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Notas del tema

La Virgen María en el Evangelio tal como me fue revelada

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Comodidad de lectura

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ECR 6.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

6.6 Dice Jesús:

«Salomón pone en boca de la Sabiduría estas palabras: “Quien sea niño venga a mí”. Y verdaderamente, desde la roca, desde los muros de su ciudad, la eterna Sabiduría le decía a la eterna Niña: “Ven a mí”. Se consumía por tenerla. Pasado un tiempo, el Hijo de la Doncella purísima dirá: “Dejad que los niños vengan a mí, porque el Reino de los Cielos es de ellos, y quien no se haga como ellos no tendrá parte en mi Reino”. Las voces se buscan recíprocamente y, mientras la voz proveniente del Cielo grita a la pequeñuela María: “Ven a mí”, la voz del Hombre dice: “Venid a mí si sabéis ser niños”, y al decirlo piensa en su Madre.

Os doy el modelo en mi Madre.

Ella es la perfecta Niña con corazón de paloma sencillo y puro, Aquélla a quien ni los años ni el contacto con el mundo enrudecen bárbaramente, corrompiendo su espíritu o haciéndole tortuoso o mentiroso. Porque Ella no lo quiere. Venid a mí mirando a María.

6.7 ­Tú, que la ves, dime: ¿su mirada de infante es muy distinta de la que viste al pie de la Cruz; o en el júbilo de Pentecostés; o en la hora en que los párpados cubrieron su ojo de gacela para el último sueño? No. Aquí se trata de la mirada incierta y atónita del infante; luego se tratará de esa mirada atónita y verecunda de la Virgen de la Anunciación, o beata como la de la Madre de Belén, o adoradora, como la de mi primera, sublime Discípula; luego será la mirada lastimera de la Torturada del Gólgota, o radiante, como en la Resurrección y en Pentecostés; luego será esa mirada velada: la del extático sueño de la última visión. Pero, ya se abra para ver por primera vez, ya se cierre, cansado, con la última luz, habiendo visto tanto gozo y tanto horror, este ojo es ese apacible, puro, sosegado trocito de cielo que resplandece siempre igual bajo la frente de María. Ira, mentira, soberbia, lujuria, odio, curiosidad, no lo ensucian jamás con sus fumosas nubes.

Es el ojo que mira a Dios con amor, ya llore, ya ría, y que por amor a Dios acaricia y perdona, y todo lo soporta; el amor a su Dios le ha hecho inmune a los asaltos del Mal, que muchas veces se sirve del ojo para penetrar en el corazón; es el ojo puro, tranquilizante, bendecidor que tienen los puros, los santos, los enamorados de Dios.

Ya lo dije: “El ojo es luz de tu cuerpo. Si el ojo es puro, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si el ojo es túrbido, toda tu persona estará en las tinieblas”. Los santos han tenido estos ojos, que son luz para el espíritu y salvación para la carne, porque, como María, durante toda su vida sólo han mirado a Dios; o, más aún, han tenido recuerdo de Dios.

Ya te explicaré, pequeña voz, el sentido de estas palabras mías».

Anotación

Más tarde, el Hijo del Niño diría: "Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos; el que no es como ellos no tiene parte en mi reino. " Jesús dijo esto en EMV 378.8 y en Mateo 19, 14-15, Marcos 10, 13-14 y Lucas 18, 15-17.

Lodije en Mateo 6, 22-23(EMV174,9) y Lucas 11, 34-35(EMV 413,7).

Evangelio de Mateo 6, 22-23 y 19, 14-15

Mt 6, 22-23 : La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará en la luz; pero si tu ojo está mal, todo tu cuerpo estará en la oscuridad. Por eso, si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡qué grandes serán las tinieblas!

Mt 19, 14-15 : Jesús les dijo: "Dejad en paz a estos niños y no les impidáis que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos es para los que son como ellos. " 15Y, imponiéndoles las manos, siguió su camino.

Evangelio de Lucas 11, 34-35 y 18, 15-17

Lc 11, 34-35 : La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará a la luz; si está malo, también tu cuerpo estará en tinieblas.

Lc 18, 15-17 : Algunas personas le traían también sus niños pequeños para que los tocara; al ver esto, sus discípulos les reñían. Pero Jesús, llamando a los niños, les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. En verdad os digo que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. "

Evangelio de Marcos 10, 13-14

Mc 10, 13-14 : Le traían niños pequeños para que los tocara. Pero los discípulos reprendieron a los que los traían. Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el Reino de los Cielos es de los que son como ellos."

ECR 7.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.1 ­Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza la pérgola umbrosa; dedicada a un trabajo de costura. Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que parece que hace.

En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo. Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja; y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.

De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente. Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos. Tiene ya esbozado su dulce paso ligeramente ondulante de paloma, y está toda blanca, como una palomita, con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos regordetes. Con su pelito sérico y rubio-miel, no muy rizado pero sí todo él formando suaves ondas que en el extremo terminan en un leve ensortijado, con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente, parece un pequeño ángel. El vientecillo que le entra por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel cuando despliega las alas para el vuelo.

Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla. Ana ha depositado al lado el trabajo que estaba haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.

Anotación

Primer libro de los Reyes 8, 1-5

1 Reyes 8, 1-5: Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de las tribus, a los jefes de las familias de los hijos de Israel, para ir a buscar el Arca de la Alianza del Señor a la ciudad de David, es decir, a Sión. Todos los hombres de Israel se reunieron bajo el rey Salomón en el mes séptimo, durante la fiesta de los Tabernáculos. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes se hicieron cargo del Arca. Tomaron el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro con todos los objetos sagrados que había en ella; los sacerdotes y los levitas los llevaron. El rey Salomón y, con él, todo el pueblo de Israel al que había convocado para estar con él ante el Arca ofrecieron ovejas y bueyes como sacrificios: eran tantos que no se podían contar ni medir.

ECR 7.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hasta este punto, ayer por la tarde; hoy por la mañana se ha vuelto a presentar y continúa así:

«¡Mamá! ¡Mamá!». La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno. Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.

7.2 ­Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.

Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor... ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!...

Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.

Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.

Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor.

En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes, y que ha nacido allí, junto al fontanar — se la ha cogido su papá de entre las espinas —, está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya, muchos años — ¡oh, cuántos, cuántos antes¡ — muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.

«Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo» termina así la boquita de María.

«¡Tesoro mío! ¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?».

«No. No sé quién es. Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo. Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. »

Anotación

Primer libro de los Reyes 8, 1-5

1 Reyes 8, 1-5: Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de las tribus, a los jefes de las familias de los hijos de Israel, para ir a buscar el Arca de la Alianza del Señor a la ciudad de David, es decir, a Sión. Todos los hombres de Israel se reunieron bajo el rey Salomón en el mes séptimo, durante la fiesta de los Tabernáculos. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes se hicieron cargo del Arca. Tomaron el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro con todos los objetos sagrados que había en ella; los sacerdotes y los levitas los llevaron. El rey Salomón y, con él, todo el pueblo de Israel al que había convocado para estar con él ante el Arca ofrecieron ovejas y bueyes como sacrificios: eran tantos que no se podían contar ni medir.

ECR 7.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.3 Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

7.4 ­­«Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto».

«Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?».

«Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a Él».

«¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes?; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”».

«No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo... Yo seré compañera suya... y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!... ¡¡Servir al Mesías!!...». María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi. Y sigue diciendo: «¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?».

«No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”? En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor».

«¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre... Esto es lo que quiero...

Detalle

María está con su madre y le pide que le cuente una historia de la Sagrada Escritura.

Anotación

"De nuevo, la palabra de Gabriel a Daniel, aquella en la que se nos promete a Cristo". Daniel 9, 20-27. Esta palabra profética se interpretará en EMV 10.5 y EMV 41.3/4.

Libro de Daniel 9, 20-27

Daniel 9, 20-27: Todavía estaba hablando, orando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, elevando mi súplica ante el Señor, mi Dios, por el monte santo de mi Dios; todavía estaba hablando en mi oración cuando Gabriel -el ser que había visto al principio de la visión- vino velozmente a mí a la hora de la ofrenda vespertina.

Me instruyó diciendo: "Daniel, he salido ahora para abrir tu entendimiento. Desde el principio de tu súplica, ha surgido una palabra, y he venido a anunciártela, pues eres amado por Dios. Comprended la palabra y procurad comprender la aparición.

Setenta semanas han sido reservadas para tu pueblo y tu ciudad santa, para poner fin a la perversidad y acabar con el pecado, para expiar la iniquidad y realizar la justicia eterna, para cumplir la visión y la profecía, y para consagrar el Santo de los Santos.

¡Conócelo y compréndelo! Desde el momento en que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la venida de un mesías, un líder, habrá siete semanas. Durante sesenta y dos semanas, reconstruirán las plazas y los muros, pero será en la angustia de los tiempos. Y despues de las sesenta y dos semanas, un mesias sera removido. El pueblo de un futuro líder destruirá la ciudad y el Lugar Santo. Entonces, en una inundación, su fin vendrá. Hasta el final de la guerra, las devastaciones decidido tendrá lugar. Durante una semana, este gobernante reforzará el pacto con una multitud; durante la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y en un ala del Templo estará la Abominación de la Desolación, hasta que el exterminio decidido se derrita sobre el autor de esta desolación."

ECR 7.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.5 Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor... Dime, mamá, ¿puede una ser pecadora por amor a Dios?».

«Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo».

«Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase. ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?».

Ana está atónita. No sabe ya qué decir.

Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos. «Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres» dice Joaquín.

«¿Sí, padre mío?». María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.

«Verdaderamente, pequeño amor. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?».

«Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada».

«Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras».

«Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos... Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor, y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”.

Detalle

María de niña ha decidido ser virgen por amor a Dios, y espera ser la esclava de la Madre de Dios. Luego añade:

Anotación

¿Se puede ser pecador por amor a Dios? (...) ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo a mí mismo?

Esta relación paradójica entre el pecado y el amor agradecido al Redentor se encuentra en el Exultet de Pascua: ¡Bendito el pecado del hombre, que ha traído al mundo en angustia al único Salvador!

San Pablo también cultiva esta paradoja por amor a sus hermanos: Yo mismo quisiera ser anatema de los judíos, mis hermanos de raza, separados de Cristo (Romanos 9,3).

ECR 7.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?».

«Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?».

«¡Mucho! Pero tú vendrás... y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?».

«¿Y te vas a acordar de nosotros?».

«Siempre. Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida... hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo».

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre...

ECR 7.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.7 ­Dice Jesús:

«Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: “¿Cómo puede hablar así una niña que no ha cumplido aún tres años? Es una exageración”. Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan de mí una imagen monstruosa.

La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la edad de responsabilidad de las acciones, porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, al menos rudimentariamente, el bien y el mal. Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una razón ya suficientemente desarrollada. Que las pequeñas Imelde Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os proporcionen una base para creer — ¡oh, doctores difíciles! — que mi Madre podía pensar y hablar así. Sólo he considerado cuatro nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o menos años, han venido a poblar mi Paraíso.

7.8 ­¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera. Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona. La razón y la inteligencia fueron gracias otorgadas por Dios al Hombre en el Paraíso Terrenal. ¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y operante, en el espíritu de los dos Primeros!

En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: “Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes de los siglos”. ¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubieran conservado su filiación para con Dios?

Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber venido a menos en la Gracia y en la honestidad. Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría. Cual estrella fugaz que se oculta tras nebulosidades de kilómetros, la Sabiduría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos, sino sólo a través de neblinas cada vez más oprimentes a causa de vuestras prevaricaciones.

Luego ha venido el Cristo y os ha vuelto a dar la Gracia, don supremo del amor de Dios. Pero ¿sabéis custodiar limpia y pura esta gema? No. Cuando no la rompéis con la voluntad individual de pecar, la ensuciáis con continuas culpas menores, con debilidades, o gravitando hacia el vicio (y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el septiforme vicio, debilita la luz de la Gracia y su actividad). Luego, además, siglos y siglos de corrupciones — que, deleté­reas, repercuten en lo físico y en la mente — han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros.

7.9 ­Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios, era la super-Eva, era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.

