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Libros del Nuevo Testamento

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ECR 35.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

35.1 Mi espíritu ve la siguiente escena.

Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación. Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Le veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo, como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente. Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero su sonrisa se transforma en congoja. Emite el típico suspiro profundo de quien está teniendo una pesadilla, y se despierta sobresaltado. Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor, y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz. Es plena noche; no obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y, todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel. Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata. Se pone en pie y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos.

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic. Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido. Antes de ir a la puerta había encendido una lamparita de aceite, de una sola llama; por tanto, se ilumina con ella. Entra... En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja al lado de una cuna, ya ardía una lamparita: la llamita oscilante, en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada que permite ver sin molestar a quien esté dormido.

35.2 Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando, y velando a Jesús, que duerme tranquilo. Jesús tiene la edad de la visión de los Magos. Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio, y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

«¿No duermes?» pregunta José en voz baja denotando asombro. «¿Por qué? ¿Jesús no está bien?».

«¡Oh, no! Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?». Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante, dice: «Tenemos que irnos de aquí en seguida, en seguida. Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos. Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda... Cuando empiece a clarear huimos. Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa...».

«¿Y por qué esta huida?».

«Después te lo explico mejor. Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”. No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda».

35.3 No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo. Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida, ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura, y de un salto se ha puesto en pie; su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada. En seguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera, y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta. Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden. De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo.

«¿Necesitas ayuda?» pregunta cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta.

«No, gracias» responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama. No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto.

«¿Cojo también las mantas de lana?» pregunta María.

«Coge todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos. Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque... ¡porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!...». José está muy apenado al decir esto, y María... se puede uno hacer idea de cómo está; suspirando, dobla las colchas suyas y las de José, y éste las ata con una cuerda. «Dejamos los bordados y las esterillas» dice mientras está atando las colchas. «A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto. Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto. He cogido los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien. Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos. Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo». Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos. Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos — quizás se lavaron el día antes —; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas. Ya no queda nada más.

Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera. La toma en sus manos... un sollozo entrecortado... un beso: la madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús, y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos. María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara, pero de mucho valor para Ella, ya que le habla del afecto de José por Jesús, y de su Niño. Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

35.4 Ahora ya sí que no queda nada. Sólo Jesús, que está en su cunita. María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la menea un poco para despertar al Pequeñuelo. Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo. María le acaricia delicadamente los ricitos. Jesús, bostezando, abre la boquita. María se inclina hacia Él y le besa en la mejilla. Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe, y tiende las manitas hacia su pecho.

«Sí, amor de tu Mamá. Sí, la leche. Antes que de costumbre... ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!».

Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas, y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños que tan bonitas son de ver. Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella, y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.

María se inclina. Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños, entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra “mamá”. La mira, asombrado de verla llorar. Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia. Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.

María le besa por entre el pelo y le toma en brazos, se sienta y se pone a vestirle: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas. Le da la leche. Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá, y, cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda, y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo — apoyado aún el carrillo róseo y redondo en el seno blanco y redondo — sobre el pecho de Ella.

María se levanta muy despacito y le coloca sobre la manta acolchada de su cama. Le tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas. Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es... se puede llevar! Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito. Y llora ante la cuna vacía. ¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!

35.5 José regresa. «¿Estás preparada? ¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita? No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito. ¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!».

«¡José!» grita María agarrándose al brazo de José.

«Sí, María, a muerte. Herodes le quiere muerto... porque tiene miedo de Él... Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano. No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. No creo que se vengue buscándole incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos; más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente. A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios. Mas... si eso sucede... Dios nos ayudará igualmente. No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio».

«¡Perdóname, José! No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti... ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar! Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa... ¡Cuánto te cuesto, José!».

«¿Cuánto! No, María. No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana. Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio. Luego me buscaré un trabajo. Un obrero honrado y competente se abre camino en seguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo».

«Sí, lo sé. Pero, ¿quién te va a aliviar tu nostalgia?».

«¿Y a ti? ¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?».

«Jesús. Teniéndole a Él, tengo todo lo que allí tenía».

«Y yo también teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses, y... tengo a mi Dios. Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo. Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda. Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos, o los aún más amados campos de Galilea, siempre tendremos todo, porque le tendremos a Él.

35.6 Ven, María, que empieza a clarear. Llega el momento de saludar a la huéspeda y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien».

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto; mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, le arropa en un mantón y le aprieta contra su pecho. Mira las paredes que durante meses la han hospedado y, rozándolas apenas, las toca con una mano. ¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande. La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella, y, levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente. Él duerme tranquilo. Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver. En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda. José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero. Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero.

Nuevos saludos y nuevas lágrimas. María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y le besa una vez más; luego se lo devuelve a María. Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.

Anotación

Mateo 2, 13-23 : Cuando se fueron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes estará buscando al niño para matarlo. José se levantó, tomó aquella noche al niño y a su madre y huyó a Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera la palabra del Señor pronunciada por el profeta: "De Egipto llamé a mi hijo".

Cuando Herodes vio que los magos se habían burlado de él, montó en cólera. Mandó matar a todos los niños de hasta dos años de Belén y de toda la región, según la fecha que le habían dicho los magos. Entonces se cumplieron las palabras pronunciadas por el profeta Jeremías: "Hay un clamor en Ramá, llanto y longanimidad: es Raquel que llora por sus hijos y no quiere ser consolada, porque ya no están".

Después de la muerte de Herodes, el ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que buscaban la vida del niño". José se levantó, tomó al niño y a su madre y se fue al país de Israel. Pero cuando se enteró de que Arkelaus gobernaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí. Advertido en sueños, se retiró a la región de Galilea y vino a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera la palabra pronunciada por los profetas: Será llamado Nazareno.

ECR 35.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Para ser grandes en mi Reino hay que hacerse “pequeños”. Quien quiera ser “grande” a los ojos del mundo no es apto para reinar en mi Reino; paja es para el lecho de los demonios. Porque la grandeza del mundo está en antítesis con la Ley de Dios.

El mundo llama “grandes” a quienes — con medios casi siempre ilícitos — saben conseguir los mejores puestos y, para hacerlo, hacen del prójimo escabel, y ponen su pie encima y le aplastan; llama “grandes” a los que saben matar para reinar — matar moral o materialmente — y arrebatan puestos o se enseñorean de las naciones y se enriquecen desangrando a los demás, arrebatándoles la riqueza individual o colectiva. El mundo llama frecuentemente “grandes” a los delincuentes. No. La “grandeza” no está en la delincuencia, está en la bondad, la honradez, el amor, la justicia. ¡Observad qué venenosos frutos — recogidos en su malvado, demoníaco jardín interior — vuestros “grandes” os ofrecen!

Anotación

Mateo 20, 25-28 : Jesús los reunió y les dijo: "Como sabéis, los jefes de las naciones las dominan y los grandes hacen sentir su poder. Pero entre vosotros no será así: el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo. Así que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 10, 41-45: Jesús los reunió y les dijo: "Como sabéis, los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan; los grandes les hacen sentir su poder. Pero entre vosotros no debe ser así. El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos".

Lucas 22, 25-27: Pero Jesús les dijo: "Los reyes de las naciones las gobiernan, y los que tienen autoridad sobre ellas se llaman bienhechores. Pero a vosotros no. Al contrario, que el mayor entre vosotros se haga como el más joven, y el que tiene autoridad como el que sirve. Porque, ¿quién es más grande, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está a la mesa? Pero yo estoy entre vosotros como el que sirve.

ECR 36.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

36.1 La suave visión de la Sagrada Familia. El lugar está en Egipto. No tengo dudas de ello porque veo el desierto y una pirámide.

Veo una casucha de un solo piso, el bajo, toda blanca. Una pobre casa de una muy pobre gente. Las paredes están apenas revocadas y cubiertas de una mano de cal. La casita tiene dos puertas, una junto a la otra, que introducen en sus dos únicas habitaciones, en las que, por ahora, no entro. La casita está en medio de un pedazo de tierra arenosa rodeada por una protección de cañas hincadas en el suelo: una protección muy débil contra los ladrones; puede servir sólo como defensa contra algún perro o gato vagabundo. Claro, ¿a quién le van a venir ganas de robar donde se ve que no hay ni sombra de riqueza?

Esta poca tierra que el seto de cañas limita ha sido cultivada pacientemente como una pequeña huerta, a pesar de ser árida y poco fértil. Para hacer más tupido y menos escuálido el seto, han traído unas plantas trepadoras, que me parecen modestos convólvulos. Sólo en uno de los lados, hay un arbusto de jazmines en flor y una mata de rosas de las más comunes. En la huertecilla, en los pocos cuadros del centro, noto que hay unas modestísimas verduras, bajo un árbol dejado crecer libremente, que no sé qué clase de árbol es, y que da un poco de sombra al terreno soleado y a la casita. A este árbol está atada una cabrita blanca y negra, que está comiendo y rumiando las hojas de algunas ramas dejadas caer al suelo.

