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Notas de la palabra clave

José de Jacob (San José)

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 4 de 13

Comodidad de lectura

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ECR 22.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo! ¡Y también José le amará!».

«Sí, pero tendrás que decírselo también a José».

Se le nubla el rostro a María, que suspira. «Tendré que decírselo... Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir».

«¿Quieres que se lo diga yo? Le llamamos para la circuncisión de Juan...».

«No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle — y lo hará — acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca. Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno — aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado — debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva».

Detalle

María habla de su hijo y dice:

ECR 25

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La presentación de Juan Bautista en el Templo y la partida de María. La Pasión de José.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 5 y jueves 6 de abril de 1944 (Semana Santa)

Calendario: Martes 13 de agosto -5 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María, Isabel y Zacarías están en Jerusalén para la presentación de Juan Bautista en el Templo. A su llegada, María pregunta por José en un establo al que tienen que ir todos los peregrinos, pero el santo varón no está allí. El grupo continúa, pues, su camino hacia el Templo.

Tiene lugar el rito de la purificación y los sacerdotes se alegran de dar esta fiesta por uno de los suyos. La gente se sorprende de que Isabel sea la madre: al principio, todos piensan que María es la madre de Juan. Pero se dan cuenta de que eso no es posible, pues María ya está embarazada, mientras que Juan sólo tiene unos días. Cuando Isabel presentó al niño en el Templo, ya no hubo lugar a dudas, y todos quedaron asombrados.

El rito había terminado y José seguía sin aparecer. Zacarías sugirió que esperaran en casa de los padres de Zebedeo, para que, si el carpintero no llegaba, su mujer pudiera volver a Galilea con unos pecadores que pasaban por la casa. Sin embargo, esperaron todo lo que pudieron y José llegó por fin.

Saludó a la Virgen con alegría y respeto y deseó ver al niño. Isabel y Zacarías le concedieron su deseo, y luego se despidieron. San José sugirió entonces a la Llena de Gracia que partiera de noche, para que el viaje le resultara más agradable. Ella aceptó. Mientras se preparaba, José se dio cuenta de que María estaba embarazada. Pero no dijo nada...

A continuación, María hizo un dictado sobre la Pasión de José. Explicó que duró tres días, pero que fue intensa: la Virgen tuvo que luchar contra la tentación de desanimarse. Podía ver el sufrimiento de su esposo, pero no podía aliviarlo de ninguna manera para obedecer el mandato de Dios, que le había dicho que guardara silencio. María calló y José sufrió, pero era santo, y por eso Dios le concedió su iluminación.

Por último, María nos exhorta siempre a pedir la gracia y a actuar con confianza, dondequiera y cuandoquiera que estemos.

Contenido del capítulo: 25.1: María se sorprende al no ver a José cuando llega al Templo. 25.2: Zacarías es recibido con honores. La multitud se asombra de la edad de la madre. 25.3: María no encuentra a José en la posada. Lo espera en casa de los padres de Zebedeo. 25.4: José llega y se disculpa. 25.5: Está preocupado por María. 25.6: Zacarías e Isabel se van. María vuelve a un magnífico jardín. 25.7: José sale durante la noche y se da cuenta del estado de María. 25.8: El dolor de un amante es el mayor regalo que Dios puede hacer a los que creen en su Hijo. 25.9: José también tuvo su Pasión. El sufrimiento de María en ese momento. 25.10: La gran santidad de José. 25.11: Tú también debes vivir tu Pasión. 25.12: Después de Pascua (1944), habrá silencio ante el dolor del Redentor.

ECR 25.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Durante la noche entre el miércoles y el jueves de la Semana Santa, veo cuanto sigue.

Zacarías, Isabel, María (ésta con el pequeño Juan en brazos) y Samuel (con un cordero y una cesta con la paloma) están bajando de un cómodo carro, al que viene atado el burrito de María. Se apean delante de la caballeriza de costumbre — que debe ser la etapa de todos los peregrinos que vienen al Templo — para dejar sus cabalgaduras.

María llama a un hombre de baja estatura, el dueño de la caballeriza, y le pregunta si durante el día precedente o en las primeras horas de la mañana ha llegado algún nazareno. «Ninguno, mujer» contesta el viejecillo. María se queda extrañada, pero no dice nada más.

Le encarga a Samuel que le busque un puesto al burro. Luego alcanza a los dos ancianos padres y refiere el retardo de José: «Algo le habrá entretenido, pero seguro que viene hoy». Vuelve a coger al niño — se le había dejado a Isabel — y se encaminan hacia el Templo.

ECR 25.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

25.3 Terminadas todas las felicitaciones, la mayor parte vuelve a la calle. María quiere pasar de nuevo por la caballeriza para ver si ya ha llegado José... No ha llegado. Y se queda desilusionada y pensativa.

Isabel se preocupa por Ella. «Hasta la hora sexta podemos estar aquí, pero luego tenemos que irnos para llegar a casa antes de la primera vigilia... es todavía demasiado pequeño para estar más tiempo de noche».

Y María, tranquila y triste, dice: «Me quedaré en un patio del Templo, iré donde mis maestras... No sé. Algo haré».

Zacarías interviene con una propuesta que enseguida aceptan como una buena resolución. «Vamos a casa de los familiares de Zebedeo. José, sin duda, te buscará allí, y, si él no fuera allí, te será fácil encontrar a alguien que te acompañe hacia Galilea, porque en esa casa hay un continuo ir y venir de pescadores de Genesaret».

Toman el borriquillo y van adonde estos parientes de Zebedeo, los cuales son los mismos de la casa en que se detuvieron José y María cuatro meses antes.

Las horas pasan deprisa y José no aparece. María domina su contrariedad acunando al niño; pero se la ve pensativa. Como para esconder su estado, no se ha quitado nunca el manto, a pesar de que el intenso calor les hace sudar a todos.

25.4 Por fin se oye llamar fuerte a la puerta. Es el anuncio de la llegada de José. El rostro de María resplandece sosegado.

José la saluda, porque Ella se ha presentado antes y le ha saludado con reverencia: «¡La bendición de Dios sea contigo, María!».

«Y contigo, José. ¡Alabado sea el Señor porque has venido! Zacarías e Isabel iban a marcharse ya para estar en casa antes de que fuera de noche».

«Tu mensajero llegó a Nazaret estando yo en Caná para unos trabajos. Lo supe anteayer por la tarde. Me puse en marcha enseguida. Pero, por mucho que haya venido sin detenerme, he llegado tarde, porque había perdido una herradura el burro. ¡Perdona!».

«¡Perdona tú, por haber estado tanto tiempo lejos de Nazaret! La verdad es que se sentían tan felices de tenerme con ellos, que pensé darles hasta ahora esta satisfacción».

«Has hecho bien, Mujer. ¿Dónde está el niño?».

Entran en la habitación donde Isabel está dando de mamar a Juan, antes de marcharse. José felicita a los padres por la fortaleza del niño, que ha sido separado del pecho para mostrárselo a José, y que chilla y patalea como si le estuvieran despellejando. Ante esta protesta, todos se echan a reír. También ríen los parientes de Zebedeo, y se unen a la conversación. Habían venido trayendo fruta fresca, leche y pan para todos, y una gran bandeja de pescado.

25.5 María habla muy poco. Está tranquila y silenciosa, sentada en su rinconcito, con las manos bajo su manto sobre el regazo. Habla poco y se mueve poco, incluso cuando bebe una taza de leche, y al comer un racimo de uvas doradas con un poco de pan. Mira a José apenada y escrutadora al mismo tiempo.

También él la mira. Pasado un rato, inclinándose hacia su hombro, le pregunta: «¿Estás cansada? ¿Te duele algo? Estás pálida y triste».

«Me duele separarme de Juanín. Le quiero. Le he tenido sobre mi corazón desde pocos momentos después de nacer...».

José no pregunta nada más.

Ha llegado la hora de la partida de Zacarías. El carro se para delante de la puerta. Todos se acercan. Las dos primas se abrazan con amor. María besa una y otra vez al pequeñuelo antes de depositarle sobre el regazo de su madre, que ya está sentada en el carro. Luego saluda a Zacarías y le pide su bendición. Al arrodillarse delante del sacerdote, el manto se le desliza de los hombros y las formas le aparecen en la luz intensa de la tarde estiva. No sé si José las percibe en este momento en que está ocupado en saludar a Isabel. El carro se pone en movimiento.

ECR 25.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

25.6 José con María entran de nuevo en casa. Ella vuelve a su sitio del rincón semioscuro. «Si no te importa viajar de noche, yo propondría salir con la puesta del Sol. El calor, durante el día, es fuerte; la noche, en cambio, estará fresca y serena. Lo digo por ti, para que no cojas demasiado sol. Para mí no es nada el estar bajo el sol intenso, pero tú...».

«Como quieras, José. Yo también veo conveniente caminar de noche».

«La casa — dice José — está toda en orden, como también el huertecillo. ¡Vas a ver qué flores más bonitas! Vas a llegar a tiempo de verlas florecer todas. El manzano, la higuera y la vid están repletos de frutos como nunca lo han estado; y he tenido que apuntalar el granado, pues sus ramas están cargadísimas de frutos, maduros ya como jamás se vio en esta época. Y el olivo... Dispondrás de aceite en abundancia. Ha tenido una florescencia milagrosa y no se ha perdido ni una flor. Todas son ya pequeñas aceitunas. Cuando estén maduras, el árbol parecerá lleno de oscuras perlas. Tan bonito como tu huerto no hay ningún otro en Nazaret. La familia está asombrada. Alfeo dice que se trata de un prodigio».

«Obra de tus cuidados».

«¡Oh, no! ¡Yo soy sólo un pobre hombre! ¿Qué he hecho yo realmente? Cuidar un poco los árboles, echar un poco de agua a las flores... Mira, te he hecho una fuente donde acaba el huerto, al lado de la gruta, y he dispuesto allí un pilón. Así no tendrás que salir para coger agua. La he traído de ese manantial que está encima del olivar de Matías. Es pura y abundante. Te he hecho llegar un pequeño regato. He construido un canalillo bien tapado, y ahora llega y canta como un arpa. Me dolía el que tuvieras que ir a la fuente del pueblo y volver cargada con las ánforas llenas de agua».

«Gracias José. ¡Tú eres bueno!».

Los dos esposos guardan silencio ahora, como cansados. José incluso se queda traspuesto. María ora.

25.7 Cae la tarde. Los huéspedes insisten en que antes de ponerse en camino coman otra vez. José come pan y pescado; María, sólo fruta y leche.

Luego inicia la marcha. Montan sus burritos. José ha atado sobre su asno, como cuando venían, el baulillo de María, y, antes de que Ella monte en el borriquillo, comprueba que la albardilla esté bien segura. Veo que José observa a María cuando se monta, pero no dice nada.

Bajo las primeras estrellas que empiezan a latir en el cielo, comienza el viaje. Se apresuran, quizás para llegar a las puertas antes de que las cierren. Al salir de Jerusalén y coger la vía de Galilea, ya el cielo sereno está repleto de estrellas y hay un gran silencio en el campo. Sólo se oye el canto de algún ruiseñor y el choque de las pezuñas de los dos borriquillos contra el terreno duro de la vía abrasada por el verano.

ECR 25.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Quiero que améis a mi José, a este hombre sabio y prudente, a este hombre paciente y bueno, el cual no está desligado del misterio de la Redención, antes bien, está íntimamente relacionado con él, porque por este misterio apuró el dolor y se consumió, salvándoos al Salvador con su sacrificio y santidad.

Detalle

Marie dice:

ECR 25.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

José era santo. Su espíritu puro vivía en Dios, y tenía una caridad encendida y fuerte, y por la caridad os salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejándolo todo con diligente obediencia, salvó a Jesús en Egipto.

ECR 26

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo: José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 31 de mayo de 1944

Calendario: Sábado 17 de agosto del año -5

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está sola en su casa de Nazaret. Está sola, rezando, hasta que llaman a la puerta: es José. Viene a pedirle perdón y la Virgen le dice que no tiene nada que perdonarle. Pero su marido le responde que sabía que estaba embarazada de Emmanuel, y que había hecho mal al no dejar que se lo explicara. Iba a actuar sin consultarla primero, y lo consideró un insulto a su esposa. Así que le pide perdón, y el carpintero le revela todo el sufrimiento de sus últimos días. Él le preguntó por qué no le había contado su secreto, y María le respondió que si su humildad no hubiera sido tan perfecta, no se le habría concedido la gracia de ser la Madre del Salvador. Sea como fuere, José propuso celebrar la boda cuanto antes y empezar a planear la venida de Jesús. Él se angustia ante la idea de recibir a su Dios en su casa, pero María le tranquiliza y le habla de la alegría de ser los padres del Redentor.

A continuación, la Virgen dicta y comenta este episodio. A continuación, habla de las condiciones esenciales para agradar a Dios y tenerlo en el corazón: la fe, la caridad y la humildad absoluta. Además, la Madre nos anima a permanecer ocultos y a dejar que el Señor nos proclame sus siervos, como María, que le dejó actuar como quiso cuando estaba encinta del Espíritu Santo.

Contenido del capítulo: 26.1: Ver a María. 26.2: María se escabulle bajo la sombra de un manzano. 26.3: José llega y se disculpa por haber sospechado de ella. 26.4: María no hizo más que obedecer a Dios. 26.5: La boda tendrá lugar la semana siguiente. 26.6: Estaba pálida porque sufría el dolor de José. 26.7: Humildad en su máxima expresión, como la que llevaba. 26.8 : Las condiciones para agradar y recibir a Dios. 26.9 : Dejad que el Señor os proclame sus siervos.

ECR 26.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.3 María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio: «¿A esta hora, José? ¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven».

José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.

«Habla, José. ¿Qué deseas de mí?».

«Tu perdón». José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes. «¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José. No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia, y el amor que me tienes».

José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba. «Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo...».

«¡Oh, no, no has faltado!».

«Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú... No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido... tres días de suplicio..., perdóname, María».

«No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado».

«¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

26.4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?».

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice: «Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer... Dios me pidió esta obediencia... Me ha costado mucho... por ti, por el dolor que te produciría... pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre».

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

26.5 «Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que...». José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa. «Habrá que actuar rápidamente. Yo vendré aquí... Cumpliremos la ceremonia de la boda... La próxima semana. ¿Te parece bien?».

«Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva».

«No. Yo soy tu siervo. Yo soy el beato siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después... ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir... ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!... ¡Jamás podré osar tocarle!...».

«Podrás, como yo, por gracia de Dios».

«Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!...».

«Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan... ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡padre y Madre!” ¡Oh!...».

María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz...! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

ECR 26.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.6 Dice María:

«Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.»