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Notas de la palabra clave

Jesús de niño

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 2 de 5

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ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.

ECR 32.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sé si motu proprio o es que José le ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me había olvidado de decirlo —, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

Detalle

María y José van a presentar a Jesús en el Templo.

ECR 32.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano — para mí, sin duda, de más de ochenta años —. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede.

Simeón — que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel — le toma y le besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.

32.6 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

Y aquí me cesa la visión.

ECR 32.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice Jesús:

«De la descripción que has hecho, brotan para todos dos enseñanzas.

Primera: no se manifiesta la verdad a aquel sacerdote que, aun estando inmerso en los ritos, tiene su espíritu ausente; antes bien, se revela a un simple fiel.

El sacerdote — siempre en contacto con la Divinidad, orientado al cuidado de cuanto concierne a Dios, dedicado a todo aquello que es superior a la carne — habría debido intuir en seguida quién era el Niño que ofrecían al Templo esa mañana. Mas, para poder intuir, necesitaba tener un espíritu vivo, y no solamente una vestidura externa de un espíritu que, si no estaba muerto, sí al menos muy soñoliento.

El Espíritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espíritu más cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente — porque es Espíritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar —, se efunde y habla, no digo donde existe mérito suficiente para recibir su manifestación — en ese caso, muy pocas veces se manifestaría, y tú no conocerías tampoco sus luces —, sino en donde ve la “buena voluntad” de merecer su manifestación.

¿Cómo se hace notoria esta buena voluntad? Con una vida hecha toda de Dios hasta donde os es posible. En la fe, en la obediencia, en la pureza, en la caridad, en la generosidad, en la oración. No en las prácticas. En la oración. Hay menos diferencia entre la noche y el día que entre las prácticas y la oración. Ésta es comunión de espíritu con Dios, de la cual salís con vigor nuevo y decididos a ser cada vez más de Dios. Aquéllas son una costumbre cualquiera, con objetivos diversos pero siempre egoístas, y que os deja como erais; es más, os agrava con culpa de embuste o de desidia.

32.8 Simeón tenía esta buena voluntad. La vida no le había escatimado ni trabajos ni pruebas. Pero él no había perdido su buena voluntad. Los años y las vicisitudes no habían mellado, ni removido, su fe en el Señor, en sus promesas, como tampoco habían cansado su buena voluntad de ser cada vez más digno de Dios. Y Dios, antes de que los ojos de su siervo fiel se cerrasen a la luz del Sol — en espera de volver a abrirse al Sol de Dios rutilante desde los Cielos, abiertos a mi ascensión después del Martirio — le mandó el rayo de luz del Espíritu para que le guiara al Templo y ver así la Luz que había venido al mundo.

“Movido por el Espíritu Santo” dice el Evangelio. ¡Oh! ¡si los hombres supieran qué perfecto Amigo es el Espíritu Santo; qué Guía, qué Maestro! ¡Oh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la Santísima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta Sabiduría! ¡Cuánto más sabrían de aquello que es necesario saber!

Mira, María; mirad, hijos. Simeón esperó durante toda una larga vida “ver la Luz”; saber que se había cumplido la promesa de Dios. Pero no dudó nunca. Nunca se dijo a sí mismo: “Es inútil que persevere en esperar y en orar”. Perseveró. Y obtuvo “ver” lo que no vieron ni el sacerdote ni los miembros del Sanedrín, que estaban llenos de soberbia y completamente ofuscados: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en esa carne infantil que le daba calor y sonrisas. Recibió, a través de mis labios de Niño, la sonrisa de Dios, como primer premio por su vida honrada y pía.

Detalle

Jesús habla de la Presentación en el Templo y en particular de Simeón.

ECR 32.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.9 Segunda lección: las palabras de Ana. Ella, profetisa, también ve en mí, recién nacido, al Mesías. Esto, dada su capacidad de profecía, sería natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre... e iluminad con ello vuestro espíritu, ese espíritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: “A Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltará el poder de enviar a su ángel para confortar tu llanto, el vuestro”.

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de Satanás en los espíritus. ¿No va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ¿No va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo? ¿Por qué no se lo pedís con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios — indignado por tantas culpas vuestras — caiga con una sonrisa, y llegue el perdón, que es ayuda, y venga su bendición, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.

Considerad que el Padre, después de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sí mismo y dijo a su Patriarca: “No volveré a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volveré a castigar a todo ser vivo, como he hecho”. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ¿cuántas veces os habéis dicho, y habéis dicho a Dios: “Si nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamás a hacer guerras, nunca jamás”, para hacerlas luego y cada vez más tremendas? ¿Cuántas veces, ¡oh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudaría una vez más si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.

¡Oh, vosotros — demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios — vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecéis de todas formas devotos a Él, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! Él sabrá enviaros a su ángel, como envió al Salvador al mundo. No temáis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperación — o sea, a que queden separados de Dios — a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».

Detalle

Jesús da dos enseñanzas relacionadas con la Presentación de Cristo en el Templo. La primera subraya el hecho de que la verdad no se revela al sacerdote, espiritualmente ausente, sino a un simple fiel, Simeón. La segunda se refiere a las palabras de Ana.

ECR 33

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : Canción de cuna de la Virgen

Fecha de la visión: Martes 28 de noviembre de 1944

Calendario: julio de 2004

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: En Belén, María acuna a su hijo.

Contenido del capítulo: 33.1: El niño, de pocos meses, tarda en dormirse. 33.2: La nana de María. 33.3: El niño Jesús en brazos de su madre. 33.4: La gracia de la visión.

ECR 33.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

33.1 Esta mañana he tenido un suave despertar. Estando aún entre las nieblas del sopor, oía una voz purísima cantar dulcemente una calma canción de cuna. Parecía, por lo lenta y arcaica que era, una pastoral navideña. Yo seguía ese motivo y esa voz, gozándome en ella cada vez más, recobrando la lucidez bajo su onda. Y la he recobrado y he comprendido. He dicho: «¡Te saludo, María, llena de Gracia!» (porque quien cantaba era Mamá). Ella, por su parte, después de decirme: «Yo también te saludo. ¡Ven y alégrate!», ha alzado la voz.

Y la he visto, en la casa de Belén, en la habitación que ocupa Ella, acunando a Jesús para dormirle. En la estancia estaba el telar de María y unas labores de costura. Parecía que María hubiera dejado el trabajo para darle la leche al Niño, cambiarle los fajos, mejor, la ropa, porque era ya un niño de algunos meses, yo diría que seis u ocho al máximo; y parecía que tuviera intención de seguir trabajando una vez que el Niño se hubiera dormido.

Caía la tarde. El ocaso, ya casi cumplido, había sembrado el cielo sereno de vedijas de oro. Había rebaños que, paciendo las últimas hierbas de un prado florido, regresaban al aprisco, y balaban alzando el morrito.

El Niño tenía dificultad en dormirse; parecía un poco inquieto, como si estuviera incómodo por los dientes o por otra de esas cositas que dan molestias a los niños pequeños.

33.2 Escribí, como pude, el canto, en la penumbra de esa hora del amanecer, sobre un pedazo de papel. Ahora lo transcribo aquí.

«Nubecitas todas de oro — cuales greyes del Señor.

En el prado florecido — un rebaño mira allá.

Aun teniendo los rebaños — todos los que hay sobre la tierra

tú serías el corderito — que siempre querría más...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Mil estrellas relucientes — contemplando desde el cielo.

Esas tus pupilas dulces — no las hagas más llorar.

Y tus ojos de zafiro — astros de mi pecho son.

¡Y tu llanto es mi dolor! — ¡Oh, no, no, no llores más!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Ángeles resplandecientes — todos los del Paraíso

cual corona en torno a ti — por ver tu rostro, sonrientes.

Y tú lloras, inocente — porque quieres a tu lado

que te arrulle tu Mamá — Nana, nana, nana, na...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Pintará el cielo de rosa — la alborada que retorna

y Mamá aún no reposa — porque tú no llores más.

Dirás “¡Mamá!” en despertando — “¡Hijo!” Ella te dirá;

beso, amor y vida juntos — con la leche te dará...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

¿Cómo estar sin tu Mamá? — aunque soñaras el Cielo.

¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Bajo este velo — que dormir Ella te hará.

Y mi pecho por almohada — y mis brazos como cuna.

¡Y no temas cosa alguna — que contigo estoy aquí!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Yo contigo estaré siempre — vida de mi corazón...

Ya duerme... Como una flor — reclinada sobre el pecho...

Ya duerme... ¡Chist! ¡despacio! — Quizás ve a su Padre Santo...

Su visión enjuga el llanto — de mi Jesús dulce amado...

Duerme ya, ya duerme, duerme

y su llanto enjugado está...».

33.3 Describir la gracia de la escena es imposible. Se trata sólo de una madre acunando a un pequeñuelo; ¡pero son esa Madre y ese Pequeñuelo! Por tanto, puede hacerse una idea de qué gracia, qué amor, qué pureza, qué Cielo hay en esta pequeña, grande, delicada escena que me regocija con su recuerdo, del cual, como confirmación, queda la melodía que repito para mis adentros, para podérsela cantar a usted; aunque yo no tengo la voz de plata purísima de María, la voz virginal de la Virgen... y pareceré un organillo que pierde aire. No importa, haré lo que pueda. ¡Qué hermosa pastoral para cantarla alrededor de la Cuna de Navidad!

La Madre, primero, estaba meciendo suavemente la cuna de madera; mas luego, viendo que Jesús todavía rebullía, se lo ha puesto junto a su cuello, sentada cerca de la ventana abierta — al lado, la cunita — y, con un vaivén ligero al ritmo de la melodía, ha repetido dos veces la nana, hasta que el pequeño Jesús ha cerrado sus ojitos, ha vuelto la cabecita apoyándola sobre el pecho materno y se ha dormido así, con la carita aplastada contra el calorcito de ese pecho, con una manita apoyada sobre un seno de su Mamá junto a su carrillito rosado, y la otra cayendo sobre el regazo materno. El velo de María daba sombra a la Criaturita santa.

Luego María se levantó con infinito cuidado y puso a su Jesús en la cunita, le tapó con las sábanas, extendió un velo para protegerle de las moscas y del aire, y se quedó contemplando a su Tesoro durmiente. Tenía una mano en el corazón; la otra, apoyada todavía en la cuna, preparada para mecerla si hubiera habido posibilidad de que se hubiera vuelto a despertar; y sonreía, dichosa, un poco inclinada hacia la cuna, mientras las sombras y el silencio descendían sobre la tierra e invadían la habitación virginal.

¡Qué paz! ¡Qué belleza! ¡Y yo me siento dichosa!

33.4 No es una visión grandiosa. Quizás, en el conjunto general de las otras, será considerada inútil, porque no revela nada de especial. Lo sé. Pero para mí es una auténtica gracia, y tal la considero porque hace apacible a mi espíritu; le hace puro, amoroso, como si le hubieran recreado las manos de nuestra Madre. Creo que en este sentido también le gustará a usted. Somos “niños”... ¡Mejor así! Somos gratos a Jesús. Que la gente, las personas doctas y complicadas, piensen lo que quieran; que nos llamen incluso “pueriles”. Nosotros no pensamos en eso, ¿verdad?

ECR 34

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La Adoración de los Magos. Se trata del "Evangelio de la fe".

Fecha de la visión: lunes 28 de febrero de 1944.

Calendario: octubre del año 4 a.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María ve Belén en plena noche. La ciudad duerme. Entonces ve la estrella que guía a los Reyes Magos, que brilla con una intensidad sobrenatural. La estrella se detuvo frente a la posada donde se alojaba la Sagrada Familia. Los magos se detuvieron con sus criados y adoraron por primera vez al Salvador, inclinándose hasta el suelo. Luego se retiraron hasta la mañana siguiente. Para María, la visión se detiene y vuelve a comenzar tres horas más tarde.

Los Magos se habían preparado y vestían ropas majestuosas. Venían a saludar respetuosamente al Niño. Aprovechan la ocasión para hablar a su Madre de su viaje y le ofrecen tres regalos: oro, como corresponde a un Rey, incienso en su calidad de Dios, y mirra porque su Hijo, el Redentor del mundo, tendría que morir. María palideció ante esta mención, pero contuvo su sufrimiento tras una sonrisa. Los tres Magos quisieron saludar por última vez al Niño y se marcharon. José les acompaña hasta sus caballos.

A continuación, Jesús da un dictado para nuestro tiempo. Subraya la fe de los tres hombres, su abandono en Dios, porque no tienen dudas y le confían su viaje, sin divagar. Sus corazones sólo temblaron cuando llegaron a Jerusalén y la estrella se ocultó, pero su conciencia les tranquilizó. Cristo declara así que los que están acostumbrados a meditar y tienen una conciencia recta han aprendido a examinarse, para rectificarse al menor desliz de conducta.

Los Magos son también muy ricos, pero son humildes y, por tanto, verdaderamente grandes por su humildad. Se ven a sí mismos como polvo ante el Altísimo, y cuando llegan a una casa pobre, no se dicen: "¡Es imposible! La adoran y luego se marchan, preparándose para ir a ver dignamente a su Rey. Por eso se ponen sus mejores vestidos, a diferencia de los hombres que van a la Eucaristía con mil preocupaciones materiales.

Por último, Jesús hace dos consideraciones. La primera se refiere a José, que está encantado con los regalos, pero sigue siendo humilde. No se ofende porque María sea el centro de atención. También él era humilde porque era verdaderamente grande. La segunda se centra en María, que insta a Jesús a bendecir, incluso cuando se siente desanimado por nuestras malas acciones. Le besa la mano traspasada y le dice: "Tú eres el Salvador. ¡Salva! Jesús no puede rechazar a su Madre, pero nosotros debemos hacer el esfuerzo de acudir a ella.

Contenido del capítulo: 34.1: Los Evangelios de la fe. 34.2: El plano de la ciudad de Belén. 34.3: Una estrella crea allí un encantamiento. 34.4 : Los Magos se detienen allí de noche. 34.5 : A plena luz del día, llevan sus regalos. 34.6: Se arrodillan ante el Niño. 34.7: El mayor cuenta la historia de su viaje. 34.8: El significado del oro, el incienso y la mirra. 34.9: Se van de casa con pesar. 34.10 : Los Magos tenían fe en todo. 34.11 : No buscaban ningún interés personal. 34.12 : La rectitud de su conciencia. 34.13 : Su humildad ante Dios. 34.14 : Su piedad. 34.15 : Son humildes, generosos, obedientes y respetuosos unos con otros. 34.16 : José guardián y protector de la Pureza y la Santidad, sin usurpar derechos. 34.17 : María es nuestra Abogada. 34.18 : Medita e imita.

ECR 34.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.6 María está sentada con José, en pie, a su lado. Tiene al Niño en su regazo. No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia. Está toda vestida de blanco. ¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas; qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente, con esa su boca que se abre para saludar diciendo: «Dios sea con vosotros»! Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante. Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies. Y le ruegan que se siente.

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones. Detrás, también de rodillas, los tres pajes; se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año, pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá, y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo. Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias. Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas, y, sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos. Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

Detalle

Los Reyes Magos se reúnen con María, José y Jesús.

ECR 34.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

34.7 El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres, para explicarle a María que durante una noche del pasado diciembre vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor. Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado. No se conocía su nombre, porque no lo tenía. Nacida, entonces, del seno de Dios, esa estrella había brillado para manifestar a los hombres una bendita verdad, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango; no alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe — alabado sea eternamente por ello — con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz. Y, perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros, y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco; las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella. Su nombre: “Mesías”; su secreto: “ser el Mesías venido al mundo”. Y se habían puesto en camino para adorarle. Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran. Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina, porque la estrella se movía en esa dirección. Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección. Se habían encontrado después del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían continuado, comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén, dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos; pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón, y se habían examinado para saber si quizás se hubieran hecho indignos de Dios. Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron adonde el rey Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos que ellos habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías, a lo que éstos habían respondido: «En Belén de Judá».

Y habían venido hacia Belén. La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos, y, de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores: el cielo todo era un fuego; luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso. Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido divino. Y ahora le estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes y, sobre todo, su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarle.

34.8 «Este es el oro que a todo rey corresponde poseer; esto, el incienso, como corresponde a Dios; y esto, ¡oh Madre!, esto es la mirra, porque tu Hijo es, además de Dios, Hombre, y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la amargura y la inevitable ley de la muerte. Nuestro amor quisiera no pronunciar estas palabras y concebirle eterno también en la carne como eterno es su Espíritu. Pero, ¡oh Mujer!, si nuestros mapas, y, sobre todo, nuestras almas, no yerran, Él es, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios, y, por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del mal de la Tierra, uno de cuyos castigos es la muerte. Esta resina es para esa hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción y conserve la integridad hasta su resurrección. ¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!». De momento — añade — Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dé a su Niño «a nuestro amor, para que, besando sus pies, descienda sobre nosotros la bendición celeste».

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa, ofrece al Niño. Lo deposita en los brazos del más anciano, que le besa — y Jesús le acaricia — y luego le pasa a los otros dos.

Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los indumentos de los tres, y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla, y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

Detalle

Resumen: Los Magos relatan su viaje.

Mateo 2:1-12:
Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes el Grande. Unos magos de Oriente llegaron a Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el recién nacido Rey de los judíos? Vimos su estrella en Oriente y vinimos a adorarle.

Al oír esto, el rey Herodes se escandalizó, y toda Jerusalén con él. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y les preguntó dónde había de nacer Cristo. Ellos le respondieron: "En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: 'Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ciertamente la última de las principales ciudades de Judá, porque de ti saldrá un gobernante que será el pastor de mi pueblo Israel. Entonces Herodes convocó en secreto a los magos para decirles cuándo había aparecido la estrella; luego los envió a Belén, diciéndoles: "Id y averiguad todo lo que podáis acerca del niño. Y cuando lo hayáis encontrado, venid a decírmelo, para que yo también vaya a adorarlo. Cuando oyeron lo que el rey había dicho, se pusieron en camino.

Y he aquí que la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta posarse sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella, se regocijaron con gran alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, postrándose a sus pies, lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra. Pero, advertidos en sueños de que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino.