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Notas de la palabra clave

Curación y milagros para los poseídos

Tema: Jesucristo

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ECR 59

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús viene a predicar a la sinagoga de Cafarnaún. Jairo le da la bienvenida y Jesús le pide un pergamino: el Espíritu le guiará. Entonces Jesús hace un comentario sobre el Libro de Josué y habla del Reino de Dios, de la necesidad de no pecar más, de arrepentirse y de prepararse para el Cielo y la eternidad venidera. Al final de su sermón, un hombre le contradice y cita el segundo libro de los Macabeos. Dijo que Dios había golpeado a Israel, y Jesús le contestó que él estaba aplicando una visión humana a esas palabras, mientras que el Señor las interpretaba de forma sobrenatural. Dice que, aunque Dios ha golpeado a su pueblo, sin embargo ha amado profundamente a Israel enviándole la salvación que es su Mesías.

El hombre critica a Cristo y duda de que sea el Redentor. En respuesta, Jesús evoca al Precursor y a la paloma que descendió en su bautismo: afirma con toda sencillez que es el Redentor prometido. Como su interlocutor tiene dudas, manda llamar a un endemoniado, con el que nunca había hablado. El demonio se agita cuando se encuentra ante el Hijo de Dios y afirma que es el Santo de Dios. Jesús le ordenó que se callara y se marchara. El hombre quedó curado y el demonio, vencido, se marchó ante las burlas de la multitud.

Jesús realizó varios milagros físicos y luego salió de la sinagoga con dificultad.

ECR 59.6-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Detalle

En 59.2, la esposa de Ageo, un hombre poseído, oye que Cristo ciertamente sanará a los enfermos después de que él predique. Entonces ella dice: "¡Ah, si Haggeo viniera! Lo intentaré... pero no vendrá".

Jesús predica y es interpelado por un hombre, que parece dudar de que él sea el Mesías. Jesús dice entonces que otro hablará y dirá quién es él.

ECR 61

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús cuenta una parábola sobre el caballo amado del rey. Habla de la voluntad del hombre, del Hijo enviado por el Padre para salvar a su amada criatura. La gente dice a Jesús que, ante tal actitud, el caballo debe volver a Dios, pues su rey quiere el bien para él, y Jesús les anima a seguir la respuesta que le han dado.

Entonces Jesús quiere dar el óbolo. Aparecen un jorobado (que no se atrevió a pedir el milagro) y un anciano que ha venido a suplicar la curación de su hija, postrada en cama. Jesús los curó.

También a una mujer de 27 años, con siete hijos, a la que no le quedaba nada. Le dio una gran suma de dinero y le prometió que la ayuda de Dios no le faltaría.

Por último, hay un anciano harapiento a quien Jesús no da nada. El hombre afirma que Cristo es injusto y monta una escena. Pero Jesús le reprende, porque es un mentiroso, un usurero, un avaro y un ladrón. Le ordena que se vaya y, mientras la multitud se ríe, Jesús les reprende también a ellos, diciéndoles que nunca sean crueles insultando a un pecador, porque cada uno tiene su propio pecado. Jesús debió avergonzarlo, porque nunca está permitido ser ladrón, pero él sufrió por hacerlo, e invita a la gente a no ser avariciosa, a no mentir, a ser pura y honesta.

Finalmente, Jesús libera a dos endemoniados. Pero se siente abrumado, porque hay posesiones que supuran en el corazón de las personas y las cierran a la honestidad y al amor. Jesús se entristece. La visión termina ahí.

ECR 61.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que le maltrata».

«Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas».

Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena: «Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas».

Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran bendiciendo.

«Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues».

La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.

«Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos, comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos una sentina de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío!». Jesús, abatido, se sienta.

«¿Estás cansado, Maestro?».

«No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he venido... pero el hombre... el hombre... ¡Oh, Padre mío!...».

«Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos...».

«Lo sé. ¡Pero sois tan pocos... y mi deseo de salvar es tan gran­de!».

Jesús le ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, le miran con amor y tristeza.

Y la visión cesa así.

