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Notas de la palabra clave

Incesto

Tema: Temas de la A a la Z

Comodidad de lectura

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ECR 140

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Cleofás de Emaús, un anciano que había llegado a Belle-Eau, acogió a Jesús en su casa. Era un anciano, pero estaba realmente dispuesto. En esta ocasión, Jesús se encuentra con un tal Timón y Hermas, verdaderos israelitas, que le piden que les explique su doctrina. Jesús responde que hay que seguir el Decálogo, practicar el amor y la misericordia. El Señor dice que ahora la Misericordia ha prevalecido sobre la Justicia, pero también señala que siempre ha estado presente, desde el Principio. A partir de ahora, reconciliará al hombre con su Padre. A continuación, Cleofás presenta un caso de incesto, que está siendo juzgado por las autoridades farisaicas. En este caso, el caso de incesto es desafortunado: el hermano y la hermana no sabían realmente que eran del mismo linaje. Para seguir la Ley, el hombre la repudió (con el corazón destrozado) y la mujer murió de pena. Ahora el hombre, llamado José, es condenado y marginado de Israel. Está marginado. Jesús declara que, materialmente, fue una falta involuntaria, pero que no hubo intención de pecar. En cuanto se entera de que está en la calle, sale y le hace saber que es la Misericordia. Le invita a seguirle y le absuelve de su pecado involuntario, él que es el Cordero sin mancha y el Juez divino.

ECR 174.19 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Os digo: “Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicación, la expone al adulterio”. Porque, efectivamente, ¿qué hará en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo. ¿Con qué consecuencias? ¡Mucho habría que decir acerca de esto! ¿No sabéis que podéis provocar con este sistema incestos involuntarios? ¡Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria! Sí, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacción de la carnalidad cuando el espíritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo... todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que después de un tiempo no se ama como el primer día, lo que es más que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdición. Comete adulterio quien la rechaza. Comete adulterio quien se casa con ella después del repudio.

Sólo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elección ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos — que, siendo inocentes, son los que más sufren por estas situaciones desgraciadas — unos infelices aún mayores que vosotros. El amor a los hijos debería haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cónyuge. ¡Oh, si supierais contentaros con aquel que habéis tenido y al que Dios ha dicho: “Basta”! ¡Oh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores! Ser padre o madre — además de lo que ya se es — en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cónyuge agonizante y decir: “Ve en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguiré amando por ti y por mí, amándolos doblemente. Seré padre y madre. No se sentirán infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamó a otra morada”.