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Notas de la palabra clave

Agricultores de Doras

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado

Comodidad de lectura

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ECR 191.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

191.2

Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Éstos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.

«Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial».

Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras — ha encargado que las cocinen — y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.

«¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos?» dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.

«Ya les he dado a ellos».

«¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?».

«Todavía hay personas buenas en Israel» dice Jesús sonriendo.

«Pero hoy es sábado...».

«Agradecédselo a este hombre» dice Jesús señalando al hombre de Endor. «Él nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo».

Los desdichados devoran — ésta es la palabra — esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.

191.3

Hay uno, ya entrado en años, que come y llora tienendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?...» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad...».

El hombre de Endor dice con su voz gutural: «Es verdad... Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor...».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además... yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar... y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila... Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley... ¡Es el hijo de mi hija!...».

«¿Me lo confiarías a mí?... No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino...».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba — a él, que sabe lo que significa ser de este amo — que salvase a mi nieto de una muerte así...».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

191.4

«Pero... ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón... Pero hay muchos que no tienen hijos...».

«Yo soy uno de ellos...». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho[1] que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor... De acuerdo... Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano. «Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno...».

«He visto la desgracia[2]».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano... ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[3] invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.

191.5

Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

191.8

Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero — visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón —, le abandoné a la Justicia, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños — como las orugas y las hormigas — para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.

191.9

Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te le traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verle crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!».

«¡Oh, Maestro, Maestro bueno!... ¡Dejarte!...».

«Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo».

Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa — por el camino recorrido antes — a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

Anotación

"Simón, te lo dije", en EMV 104.5. La última mención de Lázaro está en relación con el acontecimiento relatado en EMV 172.11.

"Vi la catástrofe", en EMV 139.2.

"¿Por qué este nombre? ¿No recuerdas el antiguo? "(...) "El niño invocará al Señor y el Señor lo bendecirá y ensanchará sus fronteras; la mano del Señor está en su mano y ya no se verá agobiado por la desgracia. " La cita es de 1 Crónicas 4:9-10: Yabesh fue más honrado que sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabesh (es decir, En pena), diciendo: "Yabesh invocó al Dios de Israel, diciendo: "Si en verdad me bendices, ampliarás mi territorio, tu mano estará conmigo y alejarás de mí la desgracia, para que termine mi angustia" Y Dios le concedió lo que había pedido.

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús describe a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota Maria Valtorta en una copia mecanografiada.

Me gustaría hacerlo, y os cuento lo que le dije a ella la primavera pasada. En EMV 89.1.

ECR 198.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

«Este niño — explica Jesús a su Madre, a los amigos, a las mujeres (entre las cuales está Marta, que ha volado para no perder un solo minuto de alegría junto al Maestro) — es nieto de un campesino de Doras. He pasado por Esdrelón...».

«¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?».

«Están desolados. Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Jocanán me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro».

«Si los vendiera... los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para ti incluso en medio de ese nido de serpientes».

«No creo que lo consigas. Jocanán ya está pensando en adquirirlos».

«Veremos... Pero... continúa tu narración. ¿Qué campesinos son? ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!».

«Sí. Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño. Le tenía en el bosque, como a un animal salvaje, para que Doras no le descubriera... Y estaba allí desde el invierno...».

«¡Pobre niño! ¿Y por qué?». Las mujeres están profundamente conmovidas.

«Porque su padre y su madre quedaron sepultados por el desprendimiento de tierra de las cercanías de Emaús. Todos: padre, madre, hermanitos. Él se salvó porque no estaba en casa. Le llevaron con su abuelo. Pero, ¿qué podía hacer un campesino de Doras? Tú, Isaac, has hablado de mí, como un salvador, incluso referido a este caso».

«¿He hecho mal, Señor?» pregunta humildemente Isaac.

«Has hecho bien. Dios lo quería. El anciano me ha entregado al niño, que además ha de hacerse mayor de edad en estos días».

«¡Pobrecito! ¡¿Tan pequeño con doce años?! Mi Judas era casi el doble de alto a su edad... ¿Y Jesús? ¡Qué flor!» dice María de Alfeo.

Y Salomé: «¡También mis hijos eran mucho más robustos!».

Marta susurra: «Verdaderamente es muy pequeñito. Pensaba que no tenía ni siquiera diez años».

«¡Claro! ¡Triste cosa es el hambre! Y debe haberla sufrido desde que vino a este mundo. Y además... ¿qué le iba a dar el anciano si allí todos se mueren de hambre?» dice Pedro.

«Sí, ha sufrido mucho; pero es muy bueno e inteligente. Me he hecho cargo de él para consolar al anciano y al niño».

ECR 202.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Ahí viene mi padre!» grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel. «¡Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?».

«Ve, hijo» dice Jesús acariciándole; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñale y... entreténle un poco».

Detalle

Jesús está reprendiendo a Judas cuando Marziam ve a Pedro y a unos campesinos de Doras.

ECR 202.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam. (...)

¡Oh, paz a todos vosotros! Isaac os ha encontrado. Me alegro. Gozad en paz vuestra Pascua. Cada uno de mis pastores será un buen hermano para vosotros. Isaac, antes de que se marchen tráemelos. Quiero bendecirlos otra vez. ¿Os habéis fijado, el niño!».

«¡Maestro, qué bien está! ¡Ya está más lozano! Se lo diremos al anciano. ¡Qué contento se va a poner! Este justo nos ha dicho que ahora Yabés es su hijo... ¡Un hecho providencial! Lo vamos a contar todo, todo».

«También que soy hijo de la Ley, y que me siento feliz y que me acuerdo siempre de él. Que no llore ni por mí ni por mi mamá, que la tengo a mi lado, y también él como un ángel, y la tendrá siempre y en la hora de la muerte. Si Jesús ha abierto para entonces las puertas del Cielo, pues entonces mi mamá, más linda que un ángel, saldrá al encuentro del anciano padre y le conducirá a Jesús. Lo ha dicho Él. ¿Se lo vais a decir? ¿Lo vais a saber decir bien?».

«Sí, Yabés».

«No. Ahora soy Margziam. Me ha puesto este nombre la Madre del Señor. Es como si se dijera su nombre. Me quiere mucho. Me mete Ella en la cama todas las noches y me hace decir las mismas oraciones que hacía decir a su Hijo. Por las mañanas me despierta con un beso, luego me viste. Me enseña muchas cosas... ¡Él también, eh!... Entran dentro tan suavemente, que se aprenden sin trabajo. ¡¡Mi Maestro!!». El niño se abraza a Jesús con tal adoración de acto y de expresión que uno se conmueve.

«Sí. Diréis todo esto, y también que no pierda la esperanza el anciano: este ángel pide por él y Yo le bendigo. También os bendigo a vosotros. Idos. La paz sea con vosotros».

Los grupos se separan y van cada uno por su cuenta.

ECR 211.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón. Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu, y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores para con sus compañeros y las mujeres. Debe haber ido él al pueblo para comprar. Está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior: «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí. La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas. ¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras? También la mujer de Cusa posee aquí, por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote. Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón. Doras ordena que guarden silencio, pero ellos... ¡yo creo que ni ante el tormento callarían! Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿sabes?, así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua. ¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí? Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse. Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos, y desea tu presencia. Quiero decir los mejores...».

«¡Vengador de los oprimidos? Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente. Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto. Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones: la del pecado — la más grave —, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo. Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino le haya colocado a uno arriba; y que, más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo».

«Lázaro lo hace, y también Juana; pero son dos contra centenares...» dice Felipe lleno de desconsuelo.

«Los ríos, en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario; son unas gotas, un hilo de agua... pero luego... hay ríos que en la desembocadura parecen mares».

«¡El Nilo, ¿no?! Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto. Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul. ¡Verle durante las crecidas es realmente un sueño!”. Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua, y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba...» dice María de Alfeo.

«Pues os digo que, de la misma forma que el Nilo en su nacimiento es un hilo de agua y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta) inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños llegará a ser una multitud: ¡cuántos!, ¡oh, cuántos!». Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos... y sonríe, absorto en su visión.

211.2

Judas confía que el arquisinagogo quería venir con él, pero que no se ha atrevido a tomar por sí solo la decisión: «¿Te acuerdas, Juan, cómo nos rechazó el año pasado?».

«Sí... pero vamos a decírselo al Maestro».

Le preguntan a Jesús, y responde que entrarán en Hebrón (si desean su presencia y los llaman, se detendrán un tiempo; si no, pasarán sin detenerse). «Así veremos también la casa de Juan el Bautista. ¿De quién es ahora?».

«Creo que de quien quiere. Samay se marchó y no ha vuelto. Ha quitado el mobiliario y la servidumbre. Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones, han abierto una brecha en el muro de protección y ahora la casa es de todos; al menos el jardín. Se reúnen allí para venerar a su Juan. Se dice que Samay ha sido asesinado. No sé por qué motivo... parece que por una cuestión de mujeres...».

«¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!» masculla Natanael entre dientes.

Anotación

Judas, ahora que está seguro de que María irá con su madre, ha vuelto a un mejor estado de ánimo. Judas estaba de un humor terrible en laEMV 210.

Incluso la mujer de Kuzah tiene tierras y un castillo aquí, en estas montañas, que le pertenecen personalmente, como parte de su dote. Probablemente el castillo de Béther.

La muerte del viejo fariseo dejó atónito al pueblo. Cf. la dramática muerte de Doras en EMV 126.10.

Igual que la excelente salud de Juana. Cf. la curación de Juana de Kouza en EMV 102.7.

Judas confió que el jefe de la sinagoga quería venir con él, pero que no se atrevía a tomar esta decisión por su cuenta: "¿Recuerdas, Juan, cómo nos echó el año pasado?". Cf. EMV 77.8.