ECR 129

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

En EMV 129, un romano se presenta con su hermano endemoniado. Había recorrido un largo camino para ver al Maestro y que su hermano sanase. Esto merece ser recompensado, pero Cristo no se detiene ahí: también le habla del alma, de Galeno, un filósofo romano, y conquista literalmente el alma del romano. Luego cura a su hermano poseído. A continuación, Jesús comenta un pasaje del Segundo Libro de los Reyes y dice que ha venido para todos. Incluso dice que, con ello, ha podido iluminar a dos almas que irán a casa a anunciar al Señor. El Maestro habla brevemente del alma y del hecho de que el Salvador vino también para los gentiles. Los dos romanos se marchan. Aglaia llora y Jesús envía a Pedro a darle un mensaje: "Que pasen los países, pero que permanezca el Cielo".

ECR 147

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: Curación de una mujer de Sicar y conversión de Fotinai.

Fecha de la visión: Jueves 26 de abril de 1945

Calendario: jueves 6 enero 28

Localización (mapa) :Sicar

Ciclo: La mujer samaritana

Resumen: El grupo apostólico abandona Sicar. Los apóstoles recriminan al Señor que haya venido a Samaria. Jesús señala que pudo sembrar y cosechar, pero Tomás comenta que los samaritanos no tenían mucha fe, ya que no pedían milagros. El Maestro responde que pedir un milagro no es sinónimo de fe verdadera y duradera. Cuando finalmente se le dice que el Sanedrín podría reprenderle por haber hecho esta visita a tierras idólatras, Cristo responde que de todos modos encontrarían motivos para acusarle, y añade que un día dedicado a salvar ovejas perdidas nunca se pierde en vano. Por último, la curación de una samaritana endemoniada. Pedro estaba avergonzado porque estaba seguro de que alguien quería hacer daño a Cristo. Finalmente llegó Photinai, que había hablado con el hombre con el que había estado viviendo. Quería crecer en santidad. Jesús le dice que espere en casa y que una mujer redimida vendrá a ella y la ayudará a estar cerca del Redentor.

Contenido del capítulo: 147.1: Los apóstoles critican al Maestro. 147.2: Un hombre que desconfía de los apóstoles trae a su mujer harapienta. 147.3: Jesús la cura. ¡Cuántas cosas te faltan! 147.4: Llegada de Fotinai y su deseo de conversión.

ECR 186.2.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sé”; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis».

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

(...) «Pero... ¿este argayo!».

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

«¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos... completamente desnudos... vienen hacia aquí gesticulando. Locos...».

«O endemoniados» responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea (en vez de brazos parece tener alas). Se desploma a los pies de Jesús gritando: «¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?».

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que le hace tardo, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita: «¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!».

«Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre».

«Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición. Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!...».

«¡Salid! ¡En nombre de Jesús, salid!». Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

«Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes».

«Id».

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoniacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago. Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad.

186.6

Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen: «¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!».

Jesús, sereno, responde: «Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre. Dadles un vestido a éstos. No pueden estar así».

El Zelote abre un saco y ofrece uno de sus indumentos; Tomás da el otro. Los dos hombres están todavía un poco atónitos, como si se acabaran de despertar de un sueño muy molesto lleno de pesadillas.

«Dadles algo de comer. Que vuelvan a vivir como hombres».

Y mientras los dos hombres comen el pan y las aceitunas que les han ofrecido y beben del boto de Pedro, Jesús los observa.

Por fin hablan: «¿Quién eres?» dice uno de ellos.

«Jesús de Nazaret».

«No te conocemos» dice el otro.

«Vuestra alma me ha conocido. Ahora levantaos y marchad a vuestras casas».

«Creo que hemos sufrido mucho, pero no recuerdo bien. ¿Quién es éste?» dice el hombre que hablaba por el demonio señalando a su compañero.

«No lo sé. Estaba contigo».

«¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?» pregunta a su compañero.

El que era como mudo, que todavía es el más inactivo, dice: «Me llamo Demetrio. ¿Aquí está Sidón?».

«Sidón está en la costa. Aquí estás al otro lado del lago de Galilea».

«¿Y por qué estoy aquí?».

Ninguno le puede dar una respuesta.

186.7

En ese momento está llegando un grupo de personas seguidas por los pastores. La gente parece asustada y curiosa, y su estupor aumenta al ver a los dos hombres vestidos y en orden.

