ECR 171.1
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
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ECR 172.11
ECR 173.6 · Volumen 3
Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí. Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.
ECR 174.4 · Volumen 3
«¿Cómo te llamas» le pregunta Jesús.
«María».
«¿Y Yo cómo me llamo?».
«Jesús» responde la niña.
«¿Y quién soy?».
«El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas».
«¿Quién te lo ha dicho?».
«Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida».
«Vive y sé buena».
La niña — yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta las caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas — permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo y se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.
Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».
Jesús cura a una niña que proclama que él es el Mesías.
ECR 174.5 · Volumen 3
Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte.
ECR 175.3 · Volumen 3
Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.
ECR 176.1 · Volumen 3
Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.
«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».
«Necesitaba orar».
«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».
«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».
«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».
«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.»