36.2 Allí cerca, sobre una estera extendida en el suelo, está el Niño Jesús. Me da la impresión de que tiene unos dos años, o dos años y medio como mucho. Está jugando con unos pedazitos de madera tallados, que parecen ovejitas o caballitos, y con unas virutas de madera de color claro, menos rizadas que sus bucles de oro. Con sus manitas regordetas está tratando de poner estos collares de madera en el cuello de sus animalitos.

Está tranquilo y sonriente. Muy guapo. Una cabecita toda de bucles de oro muy tupidos; piel clara y delicadamente rosácea; ojitos vivos, brillantes, de color azul intenso. La expresión, naturalmente, es distinta, pero reconozco el color de los ojos de mi Jesús (dos zafiros oscuros y bellísimos).

Viste una especie de larga camisita blanca, que será, sin duda, su túnica; con las mangas hasta el codo. Los pies, en este momento, al desnudo. Las diminutas sandalias están sobre la estera y juega también con ellas el Niño: mete en la suela sus animalitos, y tira de la correa de la sandalia, como si fuera un carrito. Son unas sandalias muy sencillas: una suela y dos correas, que salen: una, de la puntera; otra, del talón; la de la puntera tiene un punto en que se bifurca y una parte pasa por el ojo de la correa del talón para anudarse luego con la otra parte, formando un anillo en la garganta del pie.

36.3 Un poco separada — también a la sombra del árbol — está la Virgen. Está tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño. Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal. La viste una túnica de color flor de malva, un violeta rosáceo, como el de ciertas amatistas. Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cómo sus cabellos rubios están separados en dos en la cabeza y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño. Las mangas de la túnica son largas y más bien estrechas. No lleva ningún adorno, aparte de su belleza y de su expresión dulcísima. El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo. Aquí parece jovencísima. Aparenta apenas veinte años.

En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; le acaricia y le besa en la cabecita y en los ojitos. El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras. Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa. El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella le deja solo.

Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde. En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrás de la pirámide lejana.

María vuelve. Coge de la mano a Jesús para que se levante de la esterilla. El Niño obedece sin resistencia. Mientras su Mamá está recogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa, Él corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello. La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de Jesús.

María vuelve. Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ánfora en la mano. Coge a Jesús de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada.

Yo los sigo, admirando la gracia de la escena: la Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rápidos. Veo cómo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo. Me doy cuenta de que su túnica no le llega a los pies, sino sólo hasta la mitad del muslo. Es primorosa, sencillísima, y está sujeta a la cintura por un cordoncito también blanco.

Veo que en la parte delantera de la casa el seto está interrumpido por una tosca cancilla; María la abre para salir al camino (un mísero camino al extremo de una ciudad — o pueblo —, donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquí está constituido de arena y alguna que otra casita, pobre como ésta, con alguna que otra mísera huerta).

No veo a nadie. María mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien, luego se dirige a un pilón — o pozo — que está a unos cuantos metros más arriba, sombreado en círculo por palmeras. Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.

36.4 Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en él a José. Viene sonriente. Es más joven que cuando le vi en la visión del Paraíso. Aparenta como mucho cuarenta años. Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, más bien tostada; los ojos, oscuros. Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.

Al ver a Jesús y a María acelera el paso. Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero, y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sí muy parecidas. Parece como si estuviera regresando de haber hecho algún trabajo en casa de alguno. Su vestido es de un color entre avellana y marrón; no muy largo — le llega sólo hasta un buen trozo por encima del tobillo —, con las mangas cortas, hasta el codo. Lleva a la cintura una correa de cuero — me parece —. Se trata de un vestido típicamente de trabajo. Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.

María sonríe y el Niño emite unos grititos de alegría mientras tiende hacia adelante su bracito libre. Cuando se encuentran los tres, José se inclina para ofrecerle al Niño un fruto — por el color y la forma, creo que es una manzana —. Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su Mamá y se acurruca entre los brazos de José, e inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de él. José besa a Jesús y Jesús besa a José. Una acción llena de afectuosa gracia.

Me he olvidado de decir que María, diligentemente, había cogido las herramientas de trabajo de José para que pudiera abrazar al Niño sin ningún estorbo.

Luego José, que se había acuclillado para ponerse a la altura de Jesús, se alza de nuevo. Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño Jesús estrechado contra su robusto pecho con la derecha; así, se encamina hacia la casa mientras María va a la fuente a llenar su ánfora.

Entrado en el recinto de la casa, José baja al suelo al Niño, coge el telar de María y lo lleva a casa; luego ordeña a la cabrita. Jesús observa atentamente estas operaciones, como también la de cerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.

Se pone la tarde. Veo el rojo del ocaso hacerse violáceo sobre la arena que parece temblar por el calor; y la pirámide parece más oscura.

José entra en la casa, en una habitación que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo. Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en él yo no entro. Hay una tenue lumbre encendida. Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde están los pocos platos y vasos que tienen y también dos lámparas de aceite. En uno de los rincones, el telar de María. Y... mucho, mucho orden y limpieza; es una morada pobrísima, pero está limpísima.

Quisiera hacer esta observación: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de Jesús, he notado que, tanto Él, como María, como José, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza; vestidos modestos, peinados sencillos pero de una limpieza que les hace aparecer señoriales.

36.5 María vuelve con el ánfora. Ha llegado rápido el crepúsculo. Cierran la puerta. Una lamparita, que José ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitación; encorvado hacia éste, él sigue trabajando, en unas pequeñas tablas. Mientras tanto María prepara la cena. También la lumbre da claridad a la habitación. Jesús, con sus manitas apoyadas en el banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace José.

Luego se sientan a la mesa después de haber rezado. No se hacen — es natural — el signo de la cruz, pero rezan; José dirige la oración, María responde. No entiendo las palabras. Debe ser un salmo. Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.

Se sientan a cenar. Ahora la lamparita está encima de la mesa. María tiene a Jesús en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras. Parece un pan hecho con centeno y cebada. Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno. Entre tanto, José come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan. Luego María sienta a Jesús en una banquetita que está a su lado y trae a la mesa una verduras cocidas — creo que están hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros — y, después de servirse José, también las come Ella. Jesús mordisca tranquilo su manzana, y descubre sonriendo sus dientecitos blancos. La cena termina con unas aceitunas o dátiles. No sé bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dátiles, son demasiado duros. Vino, nada. Es una cena de gente pobre.

Pero tanta es la paz que se respira en esta habitación, que no podría dármela igual la visión de ningún pomposo palacio. ¡Y cuánta armonía!

36.6 Jesús esta tarde no habla. No me ilustra la escena. Su enseñanza es sólo este don de visión. Bendito sea siempre e igualmente por ello.

Anotación

Mateo 2:14-15:

José se levantó y tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera la palabra del Señor dicha por el profeta: De Egipto llamé a mi hijo.

ECR 41.2-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.2 ...Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos están durmiendo, me encuentro en un lugar que nunca antes había visto. En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas). Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo, y... mucho griterío. Me miro a mi alrededor y, al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando; efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto, y la torre centinela, y la imponente obra de fábrica que se yergue en su centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios, y, bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quiénes en otra.

Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén. Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente, y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso. Luego veo a otros, menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal, y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos; comprendo que se trata de los doctores de la Ley. Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.

41.3 Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica. Mucha gente hace lo mismo.

Entre los “doctores” hay un grupo capitaneado por uno llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel en la disputa; oigo que le llaman Hil.lel (pongo la hache porque oigo una aspiración al principio del nombre), y creo que es o maestro o pariente de Gamaliel: lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo respeto con que éste le trata. El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta, mientras que el otro grupo, que es el más numeroso, está dirigido por uno llamado Siammai, y adolece de esa intransigencia llena de resentimiento, y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio.

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, habla de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo. Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído Aquel que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz” está bien lejos de ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan; este propósito es evidente.

41.4 Del interior del nutrido grupo de fieles se oye una tierna voz de niño: «Gamaliel tiene razón».

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarle, Él no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”. Reconozco en Él a mi Jesús adolescente. Se le ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia.

«¿Quién eres?» le preguntan.

«Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena».

Gusta esta respuesta intrépida y segura, y obtiene sonrisas de aprobación y de benevolencia. Despierta interés el pequeño israelita.

«¿Cómo te llamas?».

«Jesús de Nazaret».

Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai. Sin embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hil.lel. Es más, es Gamaliel el que, con deferencia, le dice al anciano: «Pregúntale alguna cosa al niño».

«¿En qué basas tu seguridad?» pregunta Hil.lel.

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro).

Jesús: «En la profecía, que no puede errar respecto a la época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento. Cierto es que César nos domina. Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no le quiso. ¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”. Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”, y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo».

41.5 Siammai, con mirada maligna: «¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?».

Jesús: «Yo lo digo».

Siammai: «Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que está llorando por sus hijos”. Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías».

Jesús: «Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarle de la más terrible de las esclavitudes».

Siammai: «¿Y cómo, si le mataron?».

Jesús: «¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre? En verdad os digo: el Cristo vive y está entre vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia». La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

41.6 Hil.lel: «Niño, ¿quién te ha enseñado estas palabras?».

Jesús: «El Espíritu de Dios. Yo no tengo maestro humano. Ésta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios».

Hil.lel: «Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de cerca, ¡oh, niño!, para que mi esperanza se reavive en contacto con tu fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya».

Y le sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo, entre Gamaliel e Hil.lel, y le entregan unos rollos para que los lea y los explique. Es un examen en toda regla. La muchedumbre se agolpa atenta.

La voz infantil de Jesús lee: «“Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado... Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor... Entonces se manifestará la gloria del Señor...”».

Siammai: «Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada. Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías».

Jesús: «Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor. Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír».

Siammai: «¿Así le hablas a un maestro?».

Jesús: «Así hablo y así hablaré hasta la muerte. Porque por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a la Verdad, de la cual soy Hijo. Y además te digo, rabí, que la esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo, no es la que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas. Antes bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud del Mal que le separa de Dios, y la señal del Cristo, liberados los espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a éstos. Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡oh, estirpe de David!, ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre toda la Tierra y se alza hacia el Cielo. Y en el Cielo y en la Tierra toda boca glorificará su Nombre y doblará su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el Caudillo, ante Aquel que, tomando de sí mismo, embriagará a toda alma cansada y saciará toda alma hambrienta; el Santo que estipulará una alianza entre la Tierra y el Cielo; no como la que fue estipulada con los Padres de Israel cuando Dios los sacó de Egipto (siguiendo considerándolos de todas formas siervos), sino imprimiendo la paternidad celeste en el espíritu de los hombres con la Gracia de nuevo infundida por los méritos del Redentor, por el cual todos los hombres buenos conocerán al Señor y el Santuario de Dios no volverá a ser derruido y hollado».

Siammai: «¡Pero, niño, no blasfemes! Acuérdate de Daniel, que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venideros. ¡Y tú sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado! ¡Respeta a los Profetas!».

Jesús: «En verdad te digo que hay Uno que está por encima de los Profetas, y tú no le conoces, ni le conocerás, porque te falta el deseo de ello. Y has de saber que todo cuanto he dicho es verdad. No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero. Al igual que su Santificador, resucitará para vida eterna y, al final de los días del mundo, vivirá en el Cielo».

41.7 Hil.lel: «Préstame atención, niño. Ageo dice: “... Vendrá el Deseado de las gentes... Grande será entonces la gloria de esta casa, y de esta última más que de la primera”. ¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?».

Jesús: «Sí, maestro. Esto es lo que quiere decir. Tu rectitud te conduce hacia la Luz, y Yo te digo que, una vez consumado el Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin malicia».

Gamaliel: «Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de sufrir la devastación de la guerra? Habla y dame luz también a mí».

Jesús: «¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las formaciones angélicas cantaron: “Paz a los hombres de buena voluntad”? Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad, y no gozará de paz; no reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador, porque le espera como rey con poder humano, mientras que es Rey del espíritu; y no le amará, puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo. Los enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el Cristo; sí los del alma, los que doblegan, para infernal dominio, el corazón del hombre, creado por el Señor. Y no es ésta la victoria que de Él espera Israel. Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre “la asna y el pollino”, o sea, los justos de Israel y los gentiles; mas Yo os digo que el pollino le será más fiel a Él y, precediendo a la asna, le seguirá, y crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida. Israel, por su mala voluntad, perderá la paz, y sufrirá en sí, durante siglos, aquello mismo que hará sufrir a su Rey al convertirle en el Rey de dolor de que habla Isaías».

41.8 Siammai: «Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno. Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?».

Jesús: «Él ya es una realidad. ¿No dice Malaquías: “Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; en seguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros”? Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo. Él es ya una realidad, como también lo es el Cristo. Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados. Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro. Cuando veáis al Precursor, podréis decir: “Comienza la misión del Cristo”. Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos; mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae. Pero cuando — más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines — el Redentor ocupe su trono y su altar, de sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles. Porque Él, ¡oh, maestro insipiente!, no es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual, y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu y, como Jonás, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, “las de Dios”, a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la humanidad la Vida verdadera».

41.9 Siammai y sus seguidores: «¡Este nazareno es Satanás!».

Hil.lel y los suyos: «No. Este niño es un Profeta de Dios. Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber, y Tú serás Maestro del pueblo de Dios».

Jesús: «En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado. A mí me hablan las voces del Cielo, y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi hora. Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén; y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel para hacer de mí escabel de su gloria, en espera de que Él haga del mundo escabel para los pies del Cristo. Esperadme en mi hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y trepidarán cuando diga mis palabras últimas. Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y crean en Él a través de ella: el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste, y por el cual Yo digo: “Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla”».

Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido entre los atónitos doctores, me termina la visión.

Anotación

Lucas 2:42-51

Cuando tenía doce años, fueron en peregrinación según la costumbre. Al final de la fiesta, cuando regresaban a casa, el joven Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Pensando que iba en el convoy de los peregrinos, recorrieron un día de camino antes de buscarlo entre sus parientes y conocidos. Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén, continuando su búsqueda. Al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado entre los maestros de la Ley: les escuchaba y les hacía preguntas, y todos los que le oían alababan su inteligencia y sus respuestas. Cuando sus padres lo vieron, se asombraron, y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? ¡Mira cómo hemos sufrido tu padre y yo buscándote! Él les respondió: "¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar con mi Padre? Pero ellos no entendían lo que decía. Bajó con ellos a Nazaret y se sometió a ellos. Su madre guardaba todos estos acontecimientos en su corazón.

ECR 45.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

45.1 Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas — vegetales familias — en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine que este terreno quemado y baldío está a mi derecha — teniendo yo el norte a mis espaldas — y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano. (El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

45.2 Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha — respecto a mí — del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”... ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto... ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

45.3 Mientras le escucho — no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad — veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

45.4 Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido —, son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama: «He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz: «Para cumplir el rito de penitencia».

«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: «Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mun­do».

45.5 Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Anotación

Mateo 3:1-17

En aquellos días, apareció Juan el Bautista y proclamó en el desierto de Judea: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos". A Juan se refieren las palabras pronunciadas por el profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Él, Juan, llevaba un vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura; su alimento eran langostas y miel silvestre. Entonces acudieron a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y fueron bautizados por él en el Jordán, reconociendo sus pecados.

Al ver a muchos fariseos y saduceos que acudían a su bautismo, les dijo: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Dad frutos dignos de conversión. No os digáis a vosotros mismos: 'Tenemos a Abrahán por padre'; porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos a Abrahán de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene en su mano la pala de aventar, limpiará su era y recogerá su grano en el granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Entonces apareció Jesús. Había venido de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Juan quiso impedírselo, diciendo: "¡Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, y tú eres el que viene a mí! Pero Jesús replicó: "Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia". Así que Juan le dejó hacerlo. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz dijo desde el cielo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".

Marcos 1, 9-11

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y en seguida, al salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu que descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Lucas 3, 1-22

En el año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en la tierra de Iturea y Traconítide, Lisanias en Abilene, y los jefes de los sacerdotes eran Hanne y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Recorrió toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo barranco se rellenará, todo monte y collado se rebajará; lo torcido se enderezará, las sendas pedregosas se allanarán; y todo ser viviente verá la salvación de Dios. Juan dijo a las multitudes que llegaban para ser bautizadas por él: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Producid frutos que expresen vuestra conversión. No empecéis a deciros: "Tenemos a Abrahán por padre", porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos para Abrahán a partir de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

La gente le preguntó: "¿Qué debemos hacer? Juan les respondió: "El que tenga dos vestidos, que comparta con los que no tienen; y el que tenga comida, que haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: "Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les respondió: "No pidáis más de lo que se os ha fijado. También algunos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer? Él respondió: "No hagáis violencia a nadie, no acuséis a nadie falsamente y contentaos con vuestra paga".

La gente estaba esperando y todos se preguntaban si Juan no sería el Cristo. Entonces Juan les dijo a todos: "Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Tiene en la mano la pala de aventar para limpiar su era, y recogerá el grano en su granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Con muchas otras exhortaciones, anunció al pueblo la Buena Nueva. Herodes, que estaba en el poder en Galilea, había sido increpado por Juan acerca de Herodías, la mujer de su hermano, y de todas las maldades que había cometido. A todo esto añadió lo siguiente: hizo encerrar a Juan en la cárcel.

Mientras toda la gente se bautizaba, y Jesús oraba después de haber sido bautizado, el cielo se abrió. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y una voz vino del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Juan 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él dije: "El que viene detrás de mí ha sido antes que yo, porque antes de mí era. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que sea revelado a Israel. Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo'. He visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

ECR 46.1-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

46.1 Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán. Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha resistido — quién sabe por qué — en aquella desolación: parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.

46.2 Apoyado en una roca que, por su forma, — más o menos así, como me esfuerzo en dibujarla —

crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, en el punto +, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

46.3 Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio. Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Éste es como un doble puñal que te perfora y quema.

46.4 Se acerca a Jesús: «¿Estás sólo?».

Jesús le mira y no responde.

«¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?».

Jesús vuelve a mirarle y calla.

«Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré».

Jesús ya ni siquiera alza los ojos.

«¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.

«¡Ah, enconces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más aridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú».

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

46.5 «Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento.

Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú...! Yo te enseño porque un día deposité en ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva.

Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novencientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!... Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.

46.6 Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragrancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo de que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda...».

«Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios».

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

«Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido.

46.7 Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes».

«“No tientes al Señor tu Dios”, está escrito».

«Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano.

46.8 Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.

¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!».

Satanás cae de rodillas, suplicando.

46.9 Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice: «Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás”».

Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

46.10 Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No le veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

Anotación

Mateo 4:1-11:

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, le entró hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes". Pero Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "A sus ángeles mandará sobre ti, y te llevarán en sus manos: Y te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra. Jesús le dijo: "También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios.

El diablo le llevó de nuevo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, diciéndole: "Todo esto te daré si caes a mis pies y te postras ante mí. Entonces Jesús le dijo: "Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Y el diablo lo dejó. Y he aquí que vinieron unos ángeles y le servían.

Marcos 1:12-13:

En seguida el Espíritu llevó a Jesús al desierto, y permaneció allí cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles le servían.

Lucas 4,1-13:

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; en el Espíritu fue conducido al desierto, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días, y cuando se cumplió el tiempo, tuvo hambre.

El diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan". Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.

Entonces el diablo lo llevó más arriba y en un momento le mostró todos los reinos de la tierra. Le dijo: "Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, porque me han sido entregados y se los doy a quien quiero. Si te inclinas ante mí, tendrás todas estas cosas. Jesús le respondió: "Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Entonces el diablo lo llevó a Jerusalén, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: 'A sus ángeles mandará que te guarden'; y también: 'Te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece con piedra'. Jesús replicó: "Está escrito: 'No pondrás a prueba al Señor tu Dios'.

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se retiró de Jesús hasta la hora señalada.

ECR 47.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.1 Veo a Jesús caminando a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece fuera muy conocido y frecuentado, para pasar a la otra margen, hacia la Perea. Pero el lugar, hace poco tan colmado de gente, ahora se ve desierto. Sólo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta siquiera. Continúa por su camino subiendo hacia el Norte, como absorto en sus pensamientos.

Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten animadamente entre ellos y luego se separan, parte yendo hacia el Sur, parte subiendo hacia el Norte. Entre los que se dirigen hacia el Norte veo a Juan y a Santiago.

47.2 Juan es el primero que ve a Jesús y lo señala mostrándoselo al hermano y a los compañeros. Hablan un poco entre ellos, y Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; caminan lentamente, en animada conversación.

Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: «¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!».

Jesús se vuelve y le mira. Los dos están a pocos pasos el uno del otro. Se observan. Jesús con su aspecto serio e indagador. Juan con su ojo puro y risueño en ese hermoso rostro suyo juvenil como de niña. Se le pueden echar veinte años, y en su cara sonrosada no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro.

«¿A quién buscas?» pregunta Jesús.

«A ti, Maestro».

«¿Cómo sabes que soy maestro?».

«Me lo ha dicho el Bautista».

«Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?».

«Porque le he oído a él llamarte así un día en que Tú pasabas, hace poco más de un mes».

«¿Qué quieres de mí?».

«Que nos digas palabras de vida eterna y que nos confortes».

«¿Quién eres?».

«Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz, porque ya no tenemos a nadie que nos guíe y nuestra alma está turbada».

«¿Dónde está Juan?».

«Herodes le ha apresado. Está en prisión, en Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han intentado liberarle, pero no se puede. Nosotros volvemos de allí.

47.3 Déjanos ir contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives».

«Venid. Pero ¿sabéis lo que pedís? Quien me siga tendrá que dejar todo: casa, familia, modo de pensar, e incluso la vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni seguridades. Soy pobre hasta no tener ni dónde reclinar la cabeza, y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer, si queréis ser míos. ¿Queréis hacerlo?».

«Sí, Maestro, Tú sólo tienes palabras que nos dan luz, que descienden y, donde había tinieblas de desolación por carecer de guía, proporcionan claror de sol».

«Venid, entonces. Vamos. Os adoctrinaré por el camino».

Detalle

En 47.2, una descripción física de Juan.

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 47.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Si el mundo tiene todavía un poco de luz, se debe a los puros del mundo. Son ellos los siervos de Dios y saben entender a Dios y repetir las palabras de Dios. Yo he dicho: “Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios”, incluso desde la tierra. Ellos, a quienes el humo de la sensualidad no turba el pensamiento, “ven” a Dios y le oyen y le siguen, y le manifiestan a los demás.

Anotación

Mt 5, 8: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

ECR 47.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.10 Prevengo también una observación. Dice Juan en su Evangelio hablando del encuentro conmigo: “Y al día siguiente”. Parece, por eso, que el Bautista me hubiera indicado al día siguiente del bautismo, y que inmediatamente Juan y Santiago me hubieran seguido. Ello contrasta con lo que dijeron los otros evangelistas acerca de los cuarenta días pasados en el desierto. Leedlo así: “(Una vez acaecido el arresto de Juan) un día después, los dos discípulos de Juan Bautista, a los cuales me había señalado diciendo: ‘He ahí el Cordero de Dios’, viéndome de nuevo, me llamaron y me siguieron”. Después de mi regreso del desierto.

Y juntos volvimos a las orillas del lago de Galilea, donde me había refugiado para empezar desde allí mi evangelización, y los dos hablaron de mí — después de haber estado conmigo durante todo el camino y una jornada entera en la casa hospitalaria de un amigo de mi casa, de la parentela — a los otros pescadores. Pero la iniciativa fue de Juan, a quien la voluntad de penitencia había hecho de su alma, ya de por sí cristalina por su pureza, una obra maestra de pulcritud en que la Verdad se espejaba nítidamente, dándole también la santa audacia de las personas puras y generosas, que no tienen miedo nunca a dar un paso al frente donde ven que está Dios, donde ven que hay verdad, doctrina, caminos de Dios.

¡Cuánto le amé por esta característica suya sencilla y heroica!».

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 48.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.2 Juan sale de una callecita y va presuroso hacia el lago. Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca. Sí la ve a todavía algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar; y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!». que debe ser el reclamo usado. Y luego, cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: «¡Venid, venid!».

Los hombres de la barca, imaginándose quién sabe qué, agarran los remos y la hacen avanzar más de prisa que con la vela (de hecho la amainan, quizás para agilizar la operación). Llegados a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más. Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle, sujetándola con una mano, se mete en el agua, y va al encuentro de los que llegan.

«¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?» pregunta Andrés. Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

«Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago?» le responde Juan a Andrés.

«He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre...».

«Te había sugerido claramente que vinieras.

48.3 Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”».

«¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista».

«Es Él. No lo ha negado».

«Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez...» murmura Pedro malhumorado.

«¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!». Juan está dolorido y consternado por las palabras de Simón Pedro.

«¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye! ¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Venga, ven a trabajar! Será mejor. Y déjate de fábulas».

«Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras».

48.4 ­«Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no le has escuchado. Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Mas Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, obscuridad, cadenas y desprecio. Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?». Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

«Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz. Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad. En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”; se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla. Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo, los hombres, intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados, porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen; su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún, entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás, pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo. Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una fuerza tal a quienes crean en mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”».

48.5 «Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él en seguida». — Pedro, con sus impulsos tan genuinos que tanto me gustan, ha tomado en seguida una decisión y ya se pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque, entre tanto, la barca ha llegado ya a la orilla y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen. — «Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?».

«¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!...».«Tienes razón... Pero yo no le había visto... tú sí... y deberás haberte dado cuenta de que no es como nosotros... ¡Algo especial tendrá!...».

«¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso».

«¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

48.6

Pero Pedro, después de algunos metros, se detiene, coge a Juan por un brazo, y pregunta: «Has dicho que sabe todo y que oye todo...».

«Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¡Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”, Él contestó: “Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar... No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros pe­ces”».

«¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también... también que le he llamado poco menos que mentiroso... No puedo ir a Él».

«¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando le dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió: “Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla. Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad, y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”».

«¿Ha dicho eso? Entonces voy.

48.7

Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?».

«En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas».

«¿Pero es pobre?».

«Un obrero de Nazaret. Así dijo».

«Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?».

«No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes».

«Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta..., algo. ¡Vamos a consultar a un rabí — porque es como un rabí, y más que un rabí — con las manos vacías!... Nuestros rabinos no quieren que se actúe así...».

«Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago, y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”. Y en seguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían; y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿no guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”. Dijimos también: “Tú nos llamas, Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?”. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”; y nosotros: “¿Y si no tenemos nada?”; y Él: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no; lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio. Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo, y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”. Eso dijo».

«¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero... Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza».

Y todo termina.

Detalle

Contexto: Estamos en Betsaida.

Anotación

Juan 1, 40-41:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo.