Ir al contenido

Notas del tema

¿Quién es Jesús?

Página 85 de 100

Comodidad de lectura

Aa

ECR 188.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás le siguen... de mala gana.

«¿Eres israelita?» pregunta el hombre.

«Sí».

«Yo también, o casi, aunque no lo parezca. He estado mucho tiempo en otros países y he cogido costumbres que estos ignorantes deploran. Soy mejor que los otros, pero me llaman demonio, porque leo mucho, crío aves de corral, que luego vendo a los romanos, y sé curar con hierbas. De joven, por una mujer, luché con un romano — entonces estaba en Cintio — y le apuñalé; el romano murió, yo dejé un ojo y mis bienes y fui condenado a prisión y a trabajos forzados durante muchos años... para siempre. Pero sabía curar, y sané a la hija de un guardián, lo cual me supuso su amistad, y un poco de libertad... que usé para huir. Hice mal, porque, sin duda, aquel hombre pagó mi fuga con la vida; pero la libertad, cuando uno está en prisión, es bonita...».

«¿Y después no?».

«No. Es mejor la cárcel, donde uno está solo, que no el contacto con los hombres, que no nos conceden estar solos y que están en torno a nosotros para odiarnos...».

«¿Has estudiado a los filósofos?».

«Era maestro en Cintium... Era prosélito...».

«¿Y ahora?».

«Ahora no soy nada. Vivo en la realidad. Y odio, como fui y soy odiado».

«¿Quién te odia?».

«Todos. El primero, Dios. Era mi mujer... y Dios permitió que me traicionara y que fuera mi ruina. Era libre, me respetaban... y Dios permitió mi condena a cadena perpetua. El abandono de Dios, la injusticia de los hombres. He anulado a Dios y a los hombres. Aquí ya no hay nada...» y se golpea en la frente y en el pecho. «Bueno, quiero decir que aquí, en la cabeza, está el pensamiento, el saber; aquí es donde no hay nada» y escupe despreciativamente.

«Te equivocas. Ahí tienes todavía dos cosas».

«¿Cuáles?».

«El recuerdo y el odio. Quítalos de tu corazón.

188.4

Quédate verdaderamente vacío. Yo te daré una cosa nueva para que la metas ahí».

«¿Qué?».

«El amor».

«¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡No me hagas reír! Mira, hacía treinta y cinco años que no me reía. Desde que tuve la prueba de que mi mujer me traicionaba con el romano mercader de vinos. ¡El amor! ¡El amor a mí! ¡Como si echase a mis pollos piedras preciosas!: morirían de indigestión, si no lograsen pasarlas a los excrementos. Lo mismo yo. Tu amor sería un peso para mí, si no lograse digerirlo...».

«Hombre, no hables así». Jesús le pone la mano en el hombro, verdadera y visiblemente afligido.

El hombre le mira con su único ojo. Lo que ve en ese rostro dulce y bellísimo le hace enmudecer y cambiar de expresión: del sarcasmo pasa a una profunda seriedad y luego... a una verdadera aflicción. Agacha la cabeza y pregunta con el tono de voz cambiado: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret. El Mesías».

«¡¡Tú!!».

«Sí, Yo; tú, que lees, ¿no tenías noticia de mí?».

«Tenía noticia... Pero no sabía que vivieras, y no... no sabía, sobre todo, que eras bueno con todos... así... incluso con los asesinos... Perdona cuanto te he dicho... sobre Dios y sobre el amor... Ahora entiendo por qué quieres darme el amor... Porque sin amor el mundo es un infierno, y Tú, el Mesías, quiere hacer de él un paraíso».

«Un paraíso en cada uno de los corazones. Dame esos recuerdos y ese odio que te tienen enfermo y deja que te meta el amor en el corazón».

«¡Ah, si te hubiera conocido antes!... entonces... Pero, cuando yo mataba, ciertamente no habías nacido... Pero después... después... cuando, libre como la serpiente en los bosques, viví para difundir el veneno de mi odio...».

«También has hecho cosas buenas. ¿No has dicho que curabas con las hierbas?».

«Sí. Para que me tolerasen. ¡Cuántas veces he tenido que luchar contra el deseo de envenenar con los bebedizos!... ¿Ves? Me he refugiado aquí porque es un pueblo donde se ignora el mundo y se es ignorado por el mundo, un pueblo maldito; en otros lugares, me odiaban y odiaba, y tenía miedo de ser reconocido... Pero, yo soy malo».

«Lamentas haber causado daño al guardián de la prisión. ¿Ves como todavía tienes bondad? No eres malo, lo que tienes es una profunda herida abierta que nadie te cura... Tu bondad se te va por ella como la sangre por las heridas; pero, si hubiera alguien que te curase y te cerrase tu herida, pobre hermano mío, tu bondad, no perdiéndose a medida que se va formando, crecería...».

El hombre llora cabizbajo; su llanto queda celado; sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve. Lo ve, sí, pero no dice nada más.

Detalle

Jesús habla con un tuerto que acaba de conocer. Se llama Félix y está lleno de odio hacia Dios y los hombres.

