ECR 43.6
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 43.6
Traducción en curso
ECR 43.7
Sí, María, pero... ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús? Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza. El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad. Tú soportas por amor a mi Hijo. Todo lo que haces por los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos. Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él. No quieras actuar por ti sola. Es suficiente — puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por ti sola y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar —, es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte. Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”. Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti. Permanece en Él. Siempre en Él. No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.
ECR 43.7
El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad. Tú soportas por amor a mi Hijo. Todo lo que haces por los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos. Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él. No quieras actuar por ti sola. Es suficiente — puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por ti sola y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar —, es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte. Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”. Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti. Permanece en Él. Siempre en Él. No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.
María se vuelve hacia María y le dice:
ECR 43.7
No quieras actuar por ti sola. (...) Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”. Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti. Permanece en Él. Siempre en Él. No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.
María se vuelve hacia María y le dice:
ECR 44.9-12
44.9 La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa (¡y cuántas encontráis en la vida!). Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación — mirad, no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), digo “con resignación” — se transforman en eternas rosas. Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales, o sea, con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.
44.10 Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto, y Dios me lo ha arrancado”. También María, mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo. No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola. Los parientes, por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles, como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.
Los parientes, voz del sentido común, del sentido humano — vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano, o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas. En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en contra a la sinagoga. La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas. No era una misión fácil la del profeta, y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.
Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía. Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí, y se avergonzaban de mi manía — según ellos — de herir a las castas poderosas. Reprensión a mí y a Ella; ¡pobre Mamá!
44.11 Y, no obstante, María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes — no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás — y que preveía el estado de ánimo futuro; María, que conocía su suerte durante esos tres años, y la que la esperaba al final de los mismos y la suerte mía, no opuso resistencia como hacéis vosotros. Lloró. Y ¿quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi presencia, en la casa solitaria; ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inculpable hasta matarle?
Lloró porque era la Corredentora y la Madre del género humano renacido a Dios, y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.
¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo! Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María. Y por todos los hijos que, nacidos de mujer, están destinados a ser apóstoles de Dios o mártires por amor a Dios, por fidelidad a Dios, o por crueldad humana.
44.12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o también las culpas cometidas por su debilidad, dando, además del martirio — en cualquier caso, en seguida — la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.
Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde. La caridad de María las exprime. Éstas han brotado de un corazón de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.
Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.
Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor!
Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús. A sus discípulas Ella les da, con mano de Madre y de Médico, sus lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio.
¡Santo llanto de mi Madre!
Jesús deja Nazaret para iniciar su vida pública.
ECR 44.12
44.12 Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte; la que anula en ellos las imperfecciones, o también las culpas cometidas por su debilidad, dando, además del martirio — en cualquier caso, en seguida — la paz de Dios y, si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.
Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde. La caridad de María las exprime. Éstas han brotado de un corazón de lirio. Tienen, por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.
Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios, y cualquier otro afecto cae, transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.
Las encuentran los consagrados a Dios en el mundo, en el mundo que no los entiende y no los ama, desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡muy grande es, en efecto, la incomprensión que sufren, y las burlas, por mi amor!
Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús. A sus discípulas Ella les da, con mano de Madre y de Médico, sus lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio.
¡Santo llanto de mi Madre!
ECR 44.13
“Nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de misión. Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día, ¿no es verdad, pequeño Juan?
ECR 44.13
ECR 44.14
44.14 María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos. Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre. Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.
Cuando oréis, uníos siempre, siempre, siempre a mí. Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre-Dios. Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito. Mi voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre, y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra oración. Estad en mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.
ECR 45
Traducción en curso