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Notas de la palabra clave

Biblia - Evangelio de Juan

Tema: Libros del Nuevo Testamento · Página 1 de 2

Comodidad de lectura

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ECR 45.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

45.1 Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas — vegetales familias — en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine que este terreno quemado y baldío está a mi derecha — teniendo yo el norte a mis espaldas — y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano. (El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

45.2 Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha — respecto a mí — del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”... ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto... ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

45.3 Mientras le escucho — no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad — veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

45.4 Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido —, son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama: «He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz: «Para cumplir el rito de penitencia».

«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: «Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mun­do».

45.5 Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Anotación

Mateo 3:1-17

En aquellos días, apareció Juan el Bautista y proclamó en el desierto de Judea: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos". A Juan se refieren las palabras pronunciadas por el profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Él, Juan, llevaba un vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura; su alimento eran langostas y miel silvestre. Entonces acudieron a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y fueron bautizados por él en el Jordán, reconociendo sus pecados.

Al ver a muchos fariseos y saduceos que acudían a su bautismo, les dijo: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Dad frutos dignos de conversión. No os digáis a vosotros mismos: 'Tenemos a Abrahán por padre'; porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos a Abrahán de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene en su mano la pala de aventar, limpiará su era y recogerá su grano en el granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Entonces apareció Jesús. Había venido de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Juan quiso impedírselo, diciendo: "¡Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, y tú eres el que viene a mí! Pero Jesús replicó: "Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia". Así que Juan le dejó hacerlo. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz dijo desde el cielo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".

Marcos 1, 9-11

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y en seguida, al salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu que descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Lucas 3, 1-22

En el año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en la tierra de Iturea y Traconítide, Lisanias en Abilene, y los jefes de los sacerdotes eran Hanne y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Recorrió toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo barranco se rellenará, todo monte y collado se rebajará; lo torcido se enderezará, las sendas pedregosas se allanarán; y todo ser viviente verá la salvación de Dios. Juan dijo a las multitudes que llegaban para ser bautizadas por él: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Producid frutos que expresen vuestra conversión. No empecéis a deciros: "Tenemos a Abrahán por padre", porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos para Abrahán a partir de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

La gente le preguntó: "¿Qué debemos hacer? Juan les respondió: "El que tenga dos vestidos, que comparta con los que no tienen; y el que tenga comida, que haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: "Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les respondió: "No pidáis más de lo que se os ha fijado. También algunos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer? Él respondió: "No hagáis violencia a nadie, no acuséis a nadie falsamente y contentaos con vuestra paga".

La gente estaba esperando y todos se preguntaban si Juan no sería el Cristo. Entonces Juan les dijo a todos: "Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Tiene en la mano la pala de aventar para limpiar su era, y recogerá el grano en su granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Con muchas otras exhortaciones, anunció al pueblo la Buena Nueva. Herodes, que estaba en el poder en Galilea, había sido increpado por Juan acerca de Herodías, la mujer de su hermano, y de todas las maldades que había cometido. A todo esto añadió lo siguiente: hizo encerrar a Juan en la cárcel.

Mientras toda la gente se bautizaba, y Jesús oraba después de haber sido bautizado, el cielo se abrió. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y una voz vino del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Juan 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él dije: "El que viene detrás de mí ha sido antes que yo, porque antes de mí era. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que sea revelado a Israel. Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo'. He visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

ECR 47.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.1 Veo a Jesús caminando a lo largo de la faja verde que sigue el curso del Jordán. Ha vuelto, aproximadamente, al lugar que vio su bautismo, cerca del vado que parece fuera muy conocido y frecuentado, para pasar a la otra margen, hacia la Perea. Pero el lugar, hace poco tan colmado de gente, ahora se ve desierto. Sólo algún viandante, a pie o montado en asnos o caballos, lo recorre. Jesús parece no darse cuenta siquiera. Continúa por su camino subiendo hacia el Norte, como absorto en sus pensamientos.

Cuando llega a la altura del vado, se cruza con un grupo de hombres de distintas edades que discuten animadamente entre ellos y luego se separan, parte yendo hacia el Sur, parte subiendo hacia el Norte. Entre los que se dirigen hacia el Norte veo a Juan y a Santiago.

47.2 Juan es el primero que ve a Jesús y lo señala mostrándoselo al hermano y a los compañeros. Hablan un poco entre ellos, y Juan se echa a andar de prisa para alcanzar a Jesús. Santiago le sigue más despacio. Los demás no hacen mayor caso; caminan lentamente, en animada conversación.

Juan, cuando llega a no más de unos dos o tres metros detrás de Jesús, grita: «¡Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo!».

Jesús se vuelve y le mira. Los dos están a pocos pasos el uno del otro. Se observan. Jesús con su aspecto serio e indagador. Juan con su ojo puro y risueño en ese hermoso rostro suyo juvenil como de niña. Se le pueden echar veinte años, y en su cara sonrosada no hay más signos que el de una pelusa rubia que parece un velo de oro.

«¿A quién buscas?» pregunta Jesús.

«A ti, Maestro».

«¿Cómo sabes que soy maestro?».

«Me lo ha dicho el Bautista».

«Y entonces ¿por qué me llamas Cordero?».

«Porque le he oído a él llamarte así un día en que Tú pasabas, hace poco más de un mes».

«¿Qué quieres de mí?».

«Que nos digas palabras de vida eterna y que nos confortes».

«¿Quién eres?».

«Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz, porque ya no tenemos a nadie que nos guíe y nuestra alma está turbada».

«¿Dónde está Juan?».

«Herodes le ha apresado. Está en prisión, en Maqueronte. Los más fieles de entre los suyos han intentado liberarle, pero no se puede. Nosotros volvemos de allí.

47.3 Déjanos ir contigo, Maestro. Muéstranos dónde vives».

«Venid. Pero ¿sabéis lo que pedís? Quien me siga tendrá que dejar todo: casa, familia, modo de pensar, e incluso la vida. Yo os haré mis discípulos y amigos, si queréis. Pero no tengo riquezas ni seguridades. Soy pobre hasta no tener ni dónde reclinar la cabeza, y lo seré aún más; más perseguido que una oveja perdida, por los lobos. Mi doctrina es todavía más severa que la de Juan, porque prohíbe incluso el resentimiento. No se dirige tanto hacia lo externo cuanto hacia el espíritu. Tendréis que renacer, si queréis ser míos. ¿Queréis hacerlo?».

«Sí, Maestro, Tú sólo tienes palabras que nos dan luz, que descienden y, donde había tinieblas de desolación por carecer de guía, proporcionan claror de sol».

«Venid, entonces. Vamos. Os adoctrinaré por el camino».

Detalle

En 47.2, una descripción física de Juan.

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 47.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.10 Prevengo también una observación. Dice Juan en su Evangelio hablando del encuentro conmigo: “Y al día siguiente”. Parece, por eso, que el Bautista me hubiera indicado al día siguiente del bautismo, y que inmediatamente Juan y Santiago me hubieran seguido. Ello contrasta con lo que dijeron los otros evangelistas acerca de los cuarenta días pasados en el desierto. Leedlo así: “(Una vez acaecido el arresto de Juan) un día después, los dos discípulos de Juan Bautista, a los cuales me había señalado diciendo: ‘He ahí el Cordero de Dios’, viéndome de nuevo, me llamaron y me siguieron”. Después de mi regreso del desierto.

Y juntos volvimos a las orillas del lago de Galilea, donde me había refugiado para empezar desde allí mi evangelización, y los dos hablaron de mí — después de haber estado conmigo durante todo el camino y una jornada entera en la casa hospitalaria de un amigo de mi casa, de la parentela — a los otros pescadores. Pero la iniciativa fue de Juan, a quien la voluntad de penitencia había hecho de su alma, ya de por sí cristalina por su pureza, una obra maestra de pulcritud en que la Verdad se espejaba nítidamente, dándole también la santa audacia de las personas puras y generosas, que no tienen miedo nunca a dar un paso al frente donde ven que está Dios, donde ven que hay verdad, doctrina, caminos de Dios.

¡Cuánto le amé por esta característica suya sencilla y heroica!».

Anotación

Juan 1:35-39:

Al día siguiente estaba allí Juan con dos de sus discípulos. Mirando a Jesús que iba y venía, dijo: "He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron lo que decía y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, los vio que le seguían y les dijo: "¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: "Rabí -que significa Maestro-, ¿dónde te hospedas? Él les dijo: "Venid y lo veréis". Fueron, pues, a ver dónde se hospedaba y se quedaron con él aquel día. Era alrededor de la hora décima (las cuatro de la tarde).

ECR 48.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

48.2 Juan sale de una callecita y va presuroso hacia el lago. Santiago le sigue, pero con mucha más calma. Juan mira las barcas que han llegado ya a la orilla, pero no ve la que busca. Sí la ve a todavía algunos cientos de metros de la orilla, ocupada en las maniobras para regresar; y grita fuerte con las manos en la boca un prolongado «¡o-e!». que debe ser el reclamo usado. Y luego, cuando ve que le han oído, agita los brazos con llamativos gestos que indican: «¡Venid, venid!».