Anotación

Tantas veces he luchado contra el deseo de envenenar con pociones ... El filtro sirve para limpiar un líquido de sus impurezas. Una poción es un brebaje mágico generalmente utilizado para obtener amor.

ECR 188.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Te respondo con palabras eternas — porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.

Detalle

Sobre la Biblia.

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven».

Detalle

Ejemplo de un hombre que se acerca a Jesús después de hablar con él.

Anotación

Invoca mi alma muerta como la hechicera invocó a Samuel para Saúl: en el Primer Libro de Samuel, capítulo 28. Te remitimos a esta nota para más detalles.

Mi nombre era Félix: Félix significa "feliz" en latín.

ECR 188.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ten, ésta es la llave de mi casa. Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia. Haz de lo mío todo lo que quieras... y cuida de mis pollos; no los maltrates; todos los sábados viene un romano que compra los huevos... sacarás algún beneficio... Trata bien a mis gallinitas... y que Dios te lo pague».

El anciano se ha quedado estupefacto. Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice: «Sí, haz como dice y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo».

«¡El Nazareno! ¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor! ¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!». Chilla como un águila y de todas partes vienen corriendo personas.

«¡Tu bendición! ¡Tu bendición!» gritan. Otros: «¡Quédate!». Y otros: «¿A dónde vas? Al menos dinos a dónde vas».

«Voy a Naím. No puedo quedarme».

«¡Te seguimos! ¿Quieres?».

«Venid. Y paz y bendición para los que se quedan».

Se encaminan hacia el camino principal. Lo toman.

Detalle

Jean d'En-Dor lo deja todo y entrega la llave de su casa a un anciano. El anciano se da cuenta de que Jesús es el Mesías.

ECR 188.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre, que va andando al lado de Jesús, esforzándose por el peso de su talego, despierta la curiosidad de Pedro: «¿Pero qué llevas ahí dentro que pesa tanto?» pregunta.

«La ropa... y libros... Mis amigos junto con los pollos, aunque después de éstos. No he podido separarme de ellos... y pesan».

«Sí, claro, la ciencia pesa, sí, y... ¿a quién le gusta?».

«Me han librado de volverme loco».

«¡Les tendrás estima!... Pero, ¿qué libros son?».

«Filosofía, historia, poesía griega, romana...».

«Interesantes, interesantes, sin duda interesantes; pero, ¿crees que vas a poder llevarlos siempre contigo?».

«Quizás también logre separarme de ellos, pero todo al mismo tiempo no se puede hacer, ¿no es verdad, Mesías?».

«Llámame Maestro. Sí, no se puede. De todas formas tendrás un sitio donde tener al seguro a tus amigos los libros. Te podrán servir para disputar con los paganos acerca de Dios».

«¡Qué depurado tu pensamiento de toda restricción!».

Jesús sonríe y Pedro exclama: «¡Hombre! ¡claro! ¡Él es la Sabiduría!».

«Es la Bondad, créelo. ¿Y tú eres culto?».

«¿Yo? ¡Cultísimo! Mi cultura no pasa de distinguir un sábalo de una carpa. Soy pescador, amigo» y Pedro ríe con humildad y franqueza.

«Eres un hombre honesto. Es una ciencia que uno aprende por sí mismo y que es muy difícil de poseer. Me resultas simpático».

«Tú también a mí, porque eres franco, incluso cuando te acusas. Perdono todo, ayudo a todos, pero soy enemigo despiadado de los falsos. Me repelen».

«Tienes razón, el falso es un delincuente».

«Tú lo has dicho, un delincuente. Dime, ¿no me dejas con confianza un poco tu talego? Total, estáte seguro de que con los libros no voy a huir... Es que me parece que vas con dificultad...».

«Veinte años de mina quebrantan. Pero... ¿por qué quieres cansarte tú?».

«Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos. Dámelo. Toma tú a cambio mis trapajos. Mi fardo es ligero... No hay ni historias, ni poesías; mi historia, mi poesía y esa otra cosa que has dicho son Él, mi Jesús, nuestro Jesús».

Anotación

Te encontraré un lugar para guardar a tus amigos, los libros. Pueden serte útiles cuando hables de Dios con paganos. Alusión a Antioquía de Siria, donde Juan de En-Dor se vio obligado a exiliarse, pero donde, con la ayuda de Syntica, se fundó la futura comunidad cristiana descrita en los Hechos de los Apóstoles.

ECR 189.1-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).

«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.

«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.

«O quizás una virgen» responde Juan.

«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

El breve coloquio llama de nuevo la atención de la mujer hacia su Benefactor. Coge a su hijo de la mano, sujetándole, porque es como uno que tuviera todavía entumecidos los miembros, y, arrodillándose, dice: «Tú también, hijo mío, bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre» y se inclina para besar la túnica de Jesús. Mientras, la muchedumbre alaba jubilosa a Dios y a su Mesías (ya le conocen como tal porque los apóstoles y los habitantes de Endor se han encargado de decir quién es el que ha obrado el milagro).

El gentío prorrumpe en alabanzas: «¡Bendito sea el Dios de Israel! ¡Bendito sea el Mesías, su Enviado! ¡Bendito sea Jesús, Hijo de David! ¡Un gran Profeta se ha alzado en medio de nosotros! ¡Verdaderamente Dios ha visitado a su pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!».

189.5

Por fin Jesús puede librarse de la apretura de la gente y entrar en la ciudad. Pero la muchedumbre le sigue, le persigue, con amor exigente.

Se acerca un hombre, que saluda con toda reverencia. «Te ruego que te alojes en mi casa».

«No puedo: la Pascua me prohíbe cualquier detención aparte de las establecidas».

«Faltan pocas horas para la puesta del Sol, y es viernes...».

«Precisamente eso: antes del ocaso debo llegar a mi etapa. De todas formas, gracias. Pero no me retengas».

«Soy el jefe de la sinagoga».

«Con lo cual me estás diciendo que tienes derecho a ello. Mira, hombre, habría sido suficiente que hubiera llegado una hora más tarde para que esa madre no hubiera recuperado a su hijo. Voy a otros desdichados que también me esperan. No retardes, por egoísmo, su alegría. Vendré en otra ocasión y estaré contigo, en Naím, unos días. Ahora déjame seguir mi camino».

El hombre no sigue insistiendo; se limita a decir: «Lo has dicho. Te espero».

«Sí. La paz sea contigo y con los habitantes de Naím; y también a vosotros, de Endor, paz y bendición. Volved a vuestras casas. Dios os ha hablado a través del milagro. Haced que en vosotros se produzcan, como consecuencia del amor, tantas resurrecciones en orden al Bien cuanto es el número de los corazones».

Una última, unánime, exultación de la multitud, para después dejar a Jesús que continúe su camino.

Él atraviesa diagonalmente la ciudad y sale hacia los campos, en dirección a Esdrelón.

Anotación

Evangelio de Lucas 7, 11-17

Lc 7, 11-17 : Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naín. Le acompañaban sus discípulos y una gran multitud. Llegó cerca de la puerta de la ciudad, en el momento en que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único, cuya madre era viuda. Una gran multitud de la ciudad acompañaba a la mujer. Cuando el Señor vio a la mujer, sintió compasión de ella y le dijo: "No llores". Se acercó y tocó el ataúd; los portadores del féretro se detuvieron, y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate". Entonces el muerto se levantó y empezó a hablar. Y Jesús se lo devolvió a su madre. El miedo se apoderó de todos, y dieron gloria a Dios, diciendo: "Ha surgido entre nosotros un gran profeta, y Dios ha visitado a su pueblo." Y esta noticia de Jesús se difundió por toda Judea y por toda la región.

ECR 189.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

Detalle

Jesús se encuentra con un cortejo fúnebre. La madre del joven está destrozada.

ECR 189.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

El breve coloquio llama de nuevo la atención de la mujer hacia su Benefactor. Coge a su hijo de la mano, sujetándole, porque es como uno que tuviera todavía entumecidos los miembros, y, arrodillándose, dice: «Tú también, hijo mío, bendice a este Santo que te ha devuelto a la vida y a tu madre» y se inclina para besar la túnica de Jesús. Mientras, la muchedumbre alaba jubilosa a Dios y a su Mesías (ya le conocen como tal porque los apóstoles y los habitantes de Endor se han encargado de decir quién es el que ha obrado el milagro).

El gentío prorrumpe en alabanzas: «¡Bendito sea el Dios de Israel! ¡Bendito sea el Mesías, su Enviado! ¡Bendito sea Jesús, Hijo de David! ¡Un gran Profeta se ha alzado en medio de nosotros! ¡Verdaderamente Dios ha visitado a su pueblo! ¡Aleluya! ¡Aleluya!».

Detalle

Jesús acaba de resucitar a un joven. Su madre se apresura a quitarle el sudario y las vendas.

Anotación

Evangelio de Lucas 7, 11-17

Lc 7, 11-17 : Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naín. Le acompañaban sus discípulos y una gran multitud. Llegó cerca de la puerta de la ciudad, en el momento en que llevaban a enterrar a un muerto, hijo único, cuya madre era viuda. Una gran multitud de la ciudad acompañaba a la mujer. Cuando el Señor vio a la mujer, sintió compasión de ella y le dijo: "No llores". Se acercó y tocó el ataúd; los portadores del féretro se detuvieron, y Jesús dijo: "Joven, yo te lo ordeno, levántate". Entonces el muerto se levantó y empezó a hablar. Y Jesús se lo devolvió a su madre. El miedo se apoderó de todos, y dieron gloria a Dios, diciendo: "Ha surgido entre nosotros un gran profeta, y Dios ha visitado a su pueblo." Y esta noticia de Jesús se difundió por toda Judea y por toda la región.

Palabras clave

ECR 192.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Señor, aquella cima es el Carmelo?» pregunta Santiago, el primo de Jesús.

«Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre».

«Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?».

«Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso.».

Anotación

Episodio no identificado. Este milagro debió tener lugar después del primer milagro de Caná.