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Notas de la palabra clave

Curación y milagros físicos

Tema: Milagros de Jesucristo en la EMV · Página 5 de 7

Comodidad de lectura

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ECR 151

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: En Caná, en casa de Susana, que se convertirá en su discípula. El oficial real.

Fecha de la visión: Martes 1 de mayo de 1945

Calendario: miércoles 12 enero 28

Lugar (mapa) :Caná

Ciclo: El apostolado femenino

Resumen: Jesús está en Caná, simplemente enseñando a sus amigos. Llega un funcionario real de la corte de Herodes, suplicando la curación de su hijo que está en Tiberíades. Reconoce que se están portando mal con el Precursor, pero afirma que tiene fe. Jesús le concede su petición. El marido de Susana acude entonces a él para pedirle la curación de su mujer. Al principio, quería ofrecerle dinero, pero Jesús le preguntó qué estaría dispuesta a ofrecerle su alma a cambio del milagro. Entonces el Salvador le pidió a su mujer que se convirtiera en su discípula. El marido se muestra amable y admite que antes amaba a su mujer más como carne que como espíritu. Sin embargo, las enseñanzas del Mesías ya le habían hecho cambiar de opinión. Empezó a verla como un alma y aceptó que se acercara a él, si Susana estaba de acuerdo. Jesús le dice entonces que no le diga nada a su alma gemela y que ella vendrá a Cristo espontáneamente.

Contenido del capítulo: 151.1: Jesús cura al hijo del oficial real. 151.2: El marido de Susana ruega por la curación de su esposa. Está dispuesto a entregarla. 151.3: Jesús tiene que pedir a los maridos y a los padres discípulas. Susana se cura después de que su marido accede.

ECR 174.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa Bartolomé, anciano y serio; pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre; pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego, y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras; pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre — que le sigue angustiada — para impedir que la muchedumbre le haga daño (...).

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros. (...)

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo. «¿Cómo te llamas» le pregunta Jesús.

«María».

«¿Y Yo cómo me llamo?».

«Jesús» responde la niña.

«¿Y quién soy?».

«El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas».

«¿Quién te lo ha dicho?».

«Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida».

«Vive y sé buena».

La niña — yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta las caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas — permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo y se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

ECR 175.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando: «¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios».

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida le acoge, le sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice: «Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!».

Jesús responde: «Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides».

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano: «Lo quiero. Queda limpio».

Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece. Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).

La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas... Todo ha quedado curado y limpio... El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.

«No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación».

«¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!».

«Así lo harás amando mi doctrina. Ve».

Detalle

Curación de un leproso.

Anotación

Exponiendo el cigoma: Maria Valtorta fue enfermera en su juventud, así que sabe un par de cosas sobre anatomía.

Lo quiero. Ser purificado. Los biblistas suelen confundir este milagro, relatado en Mateo 8:1-3, con la curación del leproso Abel (Marcos 1:40-42; Lucas 5:12-13), que se describe en EMV 63:1/5.

"¿Puedo decirle al sacerdote que me has curado?

- No, no debes. Sólo dile: "El Señor tuvo misericordia de mí. Esa es la verdad". Nada más. A partir de entonces, la reputación de Jesús fue creciendo, y quiso evitar todo conflicto con los notables del templo durante el mayor tiempo posible.

Evangelio de Mateo 8, 1-4

Mt 8, 1-4 : Cuando Jesús bajó del monte, le seguían grandes multitudes. Se le acercó un leproso y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote. Y da la ofrenda que mandó Moisés: será un testimonio para el pueblo".

Evangelio de Marcos 1, 40-45

Mc 1, 40-45 : Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Estoy dispuesto; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, aquel hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.

Evangelio de Lucas 5, 12-14

Lc 5, 12-14 : Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra; al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandó Moisés; será un testimonio para todos."