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Notas de la palabra clave

Yokhanan o Giocana Ben Zacchaï (saduceo y fariseo)

Tema: Sanedrín, sumos sacerdotes y fariseos

Comodidad de lectura

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ECR 74.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

Detalle

Los soldados romanos preguntan a Judas:

ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 190.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Comienza el ocaso con un enrojecimiento del cielo. Jesús ya ve los campos de Jocanán.

«Aceleremos el paso, amigos, antes de que decline el Sol. Tú, Pedro, adelántate con tu hermano para avisar a nuestros amigos de Doras».

«Sí, sí, voy, que también quiero asegurarme de si el hijo se ha marchado». Pedro pronuncia esa palabra, “hijo”, en un modo que vale por un largo discurso. Y se adelanta.

Entretanto, Jesús prosigue más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Jocanán; mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas.

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso al tiempo que proviene un grito: «¡Oh, Señor bendito!» y el campesino sale corriendo del viñedo para venir a postrarse ante Jesús.

«¡Paz a ti, Isaías!».

«¡Hasta te acuerdas de mi nombre?».

«Lo llevo escrito en el corazón. Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?».

«Allá, en los pomares. Voy a avisarlos. ¿Vienes a estar con nosotros, verdad? El amo no está, así que podemos festejar tu venida. Además... un poco por miedo y un poco por alegría, es mejor. ¡Fíjate, este año nos ha concedido el cordero, e ir al Templo! Nos ha dado sólo seis días, pero... bueno, correremos por el camino. ¡Fíjate, nosotros también a Jerusalén! Y esto te lo debemos a ti». El hombre está en el séptimo cielo, de la alegría de haber sido tratado como hombre y como israelita.

«Que Yo sepa, no he hecho nada» dice Jesús sonriendo.

«¡Cómo no? ¡Claro que has hecho! Doras, y luego los campos de Doras... mientras que éstos este año están espléndidos... Jocanán supo de tu venida, y no es bobo. Tiene miedo y... y tiene miedo».

«¿A qué?».

«A que le pase con su vida y sus bienes lo que a Doras. ¿Has visto las tierras de Doras?».

«Vengo de Naím...».

«Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto). «¡Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos... muerto... todo muerto... como en Sodoma y Gomorra... Ven, ven, que te las muestro».

«No hace falta. Voy adonde aquellos campesinos...».

«¡No, ya no están! ¡Ah, no lo sabes? Los ha repartido a todos por otros lugares o los ha despedido, Doras, el hijo de Doras; y los que han sido enviados a otras tierras tienen la obligación de no hablar de ti, so pena de ser azotados... ¡No hablar de ti!... ¡Será difícil! Nos lo ha dicho incluso Jocanán».

«¿Qué ha dicho?».

«Ha dicho: “No soy tan estúpido como Doras, así que no os digo: ‘No quiero que habléis del Nazareno’. Sería inútil, porque lo haríais igualmente, y no quiero perderos matándoos a fuerza de azotes como a animales indóciles. Es más, os digo: ‘Sed buenos, como, sin duda, os enseña el Nazareno, y decidle que os trato bien’. No quiero ser maldecido yo también”. No, él ve bien lo que son estos campos después de tu bendición, y lo que son aquéllos después de tu maldición.

190.2

¡Oh, ahí están los que me araron la tierra[1]...» y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.

Pero Pedro le saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita: «¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!...».

«Lo sé. Me lo ha dicho Isaías».

«¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!...».

Jesús quiere contentarle, pero primero dice a Isaías: «Entonces, estaré con vosotros. Advierte a tus compañeros. No os molestéis por la comida, que la tengo Yo; nos es suficiente con un henil para dormir, y con vuestro amor. Dentro de nada estoy con vosotros».

La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín-pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.

Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y le matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.

El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.

«Tiene mano dura el Dios del Sinaí» dice en tono bajo Simón Zelote.

Jesús hace ademán como de decir: «¡No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta: «¿Cómo ha sucedido?».

Uno de los campesinos responde entre dientes: «Topos, langosta, gusanos... ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras... No nos perjudiques...».

Jesús suspira y se marcha.

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo, dice: «Mañana iremos a verte... cuando el vigilante se haya ausentado para ir a Yizreel a la oración... Iremos a casa de Miqueas».

Jesús hace un gesto de bendición y se marcha.

190.3

Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, le conducen hacia sus pobres mansiones.

«¿Has visto, allí?».

«Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras».

«Sí, mientras las hienas están en la oración... Así hacemos todos los sábados... y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohiben. Aquellos pobrecillos... beben la vida todos los sábados... Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!...».

«Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis».

El Sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

Anotación

" El hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés. Cf. EMV 109.4: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que ocuparon el lugar de los labradores para poder escuchar la palabra de Jesús.

El Dios del Sinaí tiene mano dura. Una referencia directa a las palabras de Jesús en EMV 109.12.

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac, que viene a menudo a nosotros, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109.5.

ECR 191.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

Detalle

Los campesinos de Yokhanan han encontrado a Jesús y le acompañan junto con algunos de sus apóstoles.

ECR 198.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

«Este niño — explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) — es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón...».

«¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?».

«Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro».

«Si los vendiera... los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes».

«No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos».

«Veremos... Pero... continúa tu narración. ¿Qué campesinos son? ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!».

«Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Le tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no le descubriera... Y estaba allí desde el invierno...».

«¡Pobre niño! ¿Y por qué?». Las mujeres están profundamente conmovidas.

«Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Le llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso».

«¿He hecho mal, Señor?» pregunta humildemente Isaac.

«Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días».

«¡Pobrecito! ¡¿Tan pequeño con doce años?! Mi Judas era casi el doble de alto a su edad... ¿Y Jesús? ¡Qué flor!» dice María de Alfeo.

Y Salomé: «¡También mis hijos eran mucho más robustos!».

Marta susurra: «Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años».

«¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además... ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre?» dice Pedro.

«Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño».