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Notas del tema

Hechos sobre la vida pública de Jesucristo

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ECR 68.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

68.5 La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice — después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie — os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; Él limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

ECR 68.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?».

«Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que le apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que le supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito».

«¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?».

«Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los pre­sen­tes».

«¿Dónde? ¿Cuándo?».

«Cuando llegó el momento de señalarlo».

ECR 68.5-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

68.5 La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero no está muda. Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto, y dice — después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie — os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; Él limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved. Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene. Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías, y, con el poder que me viene del Padre, la amplifico, y añado mi poder, y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros».

Uno pregunta: «Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?».

«Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que le apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que le supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito».

«¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?».

«Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los pre­sen­tes».

«¿Dónde? ¿Cuándo?».

«Cuando llegó el momento de señalarlo».

68.6 Judas se siente en el deber de decir a diestro y siniestro: «El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que le conozco y soy su primer discípulo».

«¡Él!... ¡Oh!...». La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás. Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse.

«Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués».

«Háblale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando...».

«Maestro».

«Judas». Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

«Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarle».

«Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?».

«Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede».

«¿Puedes creer en mí?».

«Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?».

Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo. «¿Qué ves?».

«Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?».

Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego. «¿Qué ves?» le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

«¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!». El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

«Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios».

68.7 Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta: «¿Con qué facultad haces estas cosas?».

«¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?».

«¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!».

«Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?».

«Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos».

«Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas».

El levita se marcha pensativo y todo termina.

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Jesús habló a la gente en el Templo de Jerusalén y dijo:

Palabras clave

ECR 68.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués».

«Háblale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando...».

«Maestro».

«Judas». Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

«Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarle».

«Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?».

«Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede».

«¿Puedes creer en mí?».

«Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?».

Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo. «¿Qué ves?».

«Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?».

Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego. «¿Qué ves?» le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

«¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!». El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

«Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios».

68.7 Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta: «¿Con qué facultad haces estas cosas?».

«¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?».

«¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!».

«Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?».

«Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos».

«Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas».

El levita se marcha pensativo y todo termina.

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Jesús habla y Judas anima a la gente a pedirle un milagro. Jesús realiza uno, y al final le preguntan con qué autoridad lo hace.

ECR 69.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

69.5 He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre».

«¿Y los pecados?».

«Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo».

«¿No has pecado nunca, Jesús?».

«Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar».

«¿Has sido tentado alguna vez?».

«Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen».

«Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?».

«Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además... Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: “ahora me siento a la mesa”, o cuando dice “no hay comida para mí”?».

«Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo».

«Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas».

«¿Y no has cedido nunca?».

«No he cedido nunca».

«¿Cómo lo has conseguido?».

«He dicho: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

«¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?».

«No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.»

ECR 70.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,... qué carga!... Es como si llevara un peso en el corazón».

«Yo te amo, Jesús».

«Sí, y me consuelas. Te quiero mucho, Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca».

«¡Traicionarte! ¡Oh!».

«Y, sin embargo, habrá muchos que me traicionen...»

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Jesús le dijo a Juan:

ECR 70.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Quiero que os améis sin preferencias, ayudándoos mutuamente, comprendiéndoos mutuamente. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad llegaréis a la perfección; lo que os falte lo pondré Yo. Vosotros sois como los hijos de una santa familia. En ella hay muchos caracteres distintos. Uno es fuerte; el otro, dulce o valiente o tímido o impulsivo o muy cauto. Si todos fuerais iguales, constituiríais una potencia en un carácter, pero estaríais incompletos en todos los demás; mientras que así formáis una unión perfecta porque os completáis unos a otros. El amor os une — debe uniros —, el amor por la causa de Dios».

«Y por ti, Jesús».

«Primero la causa de Dios y luego el amor hacia su Cristo».

ECR 72.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

72.3 «Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu... Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente».

«¿Juzgaremos todos justamente?».

«No, Judas».

«Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?».

«Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo...».

«¿No lo haces ya?».

«Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: “El Mesías está entre nosotros. Id a Él”. Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre...».

«¡Oh!, ¿también milagros?».

«Sí, en los cuerpos y en las almas».

«¡Cuánto nos admirarán entonces!» — se le ve a Judas alborozado ante esta idea —.

72.4 «Pero ya no estaremos con el Maestro entonces... y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios» dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste.

«Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso» — es Simón quien ha hablado —.

«Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente».

«¿Ya sabes que es un consejo?».

Jesús sonríe y calla.

«Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: “Os mandaré”, es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia.»

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Los apóstoles (Juan, Judas y Simón el Zelote) discuten sobre los milagros y el envío de los discípulos cuando Jesús ya no esté con ellos.

Jesús dijo a los tres apóstoles:

ECR 72.3-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

72.3 «Me entristece sólo el constatar lo corrompido que está el hombre por Satanás, y cómo éste le aparta el pensamiento del recto camino. ¡Todos, ¿sabéis?, todos tenéis el pensamiento turbado por él! Pero vendrá, ¡oh!, vendrá el día en que tendréis en vosotros la Fuerza de Dios, la Gracia; tendréis la sabiduría con su Espíritu... Entonces dispondréis de todo para juzgar justamente».

«¿Juzgaremos todos justamente?».

«No, Judas».

«Pero, ¿te refieres a nosotros, discípulos, o a todos los hombres?».

«Hablo aludiendo primero a vosotros, pero también a todos los demás. Cuando llegue la hora, el Maestro creará a sus obreros y los mandará por el mundo...».

«¿No lo haces ya?».

«Por ahora sólo me sirvo de vosotros para decir: “El Mesías está entre nosotros. Id a Él”. Llegada la hora, os haré capaces de predicar en mi nombre, de cumplir milagros en mi nombre...».

«¡Oh!, ¿también milagros?».

«Sí, en los cuerpos y en las almas».

«¡Cuánto nos admirarán entonces!» — se le ve a Judas alborozado ante esta idea —.

72.4 «Pero ya no estaremos con el Maestro entonces... y yo tendré siempre miedo de hacer con capacidad de hombre lo que es de Dios» dice Juan, y mira a Jesús pensativamente, y también un poco triste.

«Juan, si el Maestro lo permite, quisiera decirte lo que pienso» — es Simón quien ha hablado —.

«Díselo. Deseo que os aconsejéis mutuamente».

«¿Ya sabes que es un consejo?».

Jesús sonríe y calla.

«Pues bien, entonces yo te digo, Juan, que no debes, no debemos temer. Apoyémonos en su sabiduría de Maestro santo, y en su promesa. Si Él dice: “Os mandaré”, es señal de que sabe que puede enviarnos sin que le perjudiquemos a Él ni a nosotros, o sea, a la causa de Dios que todos amamos como se ama a la propia esposa recién casada. Si Él nos promete vestir nuestra miseria intelectual y espiritual con los fulgores de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros de que lo hará, y nosotros tendremos ese poder de que nos habla el Maestro; no por nosotros, sino por su misericordia. Pero, ciertamente, todo esto sucederá si nosotros no ponemos orgullo, deseo humano, en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión — que es completamente espiritual — con elementos terrestres, entonces decaerá también la promesa del Cristo; no por incapacidad suya, sino porque nosotros ahogaremos esta capacidad con el lazo de la soberbia.

72.5 No sé si me explico bien».

«Te explicas muy bien. Me he equivocado yo. Pero mira... pienso que, en el fondo, desear ser admirados como discípulos del Mesías, suyos hasta el punto de haber merecido hacer lo que Él hace, es deseo de aumentar aún más la potente figura del Cristo ante las gentes. Gloria al Maestro que tiene tales discípulos; esto es lo que yo quiero decir» le responde Judas.

«No todo es erróneo en tus palabras. Pero... mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».

«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.

72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego.»

ECR 73.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías...! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!... ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo...