ECR 74.1
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 74.1
Traducción en curso
ECR 74.3-9
Se ponen en camino. Rodean las ruinas; luego van siguiendo una gruesa pared sin ventanas, detrás de la cual se oye rebuznar, mugir, relinchar, balar, y ese sonido desagradable desafinado de los camellos o dromedarios. La pared hace esquina. Vuelven ésta... y se encuentran en la plaza de Belén. El pilón de la fuente está en el centro de la plaza, que sigue teniendo la misma forma sesgada, pero que ahora es distinta en el lado opuesto a la posada. En el lugar en que estaba la casita — cuando pienso en ella, la veo todavía toda de plata pura bajo el rayo de la Estrella — hay ahora una gran abertura llena de escombros. Sólo la pequeña escalera está todavía en pie con su pequeño balconcito. Jesús mira, y suspira.
La plaza está llena de gente en torno a los vendedores de productos alimenticios, de enseres o herramientas, telas, etc., los cuales han extendido sobre esteras, o colocado en cestas, sus mercancías, todas depositadas en el suelo; hasta ellos están en cuclillas, generalmente en el centro de su... puesto, si es que no están en pie, gritando y gesticulando, cerrando un trato con algún comprador tacaño.
«Es día de mercado» dice Simón.
La puerta, más exactamente: el portal de la posada, está abierta de par en par; está saliendo una fila de asnos cargados de mercancías.
Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla. «¡Siervo!» grita. «¡El dueño! ¡En seguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a esperar!».
El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.
«¡Pero Judas! ¡Qué modales!».
«Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad».
El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.
«Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Éste, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con Él, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?».
«Señor... tu siervo... Todo tuyo. Ordena».
«Queremos saber acerca de muchos... y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada».
«¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos».
«¿Muerta? ¿Por qué?».
«¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César le definió a Herodes “cerdo que se nutre de sangre”. ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?».
«Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?... Habla».
«A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una».
«Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!».
«¿La conocías?».
«Muy bien» Judas miente descaradamente.
«La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías...
74.4
Ven aquí, a esta habitación... Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas... es peligroso».
Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.
«La cosa fue así... yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero... galileos, pobres, desconocidos... ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además... sentía... sentía que eran distintos... esa mujer... unos ojos... un algo... ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí... A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías... ¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver... ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!... Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos... ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!... ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres... y a mí! Yo... del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto... ¡Pero los demás...!».
74.5
«Querríamos ver los lugares de la matanza».
«¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo».
Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.
«¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas. ¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas... Y allí, y allí, y allí... ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas... Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres... ¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?... Era rosa debido a la gran cantidad de sangre que había recogido de las cloacas... Y ahí, sí, ahí enfrente... eso es todo lo que queda de Ana».
Jesús llora.
«¿La conocías bien?».
Responde Judas: «Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?».
Jesús responde solamente: «Sí».
«Entiendo» dice el posadero, y se queda pensativo.
74.6
Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.
«Mi amigo querría ir a esas ruinas» dice Judas.
«¡Pues que vaya! ¡Son de todos!».
Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia.
Cruzan la plaza. Suben sobre la pequeña escalera que ha quedado en pie.
«Aquí — dice Jesús — mi Madre me sacó a saludar a los Magos, y desde aquí bajamos para ir a Egipto».
Algunas personas miran a los cuatro que están sobre las ruinas. Uno pregunta: «¿Familiares de la que mataron?».
«Amigos».
Una mujer grita: «No hagáis ningún mal, al menos vosotros, a la muerta, como los otros amigos suyos se lo hicieron a la viva, y luego escaparon indemnes».
Jesús está erguido en la terraza, contra el muro que la limita, por tanto a una altura de unos dos metros con respecto a la plaza, con el vacío por detrás, un vacío rico de luz que le aureola todo y hace aún más cándida la túnica de lino blanquísimo que le cubre — sólo la túnica, ahora que el manto se ha deslizado desde los hombros y está a sus pies como una base multicolor —. Más atrás, el fondo verde y desarreglado de lo que era el huerto y la tierra propiedad de Ana, yermado y lleno de escombros.
74.7
Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice: «¡No hables! ¡No es prudente!».
Mas Jesús llena la plaza de su voz potente: «¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».
La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.
«¡Es un rabí!».
«Seguro que viene de Jerusalén».
«¿Quién es?».
«¡Qué apuesto!».
«¡Qué voz!».
«¡Qué ademanes!».
«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».
«¡Nuestro, entonces!».
«¡Oigamos, oigamos!».
Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.
«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.
Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.
“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.
¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».
74.8
La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.
«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».
Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».
Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.
Es el comienzo del alboroto.
Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».
«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».
Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».
Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».
«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».
Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».
«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».
Vuela una piedra entre silbidos y befas.
74.9
Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».
La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.
Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».
«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».
«¿Quién eres?».
«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».
«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».
«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».
«Ve. Te guardaremos las espaldas».
Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.
«¿Estás muy herido?».
«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».
«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».
Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.
«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».
«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».
«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».
«¿A llevarnos otras pedradas?».
«No. A decirles: “Soy Yo”».
«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».
«Veremos».
Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.
ECR 75.2
«¿Quién eres?».
«Uno que te ama».
«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».
«De Galilea».
«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».
«De Nazaret».
«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».
Elías describe a Jesús como un niño con sus propias palabras,
ECR 75.3
«Ahora, aunque muera, ya nada me causa la pena de algo esperado y no obtenido».
«No. Elías. Tú vivirás hasta después del triunfo del Cristo. Tú, que has visto mi alba, debes ver mi fulgor.»
ECR 75.5
«Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad que han merecido ver la Luz y servirla. El Salvador se encuentra entre ellos. El Pastor de la estirpe real está en medio de su rebaño. La Estrella de la mañana ha nacido. ¡Regocijaos, justos, recocijaos en el Señor! Él, que ha hecho la bóveda de los cielos y los ha sembrado de estrellas, Él, que puso como límite de las tierras los mares, Él, que ha creado los vientos y los rocíos, y regulado el curso de las estaciones para dar pan y vino a sus hijos, ved cómo ahora os manda un Alimento más elevado: el Pan vivo que baja del Cielo, el Vino de la eterna Vid. Venid, vosotros, primicias de mis adoradores, venid a conocer al Padre en verdad para seguirle en santidad y obtener así eterno premio».
Oración recitada por Cristo a los pastores de la Natividad a los que encontró.
ECR 76
Elías, Leví, José, Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas se acercan a Yutta. Cristo tiene intención de ir a Hebrón para rezar sobre los huesos de Samuel y Zacarías, pero antes da prioridad a Isaac, porque siempre debemos ocuparnos de los que sufren. Rezar por nuestros muertos también es importante, pero ellos ya están en paz si eran justos.
Después de hablar de la diferencia entre el hombre y el animal, de la comunión de los santos y del vínculo entre los muertos y los vivos, Jesús y sus amigos llegan a Yutta. Elías se adelanta para ver a Isaac, diciéndole que Jesús quiere verle y diciéndole que venga. El pastor, que estaba lisiado y paralítico, se curó inmediatamente y fue a ver al Salvador lo antes posible.
Allí le adoró y le llevó a una familia de Yutta que se había hecho cargo de él. Son un matrimonio con cuatro hijos: se llaman María, José, Emmanuel y el último aún no tiene nombre. La pequeña familia cree en el Mesías y le invita a circuncidar a su hijo recién nacido. Jesús decide que se llamará Jesai. El sacerdote que acudió a realizar la ceremonia prestó poca atención al Señor y sus invitados se sintieron mortificados, pero él los tranquilizó y consoló. Invita a Juan a mostrar la oveja a José y a Emmanuel. La pequeña María permanece junto a Jesús y él la invita a ser tan buena como su Madre. La niña acepta inmediatamente y le habla con familiaridad. Retirado por Judas, Jesús le dice que lo deje, porque los inocentes son su alegría y sólo ellos pueden pronunciar su nombre con la misma pureza que su Madre.
ECR 76.10-11
Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor y luego los pastores y los discípulos. Afuera se oye balar a las ovejas (Elías las ha metido en el aprisco). En la casa hay rumor de fiesta. Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos. Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.
«¿No bebes, Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón».
«Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón. Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría... (...) Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».
«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».
«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».
«Sí, Jesús».
«Di “Maestro” o “Señor”, niña».
«Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre. Todos, en los siglos futuros, pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro, y muchos para hacerle objeto de blasfemia. Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre. Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán. ¡Sin embargo, mi Madre y los niños...! ¿Por qué me llamas Jesús?» pregunta, acariciando a la pequeña.
«Porque te quiero... como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos» dice abrazando las rodillas de Jesús y riendo con la carita levantada.
Y Jesús se inclina y la besa... y así todo termina.
ECR 77
El grupo apostólico se dirige a Hebrón. Judas está nervioso y enfadado porque no han ido primero a Keriot, ya que habría sido más corto. Pero Jesús le asegura que siempre cumple sus promesas. Fue antes a Hebrón porque Samuel, que había muerto, había sufrido mucho por él y nunca había traicionado el recuerdo de Jesús cuando era niño. Permaneció fiel aunque no supiera que estaba vivo, y por eso este hombre merece que Cristo le honre y rece por él.
A continuación, el Iscariote señala que los pastores eran justos y santos, y sin embargo fueron maltratados. Ana de Belén incluso murió a consecuencia de ello... Y concluye, de paso, que el amor que mostramos a Jesús le trae mala suerte. El Maestro impide que Juan y Simón intervengan, diciendo que prefiere que Judas diga siempre lo que piensa. Y replica que, aunque los pastores hubieran recibido mucho, no sería justo que recibieran un privilegio especial por haber recibido tal o cual regalo, incluido el de estar presentes en la Natividad. Simón, además, declara que no hay que poner cosas terrenales donde hay cosas celestiales.
Judas ironiza entonces directamente, señalando que, al haber sanado tan pronto, el zelote ha recuperado todas sus posesiones, por lo que no vive sólo de su ingenio. Pero el amigo de Lázaro le replica que le ha dado órdenes concretas y que está libre de todo para seguir a Jesús.
Judas refunfuña al final, porque vuelve a equivocarse, y Juan intenta consolarlo diciéndole que es práctico, pero que pronto cambiará en presencia de Jesús.
Jesús cambia hábilmente de conversación cuando Judas sigue refunfuñando y da instrucciones a Leví y Elías: ellos le conducirán hasta Jonás, y José se quedará con el grupo hasta Jericó.
Finalmente, llegan a Hebrón, cerca de la casa de Zacarías. Pero la casa estaba rodeada por un muro, que antes no existía. Un hombre les explica que un herodiano había tomado posesión de la casa y que tenía consigo a una prostituta. Habla largo rato de Juan -a quien ve como el Mesías, a pesar del diálogo con Jesús y Juan- y el Maestro no insiste cuando el hombre se obstina y cree tener la verdad.
De camino a la sinagoga, dan una vuelta por la casa y se encuentran con Aglaia. Jesús entra en casa de Zacarías y entabla una conversación muy sincera con la cortesana. Ella inicia un camino de redención, pero tras dejarlo, Jesús es rechazado por la sinagoga. No se debe hablar con prostitutas, y cuando Judas se lo comenta una vez fuera de la ciudad, el Señor declara que Aglaia le superará y que pronto llegará el momento en que los paganos adorarán al Dios verdadero, en lugar de al pueblo elegido que debe recibir al Mesías.
Sin embargo, les dice que se alegren, pues se acerca la primera resurrección.
ECR 77.2-3
[Judas habla de los pastores de la Natividad.]
Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».
«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».
«No... pero...».
«Pero es así. (...) Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».
77.3 «Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.
«Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes» responde irónicamente Judas.
«Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarle segregándole; ni perseguirle porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir... No, esto no lo digo».
«Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno» dice Jesús.
Simón mira a Jesús. Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.
Judas recuerda a los pastores en la Natividad y la muerte de Ana de Belén. Entonces dice que el amor a Jesús trae la desgracia, y Cristo responde.
ECR 77.5
«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.
Un leñador de Hebrón creyó que Juan el Bautista era el Mesías y el Cordero de Dios. Juan intervino entonces para dar su testimonio del bautismo.