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Notas de la palabra clave

Lazare

Tema: El séquito de Jesús · Página 5 de 7

Comodidad de lectura

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ECR 174.15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús dice entretanto a Pedro que desmonte el cobertizo.

«Pero... ¿realmente nos marchamos?».

«Sí».

«¿Porque ha venido ella?...».

«Sí; pero no se lo digas a nadie, y menos todavía a Simón Zelote: se entristecería por Lázaro. No puedo permitir que la palabra de Dios se transforme en juguete de paganos...».

«Comprendo, comprendo...».

«Pues comprende también otra cosa».

«¿Cuál, Maestro?».

«La necesidad de callar en ciertos casos. ¡Cuidado!; eres maravilloso, pero tu impulsividad es tanta que te lleva a hacer observaciones punzantes».

«Comprendo... No quieres por Lázaro y Simón...».

«Y por otros».

«¿Crees que también estarán hoy algunos de éstos?».

«Hoy, mañana, pasado mañana, siempre; como también siempre será necesario controlar la impulsividad de mi Simón de Jonás. Ve, ve a hacer lo que te he dicho».

Pedro se pone en movimiento y pide ayuda a sus compañeros.

Detalle

Tras la llegada de María Magdalena, entonces una gran pecadora, Jesús anunció su partida de los Cuernos de Hattin, donde habían permanecido unos días.

Anotación

- ¿Crees que habrá alguna hoy?

- Hoy, mañana y pasado mañana, siempre.

Sin duda, Jesús se refiere aquí a los fariseos, que pretenden hacer observaciones poco caritativas.

ECR 184.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Escuchad.

Dudáis acerca de la conversión de María al bien. No da, en efecto, ningún signo que indique este cambio. Consciente de su grado y su poder, ella, descarada e impúdica, ha osado desafiar a la gente viniendo incluso hasta el umbral de la casa donde se lloraba por causa suya. Luego, al reproche de Pedro ha respondido con una carcajada; y a mi mirada amigable, endureciéndose con soberbia. Vosotros quizás habríais deseado, quién por amor a Lázaro, quién por amor a mí, que le hubiera hablado directa y largamente, y que la hubiera subyugado con mi poder y le hubiese mostrado mi fuerza de Mesías Salvador. No. No es necesario tanto. Ya lo dije hace muchos meses respecto a otra pecadora: las almas deben labrarse a sí mismas. Yo paso y esparzo la semilla. Ocultamente la semilla trabaja. Hay que respetar este trabajo del alma. Si la primera semilla no arraiga en la tierra, se siembra otra, y otra... y sólo se retira uno cuando se tienen pruebas ciertas de la inutilidad de seguir sembrando. Y se ora. La oración es como el rocío, que mantiene los tormos esponjosos y nutridos, con lo que la semilla puede germinar.

Detalle

Jesús habla de María Magdalena, que no parece convertida. Habla de Lázaro y de Aglaia y de su poder como Mesías, y luego del trabajo de las almas sobre sí mismas.

Anotación

Dije esto sobre otra pecadora hace varios meses. Para Aglaé, la mujer con velo de Belle-Eau. Ver EMV 79.6.

ECR 191.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hay uno, ya entrado en años, que come y llora tienendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?...» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad...».

El hombre de Endor dice con su voz gutural: «Es verdad... Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor...».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además... yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar... y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila... Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley... ¡Es el hijo de mi hija!...».

«¿Me lo confiarías a mí?... No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino...».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba — a él, que sabe lo que significa ser de este amo — que salvase a mi nieto de una muerte así...».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

191.4

«Pero... ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón... Pero hay muchos que no tienen hijos...».

«Yo soy uno de ellos...». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho[1] que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor... De acuerdo... Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano. «Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno...».

«He visto la desgracia[2]».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano... ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[3] invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.

Anotación

"Simón, te lo dije", en EMV 104.5. La última mención de Lázaro está en relación con el acontecimiento relatado en EMV 172.11.

"Vi la catástrofe", en EMV 139.2.

"¿Por qué este nombre? ¿No recuerdas el antiguo? "(...) "El niño invocará al Señor y el Señor lo bendecirá y ensanchará sus fronteras; la mano del Señor está en su mano y ya no se verá agobiado por la desgracia. " La cita está tomada de 1 Crónicas 4, 9-10.

Primer libro de las Crónicas 4, 9-10

1 Cr 4, 9-10 : Yabesh fue más honrado que sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabesh (es decir, En Dolor), diciendo: "Yabesh invocó al Dios de Israel, diciendo: "Si en verdad me bendices, ensancharás mi territorio, tu mano estará conmigo y alejarás de mí la desgracia, para que termine mi angustia" Y Dios le concedió lo que había pedido.

ECR 197.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!».

«Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable».

«También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?».

«Estaba. Después de la oración voy a Betania».

«¿A casa de Lázaro?».

«No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?».

«¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos...».

«¡Prudente, José, con los amigos!...» aconseja Simón Zelote.

«¡No, hombre... ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”. Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos».

«Entonces...».

«Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo».

«El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley».

«Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos».

«De acuerdo, no se hable más».

«Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso».

«Adiós, José. La paz sea contigo.»

Detalle

Jesús se encuentra con José de Arimatea.

ECR 198.1-10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania — podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania —, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya le han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente: «¡Hijo!», «¡Mamá!». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento — éste — en que, al desvanecerse el terror que le tenía apresado, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido...

Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice: «Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo».

«Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho».

«Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera».

«¡Tu obediencia, Hijo!».

«Tu sabia indicación, Madre...».

Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

«¿No me preguntas por qué ha sido fructífera?» pregunta Jesús, que sigue sonriendo.

«Sé que mi Jesús no me oculta nada».

«¡Qué encanto eres, Mamá!...» y la vuelve a besar...

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.

198.2

El que más mira es Yabés. Jesús le había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto... pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Todos — los primeros, Jesús y María — se vuelven, todos tratan de poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente — estaban juntos — y dicen: «¿Por qué lloras?».

Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándole en brazos, ha dicho: «¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más... y perdona si no te he visto antes... Os presento, amigos, a mi hijito...». Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho: «Es un huerfanito que he tomado conmigo». El resto lo ha intuido María.

El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María le tiene en brazos y le está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

«Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso...».

Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.

198.3

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y le ve allá, apartado. Se dirige a él y le lleva hacia María — que está siendo saludada por todos los apóstoles —, y, teniendo sujeta su mano, dice: «Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste».

«Tu obediencia, Hijo» repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote le llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).

198.4

Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús — cogida su mano — con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe. Entran en la casa.

«La paz a ti, José, y a esta casa» dice Jesús, alzando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.

Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes, de forma que Jesús pregunta: «¿Por qué, amigos?».

«Porque no estás con nosotros y porque todos se allegan a ti excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya».

«Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración. Además, Yo estoy con vosotros. ¡Esta casa?... esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia y — si se considera la cosa sobrenaturalmente — infinitamente más cercanos en el amor. Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro. ¿Acaso se puede estar más cerca? De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa».

«¡Ay, pobre de mí! ¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!». La exclamación de María de Alfeo, que se levanta diligentemente para ir a su trabajo, hace sonreír a todos.

Pero Marta la alcanza y le dice: «No te preocupes, María, por la comida. Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas. Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita. Ven, Marcela. Vuelvo enseguida, Maestro».

198.5

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

«Este niño — explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) — es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón...».

«¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?».

«Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro».

«Si los vendiera... los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes».

«No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos».

«Veremos... Pero... continúa tu narración. ¿Qué campesinos son? ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!».

«Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Le tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no le descubriera... Y estaba allí desde el invierno...».

«¡Pobre niño! ¿Y por qué?». Las mujeres están profundamente conmovidas.

«Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Le llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso».

«¿He hecho mal, Señor?» pregunta humildemente Isaac.

«Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días».

«¡Pobrecito! ¡¿Tan pequeño con doce años?! Mi Judas era casi el doble de alto a su edad... ¿Y Jesús? ¡Qué flor!» dice María de Alfeo.

Y Salomé: «¡También mis hijos eran mucho más robustos!».

Marta susurra: «Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años».

«¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además... ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre?» dice Pedro.

«Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño».

198.6

«¿Le vas a adoptar?» pregunta Lázaro.

«No. No puedo».

«Entonces me responsabilizo yo».

Pedro, que ve desvanecerse su esperanza, se lamenta abiertamente: «¡Señor! ¿Todo a él?».

Jesús sonríe y dice: «Lázaro, has hecho ya mucho, y te lo agradezco; no te puedo confiar a este niño. Es “nuestro” niño; de todos nosotros; alegría de los apóstoles y del Maestro. Además, aquí crecería rodeado de lujo, mientras que Yo quiero ofrecerle como don mi manto regio: “la honesta pobreza”, la que el Hijo del hombre ha elegido para sí, para poder acercarse a las mayores miserias sin humillar a ninguno. Tú, recientemente, has recibido también un regalo mío...».

«¡Ah, sí! El anciano patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno».

«¿Dónde están ahora?, ¿en qué sitio?».

«¡Aquí, claro!, en Betania. ¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas? La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas. El anciano, dado que se ha emperrado en que quiere trabajar, le he destinado a los panales. Ayer — ¿verdad, hermana mía? — tenía una larga barba toda de oro. Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa barbaza, y les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz».

«¡Lo creo! ¡Bendito seas!» dice Jesús.

«Gracias, Maestro...

198.7

Pero... ese niño te costará... Permíteme al menos...».

«Ya me encargo yo de su vestido de fiesta» grita Pedro, y todos se echan a reír por la impulsividad del grito.

«Bien; pero necesitará otros indumentos. Simón, sé condescendiente, yo tampoco tengo hijos. Para mí y para Marta es una consolación encargarnos de hacer unos vestiditos: ¡concédenosla!».

Pedro, ante tan insistente súplica, se enternece enseguida y dice: «Los vestidos... sí... pero del del miércoles me encargo yo; me lo ha prometido el Maestro. Ha dicho que iré con su Madre a comprarlo mañana». Pedro dice todo por miedo a que haya algún cambio en perjuicio suyo.

Jesús sonríe y dice: «Sí, Madre; te ruego que vayas mañana con Simón. Si no, este hombre se me muere de angustia. Así le podrás aconsejar para escoger».

«Yo he dicho: túnica roja y cinturón verde. Estará muy bien. Mejor que con ese color que tiene ahora».

«Rojo irá muy bien. Jesús también fue vestido de rojo. Pero yo diría que iría mejor encima del rojo un cinturón rojo, o, al menos, bordado en rojo» dice dulcemente María.

«Yo decía el verde porque veo que Judas, que es moreno, está muy bien con esas franjas verdes encima de la túnica roja».

«¡Pero si no son verdes!» dice, riéndose, Judas Iscariote.

«¿No? ¿Y, entonces, de qué color son?».

«Este color se conoce con el nombre de “vena de ágata”».

«¡Y qué voy a saber yo? A mí me parecía verde. Ese color le he visto también en las hojas...».

María Stma. interviene benigna: «Simón tiene razón. Es el color exacto que toman las hojas con las primeras aguas de Tisri...».

«¡Eso es! Y, dado que las hojas son verdes, decía que era verde» termina diciendo, contento, Pedro.

La Dulce ha introducido paz y alegría también en esta pequeña cosa.

198.8

María pide que llamen al niño. Y éste viene enseguida, con Juan.

«¿Cómo te llamas?» pregunta María acariciándole.

«Soy... era Yabés, pero estoy esperando el nombre...».

«¿Estás esperándolo?».

«Sí, Yabés quiere un nombre que quiera decir que Yo le he salvado. Búscaselo, Madre; que sea un nombre de amor y salvación».

María se para a pensar un momento y dice: «Maryiam (Maarhciam). Eres la gotita en el mar de los salvados de Jesús. ¿Te gusta? Así seré recordada también yo además de la Salvación».

«Es muy bonito» dice contento el niño.

«Pero, ¿no es un nombre de mujer?» pregunta Bartolomé.

«Cuando esta gotita de Humanidad sea adulto, podréis cambiar su nombre por un nombre de hombre con una ele al final[1], en vez de la eme. Ahora lleva el nombre que le ha dado su Mamá. ¿No es verdad?».

El niño responde afirmativamente y María le acaricia.

La cuñada le dice: «Esta lana es de calidad — y toca el pequeño manto de Yabés —; pero... ¡el color!... Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?».

«Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar».

Marta dice: «¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos...».

Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada... pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado: «¿Podría venir conmigo Juan?».

«¡Pues claro!...».

Se marchan.

198.9

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan. Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista. Quién dice que está en Maqueronte, quién, que en Tiberíades. Los discípulos no han vuelto aún...

«Pero, ¿no le habían seguido?».

«Sí, pero, cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero, y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte. Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde le llevan. Ciertamente, no le abandonarán».

«Como tú tampoco, Isaac, me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo».

«Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana. Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros. Este año vienen todos; y estaremos con Jonatán».

«¿También los del Líbano».

«También. Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan».

«¿Sabes que vienen los de Jocanán?».

«¿De verdad? Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones. Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo».

«Espéralos para última hora, pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero».

«Yo también. Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para la vuelta».

198.10

Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.

«¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?».

Los dos hermanos se sonríen mutuamente.

Jesús dice: «Gracias, Marta».

«Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso... Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño... Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro».

La hermana le acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice: «¿Y tú no?». Se sonríen de nuevo.

«Ha sido providencial» observan muchos de los presentes.

«Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto».

La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio...

ECR 199.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

«Por ahora va bien así» dice el sirviente «luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima, y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!... ¡Ahora pareces el hijo del rey». Y el sirviente — que quizás es el barbero de la casa de Lázaro — le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.

«Ven que te visto» dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o lo que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.

«Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte» dice María acariciándole. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.

199.2

El primero en verle es Tomás: «¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco» dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y le coge de la mano y dice: «Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida».

Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres: «Aquí hay un jovencito que os estaba buscando» y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.

«¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así!» exclama María de Alfeo.

«¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.

«Jesús quiere confiárselo a los pastores...» objeta Tomás.

«¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. ¡Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?!: discutir — porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir... como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas —, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros... si no, malas caras... Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?... ¿Cómo te llamas?».

«Margziam».

«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».

«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.

«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».

Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».

«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».

Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».

«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».

«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

199.3

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

"¿Cómo te llamas?

- Marziam.

- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!

- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.

- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción en consonancia con lo que dicen Marie d'Alphée y Pierre en el resto del texto.

"Tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta cercanía queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta cercanía por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaban a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.

Tú, Simón, vas a acompañarme hasta tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Estáis todos libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos van a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora vamos a Ben Hinnom» dice Jesús.

«Maestro... quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní» dice Lázaro.

«Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo».

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice: «Maestro, le acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom».

«Bien, ve. Vamos».

Detalle

Jesús acaba de curar a unos leprosos en los sepulcros de Siloán.