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Notas de la palabra clave

Ana de Fanuël (amante de la Virgen María en el Templo)

Tema: Otros personajes

Comodidad de lectura

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ECR 6.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

6.4 Zacarías dice en voz baja unas palabras a su compañero de ministerio, el cual, sonriendo, da señales de asentimiento y luego se acerca al grupo, rehecho de nuevo, y, congratulándose con la madre y el padre por su gozo y por su fidelidad a las promesas, recibe el segundo cordero, la harina y las tortas.

«Entonces ¿esta hija está consagrada al Señor? Que su bendición os acompañe a Ella y a vosotros. Mirad, ahí viene Ana. Va a ser una de sus maestras. Ana de Fanuel, de la tribu de Aser. Ven, mujer. Esta pequeñuela ha sido ofrecida al Templo como hostia de alabanza. Tú serás para ella maestra. A tu amparo crecerá santa».

Ana de Fanuel, ya completamente encanecida, hace mimos a la Niña, que ya se ha despertado y que observa toda esa blancura con esos inocentes y atónitos ojos suyos, y todo ese oro que el sol enciende.

La ceremonia debe haber terminado. No he visto ningún rito especial para el ofrecimiento de María. Quizás era suficiente con decírselo al sacerdote, y sobre todo a Dios, en el lugar santo.

6.5 ­«Querría dar mi ofrenda al Templo e ir al lugar en que el año pasado vi la luz» dice Ana.

Ana de Fanuel va con ellos. No entran en el Templo propiamente dicho. Es natural que, siendo mujeres y tratándose de una niña, no vayan ni siquiera a donde fue María para ofrecer a su Hijo. Pero, eso sí, desde muy cerquita de la puerta, que está abierta de par en par, miran hacia el semioscuro interior del que vienen dulces cantos de niñas y en el que brillan ricas lámparas, que expanden luz de oro sobre dos cuadros de flores de cabecitas veladas de blanco, dos verdaderos cuadros de azucenas.

«Dentro de tres años estarás ahí, Azucena mía» le promete Ana a María, que mira como embelesada hacia el interior y sonríe al oír el lento canto.

«Parece como si entendiera» dice Ana de Fanuel. «¡Es una niña muy bonita! La querré como si fuera fruto de mis entrañas. Te lo prometo, madre. Si la edad me lo concede».

«Te lo concederá, mujer» dice Zacarías. «La recibirás entre las niñas consagradas. Yo también estaré presente. Quiero estar ese día para decirle que pida por nosotros desde el primer momento...». y mira a su mujer, la cual, habiendo comprendido, suspira.

La ceremonia ha concluido. Ana de Fanuel se retira, mientras los otros, hablando entre sí, salen del Templo.

Oigo a Joaquín que dice: «¡No sólo dos, y los mejores, sino que habría dado todos mis corderos por este gozo y para alabar a Dios!».

No veo nada más.

Detalle

Ana ha venido a presentar a María en el Templo y a purificarse después del parto. La acompañan su marido, Isabel y Zacarías. Cuando todo se ha cumplido y ella ha sido purificada por el sacerdote, colega de Zacarías, María Valtorta escribe lo siguiente.

ECR 8.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo — puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías —, no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Eliseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero... bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?...». — Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María.

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años. Se les une Isabel, que les deja entrar en una casa amiga. Mientras tanto, llega su marido y Joaquín les revela su dolor.

Anotación

La profetisa Ana cuidará mucho de esta flor de David y Aarón. María es descendiente de David por su padre Joaquín y de Aarón (hermano de Moisés) por su madre Ana. Era, pues, de ascendencia real y sacerdotal. Su ascendencia sacerdotal se deduce de su relación con Isabel (Lc 1,5), y su raza real se deduce, en particular, de su matrimonio con José "de la descendencia de David". Ahora bien, según la Ley de Moisés, la heredera huérfana (Números 27:9) debía casarse con alguien del mismo clan (Números 36:8).

Los tiempos se acercan a su fin: alusión a la profecía de Daniel sobre las setenta semanas (años) antes de la venida del Mesías (cf. Daniel 9,22-27). Esta profecía estaba muy extendida en la época de Cristo.

Los lugares reservados a las vírgenes en el Templo están vacíos. El Mesías iba a ser descendiente de David (Is 11,1s). Nacería de una virgen (Isaías 7:13-14), pero no se menciona la creencia de que esta virgen habría sido educada en el Templo. Ana Catalina Emmerich la menciona en su Vida de la Virgen María (capítulo 35): la atribuye, como hace aquí María Valtorta, a una tradición no especificada. Probablemente tiene su origen en la estima que se tenía a las vírgenes del Templo y en la calidad de su reclutamiento.

Aún faltan seis lustros para la fecha fijada. Un lustro es un periodo de 5 años. En la época romana, era el periodo al término del cual se elegía a los censores (magistrados supremos). También era el intervalo entre dos censos.

ECR 8.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote (...). El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

Detalle

El sumo sacerdote ha venido a dar la bienvenida a María, que va a convertirse en virgen del Templo.