«¡Aquél es Marcos de Josías!... ¡Y aquél es el hijo del mercader pagano!...».

«Y aquél es el que los ha curado. Por Él han muerto nuestros cerdos, porque han enloquecido al entrar en ellos los demonios» dicen los custodios de los animales.

«Señor, reconocemos que eres poderoso, pero ya nos has perjudicado demasiado; nos has hecho un daño de muchos talentos. Te rogamos que te marches, no vaya a ser que por tu poder se derrumbe el monte y se hunda en el lago. Vete...».

«Me voy. Yo no me impongo a nadie». Jesús, sin rebatir, regresa por el mismo camino por el que había venido.

Le sigue, al final de la fila de los apóstoles, el endemoniado que hablaba; detrás, a distancia, muchos habitantes de la ciudad para asegurarse de que se marcha.

186.8

Salvan en sentido inverso el pronunciado declive del sendero. Regresan a la hoz del torrente, donde están las barcas. Los habitantes de la ciudad permanecen todavía en el borde de la cima del promontorio, mirando. El hombre liberado baja detrás de Jesús.

Los mozos de las barcas están aterrados: han visto la lluvia de cerdos en el lago y todavía contemplan los cuerpos que emergen — cada vez más y cada vez más hinchados — con las redondeadas panzas al aire y las cortas patitas tiesas, como cuatro estacas clavadas en una voluminosa vejiga sebosa. «Pero, ¿qué ha pasado?» preguntan.

«Ya os lo contaremos. Ahora soltad y vamos... ¿A dónde, Señor?» dice Pedro.

«Al golfo de Tariquea».

El hombre que los ha seguido, viéndolos subir a las barcas, suplica: «Tómame contigo, Señor».

«No. Ve a tu casa; los tuyos tienen derecho a tenerte. Háblales de las grandes cosas que te ha hecho el Señor y de cómo ha tenido piedad de ti. Esta zona tiene necesidad de creer. Enciende la llama de la fe en señal de agradecimiento al Señor. Ve. Adiós».

«Dame al menos la fuerza de tu bendición, para que el demonio no se vuelva a apoderar de mí».

«No temas. Si tú no quieres, no vendrá. De todas formas, te bendigo. Ve en paz». Las barcas se separan de la orilla en dirección Este-Oeste. Sólo entonces, cuando aquéllas hienden las olas sembradas de víctimas porcinas, los habitantes de la ciudad que no ha recibido al Señor se retiran del borde de la cima y se marchan.

Anotación

Los empleados amarran las barcas -hay una por barca- y se les dice que esperen hasta la noche para regresar a Cafarnaún. Se trata de dos figuras anónimas, que evidentemente realizan maniobras. Sin duda estaban presentes en EMV 185.

Al menos, déjame entrar en esta piara de cerdos: El texto original habla aquí en singular: Lasciami. Esta petición en singular es interpretada ingenuamente por Pedro en EMV 203,3.

Evangelio de Mateo 8, 28-34

Mt 8, 28-34 : Cuando Jesús llegaba a la otra orilla del río, al país de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros a su encuentro; eran tan agresivos que nadie podía pasar por allí. Y he aquí que se pusieron a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?". Había a lo lejos una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios suplicaron a Jesús: "Si vas a expulsarnos, envíanos a la piara de cerdos". Él les dijo: "Id". Salieron y entraron en la piara de cerdos; y he aquí que toda la piara se precipitó por el acantilado al mar, y los cerdos murieron en las olas. Los centinelas huyeron y fueron a la ciudad a contar todo esto, y especialmente lo que había sucedido a los endemoniados. Y he aquí que todo el pueblo salió al encuentro de Jesús; y al verle, la gente le rogó que se fuera de su tierra.

Evangelio de Marcos 5, 1-20

Mc 5, 1-20 : Llegaron a la otra orilla del mar de Galilea, al país de los gerasenos. Cuando Jesús bajó de la barca, en seguida salió a su encuentro de entre los sepulcros un hombre que tenía un espíritu inmundo; vivía en los sepulcros, y ya nadie podía atarlo, ni siquiera con una cadena; en efecto, muchas veces lo habían atado con grilletes y cadenas, pero él había roto las cadenas y los grilletes, y nadie podía retenerlo. Todo el día y toda la noche estaba entre los sepulcros y en los montes, gritando y haciéndose daño con las piedras. Cuando vio de lejos a Jesús, corrió hacia él, se postró ante él y gritó con fuerza: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! Jesús le dijo: "¡Espíritu inmundo, sal de este hombre! Y le preguntó: "¿Cómo te llamas? El hombre le respondió: "Me llamo Legión, porque somos muchos. Y le rogaron con insistencia que no los expulsara del país.

En la ladera había una gran piara de cerdos en busca de comida. Entonces los espíritus inmundos suplicaron a Jesús: "Envíanos a esos cerdos y entraremos en ellos". Él se lo permitió. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Eran unos dos mil y se ahogaban en el mar. Difundieron la noticia en la ciudad y en el campo, y la gente acudió a ver lo que había sucedido.

Cuando se acercaron a Jesús, vieron al endemoniado sentado, vestido y volviendo en sí, al que había tenido la legión de demonios, y se llenaron de miedo. Los que habían visto todo aquello les contaron la historia del endemoniado y lo que había sucedido con los cerdos. Entonces empezaron a rogar a Jesús que abandonara su territorio.

Cuando Jesús volvió a subir a la barca, el endemoniado le rogó que le permitiera estar con él. Él no consintió, sino que le dijo: "Vete a casa con tu familia y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho por ti en su misericordia". El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos se maravillaban.

Evangelio de Lucas 8, 26-39

Lc 8, 26-39 : Llegaron al país de los gerasenos, que está enfrente de Galilea. Cuando Jesús desembarcó, le salió al encuentro un endemoniado de la ciudad. Hacía mucho tiempo que no se vestía y no vivía en una casa, sino en los sepulcros. Cuando vio a Jesús, gritó, cayó a sus pies y le dijo a gran voz: "¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por favor, no me atormentes". De hecho, Jesús estaba ordenando al espíritu inmundo que saliera de aquel hombre, pues el espíritu se había apoderado de él muchas veces. Lo tenían atado con cadenas y grilletes en los pies, pero él rompió las cadenas y el demonio lo arrastró a lugares desiertos. Jesús le preguntó: "¿Cómo te llamas? El respondió: "Legión". Habían entrado en él muchos demonios. Y estos demonios rogaron a Jesús que no les ordenara ir al abismo. En la colina había una gran piara de cerdos en busca de comida. Los demonios le rogaron a Jesús que les permitiera entrar en los cerdos, y así lo hizo. Salieron del hombre y entraron en los cerdos. Desde lo alto del acantilado, la piara se precipitó al lago y se ahogó. Cuando los pastores vieron lo que había pasado, huyeron; difundieron la noticia en el pueblo y en el campo, y la gente salió a ver qué había pasado.

Cuando llegaron a Jesús, encontraron al hombre que los demonios habían abandonado; estaba sentado a los pies de Jesús, vestido y volviendo en sí. Y estaban aterrorizados. Los que lo habían visto les contaron cómo se había salvado. Entonces toda la gente del territorio de los gerasenos le pidió a Jesús que se fuera, porque tenían mucho miedo. Jesús volvió a subir a la barca y regresó.

El hombre que habían dejado los demonios le preguntó si podía estar con él. Pero Jesús lo despidió diciéndole: "Vuelve a tu casa y cuenta a todos lo que Dios ha hecho por ti. El hombre salió y proclamó por toda la ciudad lo que Jesús había hecho por él.

ECR 215.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Ahora vamos a Bet-Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo».

«¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también!» dicen los dos apóstoles en tono suplicante.

«Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia».

215.3

... Así que Felipe y Andrés van, sin rumbo fijo, por el pueblo. Llegan a una minúscula posada (más una caballeriza que una posada), donde hay unos intermediarios contratando corderos con unos pastores. Entran y, cohibidos, se paran en medio de un patio rodeado de arcadas muy toscas.

Viene el posadero: «¿Qué queréis?, ¿alojamiento?».

Los dos apóstoles se consultan recíprocamente con la mirada (una mirada llena de apuro). Es muy probable que de lo que habían pensado decir no les venga ni una sola palabra. Contra toda previsión, es precisamente Andrés el primero que cobra fuerzas y responde: «Sí, alojamiento para nosotros y para el Rabí de Israel».

