« (...) Vamos adelante, a la Ciudad santa. Tenemos que llegar hacia el atardecer de mañana. ¿Por qué tanta prisa? ¿Me lo sabrías responder? ¿No sería lo mismo llegar pasado mañana?».
«No, no sería lo mismo. Mañana es la Parasceve. Después del ocaso sólo se puede andar seis estadios; más no se puede, porque ya ha empezado el sábado con su correspondiente reposo».
«¿Se está entonces sin hacer nada los sábados?».
«No. Se reza al Señor altísimo».
«¿Cómo se llama?».
«Adonái. Pero los santos pueden pronunciar su Nombre».
«También los niños buenos. Dile, si le sabes».
«Iaavé» (este pequeñuelo lo pronuncia así: es una Y muy suave, casi una I, y la a muy alargada).
«Y, ¿por qué se reza al Señor altísimo el sábado?».
«Porque Él se lo dijo a Moisés cuando le dio las tablas de la Ley».
«¡Ah! ¡Sí? ¿Y qué dijo?».
«Dijo que se santificara el sábado. “Trabajarás durante seis días, pero el séptimo descansarás tú, y los demás contigo, porque es lo que hice Yo después de la creación”».
«¿Cómo! ¿El Señor descansó? ¿Estaba cansado por haber creado? ¿Creó realmente Él? ¿Por qué lo sabes? Yo sé que Dios no se cansa nunca».
«No se había cansado porque Dios no anda ni mueve los brazos. Lo hizo para enseñar a Adán y enseñarnos a nosotros, y para que tuviéramos un día en el que no pensásemos en otra cosa sino en Él. Y Él lo ha creado todo; seguro. Lo dice el Libro del Señor».
«Pero, ¿el Libro lo ha escrito Él?».
«No, pero es la Verdad, y hay que prestarle fe para no ir con Lucifer».
«Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?».
«No es un ídolo, es Dios; y Dios es... Dios es... déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón... Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios: “Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe”. Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: “Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre...”. ¡Oh, mi Señor! Pero... ahora que me doy cuenta... ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.
Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice: «¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!».
El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.
Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: «Eres sabio, pequeño israelita.»