Llegan a una placita secundaria. Judas dice: «¿Ves aquella casa sin ventanas que den a la calle y con aquella puertecita tan estrecha que parece una hendidura en la pared? Es la casa del batidor de oro Diomedes. Parece una casa pobre, ¿verdad? Sin embargo, allí dentro hay tanto oro como para comprar Jericó y... ¡ja! ¡ja!…». Judas ríe maligno... «y entre ese oro pueden encontrarse muchos collares de piedras preciosas y vajillas y... y también otras cosas de las personas más influyentes en Israel. Diomedes... ¡oh!, todos fingen no conocerle, pero todos le conocen, desde los herodianos hasta... bueno... hasta todos. En aquel muro liso, pobre, se podría escribir: “Misterio y Secreto”. ¡Si hablaran esas paredes!... ¡No ya escandalizarte, Juan, por la forma en que he negociado!... Es que tú... tú te morirías ahogado de estupor y de escrúpulo. Mejor dicho, mira, Maestro, no me mandes otra vez con Juan a tratar ciertos negocios. Por poco me hace que fracasara todo. No sabe cogerlas al vuelo, no sabe negar. Y con un lince como Diomedes hay que tener reflejos rápidos, y mostrarse seguro».
Juan dice en tono bajo: «¡Decías unas cosas, tan raras y tan... tan...! Sí, Maestro, no me des este encargo otra vez, yo sólo soy capaz de amar, yo…».
«Difícilmente necesitaremos otras ventas de este tipo» responde Jesús serio.
«Ahí está la posada. Ven, Maestro. Hablo yo porque... lo he hecho todo yo».
82.3 Entran y Judas habla con el dueño, el cual se encarga de que se lleve a las ovejas a una cuadra y luego acompaña personalmente a los huéspedes a una habitación pequeña en donde hay dos esteras, que serían las camas, unos asientos y una mesa preparada, luego se retira.
«Hablemos en seguida, Maestro, mientras los pastores se ocupan de dejar a las ovejas».
«Te escucho».
«Juan puede decir si soy sincero».
«No lo dudo. Entre hombres honestos no debe ser necesario juramento y testimonio. Habla».
«Llegamos a Jericó a la hora sexta. Estábamos sudados como animales de carga. No quise darle a Diomedes la impresión de tener necesidad urgente. Así, vine aquí antes, me refresqué perfectamente, me puse un vestido limpio, y esto mismo quise que hiciera él. ¡Oh, no quería saber nada de dejarse ungir y atusar el pelo!... ¡Y es que yo había hecho mi plan, mientras venía por el camino! Cercano ya el atardecer, digo: “Vamos”. Ya nos sentíamos descansados y frescos como dos ricachones en viaje de placer. Cuando estábamos para llegar adonde Diomedes, le digo a Juan: “Tú sígueme la corriente, no niegues y sé rápido en entender”. ¡Pero hubiera sido mejor haberle dejado fuera! No me ha ayudado en absoluto. Es más... ¡menos mal que yo soy vivo como dos y había pensado en todo!
De la casa salía el tasador. “¡Bien!”, digo, “si sale ése, habrá denarios y lo que quiero para comparar”. Porque el tasador, usurero y ladrón como todos los de su clase, tiene siempre joyas, arrancadas con amenazas y usura a los pobres desgraciados a los que tasa más de lo lícito para tener mucho de qué gozar en crápulas y mujeres; y es muy amigo de Diomedes, que compra y vende oro y carne... Me identifiqué y entramos. Digo “entramos” porque una cosa es pasar al vestíbulo, donde él finge trabajar honestamente el oro, y otra cosa es bajar al sótano, donde lleva a cabo los verdaderos negocios. Para poder bajar es necesario que él le conozca mucho a uno. Cuando me vio, me dijo: “¿Otra vez quieres vender oro? Estamos en un mal momento y tengo poco dinero”. Lo de siempre. Yo le respondo: “No vengo a vender, sino a comprar. ¿Tienes joyas de mujer? Pero bonitas, ricas, valiosas y de peso, de oro puro”. Diomedes se queda de una pieza y me pregunta: “¿Es una mujer lo que quieres?”. “No te preocupes — le respondo — no es para mí; es para este amigo mío que se va a casar y quiere comprar el oro para su amada”.
En ese momento Juan empezó a hacer el niño. Diomedes, que le estaba mirando, viendo que se ponía como la púrpura, dice — como viejo repugnante que es —: “¡Eh!, el muchacho con sólo oír nombrar a su novia entra en fiebre de amor. ¿Es muy guapa tu amada?” pregunta. Yo le doy una patada a Juan para espabilarle y hacerle entender que no se comportara como un estúpido. Pero respondió con un “sí” tan estrangulado que Diomedes se escamó. Entonces dije yo: “Si es guapa o no no tiene por qué interesarte, viejo; no estará nunca entre el número de las hembras por las que el infierno te poseerá. Es virgen honesta y pronto será honesta esposa. Saca tu oro. Yo soy el paraninfo y me han encargado ayudar al joven... yo, judeo y ciudadano”. “¿Él es galileo, verdad?” — ¡ese pelo siempre os traiciona! —. “¿Es rico?”. “Mucho”.
Entonces fuimos abajo y Diomedes abrió cofres y arcas. Di la verdad, Juan, ¿no parecía que estábamos en el Cielo ante todas aquellas gemas y objetos de oro? Collares, coronas, brazaletes, pendientes, redecillas de oro y piedras preciosas para el pelo, horquillas, fíbulas, anillos... ¡ah, qué esplendores! Con mucha gravedad elegí un collar más o menos como el de Áglae, y anillos, fíbulas, pulseras... todo como lo que tenía en la bolsa, y en número igual. Diomedes se maravillaba y preguntaba: “¿Todavía más? ¿Pero, quién es éste? ¿Y la novia quién es?, ¿una princesa?”. Cuando tuve todo lo que quería, dije: “¿El precio?”.
¡Oh, qué letanía de lamentos preparatorios, sobre los tiempos, sobre los impuestos, sobre los riesgos, sobre los ladrones! ¡Oh, qué otra letanía de aseguramientos de honestidad! Luego, ésta fue la respuesta: “Sólo porque se trata de ti, te diré la verdad, sin exageraciones; pero, menos de esto ni siquiera una dracma. Pido doce talentos de plata”. “¡Ladrón!” dije. Dije: “Vamos, Juan; en Jerusalén encontraremos alguno menos ladrón que éste”. Y fingí que me marchaba. Vino tras mí corriendo. “Mi gran amigo, mi estimadísimo amigo, ven, escucha a este pobre siervo tuyo. Menos no puedo. Realmente no puedo. Mira, hago verdaderamente un esfuerzo y me arruino; lo hago porque tú me has ofrecido siempre tu amistad y me has hecho hacer buenos negocios. Once talentos, eso es. Es lo que yo daría si tuviera que comprar este oro a uno que pasa hambre. Ni una perra menos. Sería como sacar la sangre de mis viejas venas”. ¿Verdad que decía esto? Hacía reír y daba náuseas.
Cuando le vi bien firme sobre el precio destapé mis cartas. “Viejo sucio, sabe que no comprar, sino vender, quiero. Esto quiero vender. Mira: es precioso como lo tuyo. Oro de Roma y de forma nueva. Te lo quitarán de las manos. Es tuyo por once talentos; lo que has pedido por esto. Tú lo has valorado. Paga”. ¡Uh, entonces!... “¡Es una traición! ¡Has traicionado mi estima en ti! ¡Tú eres mi ruina! ¡No puedo darte tanto!” gritaba. “Lo has valorado tú. Paga”. “No puedo”. “Mira que se lo llevo a otros”. “No, amigo” y alargando sus manos aduncas las metía en el montón de joyas de Áglae. “Pues entonces paga: debería querer doce talentos, pero me conformo con lo último que has pedido”. “No puedo”. “¡Usurero! Ten en cuenta que aquí tengo un testigo y te puedo denunciar como ladrón...”, y le mencioné también otras virtudes, que no repito por este muchacho...
En fin, dado que me urgía vender y actuar con rapidez, le dije una cosa, una cosa que quedaba entre él y yo y que no mantendré... Pero, ¿qué valor tiene una promesa hecha a un ladrón? Y concluí con diez talentos y medio. Nos marchamos entre llantos y propuestas de amistad y... de mujeres. Y Juan... poco más y se hecha a llorar. Pero, ¿qué te importa que te consideren un vicioso? Es suficiente con que no lo seas. ¿No sabes que el mundo es así y que tú eres un aborto del mundo? ¿Un joven que no conoce el sabor de la mujer? ¿Quién quieres que te crea? O, si te creen... ¡yo no quisiera que pensaran de mí lo que puede pensar de ti quien considere que no estás deseoso de una mujer!
Aquí está, Maestro. Cuéntalo Tú mismo. Tenía un montón de denarios, pero me pasé por donde el tasador y le dije: “Toma esta basura tuya y dame los talentos que te ha entregado Isaac” — porque, como última cosa, supe también esto, una vez hecho el trato —.
82.4 No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: “Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello”. Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal».
«¿Qué te dijo?» pregunta Simón con indiferencia.
«Me dijo: “¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer”. Me dijo: “Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así”. ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?».
«Y, como buen griego, dice muchas verdades».
«¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?».
«No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás».
«Pero no conoce a Dios».
«Y tú... querrías dárselo a conocer…».
«Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios».
«Es cierto. Pero el maestro debe conocerle para darle a conocer».
«¿Y yo no le conozco?».
«Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».
82.5 Entran los pastores.
«Amigos, aquí hay diez talentos y medio, faltan sólo cien denarios; Judas se ha quedado con ellos para los gastos de alojamiento. Tomad».
«¿Los entregas todos?» pregunta Judas.
«Todos. No quiero ni una perra de ese dinero. Nosotros tenemos el óbolo de Dios y de los que honestamente buscan a Dios... y nunca nos faltará lo indispensable. Créelo. Tomad y alegraos como Yo me alegro, por el Bautista. Mañana os dirigiréis a su prisión. Dos, o sea, Juan y Matías. Simeón con José irán adonde Elías a dar noticias y a instruirse para el futuro. Elías ya sabe. Luego José volverá con Leví. El lugar de encuentro es dentro de diez días junto a la Puerta de los Peces, en Jerusalén, a la hora prima. Y ahora comamos y descansemos. Mañana, de madrugada, parto con los míos. No tengo nada más que deciros por ahora. Más adelante sabréis de mí».
Y todo se desvanece en el momento en que Jesús parte el pan.