“Fuente de la Sabiduría” dice Jesús Bar Sirac “es el Verbo”. ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de su Madre?

Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos, ¿no va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que debía llevar en sí la Palabra, a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?

El milagro no está en el hecho de que María — como luego Yo — mostrara en edad infantil una inteligencia superior. El milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita — que en Ella moraba — en los diques convenientes para no pasmar a las multitudes y para no despertar la atención satánica.

En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese “recordarse” que los santos tienen de Dios».

Detalle

Dictado pronunciado después de que María haya visto un episodio de la infancia de María, en el que ésta muestra una viva inteligencia y recuerda textos bíblicos que relata como si hubiera estado allí. María exclama: "¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las enseñó? ¿Tu padre?" "No. No sé quién. Siento como si siempre las hubiera sabido. Pero tal vez sea alguien que me las dice pero yo no puedo ver. Tal vez sea uno de los ángeles que Dios envía para hablar a la gente buena". Y Jesús comenta este episodio.

ECR 8.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

­Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén.

Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y arrollada en un ligerísimo tejido que, por sus dibujos, de ramas y flores, más opacos que el tenue fondo, creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación. Lo único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.

El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las partes del velo no adamascadas. Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene — obviamente hecho por su mamá — unas pequeñas azucenas bordadas en plata.

El vestido — como he dicho, blanquísimo — le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar. Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve.

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro.

Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

8.2

­Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

«¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!». dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: «Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

«No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — ... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...».

«Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿ver­dad?».

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo: «A los justos la paz del Señor».

«Sí — dice Joaquín —, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo».

«Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no transpasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo!

8.3

La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo — puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías —, no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Eliseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero... bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?...». — Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María. Luego prosigue diciendo: «También yo velaré por Ella. Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla...».

«¡Oh, claro! Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno».

8.4

­Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta: «¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has hilado más muselina?».

«Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar... Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades eco­nómicas son mucho menores... No me era lícito hacer gastos onerosos. Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después... porque creo que no seré yo quien la vista para la boda... Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia».

«¡Oh, por qué tienes que pensar así?».

«Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora... y ahora... el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa».

«No digas eso. Queda Joaquín».

«Tienes razón. Trataré de vivir para mi marido».

Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

«Estamos entre tercia y sexta. Creo que sería conveniente ponernos en marcha» dice Zacarías.

Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.

8.5

Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante: «¡Padre, Madre, vuestra bendición!».

No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno singulto, presenta más que nunca el tembloroso gemido de una tortolita. La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que — más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento — veré en el Calvario y ante el Sepulcro.

Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla... Isabel llora en silencio. Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido.

Salen. María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer...

Ahora están dentro del recinto del Templo. «Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza».

Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos... Ya están al pie del vasto cubo de mármol coronado de oro. Cada una de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol, que cae a plomada, ahora que es aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la solemne edificación, y llena el vasto espacio abierto y la amplia escalinata que conduce al Templo. Sólo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, está en sombra, y la puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.

Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres. ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres! Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.

8.6

­Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla — recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los diáconos — multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro; y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).

El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.

Luego... una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo... Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?

Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta:

«María de David, ¿conoces tu voto?». Ante el «sí» argentino que le responde, él grita: «Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta».

Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan... Ya no se la ve...

La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.

Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único: «¡María! ¡Hija!». Luego dos gemidos invocándose mutuamente: «¡Ana, Joaquín!». Luego, como final: «Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por sus caminos».

Y todo termina así.

ECR 8.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.1 ­Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén.

Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y arrollada en un ligerísimo tejido que, por sus dibujos, de ramas y flores, más opacos que el tenue fondo, creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación. Lo único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.

El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las partes del velo no adamascadas. Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene — obviamente hecho por su mamá — unas pequeñas azucenas bordadas en plata.

El vestido — como he dicho, blanquísimo — le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar. Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve.

Detalle

Descripción física de María cuando entró en el Templo a la edad de tres años.

Palabras clave

ECR 8.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.1 ­Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén. (...)

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro.

Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

Detalle

Descripción física de Ana y Joaquín cuando María entra en el Templo a la edad de tres años.