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Notas del tema

La Iglesia católica

Página 25 de 274

Comodidad de lectura

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ECR 26.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.

ECR 26.8-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. Él vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros — cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo real­mente era cuando le llegó la hora de saberlo.

26.9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman».

Detalle

María acaba de ver la escena en la que José pide perdón a María.

ECR 26.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros — cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo!

ECR 26.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros — cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo real­mente era cuando le llegó la hora de saberlo.

Detalle

María establece las condiciones esenciales para agradar a Dios y acoger su venida continua a nuestros corazones.

Palabras clave

ECR 26.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman».

ECR 27

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : El edicto del censo. Enseñanzas sobre el amor al marido y la confianza en Dios.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 4 de junio de 1944

Calendario: Domingo 17 de noviembre 5 d.C.

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está en casa. Su embarazo está muy avanzado. María lo describe y explica que así se verá en su cuerpo glorificado. Luego retoma el relato y llega José. Sonríe a su esposa, pero está preocupado. María se da cuenta, y él le explica que se acaba de publicar un edicto. Él estaba preocupado por María, que tendría que hacer el viaje, pero la Virgen pensaba en las Sagradas Escrituras y sentía que el nacimiento tendría lugar allí. Confió sus pensamientos a José, que se alarmó y preocupó aún más, y ella le tranquilizó, diciéndole que confiara en Dios. Al escucharla, José se tranquilizó, sonrió y decidió ponerse manos a la obra en el viaje que tenía por delante.

Contenido del capítulo: 27.1: El avanzado embarazo de María y su eterna juventud. 27.2: Se publica el edicto: hay que ir a Belén. 27.3: Allí nacerá el Mesías. 27.4: José vuelve a sonreír. 27.5: Lo que pesa sobre los hombros de los novios respectivamente. 27.6: La confianza en Dios resume las virtudes teologales. 27.7: Nada puede suceder sin el permiso de Dios.

ECR 27.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

27.1 De nuevo veo la casa de Nazaret, la pequeña habitación en que María habitualmente come. Ahora Ella está trabajando en una tela blanca. La deja para ir a encender una lámpara, pues está atardeciendo y no ve ya bien con la luz verdosa que entra por la puerta entornada que da al huerto. Cierra también la puerta.

Observo que su cuerpo está ya muy engrosado, pero sigue viéndosela muy hermosa. Su paso continúa siendo ágil; todos sus movimientos, donosos. No se ve en Ella ninguna de esas sensaciones de peso que se notan en la mujer cuando está próxima a dar a luz a un niño. Sólo en el rostro ha cambiado. Ahora es “la mujer”. Antes, cuando el Anuncio, era una jovencita de carita serena e ingenua (como de niño inocente). Luego, en la casa de Isabel, cuando el nacimiento del Bautista, su rostro se había perfeccionado, adquiriendo una gracia más madura. Ahora es el rostro sereno, pero dulcemente majestuoso, de la mujer que ha alcanzado su plena perfección en la maternidad.

Ya no recuerda a esa “Virgen de la Anunciación” de Florencia que usted tanto aprecia, padre. Cuando era niña, yo sí que la veía reflejada en ella. Ahora el rostro es más alargado y delgado; el ojo, más pensativo y grande. En pocas palabras: como es María actualmente en el Cielo. Porque ahora ha asumido el aspecto y la edad del momento en que nació el Salvador.

Tiene la eterna juventud de quien no sólo no ha conocido corrupción de muerte, sino que ni siquiera ha conocido el marchitamiento de los años. El tiempo no ha tocado a esta Reina nuestra y Madre del Señor que ha creado el tiempo. Es verdad que en el suplicio de los día­s de la Pasión — suplicio que para Ella empezó muchísimo antes, podría decir que desde que Jesús comenzó la evangelización — se la vio envejecida, pero tal envejecimiento era sólo como un velo corrido por el dolor sobre su incorruptible cuerpo. Efectivamente, desde cuando Ella vuelve a ver a Jesús, resucitado, torna a ser la criatura fresca y perfecta de antes del suplicio: como si al besar las santísimas Llagas hubiera bebido un bálsamo de juventud que hubiese cancelado la obra del tiempo y, sobre todo, del dolor. También hace ocho días, cuando he visto la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, veía a María “hermosísima y, en un instante, rejuvenecida”, como escribía; ya antes había escrito: “Parece un ángel azul”. Los ángeles no experimentan la vejez. Poseen eternamente la belleza de la eterna juventud, del eterno presente de Dios que en sí mismos reflejan.

La juventud angélica de María, ángel azul, se completa y alcanza la edad perfecta — que se ha llevado consigo al Cielo y que conservará eternamente en su santo cuerpo glorificado, cuando el Espíritu pone el anillo nupcial a su Esposa y la corona en presencia de todos — ahora, y no ya en el secreto de una habitación ignorada por el mundo, con un arcángel como único testigo.

He querido hacer esta digresión porque la consideraba necesaria. Ahora vuelvo a la descripción.

María, pues, ahora ya es verdaderamente “mujer”, llena de dignidad y donaire. Incluso su sonrisa se ha transformado, en dulzura y majestad. ¡Qué hermosa está María!

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Descripción física de Marie

ECR 27.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entra José. Da la impresión de que vuelve del pueblo, porque entra por la puerta de la casa y no por la del taller. María levanta la cabeza y le sonríe. También José le sonríe a Ella... no obstante, parece como si lo hiciera forzado, como quien estuviera preocupado. María le observa escrutadora y se levanta para coger el manto que José se está quitando, para doblarlo y colocarlo encima de un arquibanco.

José se sienta al lado de la mesa. Apoya en ella un codo y la cabeza en una mano mientras con la otra, absorto, se peina y despeina alternativamente la barba.

«¿Estás preocupado por algo?» pregunta María. «¿Te puedo servir de consuelo?».

«Tú siempre me confortas, María. Pero esta vez es una gran preocupación... por ti».

«¿Por mí, José? ¿Y qué es, pues?».

«Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga. Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén...».

27.3 «¡Oh!» interrumpe María, llevándose una mano al pecho.

«¿Te preocupa, verdad? Es penoso. Lo sé».

«No, José, no es eso. Pienso... pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella, el Salvador. Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo: “Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”, el Dominador prometido a la estirpe de David; Él nacerá allí...».

«¿Piensas... piensas que ya ha llegado el momento? ¡Oh! ¿Qué podemos hacer?». José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión.

Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre. Sé compasiva con él, alma mía, y guíale a la visión de espíritu». Y su bondad la impulsa a tranquilizarle. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación, le dice: «No sé, José. El momento está muy cercano, pero, ¿no podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? Él todo lo puede. No temas».

«¡Pero el viaje!... Y además, ¡con la cantidad de gente que habrá!... ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver? Y si... si eres Madre allí, ¿cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa... No conocemos a nadie...».

«No temas. Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en Él, ¿no es verdad? Siempre confiamos en Él. Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre. Él nos guía. Estamos completamente abandonados en Él. Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor. Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero. Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder. Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios? Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén. Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria. Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho — y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar — he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí, y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo... ¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz! Fíjate, José, ¡un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor? ¡Oh, no tengas miedo, José! Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey. Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedernos: Dios está con nosotros».

27.4 José la mira y la escucha beato. Las arrugas de la frente se alisan, la sonrisa vuelve. Se pone en pie, ya sin cansancio y sin pena. Sonríe. «¡Bendita tú, Sol del espíritu mío! ¡Bendita tú, que sabes ver todo a través de la Gracia que te llena! No perdamos tiempo, pues, porque hay que partir lo antes posible y... volver cuanto antes, porque aquí todo está preparado para el... para el...».

«Para el Hijo nuestro, José. Tal debe ser a los ojos del mundo, recuérdalo. El Padre ha velado de misterio esta venida suya, y nosotros no debemos descorrer el velo. Él, Jesús, lo hará, llegada la hora...».

La belleza del rostro, de la mirada, de la expresión, de la voz de María al decir este «Jesús» no es describible. Es ya el éxtasis, y con este éxtasis cesa la visión.

ECR 27.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre. Sé compasiva con él, alma mía, y guíale a la visión de espíritu».

Detalle

Cuando te enfrentas a un alma impregnada de sentido común humano, puedes pensar para tus adentros.

ECR 27.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia. Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.