«¿Qué rabí? ¡Hay muchos rabíes! Todos muy señores. No vienen a los pueblos de pobres a traernos su sabiduría. Somos los pobres los que tenemos que ir a ellos, ¡y ya es un regalo, si nos toleran a su lado!».

«El Rabí de Israel es uno sólo. Y viene precisamente a traer a los pobres la Buena Nueva; cuanto más pobres y pecadores son, más los busca y se acerca a ellos» responde dulcemente Andrés.

«¡Entonces... no hará dinero!».

«No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando logra salvar a un alma, su jornada está cumplida» responde también esta vez Andrés.

«¡Hummm...! Es la primera vez que oigo que un rabí es bueno y pobre. Juan es pobre, pero es severo. Todos los demás son severos y ricos, insaciables como sanguijuelas. ¿Habéis oído? Venid aquí, vosotros que vais por todas partes. Estos hombres dicen que hay un maestro pobre y bueno, que viene a buscar a los pobres y pecadores».

«¡Ah, debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Le vi hace tiempo en Jericó» dice uno de los tratantes.

«No. Ése está solo. Debe ser aquel de que hablaba Toma porque, así, por azar, había estado hablando de él con unos pastores del Líbano» responde un pastor alto y musculoso.

«¡Sí, vaya! Y viene del Líbano hasta aquí... ¡Por tu cara bonita!» exclama otro.

Mientras el posadero habla y escucha la opinión de sus clientes, los dos apóstoles permanecen allí, en medio del patio, como dos hitos, hasta que un hombre dice:

215.4

«¡Eh, vosotros, venid aquí!

¿Quién es? ¿De dónde viene este que decís?».

«Es Jesús de José, de Nazaret» dice serio Felipe, y permanece como quien espera que se burlen de él.

Andrés añade: «Es el Mesías anunciado. Os conjuro, por vuestro bien: escuchadle. Habéis nombrado a Juan; pues bien, yo estaba con él y os puedo decir que él mismo nos indicó a Jesús cuando pasaba, diciendo: “He ahí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. Cuando Jesús entró en el Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una Voz gritó: “Éste es mi Hijo predilecto en quien tengo puestas mis complacencias”, y el Amor de Dios descendió como una paloma y se colocó resplandeciente encima de su cabeza».

«¿Ves como es el Nazareno? Pero, vamos a ver, vosotros, que os llamáis amigos suyos, decidnos...».

«Amigos no, apóstoles, discípulos, enviados suyos para anunciaros su llegada, para que quien tenga necesidad de salvación vaya a Él» precisa Andrés.

«Bien, de acuerdo, pero, decidnos si es realmente como lo describen algunos, o sea, un santo más santo que Juan el Bautista, o un demonio, como dicen otros. Vosotros, que estáis con él — porque si sois discípulos estaréis juntos, ¿no? —, vamos a ver, hablad con sinceridad: ¿es verdad que es lujurioso, comilón y bebedor, y que tiene simpatía por las meretrices y los publicanos; que es un nigromante y que por la noche invoca a los espíritus para conocer los secretos de los corazones?».

«Pero, ¿por qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es verdad que es bueno. Si no, estos dos se van a sentir ofendidos y se van a marchar y le van a contar al Rabí nuestras malas razones y nos va a maldecir. ¡Qué sabemos nosotros?... ¡Sea Dios o diablo, siempre será mejor tratarle bien!...».

Esta vez es Felipe el que habla: «Os podemos responder con sinceridad porque no hay nada torpe que ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Durante el día dedica su esfuerzo a adoctrinar; incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Durante la noche ora por nosotros. No desprecia ni la mesa ni la amistad, pero no busca en ello ventaja propia; antes al contrario, lo hace para poderse acercar a aquellos a quienes de otra forma no sería posible acercarse. No rechaza ni a publicanos ni a meretrices, pero sólo para redimirlos. Signa su camino con curaciones y conversiones milagrosas, le obedecen el viento y el mar, pero no tiene necesidad de nadie para obrar prodigios, ni de invocar espíritus para conocer los corazones».

«Y, ¿con qué poder lo hace?... Has dicho que el viento y el mar le obedecen. Pero si son cosas que no tienen razón. ¿Cómo puede mandar sobre ellos?» pregunta el dueño de la posada.