Los hombres de la barca, imaginándose quién sabe qué, agarran los remos y la hacen avanzar más de prisa que con la vela (de hecho la amainan, quizás para agilizar la operación). Llegados a unos diez metros de la orilla, Juan no aguarda más. Se quita el manto y la túnica larga, las arroja al arenal, se quita las sandalias, se arremanga la segunda prenda, casi a la altura de la ingle, sujetándola con una mano, se mete en el agua, y va al encuentro de los que llegan.

«¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?» pregunta Andrés. Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

«Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago?» le responde Juan a Andrés.

«He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre...».

«Te había sugerido claramente que vinieras.

48.3 Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”».

«¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista».

«Es Él. No lo ha negado».

«Cualquiera puede decir lo que le viene bien para imponerse a los crédulos. No es la primera vez...» murmura Pedro malhumorado.

«¡Oh, Simón, no hables así! ¡Es el Mesías! ¡Sabe todo! ¡Te oye!». Juan está dolorido y consternado por las palabras de Simón Pedro.

«¡Ya! ¡El Mesías! ¡Y se manifiesta precisamente a ti, a Santiago y a Andrés! ¡Tres pobres ignorantes! ¡Requerirá algo muy distinto el Mesías! ¡Y me oye! ¡Pobre muchacho! Los primeros soles de primavera te han hecho daño. ¡Venga, ven a trabajar! Será mejor. Y déjate de fábulas».

«Te digo que es el Mesías. Juan decía cosas santas, pero éste habla como Dios. No puede, si no es el Cristo, decir semejantes palabras».

48.4 ­«Simón, yo no soy un muchacho. Tengo mis años y soy — lo sabes — reflexivo y de carácter sosegado. He hablado poco, pero he escuchado mucho durante estas horas que hemos estado con el Cordero de Dios, y te digo que verdaderamente no puede ser sino el Mesías. ¿Por qué no creer? ¿Por qué no querer creerlo? Tú lo puedes hacer porque no le has escuchado. Pero yo creo. ¿Que somos pobres e ignorantes?: Él bien dice que ha venido para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, del Reino de Paz, a los pobres, a los humildes, a los pequeños, antes que a los grandes. Ha dicho: “Los grandes tienen ya sus delicias, no envidiables respecto a las que Yo vengo a traer. Los grandes ya tienen la forma de llegar a comprender por la sola eficacia de la cultura. Mas Yo vengo a los ‘pequeños’ de Israel y del mundo, a los que lloran y esperan, a los que buscan la Luz y tienen hambre del verdadero Maná, y no reciben de los doctos luz y alimento, sino solamente peso, obscuridad, cadenas y desprecio. Y llamo a los ‘pequeños’. Yo he venido a invertir el orden del mundo. Porque quitaré valor a lo que ahora se considera grande y se lo daré a lo que ahora se desprecia. Quien quiera verdad y paz, quien quiera vida eterna, venga a mí. Quien ama la Luz, venga. Yo soy la Luz del mundo”. ¿No se ha expresado así, Juan?». Santiago ha hablado de forma serena pero conmovida.

«Sí. Y ha dicho: “El mundo no me amará. No me amará la alta sociedad, porque está corrompida con vicios e idólatra comercio. El mundo, más aún, no me querrá, porque siendo hijo de la Tiniebla no ama la Luz. Pero la Tierra no está hecha sólo de alta sociedad. En ella están también los que, a pesar de encontrarse mezclados con el mundo, no son del mundo, y también algunos que son del mundo porque han quedado apresados en él como peces en la red”; se ha expresado así porque hablábamos en la orilla del lago y aludía a las redes que arrastraban con peces hasta la orilla. Ha dicho incluso: “Ved. Ninguno de esos peces quería caer en la red. Asimismo, los hombres, intencionalmente, no querrían caer en manos de Satanás, ni siquiera los más malvados, porque éstos, por la soberbia que los ciega, no creen no tener derecho a hacer lo que hacen; su verdadero pecado es la soberbia, sobre él nacen todos los demás. Menos aún, entonces, quienes no son completamente malvados quisieran ser de Satanás, pero van a parar a él por ligereza y por un peso (la culpa de Adán) que los arrastra al fondo. Yo he venido a quitar esa culpa y a dar, en espera de la hora de la Redención, una fuerza tal a quienes crean en mí, que será capaz de liberarlos del lazo que los tiene sujetos y de hacerlos libres para seguirme a mí, Luz del mundo”».

