, donde intentamos que no se nos note y donde no nos abruman los escrúpulos. Hay que dejar de contar las horas que pasamos en oración: no cuentan tanto las oraciones sin alma como las acciones y las palabras dichas con amor. Jesús dijo que podemos hacer cualquier cosa rezando: ya sea hacer una hogaza de pan o realizar nuestro trabajo, siempre que intentemos amar en todo. Tampoco debemos tener miedo de pedir, porque Dios es un Padre que vela por nosotros y por nuestras necesidades.
A continuación, el Maestro explicó por qué Dios puede no responder a nuestra oración. Puede que nos niegue un favor porque nos perjudicaría en el futuro. Por eso, a veces, Dios dice: "No puedo", porque en su Sabiduría ve que esa gracia, que ahora nos parece buena, más tarde nos perjudicaría.
Por último, Jesús aplica al ayuno lo que dice sobre la oración: no debemos alardear en público ni estar tristes, sino estar alegres y actuar como si hubiéramos comido bien. Ocultar este ayuno a los demás será un acto de heroísmo y Dios nos recompensará por no buscar la alabanza de los hombres. Además, quien ayuna por amor se alimenta de amor.
El Salvador despide entonces a la gente que escucha y acoge a dos pobres. Uno es Ismael, un hombre rechazado por su hija que quiere hacer su última Pascua; el otro es una mujer llamada Sarath que está enferma. Cura a Sarath y Jesús le pide que cuide del anciano. Cristo pregunta entonces a Simón el Zelote si puede confiárselos a Lázaro, ya que se trata de dos pobres hombres que no tienen nada, y Lázaro le asegura que sí. El episodio termina con el anciano adoptando felizmente una nueva hija y encontrando un nuevo protector.