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Notas del tema

Jean-Baptiste

Página 2 de 11

Comodidad de lectura

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ECR 22.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías! De todas formas, espero que cuando nazca el niño el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo. Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”. Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?».

«Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré... contigo».

Detalle

Isabel quiso que su hijo se llamara Juan, que significa "Dios es misericordioso".

Palabras clave

ECR 22.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

«He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido. Él cree que eres madre según la naturaleza».

«Sí, lo sé. Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina. Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí. Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios, y, ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales».

Isabel suspira y guarda silencio.

Detalle

María le habla a Isabel de su maternidad y le dice:

ECR 22.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.10 Dice María:

«El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo. No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por objeto nosotros mismos. Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas. Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo. Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad.

22.11 Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta. Pues bien, a este detalle mío de ayuda humana, Dios, dando sin medida como Él hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural. Yo había ido para aportar ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando, a través de esta santificación — por la cual el Bautista fue presantificado —, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que había concebido a una edad inusitada.

Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre. El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que le separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.

No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle, el sentimiento de alabanza que yo llevaba en mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a las pacientes ovejas, a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo. Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubiesen unido a mí para alabar a mi Señor.

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.

Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

ECR 22.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre, seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.

Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

ECR 23

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Nacimiento de Juan el Bautista. Todo sufrimiento se alivia en el seno de María.

Fecha de la visión y del dictado: Lunes 3 de abril de 1944 (Lunes Santo)

Calendario: jueves 4 de julio del año 5 a.C.

Lugar (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María e Isabel pasean por la casa de Zacarías. Caminan despacio y María está atenta a todo. Preocupada por su pariente, va a ayudar a Sara, la sirvienta, y luego invita a Isabel a caminar un poco más. Fueron a ver las palomas e Isabel se sintió conmovida por su afecto hacia ella. Su estado le hacía temer la muerte y estaba preocupada por su marido y su hijo. María la tranquilizó, diciéndole que todo iría bien e invitándola a confiar en Dios. Cuando a Isabel se le pasó el sufrimiento, volvieron a casa. Comienza la labor de la madre del Precursor. María consuela a Zacarías y reza con el anciano. Cuando se queda dormido (era plena noche), ella lo cuida y continúa su oración.

Isabel llama a la Virgen y le pide que ponga la mano sobre su vientre inmaculado. María la tranquiliza, le dice que confíe en Dios y le dice que Jesús está allí. Cuando su prima se ha calmado, se marcha de nuevo. Zacarías sigue durmiendo. La Inmaculada reza intensamente, hasta que el anciano sacerdote se despierta. Pero Juan seguía sin nacer.

María siguió rezando, y pronto amaneció. Poco después, para gran alegría de ambos padres, nació Juan. Zacarías recibió al niño, y luego María se lo llevó a su madre. El niño se calmó en cuanto estuvo sobre el pecho de María. Isabel le preguntó si Zacarías podía hablar, pero desgraciadamente no podía. La Virgen le dijo entonces que volviera a esperar en el Señor...

Después de la visión, la Plenitud de Gracia dictó a María y le explicó que, aunque había sido preservada de la Falla y de los dolores del parto, su maternidad espiritual había estado, sin embargo, llena de sufrimientos. María nos invita entonces a acudir siempre a Ella, porque es la eterna portadora de Jesús. Ella reza sin cesar por nosotros y por nuestra salvación.

Contenido del capítulo: 23.1: Una visión de paz en medio de las horas oscuras. 23.2: María ayuda a Isabel y a Sara en el jardín. 23.3: Tranquiliza a Isabel, que tiene miedo de morir. 23.4: Vela por todo en la casa. 23.5: Isabel, que sufre, la llama a su cabecera. 23.6: Vuelve para tranquilizar a Zacarías. 23.7: Zacarías está nervioso, María reza. 23.8: Llevan el niño al padre. 23.9: La angustia del nacimiento espiritual de María. 23.10: Venid a mí, que soy la eterna portadora de Jesús.

ECR 23.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.1 En medio de las cosas repugnantes que nos ofrece el mundo de ahora, baja del Cielo — y no sé cómo puede hacerlo, dado que yo soy como una ramita seca a merced del viento en estos continuos choques contra la maldad humana, tan discordante con lo que vive en mí — baja del Cielo, digo, esta visión de paz.

23.2 Continúa la casa de Isabel. Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.

Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y caliente de la tarde. De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho. Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.

María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.

María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un largo lienzo que ha quitado de un seto. «Espérame aquí, sentada» le dice a su parienta; y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y doblándola con cuidado. «Se siente todavía el sol, están calientes» dice sonriendo; y, para que se sienta contenta la mujer, añade: «Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú». Sara se marcha todo contenta con su carga de fragantes telas.

María vuelve con Isabel y dice: «Otros poquitos pasos. Te vendrán bien». Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice: «Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego nos volvemos a casa».

23.3 Las palomas deben ser las predilectas de Isabel. Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero en viendo a las dos mujeres las saludan con su arrullo), Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar. Se los manifiesta a su prima: «Si yo muriese... ¡pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí. Si te quedaras en mi casa, no me importaría morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer nunca. Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia. Pero, está Zacarías... y estará el niño: uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá. ¡Pobre niño, sin las caricias de su madre!...».

«Pero, ¿por qué estás tan triste? Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su plenitud. El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol. No morirá uno dejando al otro

solo».

«Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo, y ahora que estoy para darle a luz tengo miedo».

«¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús! Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un capullo recién formado; tú lo dijiste. Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía; ahora, que siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido con un corazoncito de suave palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe».

«La tengo. Pero, si yo muriese... no le dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor».

«Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos, y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada. Estáte tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más amorosa de las siervas, y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva.

23.4 Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida...».

«Sí, me parece que tengo otra vez dolores. Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí».

«Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo».

Y las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.

En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, María está en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta. Toda la casa gravita sobre Ella, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se la llama para esto o aquello, se recoge en oración. Está en la habitación en que se reunían siempre para las comidas y el trabajo.

Con Ella está Zacarías, paseando turbado. Ya han orado juntos. María luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillón junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento. Cuando ve que está dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza; luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitación, coge el manto de Zacarías y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal, que éste continúa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondadas por la puerta, frecuentemente abierta. Luego sigue orando; cada vez con más intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.

23.5 Sara entra y la llama con señas. María sale con sus pies descalzos al jardín. «La señora la llama» dice.

«Voy». María va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros. Entra en la habitación de Isabel.

«¡Oh! ¡María! ¡María! ¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!».

María la acaricia con amor y la besa.

«¡María! ¡María! ¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!».

María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles. Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice: «Jesús está aquí, oyéndote y viéndote. Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos. Ahora me está diciendo: “Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo, su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi Precursor”».

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María está un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos. Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la expresión arrobada del rostro.

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.

Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?». María indica que no, y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».

María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo: «Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido. Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día — pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz! ¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador».

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

María se da cuenta de ello y responde: «El Señor hará completa tu alegría. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza. Di en tu corazón conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad».

23.7 La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a rama.

El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos. María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, María hace unos gestos y vuelve. Todavía nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina. Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín. María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. María se alza y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

23.8 Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosicler el aire de la mañana. Estando así, llega a sus oídos el jubiloso anuncio: «¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

Anotación

Lucas 1, 57-58 : Cuando se cumplió el tiempo de dar a luz, Isabel dio a luz un hijo. Cuando sus vecinos y familiares se enteraron de que el Señor le había mostrado la grandeza de su misericordia, se alegraron con ella.

ECR 23.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

23.1 En medio de las cosas repugnantes que nos ofrece el mundo de ahora, baja del Cielo — y no sé cómo puede hacerlo, dado que yo soy como una ramita seca a merced del viento en estos continuos choques contra la maldad humana, tan discordante con lo que vive en mí — baja del Cielo, digo, esta visión de paz.

23.2 Continúa la casa de Isabel. Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.

Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y caliente de la tarde. De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho. Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.

María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.

María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un largo lienzo que ha quitado de un seto. «Espérame aquí, sentada» le dice a su parienta; y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y doblándola con cuidado. «Se siente todavía el sol, están calientes» dice sonriendo; y, para que se sienta contenta la mujer, añade: «Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú». Sara se marcha todo contenta con su carga de fragantes telas.

María vuelve con Isabel y dice: «Otros poquitos pasos. Te vendrán bien». Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice: «Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego nos volvemos a casa».

23.3 Las palomas deben ser las predilectas de Isabel. Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero en viendo a las dos mujeres las saludan con su arrullo), Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar. Se los manifiesta a su prima: «Si yo muriese... ¡pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí. Si te quedaras en mi casa, no me importaría morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer nunca. Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia. Pero, está Zacarías... y estará el niño: uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá. ¡Pobre niño, sin las caricias de su madre!...».

«Pero, ¿por qué estás tan triste? Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su plenitud. El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol. No morirá uno dejando al otro

solo».

«Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo, y ahora que estoy para darle a luz tengo miedo».

«¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús! Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un capullo recién formado; tú lo dijiste. Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía; ahora, que siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido con un corazoncito de suave palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe».

«La tengo. Pero, si yo muriese... no le dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor».

«Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos, y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada. Estáte tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más amorosa de las siervas, y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva.

23.4 Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida...».

«Sí, me parece que tengo otra vez dolores. Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí».

«Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo».

Y las dos mujeres entran despacio en la casa. Isabel se retira a sus habitaciones. María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo lo que puede necesitarse, y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.

En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, María está en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta. Toda la casa gravita sobre Ella, que, dulce y sonriente, provee a todo; y ora. Cuando no se la llama para esto o aquello, se recoge en oración. Está en la habitación en que se reunían siempre para las comidas y el trabajo.

Con Ella está Zacarías, paseando turbado. Ya han orado juntos. María luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillón junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento. Cuando ve que está dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza; luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitación, coge el manto de Zacarías y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal, que éste continúa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondadas por la puerta, frecuentemente abierta. Luego sigue orando; cada vez con más intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.

23.5 Sara entra y la llama con señas. María sale con sus pies descalzos al jardín. «La señora la llama» dice.

«Voy». María va por el lado externo de la casa, sube la escalera... Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros. Entra en la habitación de Isabel.

«¡Oh! ¡María! ¡María! ¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!».

María la acaricia con amor y la besa.

«¡María! ¡María! ¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!».

María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles. Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice: «Jesús está aquí, oyéndote y viéndote. Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos. Ahora me está diciendo: “Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo, su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi Precursor”».

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María está un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos. Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios. De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la expresión arrobada del rostro.

23.6 El tiempo pasa. Le vuelve el dolor a Isabel. María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad. Se pone de nuevo a orar.

Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí. Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?». María indica que no, y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».

María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo: «Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido. Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día — pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz! ¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador».

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

María se da cuenta de ello y responde: «El Señor hará completa tu alegría. Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza. Di en tu corazón conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad».

23.7 La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre. El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a rama.

El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos. María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo. Una mujer se asoma, María hace unos gestos y vuelve. Todavía nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano. Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina. Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín. María le mira con piedad. Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda. Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno. Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora. María se alza y le coge de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

23.8 Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosicler el aire de la mañana. Estando así, llega a sus oídos el jubiloso anuncio: «¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

ECR 23.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre! ¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido! ¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!».

María, llorando de alegría, bendice al Señor. Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga. Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María le ha cogido en brazos. La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. «Mujer — dice a Isabel — tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella le ha cogido en sus brazos. ¡Mira qué tranquilo duerme; y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!».

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris. «La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso».

«¿Habla?».

«Todavía no. Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo».

ECR 24

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Circuncisión de Juan el Bautista. María es fuente de gracia para los que acogen la Luz.

Fecha de la visión: Martes 4 de abril de 1944 (Martes Santo).

Fecha del dictado: Martes 4 de abril de 1944. En una copia mecanografiada, María Valtorta anota: "La Santísima Virgen María dictó estas palabras el Miércoles Santo".

Calendario: Viernes 12 de julio del año -5

Lugar (mapa): Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: Es la circuncisión de Juan. Hay mucha gente en casa de Zacarías. Hablan del nombre del niño y quieren ponerle el nombre de su padre, pero Isabel es inflexible: se llamará Juan. Se pide la opinión de Zacarías y éste escribe que, en efecto, se llamará Juan, "Dios es misericordioso". Entonces se le soltó la lengua y pronunció su himno. Isabel se alegró mucho. Tuvo lugar la circuncisión y el niño se tranquilizó en brazos de la Virgen. Zacarías fue a verla y le pidió perdón por no haberla reconocido cuando estaba embarazada del Salvador. La bendijo y la Inmaculada le respondió que todas las alabanzas debían ser para Dios. La Inmaculada le pidió también que rezara por ella, pues si ser madre del Salvador es un destino bendito, ser madre del Redentor debe ser un destino de atroces sufrimientos.

En el dictado que sigue, María explica que Dios perdona a los que reconocen sus pecados y se arrepienten. Nos invita a despojar nuestras almas de todo lo que las agobia y a acoger la Luz de Dios. La Virgen sigue explicando que quien posee a Dios, quien tiene la amistad de Dios, nunca está solo, porque aunque esto no quite el sufrimiento, nos da luz y una caricia que aligera nuestra cruz. También debemos saber agradecer al Altísimo sus gracias.

Por último, la Inmaculada nos explica que la hacemos sufrir mucho porque rechazamos la gracia. Cuando dio el dictado, se acercaba el Viernes Santo, por lo que nos invitó a rezar con las palabras de su Hijo en la Cruz. Finalmente, recuerda a María que, aunque ve sus alegrías, su sufrimiento siempre ha crecido exponencialmente, hasta que recibe en sus brazos a su Hijo muerto.

Contenido del capítulo: 24.1: La casa en fiesta. 24.2: El nombre. El milagro. El Benedictus. 24.3: Sólo María puede calmar el dolor del pequeño Juan al volver de su circuncisión. 24.4: Zacarías, que puede hablar de nuevo, se postra ante María. 24.5: María pide sus oraciones por la Corredentora en que se convertirá. 24.6: Dios perdona a los arrepentidos. 24.7: Él hace que el dolor sea dulce en su amargura. 24.8: El dolor de ver a un enemigo de Jesús. 24.9: El misterio del Viernes Santo. 24.10: Un dolor cada vez mayor.

ECR 24.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.1 Veo ambiente de fiesta en la casa. Es el día de la circuncisión.

María se ha preocupado de que todo esté lindo y en orden. Las habitaciones resplandecen de luz. Lucen por todas partes los más bellos paños, los más bellos atavíos. Hay mucha gente. María se mueve ágil entre los grupos, toda hermosa con su más bonito vestido blanco.

Isabel, reverenciada como una matrona, goza feliz su fiesta. El niño está en su regazo, saciado ya de leche.

24.2 Llega la hora de la circuncisión.

«Zacarías le llamaremos. Tú eres anciano. Justo sería ponerle tu nombre al niño» dicen unos hombres.

«¡De ninguna manera!». exclama la madre. «Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio de la potencia de Dios».

«¿Pero se puede saber cuándo ha habido un Juan en nuestra parentela?».

«No importa. Tiene que llamarse Juan».

«¿Tú qué dices, Zacarías? ¿Quieres tu nombre, no es verdad?».

Zacarías dice que no, con gestos. Coge una tablilla y escribe: «Su nombre es Juan», y, nada más terminar de escribir, añade, ya su liberada lengua: «porque Dios nos ha hecho objeto de una gran gracia, a mí, su padre, y a su madre, como también a este nuevo siervo suyo, el cual consumirá su vida en aras de la gloria del Señor y será llamado grande por los siglos y ante los ojos de Dios, porque pasará convirtiendo a los corazones al Señor altísimo. Lo dijo el ángel y yo no lo creí. Mas ahora creo y entra la Luz en mí. La Luz está entre nosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, pues el espíritu de los hombres está lleno de estorbos, y además es perezoso. Pero mi hijo sí que la verá y hablará de Ella y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. ¡Bienaventurados los que crean en Ella y crean siempre en la Palabra del Señor! Y bendito seas Tú, Señor eterno, Dios de Israel, porque has visitado y redimido a tu pueblo, suscitando en él un poderoso Salvador en la casa de su siervo David. Como prometiste por boca de los santos Profetas, ya desde los tiempos antiguos: librarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian, para ejercitar tu misericordia hacia nuestros padres y mostrar que te acuerdas de tu santa alianza. Éste es el juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, de las manos de nuestros enemigos libres, te sirviéramos con santidad y justicia en presencia tuya toda la vida» y continúa así hasta el final. (He escrito hasta aquí porque, como usted puede ver, Zacarías ahora se dirige directamente a Dios).

Los presentes se quedan estupefactos, tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías.

Isabel, que al oír la primera palabra de Zacarías ha gritado de alegría, ahora está llorando abrazada a María, que la acaricia contenta.

24.3 No veo la circuncisión. Veo sólo que traen a Juan y que chilla desesperado. No le calma ni siquiera la leche de su mamá. Tira patadas como un potrillo. Pero María le toma en sus brazos y le acuna, y él se calla y se queda tranquilo.

«¡Fijaos!» dice Sara, «¡sólo se calla cuando le coge en brazos Ella!».

La gente se va marchando lentamente. En la habitación se quedan únicamente María, con el pequeñín en sus brazos, e Isabel, dichosa.

24.4 Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio. Continúa adelante. Se arrodilla ante María y le dice: «Bendice al mísero siervo del Señor. Bendícele. Tú puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho. Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno. Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador. Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios; santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo, Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador».

24.5 María sonríe, encendida de humildad, y habla: «Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...».

Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.

Anotación

Lucas 1, 59-79:

Al octavo día vinieron a circuncidar al niño. Querían llamarle Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: "No, se llamará Juan". Le dijeron: "En tu familia no hay nadie con ese nombre. Preguntaron al padre por señas cómo quería llamarle. Hizo que le dieran una tablilla y escribió en ella: "Juan es su nombre". Y todos se quedaron asombrados. Inmediatamente se le abrió la boca, se le soltó la lengua: habló y bendijo a Dios. El miedo se apoderó de todos los vecinos, y todos estos acontecimientos se contaron por toda la región montañosa de Judea. Todos los que oían hablar de ellos los guardaban en su corazón y decían: "¿Qué será este niño? Ciertamente, la mano del Señor estaba con él.

Zacarías, su padre, se llenó del Espíritu Santo y pronunció estas palabras proféticas:

"Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que visita y redime a su pueblo. En la casa de David, su siervo, ha hecho brotar la fuerza que nos salva, como ha dicho por boca de los santos, por medio de sus profetas, desde la antigüedad: la salvación que nos arrebata del enemigo, de la mano de todos nuestros opresores, el amor que muestra hacia nuestros padres, el recuerdo de su santa alianza, el juramento hecho a nuestro padre Abraham de hacernos intrépidos, para que, librados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos en justicia y santidad, en su presencia, todos nuestros días. Tú también, hijito, serás llamado profeta del Altísimo; caminarás ante la faz del Señor y prepararás sus caminos para que su pueblo conozca la salvación mediante el perdón de sus pecados, gracias a la ternura y al amor de nuestro Dios, cuando visitemos la estrella de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pies por el camino de la paz".