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Notas de la palabra clave

Bautismo de Jesucristo

Tema: Vida cristiana · Página 1 de 2

Comodidad de lectura

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ECR 45.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

45.1 Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas — vegetales familias — en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine que este terreno quemado y baldío está a mi derecha — teniendo yo el norte a mis espaldas — y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano. (El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

45.2 Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha — respecto a mí — del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”... ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto... ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

45.3 Mientras le escucho — no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad — veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

45.4 Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido —, son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama: «He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz: «Para cumplir el rito de penitencia».

«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: «Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mun­do».

45.5 Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Anotación

Mateo 3:1-17

En aquellos días, apareció Juan el Bautista y proclamó en el desierto de Judea: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos". A Juan se refieren las palabras pronunciadas por el profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Él, Juan, llevaba un vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura; su alimento eran langostas y miel silvestre. Entonces acudieron a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y fueron bautizados por él en el Jordán, reconociendo sus pecados.

Al ver a muchos fariseos y saduceos que acudían a su bautismo, les dijo: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Dad frutos dignos de conversión. No os digáis a vosotros mismos: 'Tenemos a Abrahán por padre'; porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos a Abrahán de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene en su mano la pala de aventar, limpiará su era y recogerá su grano en el granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Entonces apareció Jesús. Había venido de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Juan quiso impedírselo, diciendo: "¡Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, y tú eres el que viene a mí! Pero Jesús replicó: "Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia". Así que Juan le dejó hacerlo. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz dijo desde el cielo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".

Marcos 1, 9-11

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y en seguida, al salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu que descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Lucas 3, 1-22

En el año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en la tierra de Iturea y Traconítide, Lisanias en Abilene, y los jefes de los sacerdotes eran Hanne y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Recorrió toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo barranco se rellenará, todo monte y collado se rebajará; lo torcido se enderezará, las sendas pedregosas se allanarán; y todo ser viviente verá la salvación de Dios. Juan dijo a las multitudes que llegaban para ser bautizadas por él: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Producid frutos que expresen vuestra conversión. No empecéis a deciros: "Tenemos a Abrahán por padre", porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos para Abrahán a partir de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

La gente le preguntó: "¿Qué debemos hacer? Juan les respondió: "El que tenga dos vestidos, que comparta con los que no tienen; y el que tenga comida, que haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: "Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les respondió: "No pidáis más de lo que se os ha fijado. También algunos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer? Él respondió: "No hagáis violencia a nadie, no acuséis a nadie falsamente y contentaos con vuestra paga".

La gente estaba esperando y todos se preguntaban si Juan no sería el Cristo. Entonces Juan les dijo a todos: "Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Tiene en la mano la pala de aventar para limpiar su era, y recogerá el grano en su granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Con muchas otras exhortaciones, anunció al pueblo la Buena Nueva. Herodes, que estaba en el poder en Galilea, había sido increpado por Juan acerca de Herodías, la mujer de su hermano, y de todas las maldades que había cometido. A todo esto añadió lo siguiente: hizo encerrar a Juan en la cárcel.

Mientras toda la gente se bautizaba, y Jesús oraba después de haber sido bautizado, el cielo se abrió. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y una voz vino del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Juan 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él dije: "El que viene detrás de mí ha sido antes que yo, porque antes de mí era. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que sea revelado a Israel. Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo'. He visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

ECR 45.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería. ¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

45.7 Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro. E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender Él mismo, Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Éste es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”. Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

ECR 47.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«[Soy] Juan de Zebedeo, y éste es Santiago, mi hermano. Somos de Galilea, pescadores. Somos, además, discípulos de Juan. Él nos decía palabras de vida y nosotros le escuchábamos, porque queremos seguir a Dios y, con la penitencia, merecer el perdón, preparando los caminos del corazón a la venida del Mesías. Tú lo eres. Juan lo dijo, porque vio el signo de la Paloma posarse sobre ti. A nosotros nos lo dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Yo te digo: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz (...)».

Detalle

Juan de Zebedeo habló con Jesús y le dijo:

ECR 48.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Por qué no habéis venido, vosotros dos?» pregunta Andrés. Pedro, con gesto de malhumor, no dice nada.

«Y tú, ¿por qué no has venido conmigo y con Santiago?» le responde Juan a Andrés.

«He ido a pescar. No tengo tiempo que perder. Tú has desaparecido con ese hombre...».

«Te había sugerido claramente que vinieras.

48.3

Es Él en persona. ¡Si vieras qué palabras!... Hemos estado con Él todo el día y por la noche hasta tarde. Ahora hemos venido a deciros: “Venid”».

«¿Es Él? ¿Estás completamente seguro? Apenas si le vimos entonces, cuando nos le mostró el Bautista».

«Es Él. No lo ha negado».

Detalle

André está pescando con Pierre. Están volviendo a la orilla cuando John les llama y André le interroga.

ECR 48.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

— «Y tú, Andrés, necio, ¿por qué no has ido con éstos?».

«¡Pero... Simón! Me has reprendido porque no los había convencido de venir conmigo... Toda la noche has estado refunfuñando ¡¿y ahora me echas en cara el no haber ido?!...».

«Tienes razón... Pero yo no le había visto... tú sí... y deberás haberte dado cuenta de que no es como nosotros... ¡Algo especial tendrá!...».

«¡Oh!, sí — dice Juan —. ¡Tiene un rostro..., y unos ojos...! ¡¿Verdad, Santiago, qué ojos?! ¡Y una voz...! ¡Ah, qué voz! Cuando habla te parece soñar con el Paraíso».

«¡Rápido!, ¡rápido!, vamos donde Él. Vosotros — habla a los peones — llevad todo a Zebedeo y decidle que se encargue él de ello. Nosotros volveremos esta noche para pescar».

Se visten de forma adecuada todos y se encaminan.

Detalle

Juan y Santiago de Zebedeo hablan de su encuentro con Jesús. Al principio escéptico, Pedro se convence cada vez más y habla con su hermano:

ECR 56.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado “Cordero de Dios”?

Detalle

Judas habló con Jesús y le dijo:

ECR 59.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

ECR 68.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?».

«Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que le apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que le supere en gracia. Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito».

«¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?».

«Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los pre­sen­tes».

«¿Dónde? ¿Cuándo?».

«Cuando llegó el momento de señalarlo».

ECR 77.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

Detalle

Un leñador de Hebrón creyó que Juan el Bautista era el Mesías y el Cordero de Dios. Juan intervino entonces para dar su testimonio del bautismo.

ECR 80.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».