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Notas del tema

Obras de Maria Valtorta

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ECR 18

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: María anuncia a José la maternidad de Isabel y confía a Dios la tarea de justificar la suya.

Fecha de la visión y del dictado: sábado 25 de marzo de 1944 (fiesta de la Anunciación).

Calendario: Miércoles 21 febrero AD -5

Lugar (mapa): Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está sola en su casa de Nazaret. Probablemente es la noche de la Anunciación. Reza y come muy sencillamente. José llega cuando ella ha terminado y su mujer le da la bienvenida. Le lleva uvas y huevos, que quiere dar a María. La Plenitud de Gracia se da cuenta de que no ha comido y le trae lo que necesita: sólo rechaza los huevos, que son para María, y sólo para ella. El patriarca de la Sagrada Familia come y conversan. José cuenta su día y, entonces, cuando se hace el silencio, María toma la palabra para decirle que su prima ha sido madre. José, sorprendido, le pregunta cómo se ha enterado y, cuando María responde, le pide permiso para ir a ver a Isabel. José responde afirmativamente, pero le pide que espere unos días, pues tiene que ir a Jerusalén. Así que viajaron juntos hasta allí. Después, José regresó a casa, pero le sería más fácil acompañarla a la Ciudad Santa. María le dio las gracias y, poco después, el futuro padre de Jesús se marchó. María le dejó marchar, luego suspiró y rezó, sin duda por el dolor de no poder contarle su secreto.

María dictó entonces a María y le dijo que, después de volver en sí, durante el éxtasis de la Anunciación, su primer pensamiento fue José. Ya no sentía ningún temor en presencia de su esposo, pero ¿cómo podía decirle que era madre? Fue el Espíritu Santo quien la mandó callar, y el Todo-Santo llevó a la perfección su confianza de criatura. Se abandonó a Dios y experimentó su primer dolor como Corredentora. Ella nos exhorta a dejar que Dios defienda nuestra reputación...

Contenido del capítulo: 18.1: María se prepara para la cena. 18.2: Llega José. 18.3: Ella le hace comer. 18.4: Hablan de todo y de nada. 18.5: María va a ayudar a Isabel, que está embarazada. 18.6: La pareja se separa. 18.7: ¿Qué le digo a José? 18.8: Deja que yo te justifique. 18.9: Mi primer dolor de Corredentora. 18.10: Confía a Dios el cuidado de tu reputación.

ECR 18.7-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice María:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada — efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José —. Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre.

18.8 ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

18.9 Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir: “Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”. Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez más hija mía».

Detalle

María describe sus experiencias tras la Anunciación.

ECR 19

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: María y José van a Jerusalén.

Fecha de la visión: Lunes 27 de marzo de 1944

Calendario: Martes 19 de marzo d.C. -5

Lugar (mapa) : Salida de Nazaret y viaje a Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: José y María parten hacia Jerusalén. Parten de Nazaret con dos asnos. José ha traído una especie de portaequipajes y María le agradece esta previsión. Se ponen en camino al amanecer. Los dos viajeros se encuentran con un pastor que conduce su rebaño: en sus brazos hay un cordero recién nacido, que llora llamando a su madre, pero ella sigue atentamente a su cría. El rebaño pasó de largo, y José y María se pusieron de nuevo en camino. Al llegar al campo, hablan poco. Las calles estaban más concurridas a medida que se acercaban a las aldeas, pero la pareja no prestó atención a nadie con quien se cruzaron. Se detuvieron justo a tiempo para un fuerte aguacero, que se convirtió en una lluvia ligera. José, atento, se aseguró de que María no cogiera frío. Luego prosiguen su viaje.

Contenido del capítulo: 19.1: José viene a buscar a María con dos burros grises. 19.2: Temprano por la mañana, se encuentra con un rebaño de ovejas y un cordero. 19.3: Un viaje tranquilo por caminos más frecuentados y una parada para refugiarse de una tormenta.

ECR 19.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María. Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes), sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella sus indumentos sin peligro de que el agua los moje.

ECR 20

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: Salir de Jerusalén. El aspecto beatífico de María. Importancia de la oración por María y José.

Fecha de la visión: Martes 28 de marzo de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : De Jerusalén a Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: José y María llegan a Jerusalén. Se dirigen hacia el Templo y se detienen en un establo donde José dejó su caballo durante la Presentación en el Templo. Luego van a casa de un conocido donde comen algo. María descansa un rato y José regresa con un anciano que había tomado el mismo camino que María. Por lo tanto, ella tendría que recorrer sola una corta distancia. Fueron juntos hasta otra puerta de la Ciudad Santa, y luego la pareja se despidió. El anciano era muy hablador y María respondió pacientemente. Cuando se calló, ella se recogió en oración.

A continuación, María describe a la Virgen tal como la ve en su dormitorio: la ve con su cuerpo glorificado. La plenitud de gracia es muy bella. Por último, María hace un dictado y llama la atención sobre la ardiente oración de José y María. Invita al alma a no despojarse nunca de la protección de la oración. Nos exhorta a invocar el nombre del Señor, aunque seamos imperfectos, para pedirle que nos comunique su santidad. Debemos imitar al pueblo que canta sin cesar el Sanctus.

Contenido del capítulo: 20.1: José presenta a María a un compañero de viaje. 20.2: El anciano charlatán acaba dormitando. María reza. 20.3: María Valtorta se detiene a contemplar a la casta María. 20.4: Contraste con las horas trágicas de la Pasión. 20.5: La presencia da una gran paz. María Valtorta recuerda los sufrimientos de Jesús en Getsemaní. 20.6: María y José dan siempre el primer lugar a la oración. 20.7: En la debilidad o en la santidad, invoca siempre la santidad del Señor. 20.8: La oración viva tiene su fuente en el amor y el sufrimiento unidos al de María y Jesús.

ECR 20.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.6 Dice María:

«Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía. Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la oración. Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían. Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto; pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenía en suspensión hacia el Cielo, la Patria.

No sólo yo — que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos — me sentía unida a Dios cuando oraba, sino que también lo sentía José, porque nuestra oración era adoración verdadera de todo el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijaos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo. La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

20.7 ¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”. Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad. ¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra. Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios. Imitad, pues, a los ángeles.

No os despojéis nunca del amparo de la oración. Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente. No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un lavacro de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios. Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia; y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

20.8 Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios. Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor. Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz. Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús, y son otros tantos besos que yo recibo. Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre...».

Y yo me siento beata.

ECR 21

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Visita a Isabel

Fecha de la visión: Sábado 1 de abril de 1944

Calendario: Domingo 24 de marzo d.C. -5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María llega a Hebrón. María describe el lugar, luego describe más concretamente la llegada de la Virgen. Se detiene ante una casa bastante lujosa, donde no falta de nada, y la Inmaculada Concepción intenta hacer notar su presencia. Una ancianita curiosa le presenta una campanilla y la bombardea a preguntas. Afortunadamente, llegó un criado -probablemente un jardinero- y salvó a la Madre de las habladurías. María entró rápidamente después de dar las gracias a la ancianita. El criado la lleva dentro y le cuenta lo que ha sucedido en la casa: habla del parto de Isabel, pero también del silencio de Zacarías, que ya no puede hablar. Intenta llamar a su mujer, Sara, que es otra criada, pero en su lugar llega Isabel. Ella ve a María, María ve a Isabel, y ambas corren la una hacia la otra. Se estrechan en un cálido abrazo, y es entonces cuando el Espíritu Santo envuelve a Isabel. El Precursor es santificado, y Juan el Bautista se vuelve sin mancha. Isabel y María pronuncian las palabras del Evangelio, y entonces llega Zacarías, pero no es consciente del estado espiritual de María. En cambio, pregunta por la Virgen y José, e Isabel se limita a decirle que es madre. Pero ninguno de los dos dijo nada más.

A continuación, María escribe sobre cómo recibió la visión y declara que vio a María en la sepultura de Cristo.

Contenido del capítulo: 21.1: A través de las montañas de Judea. 21.2: La rica finca de Zacarías en Hebrón. 21.3: La extraña campana y la apertura de la puerta. 21.4: El viejo Samuel da noticias de Zacarías e Isabel. 21.5: El abrazo de Isabel y María, la iluminación interior, el Magnificat. 21.6: La llegada de Zacarías. 21.7: Visiones según sus necesidades espirituales.

ECR 21.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María está entrando en el pueblo. Atardece. Algunas mujeres, en las puertas de las casas, observan la llegada de la forastera y chismean entre sí. La siguen con la mirada y no se quedan tranquilas hasta que la ven detenerse delante de una de las casas más lindas, situada en el centro del pueblo y que tiene delante un huerto-jardín, y detrás y alrededor un huerto de árboles frutales bien cuidado, que se extiende luego dando lugar a un vasto prado que sube y baja por las sinuosidades del monte, para terminar en un bosque de altos árboles, tras el cual no sé qué más hay. Todo ello cercado por un seto de morales o rosales silvestres. No lo distingo bien porque — no sé si usted lo tiene presente — tanto la flor como el ramaje de estas matas espinosas son muy semejantes, y mientras no aparece el fruto en las ramas es fácil confundirse. En la parte delantera de la casa, es decir, por el lado paralelo al pueblo, la propiedad está cercada por un pequeño muro blanco, a lo largo de cuya parte alta hay ramas de verdaderos rosales, todavía sin flores, aunque ya llenas de capullos. En el centro, una cancilla de hierro, cerrada. Se comprende que se trata de la casa de una de las personalidades del pueblo, y de gente que vive desahogadamente, pues, efectivamente, todo en ella da signos, si no de riqueza y de pompa, sí, sin duda, de bienestar. Y mucho orden.

21.3

María se baja del burrito y se acerca a la puerta de hierro. Mira por entre las barras. No ve a nadie. Entonces trata de que la oigan. Una mujercita (la más curiosa de todas, que la ha seguido) le hace señales para que se fije en un extraño objeto que sirve para llamar: dos piezas de metal dispuestas en equilibrio en una especie de yugo, las cuales, moviendo el yugo con una gruesa cuerda, chocan entre sí haciendo el sonido de una campana o de un gong.

María tira de la cuerda, pero lo hace de forma tan delicada que el sonido es sólo un ligero tintineo que nadie oye. Entonces la mujercita, una viejecilla toda ella nariz y barbilla puntiaguda, y con una lengua que vale por diez juntas, se agarra a la cuerda y se pone a tirar, a tirar, a tirar. Una llamada que despertaría a un muerto. «Se hace así, mujer. Si no, ¿cómo va a querer que la oigan? Sepa que Isabel es anciana, y también Zacarías. Y ahora, además de sordo, está mudo. Los dos sirvientes son también viejos, ¿sabe? ¿Ha venido alguna otra vez? ¿Conoce a Zacarías? ¿Es usted...?».

Aparece un viejecillo renco que salva a María de este diluvio de informaciones y preguntas. Debe ser jardinero o labrador. Lleva en la mano un pequeño rastrillo y una hoz atada a la cintura. Abre. María entra mientras le da las gracias a la mujer, pero... ¡ay!, la deja sin respuesta. ¡Qué desilusión para la curiosa!

Detalle

María va a visitar a Isabel.

ECR 21.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ayer por la tarde, antes del sopor, vi el llanto de María, inclinada hacia la piedra de la unción, sobre el cuerpo sin vida del Redentor. Estaba a su lado derecho, dando la espalda a la boca de la gruta sepulcral. La luz de las antorchas iluminaba su cara y me hacía ver su pobre rostro devastado por el dolor, lavado por el llanto. Cogía la mano de Jesús, la acariciaba, se la calentaba en sus mejillas, la besaba, extendía los dedos... besaba uno a uno estos dedos ya inmóviles. Luego acariciaba el rostro de Jesús, se inclinaba a besar la boca abierta, los ojos semicerrados, la frente herida. La luz rojiza de las antorchas daba un aspecto más vivo aún a las llagas de todo ese cuerpo torturado y hacía más verídica la crudeza del suplicio padecido y la realidad de su estar muerto.

Y así me quedé contemplando mientras permaneció lúcida mi inteligencia. Luego, despertada del sopor, he orado y me tranquilicé para dormir verdaderamente. Entonces me comenzó la visión que he descrito. Pero la Madre me dijo: «No te muevas. Únicamente mira. Mañana escribirás». Durante el sueño he vuelto a soñar todo. Me he despertado a las 6’30 y he vuelto a ver cuanto ya había visto despierta y en sueño. He escrito mientras veía. Luego ha venido usted y le he podido preguntar si tenía que meter lo que sigue. Son pequeños cuadros separados que tratan del tiempo de permanencia de María en casa de Zacarías.

ECR 22

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Los días pasados en Hebrón. Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 2 de abril de 1944

Calendario: Abril del año 5-5

Localización (mapa) : Hebrón

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María vive en Hebrón. Isabel llega cerca de ella y hablan de sus respectivas maternidades. La mujer de Zacarías ya no sufre ahora que la Virgen está aquí, pero antes sufría mucho a causa de su vejez. María, en comparación, no sufre, pero no tiene el peso de la Falta.

Isabel quería hilar ropa para Juan el Bautista, pero María dijo que ella haría el trabajo por ella. La Virgen argumentó que tenía mucho tiempo y que primero pensaría en su prima, ya que el nacimiento del Precursor era inminente. Después pensaría en su hijo, Jesús.

Fue entonces cuando la Inmaculada Concepción reveló a Isabel el nombre de su Hijo y le reveló su angustia. María conocía a los profetas, y ya intuía que Jesús sería el Cordero, el Varón de dolores. Isabel la consuela, sin embargo, diciéndole que Dios estará con ella y que su hijo será amado por los siglos de los siglos.

Las dos mujeres hablan entonces de Zacarías, que es mudo. Esto causó una gran pena a su esposa. Ella esperaba que, cuando naciera el niño, éste pudiera volver a hablar. La bendita madre desea que su hijo se llame Juan, y revela su sufrimiento a su prima. Para distraerla, María le propone salir al exterior y se encuentran cerca de un pequeño rebaño de corderos.

La visión cambia; esta vez, el tiempo ha pasado. María va a buscar a Isabel. Hablan de Jesús y de su aparición. Luego hablan de José, y María le dice que ha dejado que Dios intervenga. Aparte de Isabel, nadie debía saber de su maternidad divina, e Isabel, que lo comprendió, le señaló que incluso se lo había dicho a Zacarías. Zacarías entró entonces y María rezó las oraciones. Ella exhorta al sacerdote a creer en la misericordia de Dios, porque el hombre piensa que nunca podrá volver a hablar.

Por último, María da una lección sobre la caridad, sobre cómo hacer crecer en nosotros los dones de Dios. Debemos ser siempre caritativos, no egoístas. También nos da una lección sobre el paso del tiempo: Dios es su dueño, y ayuda a los que esperan en Él. "El egoísmo no adelanta nada, lo retrasa todo. La caridad no retrasa nada, hace avanzar las cosas". Por último, la Madre señala que encontró mucha paz en casa de Isabel, y que si no la hubiera atormentado el pensamiento de José y de su Hijo, el Redentor del mundo, habría sido feliz. Pero María significa a la vez luz y amargura...

Contenido del capítulo: 22.1: María cose para el hijo de Isabel. 22.2: Isabel se siente mucho mejor desde la visita de María. 22.3: María se conmueve al pensar en el Varón de dolores de Isaías. 22.4: Isabel se angustia por el silencio de Zacarías. 22.5: Paseo por el jardín entre palomas, cabritos y corderos. 22.6: María hila y teje. 22.7: Imagina cómo será su hijo. 22.8: Dios revela el misterio a José. 22.9: Zacarías habla de nuevo. El Mesías nacerá en Belén. 22.10: Amor al prójimo. 22.11: Mi amor al prójimo y mi amor a Dios. 22.12: La caridad hace que las cosas sucedan. 22.13: Amargura mezclada con dulzura.