En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo. Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja; y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.
De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente. Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos. (...) Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva (...).
Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.
Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor... ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!...
Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.
Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.
Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor.
En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes, y que ha nacido allí, junto al fontanar — se la ha cogido su papá de entre las espinas —, está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya, muchos años — ¡oh, cuántos, cuántos antes¡ — muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.
«Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo» termina así la boquita de María.