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ECR 189

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: À Naïm. Resurrección del hijo de una viuda.

Fecha de la visión: Jueves 14 de junio de 1945.

Calendario: viernes 17 de marzo 28 (4 Nissan 3788)

Localización (mapa) : Naïm

Ciclo: El segundo viaje de Pascua

Resumen: Jesús llega a Naïm. Los habitantes de En-Dor le siguen. Se encuentran con un cortejo fúnebre. Los apóstoles intentan adivinar quién ha muerto, y suponen que se trata de un niño o de una virgen, pero acaban entendiendo que es un joven adulto. Los discípulos se conmueven ante el dolor de la pobre viuda que ha perdido a su hijo. Jesús, profundamente amable, se acerca a la comitiva, lo que provoca una reacción virulenta de la desconsolada madre. El Maestro la calmó y le pidió que pusiera la litera en el suelo. Obedecieron y realizó un milagro: el muerto resucitó. Esto provocó un revuelo en la multitud, que le impidió marcharse. Al ver esta feliz procesión, Jesús llora, pensando en la futura desolación de su Madre.

La Madre bendice finalmente al Señor con su hijo, y el Maestro puede por fin marcharse. El jefe de la sinagoga intenta impedírselo, pero Cristo le dice que debe continuar su camino. Finalmente promete volver.

Contenido del capítulo: 189.1: Al acercarse a Naín, un cortejo fúnebre sale de las murallas de la ciudad. 189,2: Jesús, conmovido por el dolor de la madre, resucita al joven. 189.3: El joven, todavía vendado, llama a su madre. 189.4: Jesús tiene lágrimas en los ojos al pensar en su propia Madre. 189.5: Jesús promete al jefe de la sinagoga que volverá.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 50.

ECR 189.1-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

El breve coloquio llama de nuevo la atención de la mujer hacia su Benefactor. Coge a su hijo de la mano, sujetándole, porque es como uno que tuviera todavía entumecidos los miembros, y, arrodillándose, dice: «Tú también, hijo mío, bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre» y se inclina para besar la túnica de Jesús. Mientras, la muchedumbre alaba jubilosa a Dios y a su Mesías (ya le conocen como tal porque los apóstoles y los habitantes de Endor se han encargado de decir quién es el que ha obrado el milagro).

El gentío prorrumpe en alabanzas: «¡Bendito sea el Dios de Israel! ¡Bendito sea el Mesías, su Enviado! ¡Bendito sea Jesús, Hijo de David! ¡Un gran Profeta se ha alzado en medio de nosotros! ¡Verdaderamente Dios ha visitado a su pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!».

189.5

Por fin Jesús puede librarse de la apretura de la gente y entrar en la ciudad. Pero la muchedumbre le sigue, le persigue, con amor exigente.

Se acerca un hombre, que saluda con toda reverencia. «Te ruego que te alojes en mi casa».

«No puedo: la Pascua me prohíbe cualquier detención aparte de las establecidas».

«Faltan pocas horas para la puesta del Sol, y es viernes...».

«Precisamente eso: antes del ocaso debo llegar a mi etapa. De todas formas, gracias. Pero no me retengas».

«Soy el jefe de la sinagoga».

«Con lo cual me estás diciendo que tienes derecho a ello. Mira, hombre, habría sido suficiente que hubiera llegado una hora más tarde para que esa madre no hubiera recuperado a su hijo. Voy a otros desdichados que también me esperan. No retardes, por egoísmo, su alegría. Vendré en otra ocasión y estaré contigo, en Naím, unos días. Ahora déjame seguir mi camino».

El hombre no sigue insistiendo; se limita a decir: «Lo has dicho. Te espero».

«Sí. La paz sea contigo y con los habitantes de Naím; y también a vosotros, de Endor, paz y bendición. Volved a vuestras casas. Dios os ha hablado a través del milagro. Haced que en vosotros se produzcan, como consecuencia del amor, tantas resurrecciones en orden al Bien cuanto es el número de los corazones».

Una última, unánime, exultación de la multitud, para después dejar a Jesús que continúe su camino.

Él atraviesa diagonalmente la ciudad y sale hacia los campos, en dirección a Esdrelón.

Anotación

Evangelio de Lucas 7, 11-17

Lc 7, 11-17 : Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naín. Le acompañaban sus discípulos y una gran multitud. Llegó cerca de la puerta de la ciudad, en el momento en que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único, cuya madre era viuda. Una gran multitud de la ciudad acompañaba a la mujer. Cuando el Señor vio a la mujer, sintió compasión de ella y le dijo: "No llores". Se acercó y tocó el ataúd; los portadores del féretro se detuvieron, y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate". Entonces el muerto se levantó y empezó a hablar. Y Jesús se lo devolvió a su madre. El miedo se apoderó de todos, y dieron gloria a Dios, diciendo: "Ha surgido entre nosotros un gran profeta, y Dios ha visitado a su pueblo." Y esta noticia de Jesús se difundió por toda Judea y por toda la región.

ECR 189.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

Detalle

Jesús se encuentra con un cortejo fúnebre. La madre del joven está destrozada.

ECR 190

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Llegada a la llanura de Esdrelon al atardecer del viernes.

Fecha de la visión: Viernes 15 de junio de 1945.

Calendario: viernes 17 de marzo 28 (4 Nissan 3788)

Localización (mapa) : Esdrelon

Ciclo: El segundo viaje de Pascua

Resumen: Jesús llega a la llanura de Esdrelon. Pedro se adelantó para ver si Doras, el hijo de Doras, había ido a Jerusalén. En el camino, el Señor se encuentra con Isaías, un campesino de Yokhanan, y el hombre le revela que los campos de Doras son un verdadero desastre. Yokhanan, en cambio, tiene tierras fértiles, lo que crea un mayor contraste entre la tierra devastada y la tierra sana y fructífera. Tras la desgracia de su vecino, Yokhanan teme al Señor y ha decidido no maltratar a sus siervos. Pide hospitalidad a los siervos del fariseo y se acuerda reunir como se pueda a los antiguos siervos de Doras, que se han dispersado tras la muerte de su antiguo amo.

Contenido del capítulo: 190.1: La nueva actitud de Yokhanan hacia Jesús, a quien teme. 190.2 : Los campos malditos de Doras son completamente arrasados. 190.3 : Jesús se queda con los campesinos de Yokhanan.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 51.

ECR 191

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : El sábado en Esdrelón. El pequeño Yabeç (Jabé) y la parábola del rico Epulón (parábola de Lázaro y el rico malo).

Fecha de la visión: sábado 16 de junio de 1945.

Calendario: sábado 18 de marzo 28 (5 Nissan 3788)

Lugar (mapa) : Esdrelon

Ciclo: El segundo viaje de Pascua

Resumen: Jesús envía a Andrés y a Juan a dos puntos desde donde se divisan los caminos a Jezrael, para que vigilen el regreso del mayordomo dedicado al hijo de Doras. Luego envía a Pedro y Simón a buscar a los campesinos del fariseo. Mientras tanto, los campesinos de Yokhanan le hablan de una disputa entre su amo y el antiguo tirano de Jonás, entonces el Señor encuentra a todos los campesinos y les regala un cordero traído por Juan de En-Dor. Se comporta como un padre, y los pobres siervos se tragan la comida. Uno de ellos tiene un niño en brazos y llora. Jesús le pregunta por qué lo hace, y empiezan a hablar del niño, un huérfano que ya no tiene hermanos ni padres: murieron en un corrimiento de tierras. Cristo se ofrece a confiar este niño inocente al anciano, y el abuelo acepta encantado. El niño no se opone y da su nombre: Yabeç.

Al oír esto, el Maestro relata la parábola de Lázaro y el hombre rico. Jonás es como Lázaro, así como Doras es como el mal rico, y Jesús quisiera ayudar materialmente a sus siervos, pero no puede y sufre por ello. Por eso les enseña a no odiar nunca, sino a amar siempre. En cuanto al castigo de los campos de Doras, Jesús dice que él es Amor y que no habría golpeado, pero como el Amor no pudo doblegar al cruel rico, lo abandonó a la Justicia. Que esto les recuerde que la Justicia está siempre alerta, aunque parezca ausente. Jesús se despidió entonces de los campesinos y los desgraciados se marcharon con pesar...

Contenido del capítulo: 191.1: Esperando a los campesinos de Doras. 191.2: Jesús les sirve la comida. 191.3: Cómo su abuelo protegió a su nieto Yabeç (Jabé). 191.4 : A Pedro le gustaría adoptarlo. 191.5 : La parábola de Lázaro y el hombre rico. 191.6: El hombre rico suplica a Abraham que lo salve. 191.7: Abraham no puede ayudar al rico. 191.8: Jonás fue el nuevo Lázaro. 191.9: Despedida de los campesinos de Doras.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 52.

ECR 191.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. (...) Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

ECR 192

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Una predicción a Santiago de Alfeo. La llegada a En-Gannim tras una pausa en Mageddo.

Fecha de la visión: Viernes 15 de junio de 1945

Calendario: lunes 20 marzo 28 (7 Nissan 3788)

Localización (mapa): En-Gannim y Mageddo

Ciclo: El segundo viaje pascual

Resumen : Por venir

Contenido del capítulo: 192.1: Santiago será como Elías en el Carmelo. 192.2: Pedro carga sobre sus hombros al fatigado Yabeç. 192.3: Lo defiende de dos muchachos despreciativos. 192.4: Cuida de Yabeç como un padre. 192.5: Encuentro con Publio Quintiliano que escolta a Claudia a Jerusalén. 192.6: El soldado lleva a Yabeç en su montura. Juan de Endor conoce al romano. 192.7: Pedro le compra sandalias a Yabeç.

Edición anterior: Volumen 3, capítulo 53

ECR 192.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Señor, aquella cima es el Carmelo?» pregunta Santiago, el primo de Jesús.

«Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre».

«Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?».

«Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso.».

Anotación

Episodio no identificado. Este milagro debió tener lugar después del primer milagro de Caná.