48.5 «Entonces, si es eso exactamente lo que ha dicho, hay que ir donde Él en seguida». — Pedro, con sus impulsos tan genuinos que tanto me gustan, ha tomado en seguida una decisión y ya se pone manos a la obra dándose prisa en ultimar las operaciones de descarga, porque, entre tanto, la barca ha llegado ya a la orilla y los peones casi la han sacado ya a lo seco, descargando redes, cuerdas y velamen. — «Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?».

«¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!...».«Tienes razón... Pero yo no le había visto... tú sí... y deberás haberte dado cuenta de que no es como nosotros... ¡Algo especial tendrá!...».

«¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso».

«¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

48.6

Pero Pedro, después de algunos metros, se detiene, coge a Juan por un brazo, y pregunta: «Has dicho que sabe todo y que oye todo...».

«Sí. Imagínate que cuando nosotros, viendo la Luna alta, dijimos: “¡Quién sabe lo que estará haciendo Simón?”, Él contestó: “Está echando la red y no sabe resignarse a tener que estar haciéndolo solo, porque vosotros no habéis salido con la barca gemela en una noche tan buena como ésta para pescar... No sabe que dentro de poco ya no pescará sino con otras redes y no conseguirá sino otros pe­ces”».

«¡Misericordia divina! ¡Es exactamente así! Entonces, habrá oído también... también que le he llamado poco menos que mentiroso... No puedo ir a Él».

«¡Oh!, es muy bueno. Ciertamente sabe que has pensado de esa forma. Ya lo sabía. Efectivamente, cuando le dejamos, diciendo que veníamos aquí, adonde tú estabas, respondió: “Id, pero no os dejéis vencer por las primeras palabras de burla. Quien quiera venir conmigo debe saber no dejarse avasallar por los escarnios del mundo y por las prohibiciones de los parientes; porque Yo estoy por encima de la sangre y de la sociedad, y sobre ellos triunfo. Y quien esté conmigo triunfará eternamente”. Y añadió: “Sabed hablar sin miedo. Quien os va a oír vendrá, porque es hombre de buena voluntad”».

«¿Ha dicho eso? Entonces voy.

48.7

Habla, habla más de Él mientras vamos. ¿Dónde está?».

«En una casa pobre; deben de ser personas amigas suyas».

«¿Pero es pobre?».

«Un obrero de Nazaret. Así dijo».

«Y ¿cómo vive ahora, si ya no trabaja?».

«No lo hemos preguntado. Quizá le ayudan los parientes».

«Sería mejor llevar algo de pescado, pan, o fruta..., algo. ¡Vamos a consultar a un rabí — porque es como un rabí, y más que un rabí — con las manos vacías!... Nuestros rabinos no quieren que se actúe así...».

«Pero Él quiere. No teníamos más que veinte denarios entre yo y Santiago, y se los ofrecimos, como es costumbre para con los rabinos. No los quería, pero ya que insistíamos, dijo: “Dios os lo pague en bendiciones de los pobres. Venid conmigo”. Y en seguida los distribuyó entre algunos pobres que Él sabía dónde vivían; y a nosotros, que preguntábamos: “Y para ti, Maestro, ¿no guardas nada?”, nos respondió: “La alegría de hacer la voluntad de Dios y de servir a su gloria”. Dijimos también: “Tú nos llamas, Maestro, pero nosotros somos todos pobres. ¿Qué debemos traerte?”. Respondió con una sonrisa que realmente hace saborear el Paraíso: “Un gran tesoro quiero de vosotros”; y nosotros: “¿Y si no tenemos nada?”; y Él: “Tenéis un tesoro que tiene siete nombres y que incluso el más mísero puede poseer y el rey más rico no; lo tenéis y lo quiero. Oíd sus nombres: caridad, fe, buena voluntad, recta intención, continencia, sinceridad, espíritu de sacrificio. Esto quiero Yo de quien me sigue, esto sólo, y en vosotros existe, duerme como la semilla bajo los terrones invernales, pero el sol de mi primavera la hará nacer como espiga septenaria”. Eso dijo».

«¡Ah!, esto me asegura que es el Rabí verdadero, el Mesías prometido. No es duro para con los pobres, no pide dinero... Es suficiente para llamarle el Santo de Dios. Vamos con toda confianza».

Y todo termina.

Detalle

Contexto: Estamos en Betsaida.

Anotación

Juan 1, 40-41:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo.

ECR 49.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.7 Jesús sale a la placita. En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

«La paz esté con vosotros» dice Jesús; y añade: «Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación. Simón, ¿has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿por qué no has venido antes?».

Los dos hermanos se miran turbados. Andrés susurra: «No me atrevía...».

Pedro, rojo, no habla. Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano: «¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer», interviene con franqueza: «He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo... yo he dicho... Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!...».

Jesús sonríe y dice: «Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo».

«Pero yo... yo no soy bueno... no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y, si alguno me ofende... ¡bueno!... Soy codicioso y me gusta tener dinero... y al vender el pescado... bueno... no siempre... no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante. Y tengo poco tiempo para seguirte y recibir así la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices... pero...».

«No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas. Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide. Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío, de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa. Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios. Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré».

«¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así... es así... mira, ¡yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!... Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿no? ¿Resides en esta casa?... Conozco al dueño».

«Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén, y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente».

«Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza».

«En el corazón sobre todo, Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿no hablas?».

«Escucho, Maestro».

«Mi hermano es tímido».

«Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id».

«La paz sea contigo». Se van.

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 49.9-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.9 Respecto a esta visión, me dice esta mañana (14 de octubre) Jesús:

«Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido. Le admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente, calla este detalle.

El apóstol de Pedro y, por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan; primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿veis lo que dice?: “Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús. El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: ‘Hemos encontrado al Mesías’, y le condujo adonde estaba Jesús”.

Justo, además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido, sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas, y desea para él, en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad. Quiere que aparezca Andrés como el primer apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

49.10 ¿Quiénes, entre los que hacen algo por mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas, que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna, y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde. Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: ‘... dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto’. Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: ‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza’ ”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota.

Aprended todos.

49.11 ¿Es mi predilecto? Sí. Pero, ¿no tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes. Le amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndole como un pequeño Cristo. Y mi Madre me decía: “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh..., la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente, y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre. Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud: hijos y hermanos del Padre y del Hijo».

Anotación

Juan 1:39-42:

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos discípulos que habían oído la palabra de Juan y seguían a Jesús. Primero encontró a Simón, su propio hermano, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías", que significa Cristo. Andrés llevó a su hermano a Jesús. Jesús lo miró y le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan; te llamarás Cefas", que significa Pedro.

ECR 50.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un hombre bastante anciano se ha acercado, curioso. Jesús se vuelve para acariciar a un niño que le está tirando del vestido, y le ve. Detiene en él intensamente su mirada. El anciano se limita a saludar ruborizándose.

«¡Ven! ¡Sígueme!».

«Sí, Maestro».

Jesús bendice a los niños y, al lado de Felipe (le llama por el nombre), vuelve a casa. Se sientan en el huertecillo.

«¿Quieres ser mi discípulo?».

«Lo quiero... y no oso esperar serlo».

«Yo te he llamado».

«Lo soy, entonces. Heme aquí».

«¿Tenías conocimiento de mí?».

«Me ha hablado de ti Andrés. Me ha dicho: “Aquel por quien tú suspirabas ha venido”. Porque Andrés sabía que yo suspiraba por el Mesías».

«No queda frustrada tu espera. Él está delante de ti».

«¡Mi Maestro y mi Dios!».

«Eres un israelita de recta intención. Por esto me manifiesto a ti.

50.6 Otro amigo tuyo — como tú, sincero israelita — espera. Ve a decirle: “Hemos encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José, de la estirpe de David, aquel de quien hablaron Moisés y los profetas”. Ve».

Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Natanael-Bartolomé.

«He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Natanael».

«¿Cómo me conoces?».

«Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera».

«¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!».

«¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás. En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros, por la fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando».

«¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!».

«Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?».

«Quiero, Maestro».

Anotación

Juan 1:43-51:

Al día siguiente, Jesús decidió partir para Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: "Sígueme. Felipe era de Betsaida, la aldea de Andrés y Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: "Le hemos encontrado, como está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas: Jesús, hijo de José de Nazaret. Natanael replicó: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?". Felipe le contestó: "Ven y verás". Jesús, al ver que Natanael se le acercaba, dijo de él: "Este sí que es israelita: no hay engaño en él." Natanael le pregunta: "¿De dónde me conoces?". Jesús le responde: "Antes de que Felipe te llamara, te vi debajo de la higuera". Natanael le dijo: "¡Rabí, tú eres el Hijo de Dios! Tú eres el Rey de Israel. Jesús le contestó: "Te digo que te vi debajo de la higuera, ¡y por eso crees! Verás cosas aún mayores. Y añadió: "Os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

ECR 53.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

53.1 Veo a Jesús entrando con Pedro, Andrés, Juan y Santiago, Felipe y Bartolomé, en el recinto del Templo.

Dentro y fuera hay una grandísima muchedumbre. Son peregrinos que, desde todas las partes de la ciudad, llegan en grupos. Desde lo alto de la colina en que está construido el Templo, se ven las calles de la ciudad, estrechas y retortijadas, y un hormiguear de gente. Parece como si entre el blanco crudo de las casas se hubiera extendido una cinta en movimiento de mil colores. Sí, la ciudad tiene el aspecto de un juguete singular hecho de cintas multicolores entre dos hilos blancos, convergente todo hacia el punto en que resplandecen las cúpulas de la Casa del Señor.

