Ir al contenido

Notas de la palabra clave

La predicación de los apóstoles

Tema: El séquito de Jesús

Comodidad de lectura

Aa

ECR 48.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.3 Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”».

«¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista».

«Es Él. No lo ha negado».

«Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez...» murmura Pedro malhumorado.

«¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!». Juan está dolorido y consternado por las palabras de Simón Pedro.

«¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye! ¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Venga, ven a trabajar! Será mejor. Y déjate de fábulas».

«Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras».

48.4 ­«Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no le has escuchado. Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Mas Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, obscuridad, cadenas y desprecio. Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?». Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

«Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz. Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad. En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”; se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla. Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo, los hombres, intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados, porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen; su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún, entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás, pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo. Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una fuerza tal a quienes crean en mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”».

Detalle

Santiago y Juan de Zebedeo están cerca de Pedro y Andrés y anuncian al Mesías. No es verdadera predicación, pero hay un poco de eso...

Juan habla, habla de Jesús y dice:

ECR 213.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«En la ciudad de mi queridísimo discípulo no voy a pronunciar las palabras habituales de adoctrinamiento. Nos quedaremos aquí unos días, pero quiero que sea él quien os las diga. Quiero que empiece aquí el contacto directo, el continuo contacto entre los apóstoles y el pueblo. Había sido decidido en la alta Galilea y allí tuvo su primera, fugaz manifestación radiante[1], pero la humildad de mis discípulos hizo que ellos mismos se retirasen a un segundo plano, porque tenían miedo a no saber actuar y a usurpar mi puesto. No, no; deben actuar, lo harán bien y ayudarán a su Maestro. Así que aquí, uniendo en un único amor las fronteras galileo-fenicias con las tierras de Judá, las más meridionales, las que lindan con las comarcas del sol y las arenas, comenzará la verdadera predicación apostólica. El Maestro solo ya no puede responder a las necesidades de las muchedumbres; además, conviene que los aguiluchos dejen el nido y emprendan sus primeros vuelos mientras está todavía con ellos el Sol, y Él con su ala fuerte los sostiene.

Por tanto, Yo, durante estos días, seré, sí, amigo y consuelo vuestro; pero, la palabra vendrá de ellos, que irán esparciendo la semilla que de mí han recibido.»

Detalle

Jesús lanza oficialmente la predicación de los apóstoles en Keroth. Ellos ayudarán al Maestro con su apostolado.

Anotación

Quiero que comience el contacto directo, el contacto continuo entre los apóstoles y el pueblo. Esto se decidió en la Alta Galilea y allí se vio la primera luz. Jesús los envía a predicar por primera vez en EMV 166.2-3. Ellos dan su primer sermón en EMV 166.4-12 (especialmente Simón el Zelote y Juan). Fue cerca de la casa de Elisa, en Judea, donde Jesús declaró que ya no era suficiente para satisfacer las necesidades de la multitud(EMV 209,5).

ECR 214.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Luego Judas habla de lo que ha hecho durante el día. Por lo que dice, comprendo que ha ido él a avisar a su madre de que venían, y que luego, con Andrés como compañero, ha empezado a hablar por el agro de Keriot. Dice luego: «De todas formas, mañana quisiera que vinierais todos. No quiero destacar solo. Iremos, en la medida de lo posible, un judío y un galileo. Yo con Juan, por ejemplo, y Simón con Tomás. ¡Si viniera el otro Simón!... En vuestro caso — señala a los hijos de Alfeo — podéis ir vosotros dos. A todos, incluso a quien no le interesaba saberlo, les he dicho que sois los hermanos del Maestro. Y también vosotros — señala a Felipe y a Bartolomé — podéis ir juntos. He dicho que Natanael es un rabí que acompaña al Maestro; esto impresiona. Y... quedáis vosotros tres. De todas formas, en cuanto llegue el Zelote se podrá formar otra pareja. Y después nos alternaremos porque quiero que os conozcan a todos...». Judas está lleno de vivacidad. «He hablado del decálogo, Maestro, tratando de ilustrar especialmente aquellos puntos en que sé que en esta zona se cometen más faltas...».

«No tengas mano dura, Judas, por favor. No olvides que consigue más la dulzura que la intransigencia, y que tú también eres hombre; por tanto, examínate y reflexiona en lo fácil que te es también a ti caer, y en cómo te irritas si te reprenden demasiado abiertamente» dice Jesús, mientras la madre de Judas se sonroja y baja la cabeza.

«No temas, Maestro, que yo me esfuerzo por imitarte en todo. Mira, en el pueblo que se ve por aquella puerta — están comiendo con las puertas abiertas y se ve un bonito horizonte desde esta habitación elevada — hay un enfermo deseoso de ser curado; pero no se le puede transportar. ¿Podrías venir conmigo?».

«Mañana, Judas. Mañana por la mañana sin falta. Y, si hay otros enfermos, decídmelo, o traédmelos».

«¿Estás decidido a favorecer a mi tierra, Maestro?».

«Sí. Para que no se diga que fui injusto con quienes no me hicieron el mal. Si hago el bien incluso a los malos, ¿por qué no debería hacérselo a las personas buenas de Keriot? Quiero dejar de mí un recuerdo indeleble...».

«¿Cómo! ¿No vamos a volver aquí?».

«Volveremos, pero...».

214.4

«¡Ahí viene la Madre, la Madre con Simón!» grita jubiloso el niño al ver a María y a Simón, que están subiendo la escalera que conduce a la terraza en que está la sala.

ECR 215.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hablan del nuevo rodeo que van a tener que dar, hacia las fértiles llanuras que preceden el litoral. Y entonces tornan a la memoria nombres de glorias pasadas, que suscitan la narración de episodios acaecidos, preguntas, explicaciones y afable contraposición de opiniones.

«Cuando lleguemos a la cima de este monte, os enseñaré desde lo alto todas las zonas que os interesan, de las que podréis extraer ideas para vuestros discursos al pueblo».

«Pero, mi Señor, ¿cómo vamos a hacer? Yo no soy capaz» se lamenta Andrés, y a él se asocian Pedro y Santiago: «¡Nosotros somos los menos agraciados!».

«¡Oh!, si es por eso, no es que yo sea más capaz; si se tratara de oro o plata, podría hablar, pero de estas cosas...» dice Tomás.

«¿Y yo? ¿Qué era yo?» pregunta Mateo.

«Tú no tienes miedo del público, sabes argumentar» replica Andrés.

«Pero de otras cosas...» contesta Mateo.

«Sí, ya... pero... bueno... ya sabes lo que quiero decir, así que como si te lo hubiera dicho. La cuestión es que vales más que nostros» dice Pedro.

«Amigos míos, no hace falta subir a lo sublime. Decid simplemente lo que pensáis, con vuestra convicción. Creedme que cuando uno está convencido siempre persuade» dice Jesús.

Pero Judas de Keriot suplica: «Danos ideas Tú, danos muchas ideas. Una buena idea puede ser muy útil. Estos lugares creo que no han oído nada de ti, porque ninguno parece conocerte».

«Y porque aquí llega todavía mucho viento procedente del Moria... que causa esterilidad...» responde Pedro.

«Es porque no se ha sembrado, pero nosotros sembraremos» replica seguro Judas Iscariote, contento por los primeros éxitos.

Detalle

El grupo apostólico debate en conjunto.

Anotación

«Estos lugares, creo, siguen sin saber nada de ti porque nadie da a entender que te conozca.

—Es porque aquí todavía sopla mucho viento que viene del monte Moriah… Y ese viento reseca…», responde Pedro.

El monte Moriah es el del Templo de Jerusalén. Pedro utiliza esta imagen para decir que la gente del Templo advierte a los habitantes de la región sobre Jesús.

ECR 215.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Ahora vamos a Bet-Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo».

«¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también!» dicen los dos apóstoles en tono suplicante.

«Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia».

215.3

... Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo. Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores. Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero: «¿Qué queréis?, ¿alojamiento?».

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro). Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra. Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde: «Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel».

«¿Qué rabí? ¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría. Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!».

«El Rabí de Israel es uno sólo. Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva; cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos» responde dulcemente Andrés.

«¡Entonces... no hará dinero!».

«No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida» responde también esta vez Andrés.

«¡Hummm...! Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre. Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas. ¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes. Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores».

«¡Ah, debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Le vi hace tiempo en Jericó» dice uno de los tratantes.

«No. Ése está solo. Debe ser aquel de que hablaba Toma porque, así, por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano» responde un pastor alto y musculoso.

«¡Sí, vaya! Y viene del Líbano hasta aquí... ¡Por tu cara bonita!» exclama otro.

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos hitos, hasta que un hombre dice:

215.4

«¡Eh, vosotros, venid aquí!

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?».

«Es Jesús de José, de Nazaret» dice serio Felipe, y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade: «Es el Mesías anunciado. Os conjuro, por vuestro bien: escuchadle. Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo: “He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó: “Éste es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”, y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza».

«¿Ves como es el Nazareno? Pero, vamos a ver, vosotros, que os llamáis amigos suyos, decidnos...».

«Amigos no, apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada, para que quien tenga necesidad de salvación vaya a Él» precisa Andrés.

«Bien, de acuerdo, pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos, o sea, un santo más santo que Juan el Bautista, o un demonio, como dicen otros. Vosotros, que estáis con él — porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿no? —, vamos a ver, hablad con sinceridad: ¿es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor, y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos; que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus para conocer los secretos de los corazones?».

«Pero, ¿por qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es verdad que es bueno. Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir. ¡Qué sabemos nosotros?... ¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarle bien!...».

Esta vez es Felipe el que habla: «Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar; incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Durante la noche ora por nosotros. No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia; antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma no sería posible acercarse. No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos. Signa su camino con curaciones y conversiones milagrosas, le obedecen el viento y el mar, pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones».

«Y, ¿con qué poder lo hace?... Has dicho que el viento y el mar le obedecen. Pero si son cosas que no tienen razón. ¿Cómo puede mandar sobre ellos?» pregunta el dueño de la posada.

«Respóndeme a esto, hombre: ¿tú qué crees, que es más difícil mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?».

«¡Por Yeoveh!, ¡sobre la muerte no se tiene poder! Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas; se puede, prudentemente, no ir a navegar. Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas. Pero sobre la muerte no se tiene poder: no hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella; cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos. ¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!».

«Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella, y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa. Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo: “Te lo ordeno: álzate!”, y el joven volvió a la vida. Naím no está en los confines del mundo. Si vais, veréis».

«¿Así, sin más? ¿En presencia de todos?».

«En el camino, en presencia de toda Naím».

215.5

El dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio; luego el primero dice: «¡Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿no?!».

«No, hombre, para todos los que creen en Él, y no sólo para ellos. Créeme que es la Piedad en la tierra. Nadie que va a Él vuelve de vacío. Escuchad todos. ¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia, o por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia? Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva. Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar. No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa» dice Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más seguro.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura... y, al final, dice: «¡Yo lo intento!... Tengo una hija. Hasta el pasado verano estaba bien. Después todo cambió. Ahora es una lunática. Está siempre en un rincón, como una fiera muda; su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada. ¡¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?! ¿Dónde se ha cogido este demonio? ¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?».

Felipe responde sin vacilar: «Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen».

«¿Y... cura a los lunáticos? ¿Debo tener esperanza?».

«Debes creer» responde inmediatamente Andrés, que narra el milagro de los gerasenos, y termina diciendo: «Si aquéllos — y eran una legión en corazones de pecadores — huyeron de ese modo, cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco? Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar. Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia».

«¡Oh!, ¿quién de vosotros va y le llama?».

«Yo mismo. Espérame, que vuelvo enseguida». Y Andrés se marcha veloz. Felipe se queda a hablar.

215.6

Cuando Andrés ve a Jesús, parado, en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo, corre hacia Él diciendo: «¡Ven! ¡Ven, Maestro! El posadero tiene una hija lunática. Te implora que la cures».

«¿Pero me conocía?».

«No, Maestro. Hemos tratado de darte a conocer...».

«Lo habéis conseguido, porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio es que ya está adelantado en la fe. Y teníais miedo a no ser capaces de ello... ¿Qué habéis dicho?».

«Ni siquiera te lo sabría decir. Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras. Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad. ¡¡Qué mal te conoce el mundo!!».

«Pero vosotros me conocéis bien. Es suficiente».

215.7

Llegan a la pequeña posada. Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos. En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Quando ve a Jesús, corre a su encuentro: «Maestro, Señor, Jesús... yo... yo creo tanto que Tú eres Tú, que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes, tanto lo creo, que te digo: ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos; no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento. Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro, y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa...». El hombre está de rodillas.

Jesús le dice: «Álzate y persevera en los sentimientos de ahora. Llévame a donde tu hija».

«Está en un establo, Señor. Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir».

«Bien, no importa; voy Yo. No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar».

Entran en un patio, luego en un establo oscuro. Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro, y, en cuanto ve a Jesús, grita: «¡Atrás! ¡Atrás! No me hostigues. Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo. ¿Por qué sigues siempre mis pasos?».

«¡Sal de ella! ¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla!».

Un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja... Luego, con calma, tristeza, estupor, la jovencita, que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto ante los ojos de muchos extraños, pregunta: «¿Dónde estoy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿quiénes son éstos?» e invoca a su madre.

«¡Oh, Señor eterno! ¡Está curada!...» y, aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño... Se siente dichoso. Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús. Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados, y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor, otros acuden para ver el prodigio. El patio está lleno.

«Quédate, Señor. Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo».

«Hombre, somos trece».

«Aunque fuerais trescientos, sería como nada. Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor. Se ha marchado también mi demonio. Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente. Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un rey, como a un dios, como a quien eres. ¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!»....

Detalle

André y Philippe parten a evangelizar Betginna por orden de Jesús. Uno de los habitantes les habla de su hija poseída a partir del EMV 215.5.

Anotación

Has mencionado a Juan el Bautista. Pues bien, yo estaba con él y fue él quien nos señaló a Jesús, que pasaba por allí, diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo». » Cuando Jesús descendió al Jordán para ser bautizado, los cielos se abrieron y una voz exclamó: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias», y el amor de Dios descendió en forma de paloma para resplandecer sobre su cabeza . Véase EMV 45.

Estaban a punto de introducir a un joven de Naím en las horribles fauces de la tumba, cuando él ordenó: «Te lo digo: ¡levántate!», y el joven volvió a la vida. Naím no está en el fin del mundo. Podéis ir a verlo. Véase EMV 189.

A continuación, narra el milagro de los gerasenos. Véase EMV 186 o la palabra clave «los endemoniados de Gerasa».