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Notas del tema

Biblia, tradición y textos sagrados - Antiguo y Nuevo Testamento

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ECR 75.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

Detalle

Elías describe a Jesús como un niño con sus propias palabras,

ECR 75.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

Detalle

Jesús viene a ver a los pastores de Belén. El mayor, Elías, le pregunta:

ECR 75.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».

«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.»

ECR 75.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y mis hijos?».

«Ángeles, Elías. Ángeles que repetirán el “Gloria” cuando el Salvador sea coronado».

«¿Rey?».

«No. Redentor. ¡Oh, cortejo de justos y santos! ¡Y delante las falanges blancas y purpúreas de los párvulos mártires! Una vez abiertas las puertas del Limbo, subiremos juntos al Reino inmortal. ¡Y luego iréis vosotros y volveréis a encontrar padres, madres e hijos en el Señor! Creed».

«Sí, Señor».

Detalle

Elías había perdido a sus hijos en la masacre de los Inocentes. Le pregunta al Maestro qué será de ellos.

ECR 75.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Os llamaré a otro lugar. No os abandonaré».

«¿Durante toda la vida?».

«Durante toda mi vida».

«No. Antes moriré yo, Maestro. Soy viejo».

«¿Tú crees? Yo no. Uno de los primeros rostros que vi fue el tuyo, Elías. Uno de los últimos será. Me llevaré conmigo en mi pupila tu rostro desencajado a causa del dolor por mi muerte. Pero luego será el tuyo el que lleve en el corazón lo radiante de una mañana triunfal, y con él esperarás la muerte... La muerte: el encuentro eterno con el Jesús que adoraste cuando era pequeñito. También entonces los ángeles cantarán el Gloria: “por el hombre de buena voluntad”».

Detalle

Jesús habla con Elías, Leví y José y tiene un intercambio con Elías sobre su futuro.

ECR 76.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.2 Los muertos ya no sufren, cuando son justos. (...) Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas. Los huesos, ¿qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más. También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre. Sólo el hombre, rey de la creación, tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos, y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello; hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo. La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo. Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como — y mucho más que — en la Tierra, sino que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra: los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías; los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José. Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes. Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba... En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos. Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros, al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes. ¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros... Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne. Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros. Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será, Amor que os ama y os enseña a amar...

ECR 76.4-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu presencia, pero sin entrar en el pueblo?».

«Sí, así lo deseo».

«Entonces conviene que nos separemos. Yo iré a verle, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos».

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que, arriba, muestran su blancura resplandeciendo al sol. Creo seguirle. Ahí está, ante las primeras casas. Entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros. Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que le lleva a una plaza.

No he dicho que todo esto sucede durante las primeras horas de la mañana. Lo digo ahora para explicar que en la plaza está todavía el mercado, y que amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser calle; una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo. En la esquina hay una mísera casucha (mejor: una habitación con la puerta abierta). Casi en la puerta, una cama de pobre aspecto, y encima de ella un esquelético enfermo que, gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete. «Isaac... soy yo».

«¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna».

«Isaac... Isaac... ¿Sabes por qué he venido?».

«No lo sé... Estás emocionado... ¿Qué sucede?».

«He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre, y rabí. Ha venido a buscarme... y quiere vernos. ¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?».

Isaac parece amortecerse, pero toma nuevas fuerzas. «No. La noticia...» dice, «¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verle!».

«Está abajo, hacia el valle. Me manda a hablarte en estos términos, exactamente en éstos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”. Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo».

«¿Ha dicho eso?».

«Eso. Pero, ¿qué haces?».

«Me pongo en camino».

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón, las apoya con fuerza en el suelo, se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante. Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías... que acaba entendiendo y da un grito...

Se asoma una mujercita curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas, y se echa a correr gritando como una gallina.

«Vamos... vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente... Rápido, Elías».

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior, empujan la puerta de ramas secas; están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos, y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

76.5

«Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?».

«¡Oh, Señor!».

«Llámame Maestro».

«Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte. ¿Cómo he podido obtener de ti tanta gracia?».

«Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido...».

«¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a ti! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real... Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿verdad?».

«Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto... Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir.

76.6

¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?».

«¡No voy a servir!».

«¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?».

«Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga».

Jesús sonríe. «¿Ves como eres capaz de ser discípulo?».

«¡Oh, si sólo es para hacer esto!... Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes... E ir a aprender cuando se es anciano...» — efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.

«Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac».

«¿Yo? No».

«Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase? ¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?».

«Sí, Maestro».

«¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer».

«Ya te he predicado, Señor Jesús. A los niños que se acercaban cuando, sin apenas poder tenerme en pie, llegué a este pueblo pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos, y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo. Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos... Los niños son buenos y creen siempre... Hablaba de cuándo habías nacido... de los ángeles... de la Estrella y de los Magos... y de tu Madre... ¡Dime!: ¿vive?».

«Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros».

«¡Quién pudiera verla!».

«La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”».

«María... sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca...»

ECR 76.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.5 «Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando.».

Detalle

Jesús acaba de curar a Isaac a distancia, e Isaac corre a su encuentro.

Palabras clave

ECR 76.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.6 ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?».

«¡No voy a servir!».

«¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo?, ¿confesarlo contra las burlas y las amenazas?, ¿y decir que Yo te he llamado y has venido?».

«Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga».

Jesús sonríe. «¿Ves como eres capaz de ser discípulo?».

«¡Oh, si sólo es para hacer esto!... Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a ti, Rabí de los rabíes... E ir a aprender cuando se es anciano...» — efectivamente, el hombre tiene al menos cincuenta años.

«Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac».

«¿Yo? No».

«Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías? ¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase? ¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?».

«Sí, Maestro».

«¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer».

Detalle

Jesús le pide a Isaac que le siga y sea su discípulo, pero Isaac piensa que no sabrá actuar correctamente.