Pero luego, dentro, hay... una verdadera verbena. Ha quedado anulado cualquier tipo de recogimiento de lugar sagrado. Hay quien corre y quien llama, quien contrata los corderos y grita y lanza maldiciones por el precio desorbitado de las cosas, quien empuja hacia los recintos a los pobres animales, que balan (los recintos son lugares toscamente separados con cuerdas o estacas, en cuya entrada está el mercader, o propietario, a la espera de los compradores). Leñazos, balidos, blasfemias, unos que llaman a otros, insultos a los peones que no se muestran solícitos en las operaciones de reagrupamiento y selección de los animales y a los compradores que regatean el precio o que se van, mayores insultos a quienes, previsores, han traído su propio cordero.

Alrededor de los bancos de los cambistas, otro griterío. Se entiende que — no sé si en todo momento o durante la Pascua — el Templo funcionaba como... Bolsa (y además bolsa negra). El valor de las monedas no era fijo. Había un precio legal — ciertamente lo habría — pero los cambistas imponían otro, apropiándose de una cantidad arbitraria por el cambio de las monedas. ¡Y le aseguro que no se andaban con chiquitas en las operaciones de usura!... Cuanto más pobre era uno, y venía de más lejos, más le pelaban: más a los viejos que a los jóvenes; y a los que provenían de fuera de Palestina, más que a los viejos.

Algunos pobres viejecitos miran una y otra vez su dinerillo ahorrado durante todo el año quién sabe con cuánto esfuerzo, se lo sacan y se lo vuelven a meter junto al pecho cien veces, yendo de uno a otro cambista, y quizás terminan volviendo al primero, que se venga de su inicial deserción aumentando la prima del cambio... y las monedas de valor abandonan, entre suspiros, las manos del propietario y pasan a las garras del usurero para ser cambiadas por monedas de menos valor. Luego otra tragedia de selección, de cuentas y de suspiros ante los vendedores de corderos, quienes a los viejos medio ciegos les encasquetan los corderos más míseros.

53.2 Veo que vuelven dos viejos, él y ella, empujando a un pobre corderito que los sacrificadores han debido encontrar defectuoso. Se entrecruzan, por un lado, malos modales y palabrotas; por otro, llanto y ruegos; y el vendedor no se conmueve.

«Para lo que queréis gastar, galileos, es incluso demasiado lo que os he dado. ¡Marchaos o añadís otros cinco denarios por uno mejor!».

«¡Por el amor de Dios! ¡Somos pobres y viejos! ¿Quieres impedirnos celebrar la Pascua, que es quizás la última? ¿No te es suficiente lo que has pedido por un animal pequeño?».

«Dejad paso, zarrapastrosos. Viene hacia mí José, el Anciano. Me honra con su preferencia. ¡Dios sea contigo! ¡Ven, escoge!».

José, el Anciano — así le llaman —, o sea, el de Arimatea, entra en el recinto y toma un magnífico cordero. Pasa vestido pomposamente, soberbio, sin mirar a estos dos pobrecillos que gimen a la puerta, o digamos más bien entrada, del recinto. Casi los choca, especialmente al salir con un hermoso cordero que bala.

53.3 Mas Jesús se encuentra también ya cerca. También ha hecho su compra, y Pedro, que probablemente ha llevado a cabo el trato en lugar de Él, trae un cordero bastante normal.

Pedro querría ir en seguida hacia el lugar donde se sacrifica, pero Jesús se desvía a la derecha, hacia los dos viejecitos asustados, llorosos, indecisos, medio arrollados por la muchedumbre e insultados por el vendedor.

Jesús, tan alto que la cabeza de los dos abuelitos le llega a la altura del corazón, pone una mano sobre el hombro de la mujer y pregunta: «¿Por qué lloras, mujer?».

La viejecita se vuelve y ve a este joven alto, solemne con su hermoso vestido blanco y con su manto también de nieve todo nuevo y limpio. Debe creer que es un doctor, por el vestido y el aspecto, y, asombrada — porque los doctores y los sacerdotes no hacen caso de la gente, ni tutelan a los pobres contra la avidez de los mercaderes —, le cuenta por qué lloran.

Jesús se dirige al hombre de los corderos diciéndole: «Cambia este cordero a estos fieles; no es digno del altar. Como tampoco es digno que tú te aproveches de dos viejecitos porque son débiles y están indefensos».

«¿Y Tú quién eres?».

«Un justo».

«Tu acento y el de tus compañeros dicen que eres galileo. ¿Puede, acaso, haber en Galilea un justo?».

«Haz lo que te digo y sé justo tú».

«¡Oíd! ¡Oíd al galileo defensor de los de su condición! ¡Quiere enseñarnos a nosotros, los del Templo!». El hombre se ríe y se burla, imitando sarcásticamente la cadencia galilea, que es más cantarina y de mayor dulzura que la judía; al menos, así me parece.

Se forma un corro de gente, y otros mercaderes y cambistas salen en defensa de su colega contra Jesús.

Entre los presentes hay dos o tres rabíes irónicos. Uno de ellos pregunta: «¿Eres doctor?» (lo pregunta de una forma que haría perder la paciencia a Job).

«Tú lo has dicho».

«¿Qué enseñas?».

«Enseño esto: a hacer la Casa de Dios casa de oración y no un lugar de usura y de mercado. Esto enseño».

53.4 Se le ve terrible a Jesús. Parece el arcángel puesto en el umbral del Paraíso perdido. No tiene espada llameante en las manos, pero tiene rayos en los ojos, y fulmina a los burladores y a los sacrílegos. No tiene nada en la mano, sólo su santa ira. Y con ésta, caminando veloz e imponente entre banco y banco, desbarata las monedas tan meticulosamente apiladas por tipos; vuelca mesas grandes y pequeñas, y todo cae, con estruendo, al suelo, entre un gran ruido de metales y tablas que chocan y gritos de ira, de pánico y de aprobación. Luego, arrancando de las manos a los mozos de los ganaderos unas sogas con que sujetaban bueyes, ovejas y corderos, hace de ellas un azote bien duro, en que los nudos para formar los lazos corredizos son flagelos, y lo levanta y lo voltea y lo baja, sin piedad. Sí, se lo aseguro, sin piedad.

El inesperado granizo golpea cabezas y espaldas. Los fieles se apartan admirando la escena; los culpables, perseguidos hasta la muralla externa, se echan a correr dejando por el suelo dinero y detrás animales grandes y pequeños en medio de un gran enredo de piernas, de cuernos, de alas. Se huye corriendo, o volando. Mugidos, balidos, chillidos de pichones y tórtolas, junto a carcajadas y gritos de fieles detrás de los prestamistas dados a la fuga, ahogan incluso el lamentoso coro de los corderos, degollados ciertamente en otro patio.

53.5 Acuden sacerdotes, rabíes y fariseos. Jesús está todavía en medio del patio, de vuelta de su persecución. El azote está todavía en su mano.

«¿Quién eres? ¿Cómo te permites hacer esto, turbando las ceremonias prescritas? ¿De qué escuela provienes? Nosotros no te conocemos, ni sabemos quién eres».

«Yo soy Él que puede. Todo lo puedo. Destruid este Templo verdadero y Yo lo levantaré de nuevo para dar gloria a Dios. No turbo la santidad de la Casa de Dios y de las ceremonias, sois vosotros los que la turbáis permitiendo que su morada se transforme en sede de usureros y mercaderes. Mi escuela es la escuela de Dios. La misma que tuvo todo Israel por boca del Eterno que habló a Moisés. ¿No me conocéis? Me conoceréis. ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis».

53.6 Y, volviéndose hacia el pueblo, sin preocuparse ya más de los sacerdotes, alto, vestido de blanco, el manto abierto y fluente tras los hombros, con los brazos abiertos como un orador en lo más vivo de su discurso, dice:

«¡Oíd, vosotros de Israel! En el Deuteronomio está escrito: “Constituirás jueces y magistrados en todas las puertas... y ellos juzgarán al pueblo con justicia, sin propender a parte alguna. No tendrás acepción de personas, no aceptarás donativos, porque los donativos ciegan los ojos de los sabios y alteran las palabras de los justos. Con justicia seguirás lo que es justo para vivir y poseer la tierra que el Señor tu Dios te dé”.

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: “Los sacerdotes y los levitas y todos los de la tribu de Leví no tendrán parte ni herencia con el resto de Israel, porque deben vivir con los sacrificios del Señor y con las ofrendas hechas a Él; nada tendrán entre las posesiones de sus hermanos, porque el Señor es su herencia”.

¡Oíd, oh vosotros de Israel! Dice el Deuteronomio: “No prestarás con interés a tu hermano ni dinero ni trigo ni cualquier otra cosa. Podrás prestar con interés al extranjero; mas a tu hermano le prestarás, sin interés, aquello de que tenga necesidad”.

Esto ha dicho el Señor.

Ahora bien, vosotros mismos veis que sin justicia hacia el pobre se juzga en Israel. No hacia el justo, sino hacia el fuerte se propende, y ser pobre, ser pueblo, quiere decir ser oprimido. ¿Cómo puede el pueblo decir: “Quien nos juzga es justo” si ve que sólo a los poderosos se los respeta y escucha, mientras que el pobre no tiene quien le escuche? ¿Cómo puede el pueblo respetar al Señor si ve que no le respetan los que más deberían hacerlo? ¿Es respeto al Señor la violación de su mandamiento? ¿Y por qué entonces los sacerdotes en Israel tienen posesiones y aceptan donativos de publicanos y pecadores, los cuales actúan así para que les sean benignos los sacerdotes, de la misma forma que éstos actúan así para tener ricas arcas?

Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, Él, el Padre de Israel, es, como en ningún caso, Padre, y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y caridad, y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.

Se me ha preguntado con qué autoridad hago esto. ¿Y ellos?, ¿con qué autoridad profanan el mandamiento de Dios, y a la sombra de los sagrados muros permiten usura contra los hermanos de Israel, que han venido para cumplir el mandato divino? Se me ha preguntado de qué escuela provengo, y he respondido: “De la escuela de Dios”. Sí, Israel. Yo vengo y te llevo de nuevo a esta escuela santa e inmutable.

53.7 Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.

Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.

Venid. “El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos”, como prometió por boca de Moisés».

La gente, arracimada en torno a Jesús, se ha quedado a escucharle estupefacta. Luego comenta las palabras del nuevo Rabí y hace preguntas a sus compañeros.

Jesús se dirige hacia otro patio, separado de éste por un pórtico. Los amigos le siguen y la visión termina.

Detalle

Primera purificación del Templo.

Anotación

Juan 2:13-25:

Cuando se acercaba la Pascua, Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el Templo a los tratantes de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas. Hizo un látigo con cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con las ovejas y los bueyes; tiró al suelo el dinero de los cambistas, derribó sus mostradores y dijo a los cambistas de palomas: "Llevaos esto de aquí. Dejad de hacer de la casa de mi Padre una casa de comercio". Sus discípulos recordaron que está escrito El amor de vuestra casa será mi tormento.

Algunos judíos le preguntaron: "¿Qué señal puedes darnos para hacer esto? Jesús respondió: "Destruid este santuario, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: "Este santuario tardó cuarenta y seis años en construirse, ¡y tú lo levantarás en tres días! Pero él se refería al santuario de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; creyeron en las Escrituras y en las palabras que Jesús había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén para la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba ningún testimonio sobre el hombre, pues él mismo sabía lo que había en el hombre.

ECR 53.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

53.7 Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.

Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.

Venid. “El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos”, como prometió por boca de Moisés.

Anotación

Juan 14, 6: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre si no es por mí.

Éxodo 14, 21-22: "Moisés extendió su mano sobre el mar. El Señor hizo retroceder el mar toda la noche con un fuerte viento del este y lo secó. Las aguas se separaron, y los hijos de Israel entraron en medio del mar por tierra seca, mientras las aguas formaban un muro a su derecha y a su izquierda."

Deuteronomio 32, 36: El Señor hará justicia a su pueblo, se compadecerá de sus siervos, cuando vea que sus manos están débiles, que no queda ni esclavo ni libre.

ECR 73.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sufro viendo que el mundo no quiere a Jesús. No le reconoce y no le quiere conocer. ¡Oh..., es un dolor de tal naturaleza!... Como si me hurgasen en el corazón con espinas de fuego. Como si hubiera visto pisotear a mi madre y escupirle a mi padre en la cara... Más aún... Como si hubiera visto a los caballos romanos comer en el Arca Santa y descansar en el Santo de los Santos».

«No llores, Juan mío. Dirás, ésta e infinitas veces: “Él era la Luz venida a resplandecer entre las tinieblas, pero las tinieblas no le comprendieron. Vino al mundo que había sido hecho por Él, mas el mundo no le conoció. Vino a su ciudad, a su casa, y los suyos no le recibieron”. ¡Oh, no llores así!».

Detalle

Juan de Zebedeo dijo: