ECR 171.4
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas de la palabra clave
Comodidad de lectura
ECR 171.4
Traducción en curso
ECR 172.4
ECR 172.5-8
Traducción en curso
ECR 173.3 · Volumen 3
“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, oh Eterno, y por vuestra bondad, oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!... El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año — dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños — daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Ésta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.
ECR 175.1 · Volumen 3
Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides
Jesús dice esto a alguien que está postrado en el suelo, implorándole que se cure.
ECR 176.1 · Volumen 3
Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.
ECR 176.3 · Volumen 3
Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar. Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre.
ECR 176.3 · Volumen 3
Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatura sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre.
ECR 178.3 · Volumen 3
«Repite conmigo: “Te bendigo, Padre, e invoco tu luz para los que lloran envueltos por las ofuscaciones de la vida. Te bendigo, Padre, e invoco tu fuerza para quien es semejante a un niño que necesita de alguien que le sostenga. Te bendigo, Padre, e invoco tu amor para que canceles el recuerdo de todo lo que no seas Tú de la memoria de todos aquellos que en ti encontrarían — y no saben creerlo — todo bien propio, aquí y en el Cielo”».
ECR 179.3 · Volumen 3
Pedro entonces confiesa su gran pesar: «Es que soy cerrado de mollera, y me distraigo con facilidad. Cuando hablas en una plaza, en un monte, en medio de una muchedumbre, no sé por qué, comprendo todo, pero luego no recuerdo nada. Se lo he dicho también a los compañeros y me han dado razón. La otra gente — me refiero al pueblo que te escucha — te comprende y luego se acuerda de lo que has dicho. ¡Cuántas veces hemos oído confesar a uno: “No he vuelto a hacer esto porque Tú lo has dicho”, o: “He venido porque una vez te oí decir esta otra cosa y se me quedó grabado en el pensamiento”. Sin embargo, nuestro caso... ¡ay!, ¡ay!, es como un curso de agua que pasa sin detenerse: la orilla ya no tiene esa agua que ha pasado. Viene otra, sí, continuamente, y mucha, pero sigue pasando, sigue pasando... Yo pienso, con gran temor, que, si es como dices, llegará el momento en que Tú ya no podrás seguir haciendo de río y... y yo... ¿Qué le voy a poder dar a quien tenga sed, si no conservo ni una gota de lo mucho que me das?».
También los otros apoyan las quejas de Pedro, lamentándose de no encontrar nunca nada de lo que escuchan, cuando querrían encontrarlo para responder a los muchos que los preguntan.
Jesús sonríe y responde: «No creo que sea así. La gente está muy contenta también de vosotros...».
«¡Sí, claro, para lo que hacemos!... Abrirte paso dando codazos, llevar a los enfermos, recoger las dádivas y decir: “¡Sí, sí, aquél es el Maestro!”. ¡Pues vaya una cosa, ¿no?!».
«No te rebajes demasiado, Simón».
«No me estoy rebajando, es que me conozco».
«Es la más difícil de las sabidurías. De todas formas, quiero quitarte este gran miedo. Las veces que hable y veáis que no habéis podido comprender y retener todo, preguntadme, sin miedo a parecer latosos o a desanimarme. Siempre tenemos algunas horas de intimidad; abridme en esos momentos vuestro corazón. Yo doy mucho a muchos, ¿qué no os daría a vosotros, a quienes amo con un amor que Dios no podría superar? Has hablado de la ola que va sin dejar rastro en la orilla. Llegará un día en que te darás cuenta de que cada una de las olas ha depositado en ti una semilla, y que cada una de las semillas ha producido una planta, y verás ante ti flores y árboles para todos los casos, te asombrarás de ti mismo, de lo que el Señor ha hecho contigo, porque entonces estarás redimido de la esclavitud del pecado y tus virtudes actuales habrán adquirido muy alta perfección».
«Si Tú lo dices, Señor, descanso en estas palabras tuyas».