ECR 24.2
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
24.2 Llega la hora de la circuncisión.
«Zacarías le llamaremos. Tú eres anciano. Justo sería ponerle tu nombre al niño» dicen unos hombres.
«¡De ninguna manera!». exclama la madre. «Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio de la potencia de Dios».
«¿Pero se puede saber cuándo ha habido un Juan en nuestra parentela?».
«No importa. Tiene que llamarse Juan».
«¿Tú qué dices, Zacarías? ¿Quieres tu nombre, no es verdad?».
Zacarías dice que no, con gestos. Coge una tablilla y escribe: «Su nombre es Juan», y, nada más terminar de escribir, añade, ya su liberada lengua: «porque Dios nos ha hecho objeto de una gran gracia, a mí, su padre, y a su madre, como también a este nuevo siervo suyo, el cual consumirá su vida en aras de la gloria del Señor y será llamado grande por los siglos y ante los ojos de Dios, porque pasará convirtiendo a los corazones al Señor altísimo. Lo dijo el ángel y yo no lo creí. Mas ahora creo y entra la Luz en mí. La Luz está entre nosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, pues el espíritu de los hombres está lleno de estorbos, y además es perezoso. Pero mi hijo sí que la verá y hablará de Ella y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. ¡Bienaventurados los que crean en Ella y crean siempre en la Palabra del Señor! Y bendito seas Tú, Señor eterno, Dios de Israel, porque has visitado y redimido a tu pueblo, suscitando en él un poderoso Salvador en la casa de su siervo David. Como prometiste por boca de los santos Profetas, ya desde los tiempos antiguos: librarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian, para ejercitar tu misericordia hacia nuestros padres y mostrar que te acuerdas de tu santa alianza. Éste es el juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, de las manos de nuestros enemigos libres, te sirviéramos con santidad y justicia en presencia tuya toda la vida» y continúa así hasta el final. (He escrito hasta aquí porque, como usted puede ver, Zacarías ahora se dirige directamente a Dios).
Los presentes se quedan estupefactos, tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías.
Isabel, que al oír la primera palabra de Zacarías ha gritado de alegría, ahora está llorando abrazada a María, que la acaricia contenta.