ECR 10.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.2 ­María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración. Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara. O, más exactamente, parece como si de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María y se vertiera, llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra, bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes.

Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita, o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María.

La llama: «María», y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda dicendo: «Ana, paz a ti».

10.3 ­«¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?».

«La oración me sería suficiente. Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí le siento; más que cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola. ¿Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos, y jamás ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor. Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese doble Velo bordado, que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Testimonio. ¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojo venerador como todo hijo de Israel. No temas que el orgullo me ciegue haciéndome pensar esto que ahora te digo. Yo miro, y no hay ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la más pequeña de todos. Pero, ¿qué es lo que veo? Un velo. ¿Qué pienso al otro lado del Velo? Un Tabernáculo. ¿Y en él? Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”, y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco... Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo... mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la carne, sino sólo a Este que me ama, y según el espíritu.

10.4 ­Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre. Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero par mí”, y permaneceré siempre virgen. ¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre... y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Ardió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente... Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre, amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos... y no saben que hay otros caminos de infinita alegría. Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mía, esposa mía!”. Les habría dejado todo; y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama — les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí. Habrían seguido la justicia y la verdad. Cuando pienso en ellos, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo. En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto... y él lo acogerá en su interior».

«Pero, María... ¿con qué palabras le vas a persuadir? Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida».

«Tendré conmigo a Dios... Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo... la vida perderá sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad.

10.5 La Ley... Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”. Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”. ¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos... donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo le pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar... y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan... ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento...».

10.6 ­«¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma! ¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?».

«¡Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No oso levantar la mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohvah. Allí está el Dios terrible del Sinaí. Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor! No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas... ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador! ¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¡Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios! ¡Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo! ¡Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo desangrado?! ¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!...».

María queda en silencio, llorando y abatida.

10.7 ­Ana está un rato en silencio. Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice: «¿Tienes algo más que enseñarme, María?».

María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido y dice: «¡Perdón! Tú eres maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazón. Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece. Lo sé. Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga... ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!».

Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto. Las lágrimas se insinúan entre las arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trémulo regatillo. No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la más alta veneración.

María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así.

Detalle

María acaba de recitar un himno.

Anotación

Entra la anciana Ana, hija de Fanuel. Tiene casi 80 años (tendrá 84 cuando nazca Jesús).

ECR 11

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: María confía su voto al Sumo Sacerdote.

Fecha de la visión: Domingo 3 de septiembre de 1944

Calendario:Noviembre del año 7 (Elul 3754).

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Matrimonio con José

Resumen: María vuelve a su celda con otras vírgenes. Cuando está a punto de entrar en su habitación, un ama le dice que el sumo sacerdote quiere verla. Así que va y encuentra al sacerdote, así como a Zacarías y Ana de Fanuel. Simón ben Boethos le dice que conoce su santidad y que le gustaría que se quedara en el Templo y rezara al Señor todas las mañanas. Pero la Ley dice otra cosa y ella debe casarse. Él la tranquilizó diciéndole que no había olvidado que ella pertenecía al linaje de David y que, como no conocía a nadie, confiarían en Dios para elegir a su esposo. María confió entonces su voto de virginidad al sumo sacerdote, que le preguntó cuándo lo había cumplido. La Madre del Señor se sumergió en sus recuerdos para responderle. Le dijo que no se oponía al matrimonio, pero que quería seguir siendo virgen. El sumo sacerdote le dijo que Dios le daría un esposo, que sería santo porque ella se había encomendado al Altísimo. Ella le cuenta a su futuro marido su voto.

Contenido del capítulo: 11.1: María Valtorta se alegra de la sonrisa de María en medio de un bombardeo. 11.2: María vuelve a su celda con las vírgenes. 11.3: El Pontífice le recuerda que debe casarse. 11.4: Pero María se ha prometido al Señor y le dice cómo. 11.5: Le dirás a tu marido tu voto.

ECR 11.2-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

11.2 María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja pero al mismo tiempo festiva. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

11.3 Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel. «María, el Sumo Sacerdote te espera».

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder: «Voy inmediatamente».

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo. Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa, María. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con un: «Paz a ti, prima».

El Pontífice la observa atentamente. Luego le dice a Zacarías: «Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón».

«Hija, conozco tu gracia y tu bondad. Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres. Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor. Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu regalidad. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre. ¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?».

María levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados, y con voz temblorosa, responde: «Ninguno».

«No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña, y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia» dice Zacarías.

«Entonces le dejaremos a Dios que elija».

11.4 ­Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo: «María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel. Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto».

«Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley».

«Es por esto... no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios».

«Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?».

«Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor».

«Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?».

«Sí».

«Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?».

«Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”... Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios. Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar... Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro... Mi casa... Mi casa tenía un jardín lleno de flores... un huerto de árboles frutales y campos cultivados... y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta... estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes, y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente... Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón... Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote... Debo buscar el momento en que me di a Dios... y vuelven a la mente las cosas de los primeros años... Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”. Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía! El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”. Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas... me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos... Y, no sé... me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí: “Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”... Dulce era el amor de mi padre y de mi madre... dulce su voz cuando me llamaba... ¡Ah, pero ésta, ésta...! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable, y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios... Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial, yo dije entonces: “Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”... Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido, y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos. ¿Cuándo?... No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío...

11.5 Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar... No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía».

«Dios te dará el esposo, y será santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harás será manifestarle tu voto».

«¿Y aceptará?».

«Espero que sí. Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre».

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.

ECR 12.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entra María con Zacarías y Ana de Fanuel.

«Ven, María» dice el Pontífice. «Éste es el esposo que Dios te ha destinado. Es José de Nazaret. Regresarás, por tanto, a tu ciudad. Ahora os voy a dejar. Que Dios os dé su bendición. Que el Señor os mire y os bendiga, os muestre su rostro y tenga siempre piedad de vosotros. Que vuelva a vosotros su rostro y os dé la paz».

Zacarías sale escoltando al Pontífice. Ana felicita al prometido y luego también sale.

Detalle

José acaba de ser elegido esposo de María. El sumo sacerdote ha enviado a Zacarías a buscar a la joven virgen.

ECR 13.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

13.1 ¡Qué guapa está María, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales! Entre aquéllas está también Isabel. (...)

13.2 Las compañeras la miran absortas desde todos los puntos, y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de admiración crean un festivo trinar de gorrioncillos.

«¿Son de tu madre?».

«Antiguas, ¿verdad?».

«¡Qué bonito, Sara, ese cinturón!».

«¿Y este velo, Susana? ¡Mira que finura! ¡Fíjate estas azucenas tejidas en el velo!».

«¡Déjame ver las pulseras, María! ¿Eran de tu madre?».

«Las llevó ella, pero son de la madre de Joaquín, mi padre».

«¡Oh, mira! Tienen el sigilo de Salomón entrelazado con sutiles ramitas de palma y olivo, y entre ellas hay azucenas y rosas. ¡Oh! ¿Quién habrá realizado un trabajo tan perfecto y minucioso?».

«Son de la casa de David» explica María. «Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar, y van pasando a las herederas».

«¡Ah, ya! Tú eres hija heredera...».

«¿Te han traído todo de Nazaret?».

«No. Cuando murió mi madre, mi prima se llevó a su casa el ajuar para conservarlo sin que se dañase. Ahora me lo ha traído».

«¿Dónde está? ¿dónde está? Enséñanoslo a las amigas».

María no sabe qué hacer... Quisiera ser amable, pero no querría remover todas las cosas, que están ordenadas en tres pesados baúles.

Vienen en su ayuda las maestras: «El novio está para llegar. No es el momento de crear confusión. Dejadla. Que la cansáis. Id a prepararos».

El gárrulo enjambre se aleja un poco enfadado. María puede así gozar en paz de la compañía de sus maestras, las cuales le dirigen palabras de alabanza y bendición.

13.3 Isabel también se ha acercado, y, dado que María, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con un afecto verdaderamente maternal. (...) [Isabel y María hablan de José y del voto de María.]

«¿Qué dijo del voto? Todavía no me has comentado nada».

«No puso ninguna objeción. Es más, conocidas las razones del mismo, dijo: “Uniré mi sacrificio al tuyo”».

ECR 32.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano — para mí, sin duda, de más de ochenta años —. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede.

Simeón — que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel — le toma y le besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.

32.6 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

Y aquí me cesa la visión.

ECR 32.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.9 Segunda lección: las palabras de Ana. Ella, profetisa, también ve en mí, recién nacido, al Mesías. Esto, dada su capacidad de profecía, sería natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre... e iluminad con ello vuestro espíritu, ese espíritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: “A Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltará el poder de enviar a su ángel para confortar tu llanto, el vuestro”.

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de Satanás en los espíritus. ¿No va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ¿No va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo? ¿Por qué no se lo pedís con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios — indignado por tantas culpas vuestras — caiga con una sonrisa, y llegue el perdón, que es ayuda, y venga su bendición, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.

Considerad que el Padre, después de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sí mismo y dijo a su Patriarca: “No volveré a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volveré a castigar a todo ser vivo, como he hecho”. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ¿cuántas veces os habéis dicho, y habéis dicho a Dios: “Si nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamás a hacer guerras, nunca jamás”, para hacerlas luego y cada vez más tremendas? ¿Cuántas veces, ¡oh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudaría una vez más si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.

¡Oh, vosotros — demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios — vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecéis de todas formas devotos a Él, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! Él sabrá enviaros a su ángel, como envió al Salvador al mundo. No temáis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperación — o sea, a que queden separados de Dios — a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».

Detalle

Jesús da dos enseñanzas relacionadas con la Presentación de Cristo en el Templo. La primera subraya el hecho de que la verdad no se revela al sacerdote, espiritualmente ausente, sino a un simple fiel, Simeón. La segunda se refiere a las palabras de Ana.