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Notas de la palabra clave

Ángeles

Tema: Hechos y elementos bíblicos en el Nuevo Testamento · Página 4 de 5

Comodidad de lectura

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ECR 174.18 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrán seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios amándole en el gozo del Cielo.

ECR 179.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sean justos vuestros corazones recíprocamente, como justo era el hombre al que lloráis. No deis impronta humana a lo sobrehumano: la muerte y la elección para una misión. El alma del justo no ha sufrido turbación al ver la ausencia del hijo en el entierro de su cadáver; es más, la seguridad sobre el futuro de su Elías le ha dado paz. No turbe el pensamiento del mundo la gracia de la elección. Si el mundo se ha podido quedar sorprendido al no ver a éste junto al féretro paterno, los ángeles han exultado al verle al lado del Mesías. Sed justos. Y a ti, madre, que esto te consuele; has educado sabiamente y tu hijo ha sido llamado por la Sabiduría. Os bendigo a todos. La paz os acompañe ahora y siempre».

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Mensaje de Jesús a unos hermanos que están enfadados con su hijo menor porque siguió a Jesús en vez de ir con ellos a enterrar a su padre.

ECR 180.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Nuestros sentidos necesitan siempre un término para aferrar una idea. Cada uno de nosotros — me refiero a nosotros creyentes — cree, claro está, por la misma fe, en el Altísimo, Señor y Creador, eterno Dios que está en el Cielo. Pero todos necesitamos algo más que esta fe desnuda, virgen incorpórea, adecuada y suficiente para los ángeles, que ven y aman a Dios espiritualmente compartiendo con Él la naturaleza espiritual y teniendo la capacidad de ver a Dios. Nosotros necesitamos crearnos una “figura” de Dios, figura que está hecha de las cualidades esenciales que ponemos en Dios para dar un nombre a su perfección absoluta, infinita. Cuanto más se concentra el alma más alcanza la exactitud en el conocimiento de Dios. Pues bien, lo que yo digo es esto: el Dios inmanente. No soy un filósofo. Quizás haya aplicado mal la palabra. Lo que quiero decir, en definitiva, es que para mí el Dios inmanente es el hecho de sentir, de percibir, a Dios en nuestro espíritu, y sentirle y percibirle no ya como una idea abstracta sino como real presencia que da fortaleza y paz nuevas».

Detalle

Simón el Zelote habla con Judas.

Palabras clave

ECR 181.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En el sentido universal, la parábola tiene esta aplicación: el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino de Dios, sembrados por Dios en el mundo en espera de que alcancen su máximo desarrollo y sean cortados por la Guadaña, y los lleven al Amo del mundo para que los almacene en sus graneros; la cizaña son los hijos del Maligno, esparcidos a su vez por el campo de Dios con la intención de causar dolor al Amo del mundo y de perjudicar a las espigas de Dios — el Enemigo de Dios, por un sortilegio, los ha sembrado de propósito (porque verdaderamente el Diablo desnaturaliza al hombre hasta hacer de éste una criatura suya, y siembra la cizaña para apartar de la recta vía a los que no ha podido someter de otra manera)—; la siega, o, más exactamente, la formación de las gavillas y su transporte a los graneros, es el fin del mundo, y quienes la llevan a cabo son los ángeles: a ellos les ha sido encargado reunir a las segadas criaturas, y separar el trigo de la cizaña; y, de la misma forma que ésta es arrojada a las llamas en la parábola, así serán arrojados al fuego eterno los condenados, en el Último Juicio.

El Hijo del hombre ordenará eliminar de su Reino a todos los que hayan cometido escándalos y a los inicuos. Porque el Reino estará en la tierra y en el Cielo y entre los miembros del Reino de la tierra habrá, mezclados, muchos hijos del Enemigo, los cuales, como dijeron también los Profetas, alcanzarán la perfección del escándalo y de la abominación en cada uno de los ministerios de la tierra y atormentarán gravemente a los hijos del espíritu. Del Reino de Dios, de los Cielos, ya habrán sido alejados los pervertidos, porque en el Cielo no cabe corrupción. Así pues, los ángeles del Señor, batiendo la hoz por entre las hileras de la última cosecha, segarán y luego separarán el trigo de la cizaña; ésta será arrojada al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes; los justos — el trigo selecto —, sin embargo, serán conducidos a la Jerusalén eterna, donde brillarán como soles en el Reino del Padre mío y vuestro.

Esto en el sentido universal.

Detalle

Jesús acaba de dar la parábola del buen grano y la cizaña y de explicarla a los apóstoles. El texto evangélico está disponible como anotación.

Anotación

Llegarán, como anuncian los profetas, a la perfección del escándalo y la abominación en toda su actividad terrenal. Como anuncian por ejemplo: Daniel 9, 27; 11, 31.36; 12, 11.

Daniel 9, 27: Hará un pacto firme con un gran número durante una semana; y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y sobre el ala de las abominaciones vendrá un destructor, hasta que la destrucción y lo que ha sido decretado se derramen sobre los devastados.

No hemos encontrado ningún versículo convincente en las otras referencias dadas.

Dan 11, 31.36 : Tropas enviadas por él se pararán allí; profanarán el santuario y la fortaleza; pondrán fin al sacrificio perpetuo y levantarán la abominación del destructor.

Dan 12:11: Desde el momento en que se ponga fin al sacrificio perpetuo y se levante la abominación del destructor, habrá mil doscientos noventa días.

Este es, pues, el sentido universal: Jesús ya había comentado el sentido de la Parábola en su catequesis del 27 de octubre de 1943.

Evangelio de Mateo 13, 23-30; 36-43

Mt 13, 23-30; Mt 13, 36-43: El que recibe la semilla en buena tierra es el que oye la Palabra y la comprende: da fruto cien veces, o sesenta veces, o treinta veces". Y les contó otra parábola: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando el tallo creció y produjo una espiga de trigo, apareció también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron y le dijeron: "Señor, ¿no es éste buen grano el que has sembrado en tu campo? ¿De dónde ha salido la cizaña?". Él les respondió: "Lo ha hecho un enemigo". Los criados le dijeron: "¿Quieres que vayamos y la quitemos?". Él respondió: "No, si quitáis la cizaña, corréis el riesgo de arrancar al mismo tiempo el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: "Quitad primero la cizaña, atadla en manojos para quemarla; en cuanto al trigo, recogedlo para llevarlo a mi granero"".

Luego dejó a la gente y volvió a casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: "Explícanos claramente la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El Hijo del hombre es el que siembra la buena semilla; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la cosecha es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Así como la cizaña es arrancada y arrojada al fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y sacarán de su reino a todos los que hacen tropezar y a todos los que hacen el mal, y los arrojarán al horno, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oído, que oiga.

ECR 191.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

Anotación

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús se refiere a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota María Valtorta en una copia mecanografiada.

Evangelio de Lucas 16:19-31

Lc 16,19-31: "Había un hombre rico, vestido de púrpura y lino fino, que daba todos los días suntuosos banquetes. Ante su puerta yacía un pobre llamado Lázaro, cubierto de llagas. Le hubiera gustado comer lo que caía de la mesa del rico, pero los perros se acercaban y le lamían las llagas. El pobre murió y los ángeles se lo llevaron a Abraham. También el rico murió y fue sepultado.

Y cuando estaba en el Hades, fue torturado; y cuando levantó la vista, vio de lejos a Abrahán y cerca de él a Lázaro. Entonces gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro a mojar la punta de su dedo en agua para refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo terriblemente en este horno. - Hijo mío -respondió Abraham-, recuerda: tú recibiste la felicidad durante tu vida, y Lázaro la desgracia durante la suya. Ahora él encuentra aquí consuelo, y tú, sufrimiento. Y además de todo eso, se ha abierto un gran abismo entre vosotros y nosotros, de modo que los que quisieran cruzar a vosotros no pueden, y de allí tampoco pueden cruzar a nosotros." El rico replicó: "Pues bien, Padre, te ruego que envíes a Lázaro a casa de mi padre. Porque tengo cinco hermanos: ¡que les dé su testimonio, no sea que vengan también ellos a este lugar de suplicio!" Abraham le dijo: "Tienen a Moisés y a los Profetas: ¡que los escuchen! - Él respondió: "No, padre Abrahán, pero si alguien de entre los muertos viene a ellos, se convertirán". Abraham respondió: "Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, puede que alguien resucite de entre los muertos: no se convencerán""""

ECR 194.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.

Jesús llama a Yabés: «Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?».

«Mi mamá me hablaba de la Ley y mi padre me enseñaba los preceptos. Sé leer y... y creo que sé lo que “ellos” me han dicho... antes de morir». El niño, que había acudido a la llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora, con su cabecita agachada y con su mano, temblorosa, en la mano de Jesús.

«No llores. Mira. ¿Sabes dónde estamos? Esto es Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño angélico. ¿Lo sabías? ¿Te acuerdas?».

«Sí, Señor. Vio una escalera que tocaba el Cielo desde la tierra, y subían y bajaban ángeles; mi madre me decía que en el momento de la muerte, si habíamos sido buenos, veríamos eso mismo y que iríamos por esa escalera a la Casa de Dios. Mi madre me decía muchas cosas... pero... ahora ya no me las dirá... Las tengo todas aquí dentro, esto es todo lo que tengo de ella...». Las lágrimas se deslizan por su tristísima carita.

«¡No llores de ese modo, hombre! Mira, Yabés, Yo tengo a mi Madre, que se llama María y que es santa y buena y que sabe también decir muchas cosas. Es más sabia que un maestro, más buena y hermosa que un ángel. Estamos yendo a verla. Te querrá mucho. Te dirá muchas cosas. Y además, con Ella, está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María, y la madre de mi hermano Judas, dulce igualmente como un pan de miel, y que se llama también María. Te van a querer mucho, muchísimo, porque eres un niño excelente y porque Yo te quiero mucho y ellas me quieren a mí. Luego, crecerás con ellas, y cuando seas mayor serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti a tu hora. Tú no tendrás siquiera necesidad de subir la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante tu vida, siendo un buen discípulo, y te verás allí, ante la puerta abierta del Paraíso, y Yo estaré allí y te diré: “Ven, amigo mío e hijo de María”, y estaremos juntos».

La fúlgida sonrisa de Jesús, que camina un poco curvado para estar más cerca de la carita alzada del niño — que va andando a su lado con su manita en la de Jesús —, y estas palabras maravillosas, enjugan las lágrimas y hacen brotar una sonrisa.

Anotación

Libro de Génesis 28, 10-19

Gén 28, 10-19 : Jacob salió de Bersabé y se dirigió a Harán. Llegó a un lugar y se quedó allí toda la noche, porque el sol se había puesto. Tomó una de las piedras que había allí, la convirtió en su lecho y se acostó en aquel lugar. Soñó que había una escalera sobre la tierra, cuya parte superior llegaba hasta el cielo, y que por ella subían y bajaban ángeles de Dios, y que Yahvé estaba de pie en la parte superior. Dijo: "Yo soy Yahvé, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. Yo te daré a ti y a tu descendencia esta tierra sobre la que yaces. Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás al oeste y al este, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti y en tu descendencia. He aquí que yo estoy con vosotros, y os guardaré dondequiera que vayáis, y os haré volver a esta tierra. Porque no te dejaré hasta que haya cumplido lo que te he dicho. "

Jacob despertó de su sueño y dijo: "¡Ciertamente Yahvé está en este lugar, y yo no lo sabía! " Temeroso, añadió: "¡Qué terrible es este lugar! Esta es la casa de Dios, esta es la puerta del cielo. "Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que había hecho para su cabecera, la erigió en monumento y derramó aceite sobre su cima. Llamó al lugar Betel, pero el nombre original de la ciudad era Luz.

ECR 204.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Sólo hay un único y verdadero Dios».

«¿Entonces... Él está allá arriba, solo, en su Olimpo? ¿Y qué hace si está solo?».

«Se basta a sí mismo, aunque se ocupa de todas las cosas de la creación. Te he dicho que hasta en el zumbido del mosquito Dios está presente. No se aburre, no lo pongas en duda. No es un pobre hombre, dueño de un inmenso imperio en que se siente odiado y vive temblando. Él es el Amor y vive amando. Su Vida es Amor continuo. Se basta a sí mismo porque es infinito y potentísimo; es la Perfección. Y tantas son las cosas creadas, las cuales viven porque Él continuamente lo quiere, que no tiene tiempo de aburrirse. El aburrimiento es fruto del ocio y del vicio. En el Cielo del verdadero Dios no hay ni ocio ni vicio. Pronto tendrá, además de los ángeles que ahora le sirven, un pueblo de justos que en Él exultarán, y este pueblo irá creciendo cada vez más por los que en el futuro creerán en el verdadero Dios».

«¿Los ángeles son los genios?» pregunta Lidia.

«No. Son seres espirituales, como lo es Dios, que los ha creado».

«¿Y los genios qué son entonces?».

«Como vosotros los imagináis son una falsedad. Como los imagináis vosotros no existen. Lo que sucede es que, por esa instintiva necesidad del hombre de buscar la verdad, también vosotros habéis sentido que el hombre no es sólo carne y que una realidad inmortal está unida a su cuerpo perecedero. El hombre busca la verdad aguijoneado por el alma, que vive y está presente también en los paganos, aunque atribulada porque en ellos su deseo está ahogado, porque se siente hambrienta en su nostalgia del Dios verdadero, que sólo ella recuerda, en ese cuerpo en que vive, gobernado por una mente pagana. Y también las ciudades y las naciones posean una realidad inmortal. Por eso creéis, sentís la necesidad de creer, en los “genios”; y os dais el genio individual, el de la familia, el de la ciudad, el de las naciones. Así, tenéis el “genio de Roma”, el “genio del emperador”... y los adoráis como divinidades menores. Entrad en la verdadera fe: conoceréis a vuestro ángel, seréis amigos de él y le veneraréis, aunque sin adorarle, porque sólo a Dios se le adora».