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Notas del tema

Hechos sobre la vida pública de Jesucristo

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Comodidad de lectura

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ECR 73.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) «¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

Detalle

Jesús habló a un habitante de Belén sobre la Natividad. Le dijo:

ECR 73.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) «¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

Anotación

Libro de Génesis 35, 15-20

Génesis 35, 15-20

Jacob llamó "Betel" al lugar donde Dios había hablado con él. Levantaron el campamento y salieron de Betel. Todavía les quedaba un trecho para llegar a Efrata, cuando Raquel dio a luz. El parto fue doloroso. Durante este difícil parto, la comadrona le dijo: "¡No tengas miedo! ¡Aún tienes un hijo! Con su último aliento, mientras agonizaba, Raquel lo llamó Ben-Oni (es decir, Hijo del Luto), pero su padre lo llamó Benjamín (es decir, Hijo de la Derecha). Raquel murió y fue enterrada en el camino de Efrata, Belén. Jacob erigió una estela sobre su tumba. Ésta sigue siendo la estela de la tumba de Raquel.

Libro de los Números 24, 15-17

Núm 24, 15-17: Balaam pronunció de nuevo estas enigmáticas palabras: "El oráculo de Balaam, hijo de Beor, el oráculo del hombre de ojos penetrantes, el oráculo del que oye las palabras de Dios, del que posee el conocimiento del Altísimo. Ve lo que el Poderoso le hace ver, cae en éxtasis y se le abren los ojos. Veo a este héroe - pero no ahora - lo veo - pero no de cerca: Una estrella surge de Jacob, un cetro surge de Israel. Romperá los flancos de Moab, diezmará a todos los hijos de Set.

Primer libro de Samuel 17, 12

1 Samuel 17, 12: David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá, que se llamaba Isaí y tenía ocho hijos. En los días de Saúl, este hombre era muy anciano.

Libro de Isaías

Is 7, 14 : Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una virgen está encinta, dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (es decir, Dios con nosotros).

Is 9, 1 : Una gran luz ha amanecido sobre el pueblo que caminaba en tinieblas, y una luz ha brillado sobre los habitantes del país de las tinieblas.

Is 11, 1 : Del tronco de Jesé, padre de David, brotará una rama, de sus raíces brotará un retoño.

Libro de Jeremías 31, 15 :

Jer 31, 15: Así dice el Señor: Hay un clamor en Ramá, un lamento y un llanto amargo. Raquel llora por sus hijos; se niega a ser consolada, porque sus hijos ya no existen.

ECR 73.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice?

ECR 73.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros.

Detalle

Un hombre de Belén habló a Jesús y le dijo:

Palabras clave

ECR 73.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...

Detalle

Jesús dijo a un hombre de Belén:

ECR 73.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Y a pesar de todo... amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias, de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones... y rechazó a mi Madre... y aquí... No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el “Gloria” que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo... ¡oh!, lo puedes pisar sin desdén... Está cubierto de excrementos... pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella, la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró...».

ECR 74.3-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se ponen en camino. Rodean las ruinas; luego van siguiendo una gruesa pared sin ventanas, detrás de la cual se oye rebuznar, mugir, relinchar, balar, y ese sonido desagradable desafinado de los camellos o dromedarios. La pared hace esquina. Vuelven ésta... y se encuentran en la plaza de Belén. El pilón de la fuente está en el centro de la plaza, que sigue teniendo la misma forma sesgada, pero que ahora es distinta en el lado opuesto a la posada. En el lugar en que estaba la casita — cuando pienso en ella, la veo todavía toda de plata pura bajo el rayo de la Estrella — hay ahora una gran abertura llena de escombros. Sólo la pequeña escalera está todavía en pie con su pequeño balconcito. Jesús mira, y suspira.

La plaza está llena de gente en torno a los vendedores de productos alimenticios, de enseres o herramientas, telas, etc., los cuales han extendido sobre esteras, o colocado en cestas, sus mercancías, todas depositadas en el suelo; hasta ellos están en cuclillas, generalmente en el centro de su... puesto, si es que no están en pie, gritando y gesticulando, cerrando un trato con algún comprador tacaño.

«Es día de mercado» dice Simón.

