Ir al contenido

Notas de la palabra clave

El Hombre - Rey de la Creación

Tema: El destino del ser humano · Página 1 de 2

Comodidad de lectura

Aa

ECR 5.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

5.10 ­Dios quiso poner un rey en ese universo que había creado de la nada. Un rey que, por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia. Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día. Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será, y que, mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad, esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre — la tierra con la que fue hecho —, durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del cielo.

¿Por qué le creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta. ¿Habríais preferido no existir? ¿No merece ser vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?

¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del firmamento, o van — y parecen lentos —, van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año, como queriendo deciros: “Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras, y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel; leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando, porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movernos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y luz, calor y belleza. Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios”?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas, con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: “Dios”? El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros. Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos, y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros, y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas? Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.

¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?... Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre.

Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios. Él se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar. Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia. He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.

Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir. Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir. Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros, y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas, Dios os concede todavía gozar de lo bello del universo, de lo bueno del universo, y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida. Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien. Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.

ECR 67.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente. Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

ECR 69.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido. Tú puedes porque eres santo. Pero yo... Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad...».

«He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro. Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres, porque la Inteligencia, que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre. Pero, siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia, flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo. No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara. Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo. Satanás ha arrancado las alas al ángel-hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre-demonio que el de hombre a secas. Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarle de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste. Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer. Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles.»

ECR 76.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Los huesos, ¿qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más. También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre. Sólo el hombre, rey de la creación, tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos, y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello; hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo. La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo. Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como — y mucho más que — en la Tierra, sino que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra: los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías; los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José. Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes. Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba...

ECR 80.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Tenéis un destino, sí, lo tenéis; en la mente de Dios, que os crea, hay un destino para vosotros. Os lo desea el Padre y es destino de amor, de paz, de gloria: “la santidad de ser sus hijos”. Éste es el destino que, presente en la mente divina desde el momento en que con el barro fue hecho Adán, estará presente hasta la última creación de alma de hombre. Pero el Padre no os violenta en cuanto se refiere a vuestra condición regia. El rey, si está prisionero, ya no es rey: es un ser abyecto. Vosotros sois reyes porque sois libres en vuestro pequeño reino individual, en el yo; en él podéis hacer lo que queráis, como queráis.

80.4 Frente a vuestro pequeño reino y en sus fronteras tenéis a un Rey amigo y dos potencias enemigas. El Amigo os muestra las reglas dadas por Él para hacer felices a los suyos. Os las muestra. Os dice: “Aquí están; con estas reglas es segura la eterna victoria”. Os las muestra — Él, el Sabio y Santo — para que podáis, si queréis hacerlo, practicarlas y obtener gloria eterna. Las dos potencias enemigas son Satanás y la carne. En la carne incluyo la vuestra y la del mundo, o sea, las pompas y seducciones del mundo, o sea, la riqueza, las fiestas, los honores, el poder que del mundo y en el mundo se tienen, y que no siempre se tienen honradamente, y menos aún se saben usar honradamente si por un complejo de causas el hombre llega a esas cosas.

Satanás, maestro de la carne y del mundo, también habla a través de éste y de la carne; también él tiene sus reglas... ¡Oh, que si las tiene!... Y — dado que el yo está envuelto en carne y la carne tiende a la carne como las limaduras de hierro tienden hacia el imán, y, dado que el canto del Seductor es más dulce que el gorgorito del ruiseñor en celo entre rayos de luna y perfume de rosales — es más fácil ir hacia estas reglas, volverse hacia estas potencias, decirles: “Os considero amigas, entrad”. Entrad... ¿habéis visto alguna vez a un aliado que permanezca siempre honesto, sin pedir el ciento por uno a cambio de la ayuda prestada? Así hacen esas potencias. Entran... Y se hacen las dueñas. ¿Dueñas? No: cómitres. Os atan, ¡oh hombres!, a su banco de galera, os encadenan ahí, no os dejan alzar ya el cuello de su yugo, y su látigo os llena de surcos de sangre, si tratáis de huir de ellas: o dejarse herir hasta llegar a ser un amasijo de carne hecha pedazos (tan inútil, como carne, que hasta su cruel pie la desprecia), o morir bajo ellas.

Si sabéis proporcionaros ese martirio, proporcionaros ese martirio, entonces pasa la Misericordia, la Única que todavía puede tener piedad de esa repugnante miseria de la cual el mundo — uno de sus dueños — siente ahora asco y contra la cual el otro dueño, Satanás, envía sus flechas de venganza. Y la Misericordia, la Única que pasa, se agacha, la recoge, la atiende, la vuelve a sanar y le dice: “Ven, no temas, no te mires porque tus llagas, a pesar de haber cicatrizado ya, son tan innumerables que te causarían horror por lo mucho que te afean. Yo no te las miro, miro tu voluntad; por esa voluntad buena estás marcada así. Por eso Yo te digo: Te amo, ven conmigo”... Y la lleva a su Estado. Entonces podéis entender que Misericordia y Rey amigo son una misma persona. Halláis de nuevo las reglas que Él os había mostrado y que vosotros no habías querido seguir. Ahora lo deseáis... y llegáis a la paz: de la conciencia, primero; a la paz de Dios, después.

Decidme, entonces, ¿este destino lo impuso Uno Solo para todos, o cada uno, individualmente, lo deseó para sí?».

«Cada uno lo deseó».

«Juzgas bien, Simón. (...) »

Detalle

Una visión más amplia sobre la criatura, reina de la Creación, sobre el destino del hombre y sobre su libertad y su libre albedrío.