No es lícito acusar si no se conoce, ni juzgar sin haber oído al acusado. Mas, hoy día, a las acusaciones y condenas debidas a culpas supuestas en todos, o a culpas imaginadas, se ha añadido una nueva serie: la que se dirige y se pronuncia contra los que se presentan en nombre de Dios. Durante los siglos pasados, se ha repetido contra los Profetas; ahora es contra el Precursor del Cristo y contra el Cristo.
Ya lo habéis visto. Juan, atraído con engaño fuera del territorio de Siquem, espera la muerte en las prisiones de Herodes, porque nunca se doblegará ante ninguna mentira ni amaño alguno; de todas formas, se podrá troncar su vida, cortarle la cabeza, mas no podrán quebrar su honestidad, ni separar su alma de la Verdad, a la que él ha servido fielmente en sus más distintas formas (divinas, sobrenaturales o morales). De la misma forma, se persigue al Cristo, con furia doble, diez veces mayor, porque Él no se limita a decir: “No te es lícito” a Herodes, sino que, con vehemencia, va diciendo, en nombre de Dios y por el honor de Dios, esto mismo por todos aquellos lugares donde entra y encuentra pecado o sabe que hay pecado, sin excluir a ninguna categoría.