La puerta, más exactamente: el portal de la posada, está abierta de par en par; está saliendo una fila de asnos cargados de mercan­cías.

Judas es el primero en entrar. Mira a su alrededor. Pilla, altanero, a un pequeño establero sucio y desarreglado, que lleva sólo una camisa larga, sin mangas y hasta la rodilla. «¡Siervo!» grita. «¡El dueño! ¡En seguida! ¡Muévete, que no estoy acostumbrado a es­pe­rar!».

El muchacho sale corriendo, llevando consigo una escoba de ramas.

«¡Pero Judas! ¡Qué modales!».

«Calla, Maestro. Déjame a mí. Deben creer que somos ricos y de ciudad».

El dueño, que acude corriendo, se rompe la espalda de tantas reverencias como hace delante de Judas, al cual se le ve imponente con el manto rojo oscuro de Jesús encima de su rica vestidura amarilla oro, toda llena de bandas y franjas.

«Venimos de lejos. Somos judíos de las comunidades asiáticas. Éste, perseguido, betlemita de nacimiento, viene buscando a sus amigos íntimos. Y nosotros venimos con Él, de Jerusalén, donde hemos adorado al Altísimo en su Casa. ¿Puedes darnos información particularizada al respecto?».

«Señor... tu siervo... Todo tuyo. Ordena».

«Queremos saber acerca de muchos... y especialmente de Ana, la mujer que tenía su casa frente a esta posada».

«¡Oh, pobrecilla! A Ana sólo la volveréis a ver en el seno de Abraham, y, con ella, a sus hijos».

«¿Muerta? ¿Por qué?».

«¿No sabéis lo de la matanza de Herodes? Todo el mundo habló de ello, e incluso el César le definió a Herodes “cerdo que se nutre de sangre”. ¡Ay! ¿Qué he dicho! ¡No me denuncies! ¿Eres un auténtico judío?».

«Mira el signo de mi tribu. ¿Entonces?... Habla».

«A Ana la mataron los soldados de Herodes, y con ella a todos sus hijos, menos una».

«Pero, ¿por qué? ¡Era muy buena!».

«¿La conocías?».

«Muy bien» Judas miente descaradamente.

«La mataron por haber proporcionado alojamiento a los que se decían padre y Madre del Mesías...

74.4

Ven aquí, a esta habitación... Las paredes oyen, y hablar de ciertas cosas... es peligroso».

Entran en una pequeña habitación oscura y baja. Se sientan en un diván también bajo.

«La cosa fue así... yo intuí algo. ¡No en vano soy posadero! He nacido aquí, soy hijo de hijos de posaderos. Llevo la malicia en la sangre. Y entonces no los acepté. Quizás hubiera podido encontrar un lugar para ellos. Pero... galileos, pobres, desconocidos... ¡no, no!, ¡Ezequías no comete este error! Y además... sentía... sentía que eran distintos... esa mujer... unos ojos... un algo... ¡no, no!; debía tener el demonio dentro y hablar con él. Y nos lo trajo aquí... A mí no, pero sí a la ciudad. Ana era más inocente que un cordero, y los hospedó pocos días después, ya con el Niño. Decían que era el Mesías... ¡Cuánto dinero gané esos días! ¡Fue mucho más que un empadronamiento! Venía incluso gente que no habría debido venir por el padrón. Venían incluso desde el mar, ¡hasta de Egipto!, a ver... ¡y durante meses! ¡Qué ganancias tuve!... Los últimos en llegar fueron tres reyes, tres potentados, o tres magos... ¡yo qué sé! ¡Un cortejo!... ¡no acababa nunca! Me ocuparon todas las cuadras y pagaron en oro heno como para un mes, y luego se fueron al día siguiente dejándolo todo allí. ¡Y qué regalos a los mozos de los establos, a las mujeres... y a mí! Yo... del Mesías, fuera verdadero o falso, sólo puedo hablar bien. Me hizo ganar monedas a mansalva. No sufrí ningún desastre; muertos, tampoco, porque me acababa de casar. Por tanto... ¡Pero los demás...!».

74.5

«Querríamos ver los lugares de la matanza».

«¿Los lugares? Pero si todas las casas fueron lugar de matanza. Hubo muertos en varias millas a la redonda. Venid conmigo».

Suben una escalera y luego a una terraza que está encima del tejado; desde arriba se ve ampliamente el campo y toda Belén extendida como un abanico abierto sobre sus colinas.

«¿Veis los puntos destruidos? Allí ardieron incluso las casas porque los padres defendieron a sus hijos con las armas. ¿Veis allí aquella especie de pozo cubierto de hiedra? Son los restos de la sinagoga, quemada con el jefe dentro, que había afirmado que aquél era el Mesías. La quemaron los que se salvaron, locos por la matanza de sus hijos. Hemos tenido luego problemas... Y allí, y allí, y allí... ¿veis aquellos sepulcros? Son de las víctimas... Parecen ovejas esparcidas entre la hierba, hasta donde alcanza la mirada. Todos inocentes, y también sus padres y madres... ¿Veis aquel pilón? Su agua quedó roja después de limpiar las armas y lavarse las manos los sicarios en ella. Y ¿habéis visto ese riachuelo de aquí detrás?... Era rosa debido a la gran cantidad de sangre que había recogido de las cloacas... Y ahí, sí, ahí enfrente... eso es todo lo que queda de Ana».

Jesús llora.

«¿La conocías bien?».

Responde Judas: «Era como una hermana para su Madre. ¿Verdad, amigo?».

Jesús responde solamente: «Sí».

«Entiendo» dice el posadero, y se queda pensativo.

74.6

Jesús se inclina hacia Judas para hablar con él en voz baja.

«Mi amigo querría ir a esas ruinas» dice Judas.

«¡Pues que vaya! ¡Son de todos!».

Bajan. Se despiden. Se marchan. El dueño de la posada se queda desilusionado; tal vez esperaba alguna ganancia.

Cruzan la plaza. Suben sobre la pequeña escalera que ha quedado en pie.

«Aquí — dice Jesús — mi Madre me sacó a saludar a los Magos, y desde aquí bajamos para ir a Egipto».

Algunas personas miran a los cuatro que están sobre las ruinas. Uno pregunta: «¿Familiares de la que mataron?».

«Amigos».

Una mujer grita: «No hagáis ningún mal, al menos vosotros, a la muerta, como los otros amigos suyos se lo hicieron a la viva, y luego escaparon indemnes».

Jesús está erguido en la terraza, contra el muro que la limita, por tanto a una altura de unos dos metros con respecto a la plaza, con el vacío por detrás, un vacío rico de luz que le aureola todo y hace aún más cándida la túnica de lino blanquísimo que le cubre — sólo la túnica, ahora que el manto se ha deslizado desde los hombros y está a sus pies como una base multicolor —. Más atrás, el fondo verde y desarreglado de lo que era el huerto y la tierra propiedad de Ana, yermado y lleno de escombros.

74.7

Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice: «¡No hables! ¡No es prudente!».

Mas Jesús llena la plaza de su voz potente: «¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8

La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9

Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

ECR 74.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.7 Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice: «¡No hables! ¡No es prudente!».

Mas Jesús llena la plaza de su voz potente: «¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8 La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9 Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

Detalle

Jesús llegó a las ruinas de la casa de Ana. Entonces decidió hablar a los habitantes de Belén, que habían perdido a sus hijos en la matanza de los Inocentes.

ECR 74.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8

La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9

Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

Detalle

Resumen Jesús llega a las ruinas de la casa de Ana. Decide hablar a los habitantes de Belén, que han perdido a sus hijos en la matanza de los Inocentes.

Anotación

Libro del Génesis 3, 14-19

Gn 3, 14-19 : Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: "Por haber hecho esto, serás maldita entre todos los animales y bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia: ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el talón."

Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: "Multiplicaré el dolor de tus embarazos; con dolor darás a luz hijos. Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti".

Luego dijo al hombre: "Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del fruto del árbol que te prohibí comer, ¡maldita sea la tierra por tu causa! Comerás de él con dolor todos los días de tu vida. Te dará espinas y cardos por su propia voluntad, pero tu alimento vendrá de labrar los campos. Con el sudor de tu rostro te ganarás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la que saliste, porque polvo eres y al polvo volverás.

Libro de Jeremías 31, 15

Jer 31,15: Así dice el Señor: Hay un clamor en Ramá, un lamento y un llanto amargo. Es Raquel que llora por sus hijos; no quiere ser consolada, porque sus hijos ya no existen.

Libro de Miqueas 5, 1

Mi 5, 1 : Y tú, Belén Efrata, la más pequeña de los clanes de Judá, de ti saldrá para mí el que ha de gobernar a Israel. Sus orígenes se remontan a la antigüedad, a los días de antaño.

ECR 75.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Quién eres?».

«Uno que te ama».

«Serías el primero desde hace muchos años. ¿De dónde vienes?».

«De Galilea».

«¿De Galilea? ¡Ah!». El hombre le mira atentamente — también los otros se han acercado —. «De Galilea» repite el pastor, y añade en voz baja como para sí mismo: «También Él venía de Galilea... ¿De qué lugar, Señor?».

«De Nazaret».

«¡Ah! Entonces dime. ¿Ha regresado un Niño, con una mujer de nombre María y un hombre de nombre José, un Niño aún más hermoso que su Madre (que flor más encantadora jamás vi en las laderas de Judá)? Un Niño nacido en Belén de Judá, en tiempos del edicto. Un Niño que luego huyó, para gran fortuna del mundo. ¡Un Niño que... yo daría la vida por saber que vive y es ya un hombre!».

«¿Por qué dices que el que huyera ha sido una gran fortuna para el mundo?».

«Porque Él era el Salvador, el Mesías, y Herodes le quería muerto. Yo no estaba cuando huyó con su padre y su madre... Cuando tuve noticias de la matanza y volví — porque yo también tenía hijos (un sollozo), Señor, y mujer (sollozo) y sentía que los habían matado (otro sollozo), pero te juro por el Dios de Abraham, que temblaba por Él más que por mi misma carne —, supe que había huido, y ni siquiera pude preguntar, ni siquiera pude recoger a mis criaturas degolladas... Me apedreaban como a un leproso, como a un inmundo, como a un asesino... Y tuve que huir a los bosques, llevar una vida de lobo... hasta que encontré a un propietario de ganado. ¡Oh, pero no es como era Ana!... Es duro y cruel... Si una oveja se disloca una pata, si el lobo se me lleva un cordero, o recibo palos hasta sangrar o me quita mi poca paga o debo trabajar en los bosques para otros, hacer algo, pero pagar, siempre el triple del valor. Pero no importa. Siempre le he dicho al Altísimo: “Que yo pueda ver a tu Mesías. Que al menos pueda saber que vive, y todo lo demás no es nada”. Señor, te he referido cómo me trataron los de Belén y cómo me trata el patrón. Habría podido devolver mal por mal, o hacer el mal, robando, para no sufrir a causa del patrón. Pero sólo he querido perdonar, sufrir, ser honesto, porque los ángeles dijeron: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena vo­lun­tad”».

«¿Dijeron eso exactamente?».

«Sí, Señor, créelo Tú, Tú al menos, que eres bueno. Conoce Tú al menos, y cree, que el Mesías ha nacido. Nadie quiere creerlo ya. Pero los ángeles no mienten... y nosotros no estábamos borrachos como decían. Éste, ¿ves?, era un niño entonces, y fue el primero que vio al ángel. Sólo bebía leche. ¿Puede la leche emborracharle a uno? Los ángeles dijeron: “Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador que es Cristo, el Señor. Le reconoceréis por esto: encontraréis a un Niño recostado en un pesebre, envuelto en pañales”».

«¿Dijeron eso exactamente? ¿No entendisteis mal? ¿No os equivocáis, después de tanto tiempo?».

«¡Oh, no! ¿Verdad, Leví? Para no olvidarlo — ya de por sí no habríamos podido, porque eran palabras del Cielo y se escribieron con el fuego del Cielo en nuestros corazones — todas las mañanas, todas las tardes, cuando sale el Sol, cuando brilla la primera estrella, las recitamos como oración, como bendición, como fuerza y consuelo, con el Nombre de Él y de su Madre».

«¡Ah!, ¿decís: “Cristo”?».

«No, Señor. Decimos: “Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, por Jesucristo que nació de María en un establo de Belén y que, siendo el Salvador del mundo, estaba envuelto en pañales en un pesebre”».

Detalle

Jesús viene a ver a los pastores de Belén. El mayor, Elías, le pregunta: