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Notas de la palabra clave

Zacarías (padre de Juan el Bautista)

Tema: Elisabeth y Zacharie · Página 4 de 6

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ECR 24.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.2 Llega la hora de la circuncisión.

«Zacarías le llamaremos. Tú eres anciano. Justo sería ponerle tu nombre al niño» dicen unos hombres.

«¡De ninguna manera!». exclama la madre. «Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio de la potencia de Dios».

«¿Pero se puede saber cuándo ha habido un Juan en nuestra parentela?».

«No importa. Tiene que llamarse Juan».

«¿Tú qué dices, Zacarías? ¿Quieres tu nombre, no es verdad?».

Zacarías dice que no, con gestos. Coge una tablilla y escribe: «Su nombre es Juan», y, nada más terminar de escribir, añade, ya su liberada lengua: «porque Dios nos ha hecho objeto de una gran gracia, a mí, su padre, y a su madre, como también a este nuevo siervo suyo, el cual consumirá su vida en aras de la gloria del Señor y será llamado grande por los siglos y ante los ojos de Dios, porque pasará convirtiendo a los corazones al Señor altísimo. Lo dijo el ángel y yo no lo creí. Mas ahora creo y entra la Luz en mí. La Luz está entre nosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, pues el espíritu de los hombres está lleno de estorbos, y además es perezoso. Pero mi hijo sí que la verá y hablará de Ella y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. ¡Bienaventurados los que crean en Ella y crean siempre en la Palabra del Señor! Y bendito seas Tú, Señor eterno, Dios de Israel, porque has visitado y redimido a tu pueblo, suscitando en él un poderoso Salvador en la casa de su siervo David. Como prometiste por boca de los santos Profetas, ya desde los tiempos antiguos: librarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian, para ejercitar tu misericordia hacia nuestros padres y mostrar que te acuerdas de tu santa alianza. Éste es el juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, de las manos de nuestros enemigos libres, te sirviéramos con santidad y justicia en presencia tuya toda la vida» y continúa así hasta el final. (He escrito hasta aquí porque, como usted puede ver, Zacarías ahora se dirige directamente a Dios).

Los presentes se quedan estupefactos, tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías.

Isabel, que al oír la primera palabra de Zacarías ha gritado de alegría, ahora está llorando abrazada a María, que la acaricia contenta.

ECR 24.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.4 Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio. Continúa adelante. Se arrodilla ante María y le dice: «Bendice al mísero siervo del Señor. Bendícele. Tú puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho. Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno. Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador. Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios; santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo, Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador».

24.5 María sonríe, encendida de humildad, y habla: «Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...».

Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.

Detalle

Zacarías acaba de descubrir que María es la Toda Santa, la que da a luz al Salvador.

ECR 25

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La presentación de Juan Bautista en el Templo y la partida de María. La Pasión de José.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 5 y jueves 6 de abril de 1944 (Semana Santa)

Calendario: Martes 13 de agosto -5 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María, Isabel y Zacarías están en Jerusalén para la presentación de Juan Bautista en el Templo. A su llegada, María pregunta por José en un establo al que tienen que ir todos los peregrinos, pero el santo varón no está allí. El grupo continúa, pues, su camino hacia el Templo.

Tiene lugar el rito de la purificación y los sacerdotes se alegran de dar esta fiesta por uno de los suyos. La gente se sorprende de que Isabel sea la madre: al principio, todos piensan que María es la madre de Juan. Pero se dan cuenta de que eso no es posible, pues María ya está embarazada, mientras que Juan sólo tiene unos días. Cuando Isabel presentó al niño en el Templo, ya no hubo lugar a dudas, y todos quedaron asombrados.

El rito había terminado y José seguía sin aparecer. Zacarías sugirió que esperaran en casa de los padres de Zebedeo, para que, si el carpintero no llegaba, su mujer pudiera volver a Galilea con unos pecadores que pasaban por la casa. Sin embargo, esperaron todo lo que pudieron y José llegó por fin.

Saludó a la Virgen con alegría y respeto y deseó ver al niño. Isabel y Zacarías le concedieron su deseo, y luego se despidieron. San José sugirió entonces a la Llena de Gracia que partiera de noche, para que el viaje le resultara más agradable. Ella aceptó. Mientras se preparaba, José se dio cuenta de que María estaba embarazada. Pero no dijo nada...

A continuación, María hizo un dictado sobre la Pasión de José. Explicó que duró tres días, pero que fue intensa: la Virgen tuvo que luchar contra la tentación de desanimarse. Podía ver el sufrimiento de su esposo, pero no podía aliviarlo de ninguna manera para obedecer el mandato de Dios, que le había dicho que guardara silencio. María calló y José sufrió, pero era santo, y por eso Dios le concedió su iluminación.

Por último, María nos exhorta siempre a pedir la gracia y a actuar con confianza, dondequiera y cuandoquiera que estemos.

Contenido del capítulo: 25.1: María se sorprende al no ver a José cuando llega al Templo. 25.2: Zacarías es recibido con honores. La multitud se asombra de la edad de la madre. 25.3: María no encuentra a José en la posada. Lo espera en casa de los padres de Zebedeo. 25.4: José llega y se disculpa. 25.5: Está preocupado por María. 25.6: Zacarías e Isabel se van. María vuelve a un magnífico jardín. 25.7: José sale durante la noche y se da cuenta del estado de María. 25.8: El dolor de un amante es el mayor regalo que Dios puede hacer a los que creen en su Hijo. 25.9: José también tuvo su Pasión. El sufrimiento de María en ese momento. 25.10: La gran santidad de José. 25.11: Tú también debes vivir tu Pasión. 25.12: Después de Pascua (1944), habrá silencio ante el dolor del Redentor.

ECR 25.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue.

Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre — que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo — para dejar sus cabalgaduras.

(...) [Todos van al Templo.]

25.2 Los hombres que están de guardia le reciben a Zacarías con honor, y los otros sacerdotes le saludan y felicitan. Zacarías, hoy, con sus vestiduras sacerdotales y la alegría del padre que se siente feliz, está guapísimo. Parece un patriarca. Creo que Abraham debía asemejarse a él cuando jubilaba por ofrecer a Isaac al Señor.

Veo la ceremonia de la presentación del nuevo israelita y la purificación de la madre. Es todavía más pomposa que la de María, porque por el hijo de un sacerdote los sacerdotes hacen mucha fiesta. Acuden en masa y se ponen manos a la obra diligentes en torno al grupito de las mujeres y del recién nacido.

También otras personas se han acercado curiosas. Oigo los comentarios. Dado que María lleva en brazos al pequeñuelo mientras se dirigen al lugar establecido, la gente cree que es la madre.

Pero una mujer dice: «No puede ser. ¿No veis que está encinta? El niño no tiene más de unos pocos días y Ella está ya abultada».

«Ya... pero» dice otro «sólo puede ser Ella la madre. La otra es vieja. Será una parienta. No puede ser madre a esa edad».

«Vamos detrás de ellos y así vemos quién tiene razón».

Bien grande viene a ser el asombro cuando se ve que la que cumple el rito de la purificación es Isabel, que ofrece su corderillo balante para el holocausto y su paloma por el pecado.

«La madre es aquélla. ¿Has visto?».

«¡No!».

«Sí».

La gente, incrédula, sigue cuchicheando. Cuchichean tanto, que el grupo sacerdotal que está presente en el rito se ve obligado a emitir un «¡Chsss!» imperativo. La gente se calla un momento, pero musita aún más fuerte cuando Isabel, radiante de santo orgullo, toma al niño y se adentra en el Templo para presentarle al Señor.

«Es ella realmente».

«Es siempre la madre quien lo ofrece».

«Y entonces, ¿qué milagro es éste?».

«¿Qué será ese niño concedido en edad tan tardía a esa mujer?».

«¿Qué signo es éste?».

«¿No sabéis — dice uno que en ese momento llega jadeante — que es hijo del sacerdote Zacarías, de la estirpe de Aarón, aquel que quedó mudo estando ofreciendo el incienso en el Santuario?».

«¡Misterio! ¡Misterio! ¡Y ahora ya puede hablar otra vez! El nacimiento del hijo le ha soltado la lengua».

«¿Qué espíritu será el que le habló y le incapacitó la lengua para acostumbrarle al silencio sobre los secretos de Dios?».

«¡Misterio! ¿Qué verdad será la que conoce Zacarías?».

«¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?».

«Ha nacido en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser Mesías».

«¿Y entonces quién?».

Mas la respuesta queda en los silencios de Dios y la gente se queda con su curiosidad.

Cumplido el ceremonial, los sacerdotes ahora también agasajan a la madre y al pequeñuelo; la única que pasa poco observada es María; es más, incluso la evitan casi con repulsión cuando se dan cuenta del estado suyo.

Detalle

Lucas 1, 65-66 : Al instante se le abrió la boca y se le soltó la lengua, y [Zacarías] habló y bendijo a Dios.

El temor se apoderó de toda la gente de la vecindad, y todos estos acontecimientos se contaron por toda la región montañosa de Judea. Todos los que oían hablar de ellos los guardaban en su corazón y decían: "¿Qué será entonces este niño?". En efecto, la mano del Señor estaba con él.

ECR 25.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿No sabéis — dice uno que en ese momento llega jadeante — que es hijo del sacerdote Zacarías, de la estirpe de Aarón, aquel que quedó mudo estando ofreciendo el incienso en el Santuario?».

«¡Misterio! ¡Misterio! ¡Y ahora ya puede hablar otra vez! El nacimiento del hijo le ha soltado la lengua».

«¿Qué espíritu será el que le habló y le incapacitó la lengua para acostumbrarle al silencio sobre los secretos de Dios?».

«¡Misterio! ¿Qué verdad será la que conoce Zacarías?».

«¿No será que su hijo es el Mesías esperado por Israel?».

«Ha nacido en Judea, no en Belén, ni de una virgen. No puede ser Mesías».

«¿Y entonces quién?».

Anotación

Lucas 1, 8-11 y 21-22 : Mientras Zacarías servía a Dios durante el tiempo asignado a los sacerdotes de su grupo, fue elegido por sorteo, según la costumbre de los sacerdotes, para ir a ofrecer incienso en el santuario del Señor. Toda la multitud estaba orando fuera a la hora de la ofrenda del incienso. Se le apareció el ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso (...) El pueblo esperaba a Zacarías y se extrañaba de que se quedara en el santuario. Cuando salió, no pudo hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el santuario. Les hizo señales y permaneció en silencio.

Lucas 1, 65-66 : Al instante se le abrió la boca y se le soltó la lengua, y [Zacarías] habló y bendijo a Dios.

El temor se apoderó de toda la gente de la vecindad, y todos estos acontecimientos se contaron por toda la región montañosa de Judea. Todos los que oían hablar de ellos los guardaban en su corazón y decían: "¿Cómo será este niño? Porque la mano del Señor estaba con él.

ECR 25.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

25.3 Terminadas todas las felicitaciones, la mayor parte vuelve a la calle. María quiere pasar de nuevo por la caballeriza para ver si ya ha llegado José... No ha llegado. Y se queda desilusionada y pensativa.

Isabel se preocupa por Ella. «Hasta la hora sexta podemos estar aquí, pero luego tenemos que irnos para llegar a casa antes de la primera vigilia... es todavía demasiado pequeño para estar más tiempo de noche».

Y María, tranquila y triste, dice: «Me quedaré en un patio del Templo, iré donde mis maestras... No sé. Algo haré».

Zacarías interviene con una propuesta que enseguida aceptan como una buena resolución. «Vamos a casa de los familiares de Zebedeo. José, sin duda, te buscará allí, y, si él no fuera allí, te será fácil encontrar a alguien que te acompañe hacia Galilea, porque en esa casa hay un continuo ir y venir de pescadores de Genesaret».

Toman el borriquillo y van adonde estos parientes de Zebedeo, los cuales son los mismos de la casa en que se detuvieron José y María cuatro meses antes.

Las horas pasan deprisa y José no aparece. María domina su contrariedad acunando al niño; pero se la ve pensativa. Como para esconder su estado, no se ha quitado nunca el manto, a pesar de que el intenso calor les hace sudar a todos.

25.4 Por fin se oye llamar fuerte a la puerta. Es el anuncio de la llegada de José. El rostro de María resplandece sosegado.

José la saluda, porque Ella se ha presentado antes y le ha saludado con reverencia: «¡La bendición de Dios sea contigo, María!».

«Y contigo, José. ¡Alabado sea el Señor porque has venido! Zacarías e Isabel iban a marcharse ya para estar en casa antes de que fuera de noche».

«Tu mensajero llegó a Nazaret estando yo en Caná para unos trabajos. Lo supe anteayer por la tarde. Me puse en marcha enseguida. Pero, por mucho que haya venido sin detenerme, he llegado tarde, porque había perdido una herradura el burro. ¡Perdona!».

«¡Perdona tú, por haber estado tanto tiempo lejos de Nazaret! La verdad es que se sentían tan felices de tenerme con ellos, que pensé darles hasta ahora esta satisfacción».

«Has hecho bien, Mujer. ¿Dónde está el niño?».

Entran en la habitación donde Isabel está dando de mamar a Juan, antes de marcharse. José felicita a los padres por la fortaleza del niño, que ha sido separado del pecho para mostrárselo a José, y que chilla y patalea como si le estuvieran despellejando. Ante esta protesta, todos se echan a reír. También ríen los parientes de Zebedeo, y se unen a la conversación. Habían venido trayendo fruta fresca, leche y pan para todos, y una gran bandeja de pescado.

25.5 María habla muy poco. Está tranquila y silenciosa, sentada en su rinconcito, con las manos bajo su manto sobre el regazo. Habla poco y se mueve poco, incluso cuando bebe una taza de leche, y al comer un racimo de uvas doradas con un poco de pan. Mira a José apenada y escrutadora al mismo tiempo.

También él la mira. Pasado un rato, inclinándose hacia su hombro, le pregunta: «¿Estás cansada? ¿Te duele algo? Estás pálida y triste».

«Me duele separarme de Juanín. Le quiero. Le he tenido sobre mi corazón desde pocos momentos después de nacer...».

José no pregunta nada más.

Ha llegado la hora de la partida de Zacarías. El carro se para delante de la puerta. Todos se acercan. Las dos primas se abrazan con amor. María besa una y otra vez al pequeñuelo antes de depositarle sobre el regazo de su madre, que ya está sentada en el carro. Luego saluda a Zacarías y le pide su bendición. Al arrodillarse delante del sacerdote, el manto se le desliza de los hombros y las formas le aparecen en la luz intensa de la tarde estiva. No sé si José las percibe en este momento en que está ocupado en saludar a Isabel. El carro se pone en movimiento.

ECR 30.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?».

«Sí, los tengo... pero no están cerca de aquí, están en Hebrón...».

«Voy yo» dice Elías. «¿Quiénes son?».

«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».

«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».

«Gracias, Elías».

«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».

«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».

«Eso diré».

«Que Dios te lo pague.»

ECR 31

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La visita de Zacarías. La santidad de José y la obediencia a los sacerdotes.

Fecha de la visión y del dictado: Jueves 8 de junio de 1944 (Corpus Christi)

Calendario: Lunes 30 de diciembre -5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: Zacarías llega a Belén. José viene a darle la bienvenida, porque María está dando leche a Jesús. El carpintero pregunta por Juan, que está creciendo muy bien, pero que tiene problemas de dentición: por eso no lo ha llevado consigo. Isabel tampoco ha venido, no sólo para cuidar a su hijo, sino también porque hace mucho frío. José comprendió y describió al sacerdote las difíciles condiciones que habían vivido tras el nacimiento de Jesús. Como dijo el marido de María, todo estaba preparado en Nazaret, pero aquí no tenían nada.

La Virgen llega mientras tanto y presenta al Niño, después de saludar al sacerdote. Zacarías adora a Jesús con el mayor respeto. El anciano entrega entonces regalos suyos y de Isabel. La Inmaculada lamenta no haber podido venir con Juan, y Zacarías le asegura que los verá pronto. De hecho, el anciano pensaba que debían vivir en Belén, para que, llegado el momento, fuera mejor aceptado por el Sanedrín y para que Zacarías pudiera servirle de maestro.

José y María se miran y no están especialmente de acuerdo con la visión de Zacarías. Uno piensa en su trabajo, la otra en su casa y en todo lo que han dejado atrás. Esto es lo que dice María, sobre todo porque es difícil ir a buscar sus cosas, ya que no tienen casa para guardarlo todo en Belén. Por encima de todo, María pensaba en José y José pensaba en María. Sin embargo, su casto esposo estaba dispuesto a trabajar el doble si era por Jesús.

María intentó finalmente oponerse por última vez, señalando que el Mesías se llamaría Nazareno, pero Zacarías no atendió a razones, y los santos padres accedieron a sus deseos...

María hizo entonces un dictado sobre la santidad de José, a quien no le importaba trabajar más, renunciar a todo si era por sus dos tesoros: María y José. Luego habló de Zacarías, que era sacerdote, pero cuyo corazón estaba menos vuelto hacia el Cielo que el de José. Zacarías piensa humanamente y cree saber más que María, hasta el punto de poder servir de maestro al Maestro. Por supuesto, María se opone a lo que él dice y podría haber triunfado en su conversación, pero se retira por la dignidad del sacerdote.

Tras señalar que un sacerdote suele estar iluminado por Dios, María subraya finalmente que obedecer siempre salva, aunque el consejo que se reciba no sea absolutamente perfecto. Quedarse en Belén y Judea fue una suerte cuando llegó la huida a Egipto: desde Nazaret, habría sido mucho más difícil.

Para concluir, María nos enseña que el respeto al sacerdote es siempre un signo de buena formación cristiana. Aunque pierdan su llama apostólica, siguen siendo los que hacen descender el Pan del Cielo, y este contacto los hace "santos como un cáliz sagrado". Por tanto, debemos considerarlos como tales y rezar por ellos si sus almas están paralizadas y enfermas. Debemos rogar a Cristo por su santificación, porque salvar un alma sacerdotal "es salvar muchas almas".

Contenido del capítulo: 31.1: Llegada de Zacarías solo, a quien José cuenta los acontecimientos de la Natividad. 31.2: "La Hostia" en brazos de Zacarías. 31.3: Regalos de Isabel para el niño. 31.4: El Mesías debe crecer en Belén. 31.5: Zacarías convence a la pareja para que se establezcan en Belén. 31.6: La santidad de José. 31.7: Zacarías contra José. 31.8: Los verdaderos sacerdotes y los otros. 31.9: La obediencia siempre salva. 31.10: El respeto al sacerdote es siempre una señal de integridad cristiana.

ECR 31.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.1 Veo la larga sala donde presencié el encuentro de los Magos con Jesús y su acto de adoración. Comprendo que me encuentro en la casa hospitalaria que ha acogido a la sagrada Familia. Asisto a la llegada de Zacarías. Isabel no está.

La dueña de la casa sale presurosa, por la terraza que circunda la casa, al encuentro del huésped que está llegando... Le acompaña hasta una puerta y llama; luego, discreta, se retira.

José abre y, al ver a Zacarías, exulta de júbilo. Le pasa a una habitacioncita pequeña, de las dimensiones de un pasillo. «María está dándole la leche al Niño. Espera un poco. Siéntate, que estarás cansado». Y le deja sitio en su recostadero, sentándose a su lado.

Oigo que José pregunta por el pequeño Juan, y que Zacarías responde: «Crece vigoroso como un potrillo. De todas formas, ahora está sufriendo un poco por los dientes. Por eso no hemos querido traerle. Hace mucho frío. Así que tampoco ha venido Isabel. No podía dejarle sin la leche. Lo ha sentido mucho; pero, ¡está siendo una estación tan fría...!».

«Sí, efectivamente, muy fría» responde José.

«Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa. ¡Lo que habréis tenido que pasar!...».

«Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal; pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño. Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí. A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones. Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho... y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes. Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño... y así el frío seguía. Dos animales calientan poco, ¡y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes! Faltaba agua caliente para lavarle, faltaba ropa seca para cambiarle... ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verle sufrir. ¡Sufría yo... conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre! Le daba leche y lágrimas, leche y amor... Ahora aquí estamos mejor. Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!».

«Pero el Cristo tenía que nacer en Belén. Así estaba profetizado».

ECR 31.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.2 María ha oído que hablaban y entra. Está toda vestida de lana blanca. Ya no lleva el vestido oscuro que tenía durante el viaje y en la gruta. Con este de ahora está enteramente blanca, como ya la he visto otras veces; no lleva nada en la cabeza. En sus brazos sí, a Jesús, que está durmiendo, satisfecho de leche, envuelto en sus blancos pañales.

Zacarías se alza reverente y se inclina con veneración. Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto. Está inclinado, no tanto para verle mejor, cuanto para rendirle homenaje. María se lo ofrece. Zacarías le toma con tal adoración que parece como si estuviera elevando un ostensorio. Efectivamente, está cogiendo en brazos la Hostia, la Hostia ya ofrecida, que será inmolada sólo cuando se haya dado a los hombres como alimento de amor y de redención. Zacarías devuelve Jesús a María.