«Respóndeme a esto, hombre: ¿tú qué crees, que es más difícil mandar sobre el viento y el mar o sobre la muerte?».

«¡Por Yeoveh!, ¡sobre la muerte no se tiene poder! Al mar se le puede echar aceite, se le puede hacer frente orientando adecuadamente las velas; se puede, prudentemente, no ir a navegar. Contra el viento se puede oponer los cierres de las puertas. Pero sobre la muerte no se tiene poder: no hay aceite que la aquiete, no hay vela que haga a nuestra navecilla tan rápida que pueda distanciar a la muerte, no hay cierres contra ella; cuando quiere venir pasa, a pesar de que estén echados los cerrojos. ¡No, no, nadie da órdenes a esta reina!».

«Pues, a pesar de todo, nuestro Maestro tiene poder sobre ella, y no sólo cuando está cercana, sino también cuando ya ha hecho presa. Un joven de Naím estaba ya para ser introducido en la horrenda boca del sepulcro, cuando Él dijo: “Te lo ordeno: álzate!”, y el joven volvió a la vida. Naím no está en los confines del mundo. Si vais, veréis».

«¿Así, sin más? ¿En presencia de todos?».

«En el camino, en presencia de toda Naím».

215.5

El dueño de la posada y los huéspedes se miran en silencio; luego el primero dice: «¡Pero, esas cosas las hará para sus amigos, ¿no?!».

«No, hombre, para todos los que creen en Él, y no sólo para ellos. Créeme que es la Piedad en la tierra. Nadie que va a Él vuelve de vacío. Escuchad todos. ¿Entre vosotros no hay nadie que sufra o llore, por alguna enfermedad en la familia, o por dudas, remordimientos, tentaciones o ignorancia? Presentaos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva. Él estará aquí hoy; mañana irá a otro lugar. No desaprovechéis la Gracia del Señor ahora que pasa» dice Felipe, que se ha ido sintiendo cada vez más seguro.

El dueño de la posada se revuelve los cabellos, abre y cierra la boca, se manosea las franjas de la cintura... y, al final, dice: «¡Yo lo intento!... Tengo una hija. Hasta el pasado verano estaba bien. Después todo cambió. Ahora es una lunática. Está siempre en un rincón, como una fiera muda; su madre, con gran esfuerzo, apenas si logra vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le ha consumido el cerebro por exceso de sol; otros, que por un triste amor; el pueblo dice que está endemoniada. ¡¿Cómo es posible, si es una jovencita que no ha salido nunca de aquí?! ¿Dónde se ha cogido este demonio? ¿Tu Maestro qué dice, que el demonio se puede apoderar de un inocente?».

Felipe responde sin vacilar: «Sí, para atormentar a los familiares y hacer que se desesperen».

«¿Y... cura a los lunáticos? ¿Debo tener esperanza?».

«Debes creer» responde inmediatamente Andrés, que narra el milagro de los gerasenos, y termina diciendo: «Si aquéllos — y eran una legión en corazones de pecadores — huyeron de ese modo, cuánto más lo hará ése, que ha entrado por la fuerza en un corazón fresco? Te digo, hombre: para quien espera en Él, lo imposible se le hace tan fácil como respirar. Yo, que he visto las obras de mi Señor, doy testimonio de su potencia».

«¡Oh!, ¿quién de vosotros va y le llama?».

«Yo mismo. Espérame, que vuelvo enseguida». Y Andrés se marcha veloz. Felipe se queda a hablar.

215.6

Cuando Andrés ve a Jesús, parado, en el zaguán de una casa, para evitar el sol implacable que llena la pequeña plaza del pueblo, corre hacia Él diciendo: «¡Ven! ¡Ven, Maestro! El posadero tiene una hija lunática. Te implora que la cures».

«¿Pero me conocía?».

«No, Maestro. Hemos tratado de darte a conocer...».

«Lo habéis conseguido, porque si uno llega ya a creer que puedo curar un mal que no tiene remedio es que ya está adelantado en la fe. Y teníais miedo a no ser capaces de ello... ¿Qué habéis dicho?».

«Ni siquiera te lo sabría decir. Hemos expresado lo que pensamos de ti y hemos hablado de tus obras. Sobre todo, hemos dicho que eres Amor y Piedad. ¡¡Qué mal te conoce el mundo!!».

«Pero vosotros me conocéis bien. Es suficiente».

215.7

Llegan a la pequeña posada. Todos los huéspedes están en la puerta, curiosos. En medio, con Felipe, está el posadero, que sigue con sus monólogos.

Quando ve a Jesús, corre a su encuentro: «Maestro, Señor, Jesús... yo... yo creo tanto que Tú eres Tú, que sabes todo, que ves todo, que conoces todo, que todo lo puedes, tanto lo creo, que te digo: ten piedad de mi hija, aunque los pecados de mi corazón sean muchos; no caiga sobre mi hija el castigo por haber sido inmoral en mi trabajo; juro que no volveré a ser avariento. Tú ves mi corazón, lo que ha sido y lo que piensa ahora. Perdón. Piedad, Maestro, y hablaré de ti a todos los que vengan aquí, a mi casa...». El hombre está de rodillas.

Jesús le dice: «Álzate y persevera en los sentimientos de ahora. Llévame a donde tu hija».

«Está en un establo, Señor. Este calor bochornoso la pone más enferma todavía. No quiere salir».

«Bien, no importa; voy Yo. No es el bochorno, es que el demonio me siente llegar».

Entran en un patio, luego en un establo oscuro. Todos los demás van detrás.

La niña, despeinada, demacrada, se contorsiona en el rincón más oscuro, y, en cuanto ve a Jesús, grita: «¡Atrás! ¡Atrás! No me hostigues. Tú eres el Cristo del Señor; sobre mí descargas tu mano. Déjame tranquilo. ¿Por qué sigues siempre mis pasos?».

«¡Sal de ella! ¡Vete! ¡Lo quiero! ¡Devuelve a Dios tu presa y calla!».

Un grito desgarrador, una sacudida, un cuerpo que se derrumba sobre la paja... Luego, con calma, tristeza, estupor, la jovencita, que ahora se avergüenza de estar sin velo y con un vestido roto ante los ojos de muchos extraños, pregunta: «¿Dónde estoy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿quiénes son éstos?» e invoca a su madre.

«¡Oh, Señor eterno! ¡Está curada!...» y, aunque resulte extraño en el rubicundo y colorado hospedero, llora como un niño... Se siente dichoso. Llora. No sabe qué otra cosa hacer sino besar las manos de Jesús. Entretanto, la madre también llora, circundada por la corona de sus hijitos, que miran asombrados, y besa a esta primogénita suya que ha sido liberada del demonio.

Los presentes prorrumpen en un verdadero clamor, otros acuden para ver el prodigio. El patio está lleno.

«Quédate, Señor. Ven esta noche. Cobíjate bajo mi techo».

«Hombre, somos trece».

«Aunque fuerais trescientos, sería como nada. Sé lo que quieres decir, pero el Samuel avariento y deshonesto ha muerto, Señor. Se ha marchado también mi demonio. Ahora vive el nuevo Samuel. Seguirá siendo hospedero, pero santamente. Ven, ven conmigo, que quiero honrarte como a un rey, como a un dios, como a quien eres. ¡Oh, bendito el sol de hoy que te ha traído a mí!»....

Detalle

André y Philippe parten a evangelizar Betginna por orden de Jesús. Uno de los habitantes les habla de su hija poseída a partir del EMV 215.5.

Anotación

Has mencionado a Juan el Bautista. Pues bien, yo estaba con él y fue él quien nos señaló a Jesús, que pasaba por allí, diciendo: «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo». » Cuando Jesús descendió al Jordán para ser bautizado, los cielos se abrieron y una voz exclamó: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias», y el amor de Dios descendió en forma de paloma para resplandecer sobre su cabeza . Véase EMV 45.

Estaban a punto de introducir a un joven de Naím en las horribles fauces de la tumba, cuando él ordenó: «Te lo digo: ¡levántate!», y el joven volvió a la vida. Naím no está en el fin del mundo. Podéis ir a verlo. Véase EMV 189.

A continuación, narra el milagro de los gerasenos. Véase EMV 186 o la palabra clave «los endemoniados de Gerasa».